martes, 13 de octubre de 2009

Especial Día de la Madre - MARÍA DE NAZARET - por gabriel andrade

1- INTRODUCCIÓN

Nuestro pueblo cristiano católico tiene a la Virgen María como figura de enorme relevancia dentro de su fe. Aun dentro del islamismo se recuerda que cuando Mahoma marcha triunfal desde Medina hacia La Meca imponiendo un nuevo orden religioso profundamente iconoclasta, las únicas imágenes conservadas en los templos son las de Jesús de Nazaret y su madre María.
Es bien llamada la Inmaculada sin pecado concebido, la Madre de Dios de concepción virginal, La Reina y Señora santísima.
Pero quedarse sólo en esa Virgen María abundante en títulos grandilocuentes con sus dos mil nombres según sus domicilios (Loreto, Luján, Guadalupe, etc); según sus lugares de “apariciones” (Lourdes, Fátima, La Salette, etc.); según sus “especialidades” (Medalla Milagrosa, Desatanudos, del Rosario, etc); según sus circunstancias de vida (Mater Dolorosa, de la Asunción); según sus múltiples patronatos, es correr el riesgo de divinizarla y fragmentarla, de hacer de ella "la cuarta persona de la Santísima Trinidad" inalcanzable entonces como ejemplo para nosotros y un fetiche a la medida de nuestros particulares; de convertirla en mediadora entre un Dios severo hasta el sadismo, y el pueblo que sufre y espera el perdón. Es como que Cristo paga a un Dios cruel por nuestros pecados siendo perseguido, calumniado, torturado y asesinado, y María nos protege e intercede ante el brazo vengativo de ese Dios juez implacable.
Entonces una fe inmadura se contenta sólo con admirarla, alabarla, pedirle favores, remedios, pagarle promesas adornarla con valores materiales que nada tienen que ver con ella y terminar falsificando su memoria y su ejemplo de vida.
Así nos apartamos de lo que está en el origen de nuestra fe, de la fe de las primeras comunidades cristianas, de la fe que nos transmite el Nuevo Testamento. Tenemos que volver sobre todo a los Evangelios, para comprobar que, para las primeras comunidades cristianas, "esa" Virgen María no es otra que MARIA DE NAZARET.
Y esa sí que está a nuestro alcance como la "primera cristiana", "seguidora de Jesús". María de Nazaret nos enseña a ser cristianos, comunidad cristiana, Iglesia-Pueblo-Dios. Ella sí que es una llamada, una exigencia para nuestro vivir diario.
Esa María es madre pero principalmente es discípula de su Hijo Jesús, su más perfecta discípula, su primera y fidelísima seguidora y su inseparable colaboradora. María es un reflejo de la santidad de su Hijo Jesús.
Bien se la ha comparado a la luna que nos ilumina de noche con una luz más suave que la del día y que no es sino un reflejo de la luz deslumbrante del sol...


2- UNA MUJER HUMILLADA

En la cultura judía del primer siglo la opresión de la mujer llegaba a límites increíbles. Cristina Conti explica cómo la mujer era poco menos que una persona. Estaba confinada al espacio privado de la casa ya que el espacio público era exclusivo dominio masculino. Una mujer casada no podía salir de su casa sin permiso de su marido y no se la podía saludar ni era lícito hablar con ella en público. Los rabinos recomendaban que ni siquiera el esposo conversara con ella si iban por la calle, porque hacerlo era para él una especie de deshonra. Ningún varón podía hablar personalmente con una mujer casada, sino por medio del esposo.
En materia de religión las mujeres estaban notablemente marginadas. A pesar de lo que dice el Dt 31; 12, se las mantenía apartadas en el Templo y en la sinagoga. Debían llevar la cabeza cubierta y sólo podían entrar al patio interior del Templo -reservado sólo a los varones judíos- cuando tenían que ofrecer un sacrificio. En todas las demás ocasiones debían quedarse en el atrio de las mujeres o en el de los gentiles. Pero si estaban menstruando, o dentro de los cuarenta días después de dar a luz un varón (ochenta días si habían dado a luz una niña), ni siquiera podían entrar en el patio de los gentiles. En la sinagoga estaban separadas de los varones por una reja o se sentaban en una tribuna, que incluso tenía su propia entrada.
A las mujeres no se les permitía aprender las Escrituras (la Torá o ley de Moisés). Rabí Eliezer decía: "es mejor quemar la Ley santa que entregarla a una mujer" y "quien enseña a su hija la Torá, es como si le enseñara la fornicación", supuestamente porque haría mal uso de lo aprendido. Si un hombre quería profundizar en el estudio de la Torá, debía separarse de su esposa por un tiempo, porque ella era considerada incapaz de tales empresas y podría distraerlo. Luego de excluirlas de toda instrucción religiosa, ¡los rabinos todavía acusaban a las mujeres de ser supersticiosas e ignorantes!
Quizás la consecuencia más emblemática que mejor ilustra esto era que cada mañana los varones judíos agradecían a Dios por “no haber nacido esclavo, no haber nacido pagano y no haber nacido mujer”...
Dominiciano Fernández cuenta que la situación de la mujer de Israel en tiempos de Jesús continuó en las comunidades hebreas aun después de la destrucción de Jerusalén. Jesús reaccionó contra la marginación de las mujeres e introdujo algunos cambios significativos en su comportamiento personal con ellas; permitió que le acompañasen mujeres en sus viajes apostólicos y le ayudaran con sus bienes (Lc 8,1-2), hablaba en público con aquellas que ni siquiera eran galileas, las tocaba y curaba aun en sábado y las defendía, aun a prostitutas y adúlteras, para escándalo de propios y ajenos; inaugurando una forma de relacionarse para con ellas.
Pero nada cambió -ni pudo cambiar- respecto a su situación jurídica.
E. Bautista resume así su condición: “sin derechos, en eterna minoría de edad, repudiada por su marido, confinada en la casa y con muy escasas posibilidades de mantener contactos sociales, alejada del templo en determinados días a causa de las leyes de pureza ritual, y relegada en todo momento a un recinto especialmente señalado para ella en el templo y fuera del atrio de la casa de Israel, sin derecho a la enseñanza de la ley, y por tanto incapaz de merecer; la mujer judía, pobre, pecadora y pequeña, se encontraba en una situación que la constituía en un paradigma de marginación”.
En todo era inferior al varón. Las hijas no tenían los mismos derechos que sus hermanos varones, pero sí los mismos deberes.
La joven pasaba del poder del padre, que la podía casar con quien él quisiera, al poder del esposo como objeto para su placer, como instrumento de fecundidad para la familia. El marido tenía el derecho de repudiar a su esposa. A ella sólo se le reconocía el deber de aguantarle todo. La mujer, soltera o esposa, se pasaba la vida siempre obedeciendo, siempre sirviendo.
Los judíos estaban sometidos económica y militarmente a los opresores romanos.
En aquella sociedad patriarcal judía, María, mujer judía, era, como todas las mujeres judías pobres, "oprimida entre los oprimidos".
María de Nazaret no sólo fue una mujer del pueblo, pobre, sin recurso, sin padrinos, una mujer oprimida por el hecho de ser mujer, sino que además fue una mujer humillada. Y no como un sometimiento espiritual interno como humildad ante Dios. María sufrió humillaciones reales:
Cuando, sin tener relaciones conyugales (Lc. 1,34) le daría mucha pena ver a su esposo José que era "hombre recto" (Mt. 1,19) angustiado porque "antes de vivir juntos" se daba cuenta de que ella "esperaba un hijo" (Mt. 1,23-25) Con las habladurías y chismorreos que su embarazo originaría en un pueblo tan pequeño como Nazaret (casi un caserío).
Cuando su misma gente, la de su pueblo, trataron de despeñar a Jesús por un barranco, su hijo, el hijo de una pobre mujer de pueblo pobre (Lc. 4,16-30; Mc. 3,1-6)
Cuando la señalarían con desprecio (a veces el desprecio más humillante es el compasivo) como la madre de Jesús, del que las autoridades religiosas y civiles decían públicamente que "echa a los demonios con poder de Belcebú, el jefe de los demonios" (Lc. 11,15); que anda en malas compañías: "¡Vaya un comilón y un borracho, amigo de recaudadores y descreídos!" (Lc. 7,34); que es samaritano (un gran insulto para un judío) y está loco (Jn. 8,48); y que es un blasfemo merecedor de la pena de muerte (Mt. 26,65-66). Cuando le contaron que "los sumos sacerdotes y los fariseos tenían dada la orden de que si alguien se enteraba donde estaba (su hijo Jesús), avisara para prenderlo" (Jn. 11,57). Cuando en todas partes la señalarían como la madre del criminal (Lc. 22,37) crucificado entre "dos bandidos, uno a su derecha y el otro a su izquierda" (Mc. 15,27).
En las reacciones y compromisos de María oprimida y humillada, la primera comunidad cristiana siente una "llamada", una "vocación" para su vivir diario.
La primitiva comunidad cristiana ve a María de Nazaret humillada, pero no amargada, sin resentimiento alguno: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador" (Lc. 1, 46-47)
La ve agradecida, pero no por la "gracia" barata de la posición, del brillo social, sino porque Dios: "se ha fijado en su humilde esclava" (Lc. 1,48). Viendo la mano de Dios en todo, sintiendo que Dios está siempre con ella, siempre a su favor, aun en la humillación. "Porque el Poderoso ha hecho tanto por mí" (Lc. 1,49). No como una mujer pasivamente resignada y sumisa ante el destino, sino como la "mujer que no dudó proclamar que Dios es reivindicador de los humildes y oprimidos y derriba de sus tronos a los poderosos del mundo" (Pablo VI, Encíclica "Marialis Cultus", 2 de febrero de 1974, Nº 37): "Su brazo interviene con fuerza, desbarata los planes de los soberbios, derriba del trono a los poderosos y exalta a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos" (Lc. 1,51-53).
María de Nazaret, la madre de Jesús de Nazaret, el hijo de Dios hecho hombre acompaña como una mujer del pueblo, con humillaciones, la lucha de su hijo.
Vive con él su pasión: "estaban de pie junto a la cruz de Jesús su madre" (Jn. 19,25) No acepta sin más el sufrimiento, el dolor impotente, sino que espera que sea Dios el que derribe del trono a los poderosos que han sido los que han matado a su hijo. La causa de su Hijo es su causa, es la causa de los pobres, es la causa de Dios.
"María en el Magníficat se manifiesta como modelo para quienes no aceptan pasivamente las circunstancias de la vida personal y social, ni son víctimas de la alienación, como hoy se dice, sino que proclama con ella que Dios ensalza a los humildes y, si es el caso, derriba a los potentados de sus tronos…" (Juan Pablo II. Homilía Zapopán, México, 4 ASS LXXI P. 230) (Puebla 297).


2- UNA MUJER POBRE, MUJER DEL PUEBLO

Lo que el Nuevo Testamento (sobre todo Evangelios y Hechos de los Apóstoles) nos dicen sobre María de Nazaret responde a la redacción inspirada por Dios de una realidad indevaluable y debe estar en el centro de nuestro amor y devoción a María.
Para las primeras comunidades cristianas es claro que María es la madre de Jesús de Nazaret, y que este Jesús es el Hijo de Dios que se hizo hombre en María, a quien se lo anunció por medio del ángel Gabriel (Lc. 1, 28-38)
Por lo tanto, María, antes que madre, fue mujer. Una mujer que consciente y libremente se arriesgó y asumió sus responsabilidades:
Ante Dios: dio su SI después de saber bien sobre lo que se le pedía (Lc. 1, 34-38)
Ante la sociedad: arriesgándose a ser lapidada (Mt. 1,18).
Ante la historia: respondiendo a Dios con todo su yo humano, femenino, en la misión más importante encomendada por Dios a una persona (Lc. 1,31-33. 38; Jn. 19,25).
María contó con un esposo, José, que la respetó (Mt. 1,18-19), creyó y confió en ella (Mt. 1,24-25) y la defendió (Mt. 2,14).

Ahora bien, Dios fue enteramente libre para escoger a la madre de su Hijo. ¿A qué María escoge Dios, de entre tantas mujeres, para Madre de su Hijo hecho hombre?:
A UNA MUJER JUDIA: María pertenece al pueblo judío, un pueblo pequeño, pobre, colonizado y ocupado militarmente por el Imperio Romano (Lc. 2,1-7), de una región, Galilea, despreciada por los de la capital (Jn. 7,52).
A UNA MUJER POBRE: Dios no escoge a una princesa, a una persona de familia noble o con importancia religiosa. María ni siquiera es la prometida de un sacerdote judío (había 7.200 en aquella nación tan pequeña), ni de un doctor (escriba), ni siquiera de un piadoso fariseo. Mucho menos es la mujer de un hacendado, ganadero o comerciante judío. De una mujer pobre nació el Hijo de Dios en la tierra.
A UNA MUJER DEL PUEBLO: La madre de Dios es María de Nazaret, un pueblo pequeño, que no es nombrado en todo el Antiguo Testamento, en el Talmud o en los censos oficiales judíos o romanos. Es una mujer campesina. Como su hijo Jesús "de Nazaret" nació y vivió pobre en medio de su pueblo pobre.
Cuando su esposo José la lleva por primera vez al templo, presentan la ofrenda de los pobres, dos palomas (Lc. 2,34; cfr. Lev. 12,8).
María y José no tenían dinero para dar estudios a Jesús: "Los dirigentes judíos se preguntaban extrañados ¿cómo sabe éste tanto si no ha estudiado?" (Jn. 7,15) Cuando Jesús vuelve a Nazaret, donde se había criado, como profeta que dice y hace prodigios, lo desprecian por ser el hijo de una mujer pobre de un lugar pobre (Mc. 6,1-6).
Dios quiso que Jesucristo naciera de una mujer pobre, una mujer del pueblo. María era consciente de ser una mujer pobre, del pueblo, y lo aceptó, y lo quiso, y dio gracias por el hecho de que ella, siendo pobre y del pueblo, fuese la favorecida por Dios: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque se ha fijado en su humilde esclava" (Lc. 1,46-48-49)

Jesús no se avergüenza jamás de la condición social de sus vecinos, de su familia o particularmente de su madre María de Nazaret.
¿Y nosotros? ¿Nos avergonzamos de la pobreza material de María cubriéndola con galas, coronas y joyas, impensables en una mujer del pueblo, una mujer pobre?
Dios no la quiso ostentosa. La elevó a partir de su condición humilde por sobre los poderosos y engalanados de aquella y de todas las épocas.
¿O es que nos molesta o nos es intolerable semejante elección de Dios para nuestra escala de valores con respecto a los demás y entonces la falsificamos?
¿O es que nos tranquiliza la conciencia pensarla pomposa y por lo tanto impensada en los rostros sufrientes, discriminados y despreciados de tantas Marías contemporáneas nuestras, de carne y hueso, hermanas nuestras en Cristo, a las que damos la espalda igual que aquella sociedad palestina del siglo I ?
María de Nazaret, la única Virgen María que existe, no es un ídolo extraño, de otro mundo, con afeites, enjoyado, arrancada del pueblo, apartada, y sentada e identificada con los poderosos. Así no la quiso Dios. El único Dios vivo y verdadero, Abba, el Dios que es amor, el Dios de Jesús, quiso y buscó a la madre de su hijo donde mejor podía estar al alcance de todos y ser buscada: en el pueblo pobre, humillado y oprimido, donde todos podían encontrarla.
“Yo, el señor, que soy el primero, yo estoy con los últimos” (Is. 41.4)
Las primeras comunidades cristianas formadas por gente del pueblo (1 Cor. 1,26-31), supo desde el principio que Dios escogió a María, mujer pobre y sencilla, para que naciese su Hijo en la tierra: ella es de los suyos, de los humildes, de los ofendidos, de los despreciados, de los humillados, de los injusticiados.
Será por eso, que cuando la Virgen ha querido que sus hijos tengan visiones de ella (Guadalupe, Lourdes, Fátima…), no ha acudido a Obispos ni a hombres poderosos; no ha querido tener sus santuarios entre los ricos. Será por todo esto que la Virgen María da tanta confianza al pobre para expresar sus penas y sus alegrías. Porque sabe que es de los suyos, que es suya, que está con él, siempre a su favor. Pobre ella obediente adoradora del Dios de los pobres.
El que seria, coherente y maduramente quiera ser devoto de María de Nazaret, y adorar “en espíritu y en verdad” al Dios de María y de Jesús, no puede ni debe amargar la vida al pueblo, oprimirlo con dogmas, políticas sociales o económicas. Tiene que poner su peso social del lado de sus intereses, protagonizar junto a él sus luchas y solidarizarse optando pon él, como Dios, como Jesús de Nazaret, como María (Lc. 1,51-55; Mt. 25,53-40)


4- UNA MUJER CREYENTE

Por medio de la fe se confió a Dios sin reservas y se consagró totalmente a sí misma, a la persona y a la obra de su Hijo. Si algo distingue la fe de María es la de ser una fe puesta continuamente a prueba por la realidad de la vida.
El "Hijo del Altísimo", el "Consagrado", "Hijo de Dios", ¿es ese poco de carne palpitante que nace de su vientre en una situación de extrema pobreza (Lc. 2,7) y María recoge en sus brazos y limpia ayudada por José? ¿Ese es el camino para reinar: huir a Egipto, país lejano y extraño porque "Herodes buscaba al niño para matarlo"? (Mt. 2,13-15) María tiene que alimentar al bebé Jesús pues llora por hambre; lo limpia porque si no apesta y enferma; lo arropa y abraza porque hace frío. ¿Dónde está el TODOPODEROSO? Y durante la mayor parte de su vida, su hijo Jesús de Nazaret, bebé, niño, adolescente, joven, hombre maduro, no se distingue de los demás varones con los que convive (Mt. 6,1-3). ¿Dónde está el "Hijo de Dios" del que habló el ángel? Dios calla: "el silencio de Dios" en la vida.
Un día, Jesús, un muchacho de doce años, un menor de edad, en un viaje que hace con sus "padres" a Jerusalén, se queda intencionalmente, a ciencia y conciencia de lo que hacía, sin decirles ni avisarles que se iba a quedar. Lo encuentran después de tres días. Y a la pregunta que le hace su madre: "Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? Mira con qué angustia te buscábamos tu padre y yo", responde de un modo misterioso y hasta displicente, "malcriado" diríamos hoy: "¿por qué me buscaban? ¿No sabían que yo tenía que estar en la casa de mi Padre? Ellos no comprendieron lo que quería decir" (Lc. 2,41-50). María no ve, no oye, no palpa, no comprende a Dios en su hijo Jesús: "María, la Madre, está en contacto con la verdad de su hijo únicamente en la fe y por la fe", nos dice el Papa Juan Pablo II. Vivía en la intimidad con este misterio (el de su filiación divina ) sólo por medio de la fe. Hallándose al lado de su Hijo, bajo un mismo techo. Una fe, la de María de Nazaret, que crece: "Cada día en medio de todas las pruebas y contrariedades del periodo de la infancia de Jesús y luego durante los años de su vida oculta en Nazaret, donde vivía sujeta a ellos (Lc 2,51)".
María había acogido, discernido y creído la "palabra de Dios" sobre su hijo, Jesús de Nazaret: "En la anunciación, María había escuchado aquellas palabras : El será grande… el Señor Dios le dará el trono de David…, reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin" (Lc. 1,32-33). Debe ser "grande", debe ser rey, debe reinar, Y he aquí que, estando junto a la cruz, María es testigo, humanamente hablando, de un completo desmentido de estas palabras. Su Hijo agoniza sobre aquel madero como un condenado. Y son, precisamente, los representantes oficiales del "Dios bendito", "los sumos sacerdotes, los senadores y los letrados", los que "todos sin excepción pronunciaron sentencia de muerte", porque Jesús de Nazaret ha blasfemado afirmando que Él es "el hijo de Dios" (Mc. 14,53-65).
Al pie de la cruz está María, esperando contra toda esperanza ante los insondables designios de un Dios que parece contradictorio y absurdo. María, impotente ante el mal, como Jesús, con Jesús: Unida a su hijo en su despojamiento: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mc. 15,34). Unida a Jesús también en su fe, en su amor, en su entrega confiada: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc. 23,46; Hebr. 12,2).

María es la madre que concibe y da a luz a Jesús en una situación de pobreza (Lc. 2,7); vive con él en Nazaret desde que nace hasta los treinta años y está al pie de la cruz cuando Jesús es ajusticiado como agitador revolucionario (Lc. 23,1-5), como malhechor (Jn. 18,30), como blasfemo (Mc. 14,61-64), crucificado entre dos bandidos (Mc. 15,27). "Dios resucitó a este Jesús" (Hech. 2,32) y no a otro. La Virgen María es la madre de "este Jesús" quien le costó lágrimas y sangre del corazón permanecer firme en la fe y aceptar la voluntad de Dios sobre ella y sobre su hijo.
Pensar que porque ella es Inmaculada, nació ya sin pecado original y, al no tener ni ese pecado, no sufrió sus consecuencias y por lo tanto no sufrió como nosotros es minimizar, olvidar, ocultar con vergüenza a la María, tal como aparece en los Evangelios, en la historia y falsificar su memoria. Esa “Virgen María” es una mujer sin historia, un fetiche que no conoció las dificultades que la vida trae a todo ser humano. Hacer "divina" a María suprimiendo su humanidad, termina despojándola de todo el valor ejemplar y estimulante de su vida y siéndoles funcionales a los poderosos de todos los tiempos por los cuales María y su familia sufrió injusticias.
Que María de Nazaret, la Virgen María, por gracia de Dios, "ha sido preservada de la herencia del pecado original" (Juan Pablo II, "La Madre del Redentor", 10), no quiere decir en modo alguno que no haya tenido tentaciones, pruebas, sufrimientos. Todo eso lo tuvo, pero también, con la gracia de Dios, libremente, con sostenida actitud de vida y decisión humana, lo superó y venció en la lucha de la vida diaria. "Ella, que pertenece a los humildes y pobres del Señor", respondió a Dios "con todo su yo humano, femenino", situada en el centro mismo de aquella enemistad, de aquella lucha que acompaña la historia de la humanidad en la tierra (Juan Pablo II, "La Madre del Redentor", 11,13).


5- UNA MUJER SOLIDARIA

María de Nazaret se enteró por el ángel (Lc. 1,26-38) de que "su pariente Isabel, a pesar de su vejez y esterilidad, ha concebido un hijo, y ya de seis meses. Con la noticia del embarazo de su pariente se puso en camino inmediatamente, ya encinta, para ir a asistirla. Mujer solidaria en el ayudar, en el ponerse a servir al necesitado.
María de Nazaret, ante el privilegio de haber sido elegida para ser la madre de Dios encarnado, del Mesías, no se queda extasiada, fuera de sí por la alegría, ni se asume en una actitud de superioridad al resto. No permanece pasiva, encerrada en su mundo de jovencita embarazada que necesita atención, cuidados, mimos. No se lanza a publicar su privilegio y alegría. Tampoco el no tener pecado quiere decir no tener tentaciones, dificultades para cumplir la voluntad de Dios. Tampoco a María se le dio todo hecho. Toda gracia y privilegio de Dios es también responsabilidad. La gracia de Dios previene y socorre, pero no nos evita las dificultades y tentaciones. María diariamente cooperó con la gracia del buen Dios cuyo poder no nos ayuda a evitarlo todo sino a poder superarlo todo. La Inmaculada nos dice que la victoria sobre el pecado es también posible, real y concreta en nuestra sociedad.
A María no se la encuentra como aquellos que se pasan la vida agradeciendo a Dios y celebrando por los privilegios que Dios les ha dado generosamente, sin hacer ellos más nada. María se comportó comprometiéndose, arriesgándose sin temer a perder los privilegios que tenía y guarda.
María sale de su mundo, de sí misma y viaja "a toda prisa a la montaña, a la provincia de Judea" (Lc. 1,39), lejos, a más de 120 km. de Nazaret para ayudar a Isabel; que sabe la necesita. Entrada en años, primeriza, y en el sexto mes de embarazo, tres circunstancias que hacen que esos últimos meses sean positivamente molestos y angustiosos para Isabel. Todas estas cosas no son secreto para las jovencitas del pueblo como es María. Por eso ella va a ayudar, a servir (Lc. 1,36-40.56) No hay divorcio entre la fe y la vida de María. Mujer solidaria que cree en el Dios solidario.
Isabel se contentó mucho con la ayuda eficaz y cariñosa que le llegaba con María. Y "llena de Espíritu Santo, dijo con fuerte voz: ¡bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!" Entonces María expresó sus sentimientos en ese canto que llamamos "El Magníficat": Lc. 1,46-55. En él, inspirada por el mismo Dios, proclama con fuerza la verdad no ofuscada sobre Dios: Lo llama "mi Salvador", que es lo mismo que decir "mi Libertador": "Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador".
Dice que es "Poderoso". Pero ¿de qué tipo de poder habla? Lo aclara: "Él (el Poderoso) es santo". Es decir que el Poder de Dios es su santidad. ¿Y en qué está esa santidad de Dios? La santidad de Dios es su misericordia (hacer pasar por el corazón la miseria ajena). Dios ha sido misericordioso con ella, y su misericordia perdura y llega, día a día a los pobres y humildes. "Su brazo interviene con fuerza, desbarata los planes de los soberbios, derriba del trono a los poderosos y exalta a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide de vacío" (Lc. 1,51-53).
Esta es "la fuerza de la verdad sobre Dios, proclamada entonces con tan extraordinaria sencillez y claridad por María". Así lo subraya Juan Pablo II en su carta encíclica "La Madre del Redentor", y añade algo muy serio y trascendental: "desde la profundidad de la fe de la Virgen en la anunciación y en la visitación (en el Magníficat), la Iglesia llega a la verdad sobre el Dios de la Alianza".
Jesús de Nazaret es, pues, el salvador, el libertador, "el Mesías de los pobres". Por eso "no se puede separar la verdad sobre Dios que salva… de la manifestación de su amor preferencial por los pobres y los humildes, cantado en el Magníficat”. Esto es anterior a la proclamación de la Causa por la que Jesús vivió, predicó, sanó; fue perseguido injuriado, apresado, torturado y luego asesinado: la construcción del Reino de Dios empezando por la justicia en el mundo.
La solidaridad lleva a Dios a hacerse hombre en Jesús de Nazaret. Jesús es el Dios solidario y, por eso, liberador del mal individual y social que pesa sobre la vida de los hombres y mujeres bajo diversas formas y medidas (Lc. 4,19;7,22).
PARA SER HOMBRES Y MUJERES SEGÚN EL CORAZON DE DIOS HAY QUE SER SOLIDARIOS COMO MARIA, COMO JESUS


6- UNA MUJER QUE ES MADRE

¿En qué sentido María de Nazaret es Madre de Dios?
Los cristianos confesamos a María de Nazaret como "verdadera MADRE DE DIOS".
Dios, en cuanto Dios, no tiene madre.
La criatura que nace de María, a la que ponen por nombre Jesús (Mt. 1,21.25), a la que llamarán Jesús de Nazaret (Jn. 1, 45) es el Hijo del Eterno Padre, y sólo de El, que mediante la encarnación, por obra del Espíritu Santo, ha sido engendrado como hombre, como criatura humana, en María y se ha convertido en su propio y verdadero hijo. María dio la vida, como madre, en el orden de la generación terrena a Dios. Por eso decimos que Jesús de Nazaret es el Verbo encarnado, el Dios hecho hombre. Pero María, pues, no da la "divinidad" a su hijo.
Nuestras madres no nos dan a nosotros sus hijos nuestra alma, nuestro espíritu, nuestra personalidad. Sin embargo, son nuestras madres, no solamente de nuestra carne, sino de toda la persona que engendra. María no le dio a Jesús su hijo la divinidad, pero bien podemos decir que es madre, no solamente de su carne, sino de la persona que engendra, que en este caso singular es la persona única de Dios hecho hombre. Por eso María, la madre de Jesús, es madre de Dios.

Jesús es carne y sangre de María. Es "carne" como todo hombre: es el Verbo (que) se hizo carne (Jn. 1,14). Es verdadero hombre.
María, como madre, crió y educó a su hijo. Las cualidades humanas y el carácter de Jesús (como de todo bebé, niño, adolescente…) se formaron y fueron influenciados por el modo de ser, por las virtudes de su madre. Generalmente los rasgos de la madre se reconocen en el hijo.
¿No habría algo de lo maternal de María en la sensibilidad de Jesús ante los pobres y necesitados (Mc. 1, 41 - 6, 34 – 8, 2; Lc. 7, 13 – 7, 36-50); en su humanismo (Jn. 2, 1-10; Mc. 2, 15-17; Jn. 11, 5.33.35.38); en su corazón acogedor, compasivo, misericordioso, generoso (Jn. 8, 2-11; Lc. 13, 10-17; Mt. 11, 28-30); en sus detalles (Mc. 5, 43; Lc. 7, 15)?
En su aprecio de la oración con insistencia (. 7, 7-11) sin rencor (Mc. 11, 25); con una fe sin reservas (Mc. 11, 23-24); espontánea y limpia (Mt. 11, 25-26); en el peligro de la tentación (Mc. 1, 35; 6, 46; 14, 32-34); dando gracias (Jn. 11, 41-42)?
Las madres, con su "práctica" de Dios, nos hacen sentir, nos "revelan" quién y cómo es Dios. Ellas interpretan maternalmente al amor de Dios. Así fue María de Nazaret, la mujer creyente (Lc. 1, 45) para su hijo Jesús. Ella fue el instrumento que le manifestó a Jesús, su hijo, sobre todo en sus primeros años, la verdad de un Dios que salva (Lc. 1, 47), poderoso, fuente de todo don (Lc. 1, 49), bueno, misericordioso que ama con un amor preferencial a los pobres y humildes (Lc. 1, 50-53). Esa era la fe profunda de María, su experiencia personal de Dios, reflejada en su vida diaria y cantada en el Magníficat (Lc. 1,46-55).
Ese es el Dios que se nos revela "en todo lo que hizo y dijo" (Hch. 1,1) Jesús de Nazaret, hijo de María, Hijo de Dios.

No está a nuestro alcance el ser "Madre de Dios" o "Inmaculados". Pero todo el que se esfuerce con la gracia y misericordia de Dios, por no oponer resistencia a Dios, por estar siempre a sus órdenes, por ser instrumento dócil en sus manos, por hacer su voluntad a costa de nuestras conveniencias terrenas inmediatas aunque no le sea nada fácil, es como María, que dijo siempre SI a Dios hasta el final.
La "gloria" de María no es el poder ni la gloria de los reinos de este mundo (Lc. 4,5-8); no es tampoco la gloria que se dan los ganadores del sistema (Jn. 12,42-43).
La "gloria" de María que está a nuestro alcance es la fe en Dios: "¡Dichosa tú que has creído!" (Lc. 1,45). El SI consecuente a Dios: "¡Dichosos los que escuchan el mensaje de Dios y lo cumplen!" (Lc. 11,27-28)
El esforzarse diariamente por seguir a Jesús siendo "buenos del todo, como es bueno su padre del Cielo" (Mt. 5,48).
A éstos es a quienes el Poderoso, Misericordioso, el Santo, el Salvador glorifica, exalta, salva, resucita y sube a los cielos (Lc. 1,43-53).
María, humilde y pobre en el Señor, fue elegida por Dios. Dios tomó en cuenta la vida de María de punta a cabo, desde su Inmaculada Concepción hasta su Asunción a los Cielos. El Padre, por Jesús, la hizo grande y bella con la "gloria de su gracia".
Como a María, Dios sigue eligiendo a los humildes y pobres en el Señor, gratuita y generosamente, para ser también un "himno a su gloria" (Ef. 1,4-12; Rom. 8,29-30).


7- LA MUJER QUE ES MAS QUE MADRE DE JESUS SEGÚN LA CARNE

María engendró a Jesús: lo concibió en su seno, lo dio a luz, lo amamantó maternalmente. Es la maternidad biológica, natural. Jesús es su hijo, de su misma carne y sangre: parentesco humano.
Un día, cuentan los evangelios: "llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose fuera, le mandaron recado para llamarle. Tenía gente sentada a su alrededor, y le dijeron: Oye, tu madre y tus hermanos te buscan ahí fuera.
El les contestó: ¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y pasando la mirada por los que estaban sentados en torno a su alrededor, dijo: Aquí tienen a mi madre y a mis hermanos. El que pone por obra el designio de Dios ése es hermano mío y hermana y madre" (Mc. 3,13-35).
Otro día, una mujer que escuchaba lo que decía Jesús entusiasmada le dijo gritando: "¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!" Eran palabras de alabanza, de bendición para la madre de Jesús según la carne. Pero Jesús responde como corrigiendo y orientando su espontaneidad: "Mejor: ¡Dichosos los que escuchan el mensaje de Dios y lo cumplen!" (Lc. 11,27-28).
¿Qué nos quiere decir Jesús con esas palabras? Son dos respuestas claras, rotundas, desconcertantes.
Para Jesús, lo más importante, lo que interesa ante todo y sobre todo no es la relación natural, biológica de parentesco, sino escuchar el mensaje de Dios y ponerlo por obra haciendo lo que Dios quiere. Ese es el vínculo mayor. Esa es la dicha y felicidad verdadera. La familia de Jesús la integran aquellos que cumplen la voluntad del Padre-Dios.
Jesús viene al mundo con una misión, con una vocación. Jesús trae una "Buena Noticia": Que Dios es el Padre de todos y, por consiguiente, todos los hombres somos hermanos. La misión de Jesús, la vocación de Jesús, la causa por la que Jesús da su vida es el Reinado de Dios. El Dios de la justicia, el Dios solidario, el Dios vida. Elegirlo por encima de todos y a todo, con todo el corazón, en toda la mente, con todas las fuerzas. Poner por obra esa "Palabra de Dios" cumpliendo su voluntad: viviendo como hermanos de Jesús en justicia y solidaridad unos con otros, para así ser y vivir como hijos de Dios.
Eso es todo ventaja para los hombres: libertad, amor, solidaridad, fraternidad, justicia, reconciliación, felicidad… Esa es la "Buena Noticia" del Reinado de Dios que trae Jesús.
Jesús no está contra la familia. Pero para Jesús la familia no es lo primero. Para Jesús lo primero es escuchar la Palabra de Dios y ponerla en obra.
Por eso es por lo que Jesús no acepta sin más el elogio que hacen de esa su relación de parentesco con su propia madre: "¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!"
Sobre la relación familiar de carne y sangre, aun entre madre e hijo, está el escuchar la palabra de Dios y cumplirla. Jesús no reconoce más familia que la familia de la fe formada por cuantos hacen la voluntad del padre: "Aquí tienen a mi madre y mis hermanos; el que pone por obra el designio de Dios, ése es hermano mío y hermana y madre" (Mc. 3.34-35).
Jesús antepone el seguimiento (el escucharle, quererle, seguirle cumpliendo la voluntad de Dios) a la familia (lee Mt. 10, 37-38: Lc. 14,25-27) Por eso Jesús se siente más vinculado a su comunidad de seguidores que a su familia humana.
Con respecto a María, nos encontramos que está vinculada a Jesús con lazos más fuertes que los de la carne y sangre, por ser ella la primera entre aquellos que escuchan la palabra de Dios y la cumplen (Lc. 11,28).
María es, pues, digna de bendición "Bendita tú entre las mujeres" (Lc. 1,42) por haber acogido siempre la palabra de Dios: "la conservaba en su interior, meditando" (Lc. 2,19.51), por haber creído: "¡Dichosa tú que has creído!" (Lc. 1,45), porque fue obediente a Dios totalmente en su vida: "Aquí está la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que has dicho" (Lc. 1,38).
Por "estar en las cosas del Padre", anunciando su reinado, el reinado del Dios que "desbarata los planes de los soberbios, derriba del trono a los poderosos y a los ricos los despide vacíos" (Lc. 1,51-53).
María fue Madre de Jesús, pero madre cristiana, no egoísta, no posesiva: no frenó, no puso dificultades a la misión, a la vocación de su hijo Jesús, aunque ésta llevase consigo la separación (Mt. 4,13: Mc. 1,9.14.21: 2,1).
María había renunciado a comprender los planes de su hijo que se le escapa para ocuparse de "sus cosas", que son las del Padre y de los hombres, pero lo acepta (Lc 2, 41-51).
María, madre cristiana, se fió de Dios, viviendo impotente la lucha del hijo como tantas madres del pueblo, sin saber pero confiando (Mc. 3, 21-22; Lc. 4, 16-30; Jn. 7, 1; Mc. 11, 15-18; Mc. 12, 13; Jn. 11 ,47.50.53.57; Jn. 19 ,5-7.12.14.15.25).
María, madre, acompañó como mujer del pueblo la lucha de su hijo, viviendo con él su fracaso y esperando ciegamente en Dios (Jn. 19, 5-7.12.14.15.25).
En definitiva lo que cuenta en el proyecto de Jesús, en su seguimiento por el Reino. Lo que cuenta es el cumplir siempre la voluntad del Padre, el seguir a Jesús incondicionalmente. Familia de Jesús son los que le siguen y mantienen su adhesión a su persona. Es claro que el precio del seguimiento de Jesús, de la libertad evangélica será, muchas veces, la liberación real y efectiva de las ataduras familiares. Y esto es lo que entendió y vivió, como nadie, la misma María.
María es la primera entre los cristianos: Por ir a la cabeza de aquellos que en todos los tiempos "escuchan el mensaje de Dios y lo cumplen" (Lc. 11,28), de los que "ponen por obra el designio de Dios" (Mc. 3,35).
Por ser la "primera discípula" de su Hijo, la primera que respondió a su "sígueme" con toda su vida: "Desde el momento de la anunciación y de la concepción, desde el momento del nacimiento en la cueva de Belén, María siguió paso a paso tras Jesús en su maternal peregrinación de fe…" (Juan Pablo II, Carta Encíclica "La Madre del Redentor", 25/3/87, nº 20.26).


8- LA MUJER QUE ES MADRE DE TODOS LOS HOMBRES,
MADRE DE LOS CRISTIANOS, MADRE DE LA IGLESIA.

María de Nazaret tendría ya unos 50 años. Está junto a la cruz donde agoniza su hijo. Parada, firme, no le importa ya que la maten a ella también. Es la entereza de la madre consciente de la causa por la que Jesús ha luchado, por la que matan a su hijo, y totalmente de acuerdo con él.
Jesús agonizante se preocupa de que alguien cuide de su madre después de su muerte. "Sin lugar a dudas se percibe en este hecho una expresión de la particular atención del hijo por la madre que dejaba con tan grande dolor". (Juan Pablo II, Encíclica "La Madre del Redentor", 23)
Hay algo más en este hecho que un acto de piedad filial del Hijo hacia la Madre.
El que muere en la cruz es nuestro Redentor, el Salvador de todos los hombres.
En su muerte y resurrección todos hemos sido salvados. Por todos los hombres muere Cristo, para que todos reconozcamos a Dios como Padre bueno y seamos hijos suyos viviendo como hermanos (Mt. 5,43-48; Lc. 6,31-36).
En esa muerte y resurrección en el bautismo, del agua y del Espíritu, nacemos los cristianos: hombre y mujeres "nuevos en Cristo" (Jn. 3,3-7). Indudablemente es Jesús y sólo Jesús el que nos redime, salva, engendra a esta novedad de vida. Y de nadie tiene necesidad.
María ha estado siempre unida a Jesús. María quiere activamente que se realice la misión de su hijo: el Reinado de Dios, la salvación. El sólo puede "reunir a los hijos de Dios dispersos" (Jn. 11,52). El designio del Padre es "que todo el que reconoce al Hijo tenga vida definitiva y lo resucite yo en el último día" (Jn. 6,40).
Por eso María está parada junto a la cruz totalmente unida a su Hijo, a su voluntad, a su amor redentor.
María sufre profundamente. ¡Es su Hijo, el único, el amado!, el que agoniza como si fuera un criminal, condenado a muerte por el poder religioso y político del pueblo.
La fe, amor y entrega de María es total. El amor del Padre parece ausente. La misión del Hijo termina en el fracaso de su muerte. El silencio de Dios resuena en el corazón de Cristo y de María: "Dios mío, Dios mío ¿Por qué me has abandonado?" (Mc. 15,34) De pié, acompañando a su hijo crucificado, está su Madre María, clamando al Padre con su Hijo.
Entonces oye María las palabras que Cristo le dirige desde la cruz: "Mujer, mira a tu hijo". Jesús agonizante pone ante los ojos de María a toda la humanidad, representada en Juan, a todos y cada uno de nosotros (también a los soldados que lo clavaron en la cruz y ahora están sorteando su túnica: Jn. 19,23-24; y a los sumos sacerdotes y letrados que se burlan del Hijo asesinado por ellos; Mt. 27,41-43;…) para que nos acepte como hijos suyos.
Entonces "un nuevo amor" madura en María: ¡es la última voluntad de su Hijo, de Dios! Esta "nueva maternidad" de María, engendrada por la fe, es fruto del "nuevo amor", que maduró en ella definitivamente junto a la cruz, por medio de su participación en el amor redentor del Hijo (Juan Pablo II, Encíclica "La Madre del Redentor", n. 23).
María queda de nuevo como “embarazada” de todos los hombres, amados por Dios (1 Jn. 4,9-10), salvados por él (Jn. 3,16-17), llamados a "nacer de nuevo" por esa muerte (y resurrección) de su Hijo Jesús (Jn. 3,3-5).
Al pie de la cruz, María acepta la voluntad del Padre y entrega a su hijo, Jesús. En su lugar acoge como hijos, con el mismo derroche de misericordia y ternura a todos los hombres pecadores que Jesús le presenta. En adelante, todos y cada uno de ellos serán su hijo, lo mismo que Jesús.
Cuando Jesús desde la Cruz dice: "Mujer, mira a tu hijo", tiene ante El a una persona concreta: el "discípulo a quien él quería" (Jn. 19,26).
Ese discípulo representa a todos y a cada uno de los hombres, pero más particularmente a los discípulos de Jesús, a sus seguidores, a los cristianos. Es un discípulo sin nombre, porque Jesús, los quiere a todos (Jn. 13,1; 15,13-15).
Entonces María también es Madre de la Iglesia (ekklesía = asamblea). María no ha engendrado a la Iglesia, no está por encima de la Iglesia. María está en la Iglesia, es la primera cristiana. Esto es lo que nos dice el Papa Juan Pablo II en su Encíclica "La Madre del Redentor" n. 24: "Las palabras que Jesús pronuncia desde lo alto de la Cruz significan que la maternidad de su madre encuentra una "nueva" continuación en la Iglesia y a través de la Iglesia, simbolizada y representada por Juan". "Mira a tu madre" nos dice Jesús desde la cruz (Jn. 19, 27). María como Madre es la herencia del hombre, el don que Cristo hace personalmente a todos y a cada uno de los hombres.
TODOS somos hijos de María de Nazaret, la mujer, la madre de Jesús que creyó en Dios y se fió de él más allá de la muerte, creyendo que Dios no falla nunca porque "tiene poder hasta para levantar de la muerte" (Heb. 11,19).
Esta, y no otra, es la Madre de Dios, María de Nazaret.
Esta, y no otra, es la primera cristiana, después de su Hijo, Jesús de Nazaret, que es también el Hijo de Dios.
Entender esto y ningún otro infantilismo devaluado y falsificante es la verdadera devoción a María.


9- MARIA DE NAZARET: ¿ES LA VIRGEN DE ALGUNAS APARICIONES?

Las apariciones de la Virgen se habrían multiplicado a través de los años. Medjugorje (Yugoslavia), Los Teques (Venezuela), Cuapa (Nicaragua), Peña Blanca (Chile), San Nicolás de los Arroyos (Argentina), y así unas decenas más.
¿Son todas dignas de crédito? ¿Qué dice de esto el Magisterio de la Iglesia?
A María de Nazaret muchos cristianos gustan de enjoyarla, de coronarla como Reina, le levantarle templos suntuosos, de atribuirle apariciones, mensajes apocalípticos, milagros. ¿No será porque algunos se sienten mejor con esa Virgen de ciertas “apariciones”, que con la María histórica, la María del Evangelio, María de Nazaret? ¿No hay cristianos entre nosotros que, ávidos de apariciones, de milagros, huyen del diario caminar comunitario, del lento y pesado caminar de la fe?
Según los Evangelios ¿en qué María se fijó Dios? ¿De quién se complació Dios? ¿A qué María hizo Dios Madre de su Hijo, Jesús de Nazaret?
Veamos honestamente la María nos presentan los Evangelios y qué María nos muestran algunas de estas “apariciones”. Y antes estas dos Marías reflexionemos sinceramente: ¿en cuál de ellas, de hecho, creemos? ¿En cuál ponemos nuestra confianza? ¿Cuál nos ayuda más a seguir fielmente a Jesús, a ser fieles a su Evangelio, a ser cristianos?
La María del Evangelio es una mujer judía, que nació, vivió y murió pobre.
Una mujer del pueblo, campesina, sin nacimiento aristocrático, sin porvenir.
Una mujer pobre que ayudó a los pobres (Lc. 1,39-56; Jn. 2,1-11).
Jesús no mejoró la situación social de su madre. En su concepción, las sospechas recayeron sobre ella (Mt. 1,18-19). Ante la gente apareció como la madre del malhechor entre los malhechores: crucificado entre dos bandidos (Mc. 15,27).
Y eso es lo que el buen Dios-Padre y su Hijo Jesús quisieron de María. ¿O no?
Esa María de Nazaret, pobre, ¿es la que se aparece pidiendo que se le hagan grandes y suntuosos santuarios, templos, basílicas?
Esa María de Nazaret ¿se contentará con que le pongan joyas, vestidos lujosos, condecoraciones?
María de Nazaret, la única Madre de Dios ¿es la que presenta en la “apariciones” dispuesta a "vendernos" a un Dios, que compramos al bajo precio de creer en esas apariciones, de realizar ciertos ritos y penitencias, de rezar determinadas oraciones, de tener ciertos talismanes, medallitas, velas, rosarios, imágenes?
La fe de los cristianos pendientes de las “apariciones”, que van a ellas a ver si les toca la "lotería", ¿es como la María de Nazaret?, ¿o se acerca mucho a la de aquellos a quienes Jesús reprocha: "como no ven señales portentosas, no creen" (Jn. 4,48)?
Si nuestro Dios no es el "mago todopoderoso" que milagrosamente nos evita todos los males y sufrimientos de la vida (como no se los evitó ni a María, ni a Jesús ni a todos los santos que vinieron después), sino el "Dios todo débil" que, muriendo en Jesús, abandonado en la cruz, nos da fuerza para superarlo todo, ¿será María la curadora, milagrera y maga "todopoderosa"? ¿Estaría María en lugar de Dios?
¿Cómo reaccionaría hoy María, la primera cristiana y discípula, ante lo que Juan Pablo II nos dice a los cristianos?: "Así, pertenece a la enseñanza y a la praxis más antigua de la Iglesia la convicción de que ella misma, sus ministros y cada uno de sus miembros, estén llamados a aliviar la miseria de los que sufren cerca o lejos, no sólo con lo "superfluo", sino con lo "necesario". Ante los casos de necesidad no se debe dar preferencia a los adornos superfluos de los templos y a los objetos preciosos del culto divino; al contrario, podría ser obligatorio enajenar estos bienes para dar pan, bebida, vestido y casa a quien carece de ello". (Carta Encíclica "Sollicitudo Rei Socialis", de Juan Pablo II, del 30 de diciembre de 1987, n. 31).

¿Cómo es posible entonces que la Virgen María avale todas estas espiritualidades milagreras con su presencia?
Quizás el sacerdote Ariel Álvarez Valdez nos ayude a comprender estas cuestiones:
Lo primero que hay que decir es que María no aparece, no ha aparecido ni aparecerá jamás. Hace muchos siglos que la teología católica ha definido que María ha muerto y habita con un cuerpo glorificado en la casa del Padre. De ese lugar no se puede regresar físicamente, ni entrar en contacto corporal con los vivos, ni comunicarse sensiblemente. El mundo de los vivos y de los muertos son de especies distintas. En el antiguo testamento queda claro este dogma (Sal 39, 14 ; Job 10, 21-22; 2º Sam 14, 14; 12, 22-23; Dan 12, 2; 2º Mac 7, 9; 7, 36; Sap 16, 14) y se condena severamente todo intento de comunicación por ser “abominables a Dios” (Lev 20, 27; Deut 18, 11-12); repitiéndose este dogma en el nuevo testamento (Lc. 16, 19-31).
La “aparición” nos remite a un fenómeno físico objetivo, que se produce fuera de nosotros y por lo tanto no depende de quien lo capta sino de quien lo presenta. Alguien “aparece” si mostrándose en un lugar su presencia física es percibida por todos los que están allí. Depende del que se presenta, no de los otros que lo ven, escuchan y tocan.
Ahora bien, la “visión” sí es un fenómeno emocional subjetivo, que se produce dentro de nosotros y entonces sí depende de la persona que la tiene.
Esto es lo máximo que la Iglesia puede aceptar sin contradecir las escrituras.
Cuando Bernadette tuvo la visión de María en Lourdes (Francia, 1858), las 18 veces que repitió la experiencia, sólo ella la “veía” aunque estaban presentes muchas otras personas. En La Salette (Francia, 1846), a pesar de la muchedumbre presente, sólo dos pastorcitos de 11 y 14 años “vieron” a “la Señora”. Otro tanto ocurrió en Fátima (Portugal, 1917), con los tres pastorcitos de 8; 9 y 10 años que “vieron” a la Virgen en seis oportunidades y les reveló “tres mensajes secretos”. Y aunque el último día cientos de personas aseguraron haber visto el sol girar, eso sólo demuestra el caso de las “visiones colectivas”, ya que en ciudades y países vecinos no se vio esto y, además, de haber ocurrido real y físicamente hubiese sido una catástrofe cósmica...
La Iglesia sostiene que estas visiones efectivamente pueden provenir de Dios pero lo cierto es que contempla la posibilidad cierta de que sean simples delirios, ilusiones, o desvaríos de las personas que las experimentas; tal es así que no se pronuncia en el 90% de los casos. Visiones como la de la Medalla Milagrosa a Catalina Laburé (París 1803), que tantos devotos tiene hasta nuestros días, nunca ha sido aprobada oficialmente.
Por esto es que el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica (1993) dice que no todo el que dice recibir revelaciones sobrenaturales las recibe realmente ni vienen de Dios y que ninguna de estas revelaciones (privadas) pertenecen al depósito de la fe; como sí pertenecen y son obligatorias e imprescindibles para la vida del cristiano las revelaciones contenidas en la Biblia (públicas). También que se da como obligación moral para todo católico, con la ayuda del magisterio de la Iglesia, el “discernir” las auténticas de las que no lo son, sin esperar que sobre cada “revelación” que circula se expida la jerarquía de la Iglesia. (Nº 67)

Lo segundo que podríamos señalar es que estas revelaciones privadas, en el caso de que sean auténticas, tienen como finalidad la santificación del vidente, no la de los demás. Es éste el que la debe meditar, convertirse, cambiar su vida y comprometerse a vivir lo que le piden en el mensaje y recién ahí, con el ejemplo, extenderlo a los demás. Pero no proponiéndolo y mucho menos obligando a los demás a creer en el mensaje, que por ser privado no se adapta a la espiritualidad de todo el pueblo de Dios. Por eso, cuando alguna “revelación” conlleva la orden de ser difundida y obedecida por todos, es muy poco probable que sea auténtica.

La tercera acotación a hacer es que cuando el Papa o un Obispo (si fuera de emergencia) aprueban una manifestación mariana, lo que se está aprobando es una devoción, o sea un culto, el “rezo” bajo una determinada forma. No significa que se aprueben la visión ni los mensajes. La Iglesia cuando acepta la devoción no confirma con esto la revelación que la originó. Las devociones (rezos) no hacen mal a nadie y por el contrario ayudan y preparan espiritualmente para la misión cristiana en el mundo que es el amar al prójimo en sus múltiples requerimientos y formas, dando testimonio de la verdad y la justicia en la opción por los empobrecidos y exponiéndose a los riesgos que esto conlleva. En cambio, las revelaciones particulares (en el mejor caso de que sean verdaderas) responden a la espiritualidad del que la recibe y pueden, de ser imaginadas más allá de la buena fe del vidente, deslizar errores de dogma a veces muy graves.
Existe una devoción paradigmática sobre esto, aceptada por la Iglesia, y es la de la Virgen del Loreto. Es la patrona de la aviación y es muy festejada en Santiago del Estero, Argentina. Cuando en el siglo XIII los cristianos no pudieron peregrinar más a Tierra Santa para visitar los santuarios cristianos, por estar en manos de los musulmanes, en Loreto (Italia) comenzó a venerarse una casita que decían era de María de cuando vivía en Nazaret y que los ángeles la habían traído volando desde Galilea (por eso es la patrona de la aviación). El Papa Sixto V aprobó esta devoción, pero por eso no quiere decir que sus “revelaciones“ hayan sido aprobadas. Y lo acertado que ha sido ya que, según los últimos estudios arqueológicos, “la casita” ni siquiera corresponde al tipo de edificación palestina, por no hablar ya del “vuelo”; por lo tanto no es objeto de fe. Lo mismo sucede con las demás devociones.

Existe algo que el creyente debe tener en cuenta para ponderar una revelación que es determinante al momento de tenerla por verdadera o falsa: la revelación privada nunca puede contradecir a la revelación pública.
Entonces, si María tiene un rol protagónico hasta relegar a Jesucristo a un segundo plano; si reclama una atención exclusiva hacia su persona (como las “revelaciones” del sacerdote Esteban Gobbi del movimiento sacerdotal mariano, que según éstas le piden “dejarse poseer para que sea la Madre quien actúe y obre en él”; cuando las escrituras nos revelan que es Dios el que posee y habita). Cuando dice que sean “sacerdotes de ella”; y en las escrituras dicen que los sacerdotes son de Jesús. Cuando el mensaje dice que el último grito de Jesús en la cruz fue “¡Mamá!” , siendo que la Biblia dice que invocó al Padre; entonces tenemos una Virgen que es el centro de atención en franca oposición a la de los Evangelios donde se muestra prudente, mesurada, discreta y en un segundo plano con respecto a Jesús.
Si tiene una locuacidad capaz de llenar libros enteros con sus profecías y vaticinios. Si posee una verborragia desconocida en el Nuevo Testamento en el que sólo dos evangelistas ponen palabras en su boca, seis frases en total. Además, es “su” palabra la que importa y la que debe ser escuchada -como en San Nicolás- donde según la “vidente” el mismísimo Jesús le habría dicho que “si esta generación no escucha a mi madre perecerá. Pido al mundo que lo haga” (curiosa petición, contraria a las enseñanzas de las bodas de Caná, donde es María la que pide que se escuche a su Hijo).
Si María tiene visiones lúgubres, tétricas, sombrías. Anuncia catástrofes, desgracias, promete castigos, se muestra pesimista, depresiva, amargada, ve todo negro y sin esperanzas y la única salida que vislumbra es la destrucción del mundo mediante cataclismos y catástrofes; como en el famoso secreto de La Salette que habla sobre que ”Dios va a castigar al mundo de una manera jamás vista, nadie podrá escapar a su cólera, la sangre correrá por todos lados, las iglesias serán profanadas, los sacerdotes muertos cruelmente, el demonio tendrá sus iglesias y todo el universo gemirá de terror, etc...”; cuando las escrituras nos enseñan a María como una mujer de esperanza, optimismo, alegría, que medita serenamente aun en los momentos difíciles de su vida y tiene confianza en el futuro.
Y si, y lo que es más grave, contradice abiertamente las palabras de Jesús contenidas en la Biblia porque: a) cuando Jesús repite que “no tengan miedo” (Lc 5,10; 12,7; Mt 14,27; 17,7; 28,5; 28,10; Jn 14,27; Ap 1,17) María parece que busca aterrorizarnos. b) cuando Jesús nunca dio una fecha del fin del mundo, ni siquiera aproximada (Mc 13,33-37; Mt 24,42-44; Lc 12, 37-40) María amenaza que el fin del mundo está próximo y en algunos mensajes ha llegado a anunciar fechas, que por supuesto se vencieron... c) cuando Jesús enseñó que Dios está al lado de todos los hombres, sean santos o pecadores, y que derrama su bendición para todo el mundo (Mt 5,45) María promete únicamente bendecir a los buenos y estar al lado de los que rezan el rosario y la invocan. d) cuando Jesús nunca dijo que se salvarían únicamente los que amen a Dios, reconociendo que es posible salvarse sin conocerlo siempre que se ame al prójimo, pues todo eso le es agradable (Mt 25,40) y es reafirmado por la Iglesia Católica en el Concilio Vaticano II (sobre la salvación de los ateos); María afirma que sólo se salvarán los que tienen fe en Dios y la amen a ella... e) cuando Jesús nunca afirmó que por practicar algún rito o devoción los cristianos ganarían el cielo sino con el amor y el servicio al prójimo (Mt 25,31-46; Mc 10,17-22; Jn 13,33) o sea que cumpliendo la voluntad del Padre es que seremos salvos; María advierte en ciertos mensajes que hay que tener agua bendita, velas consagradas, rezar el rosario y tener imágenes de ella y Jesús; y f) cuando la Biblia enseña que la idea de salvar a la humanidad es de Dios y que a Él pertenece el plan salvífico (Ap 7,10; 12,10; 19,1; Tito 1,3; 2,10); María en algunos mensajes nos advierte que Dios quiere poco menos que reventarnos, destruir el mundo, aniquilar la especie humana y ella “detiene” su brazo castigador; con lo cual sus devotos en vez de buscar protección en Dios deben buscar, en María, ¡protección contra Dios!!!; cuando el mismo Dios en su alianza con Noé, después del diluvio, promete que no volverá a destruir a los pecadores con desastres (Gen 9,8-11), Jesús enseña en la parábola del hijo pródigo (Lc 15, 11-24) que Dios no castiga al pecador en esta vida sino que le tiene paciencia hasta el final; o en la parábola del trigo y la cizaña (Mt 13, 24-30) enseña que Dios no arrancará nunca por la fuerza el mal del mundo, ni que convertirá a los hombres por el terror, sino que esperará hasta el final de los tiempos, ¿será la más perfecta discípula y esclava de Dios la que cambió repentinamente de actitud y lo desafía y contradice?
Esto ya es demasiado...

Cuando observamos con un mínimo de atención estas “revelaciones” no las podemos tomar en serio por incoherentes y ridículas. Sin juzgar la buena fe o no de quien cree recibirlas, claramente tienen una imagen distorsionada de Dios, de Jesús, de María y no podemos dejar de atribuir semejantes disparates a los deseos religiosos reprimidos, a traumas, rencores, miedos, resentimientos, histerias, psicosis o algún otro trastorno mental del “vidente”. Como dijo Santa Teresa de Jesús (+1582) a sus monjas: “no hagan tanto ayuno, coman bien y duerman mejor, y dejarán de tener visiones...”
Hasta el propio Papa Pablo VI en su famosa alocución de 1964 tuvo que salir a advertir sobre estas enormes desviaciones en la fe católica: “algunos piensan con ingenua mentalidad que la Virgen es más misericordiosa que Dios, y sostienen con espíritu infantil que Dios es más severo que la Ley y que necesitamos recurrir a la Virgen porque de lo contrario el Padre nos castigaría, cuando la fuente de toda bondad es Dios”!!! La verdadera devoción a María sólo puede ser aceptada si nos acerca más a Dios, no si lo reemplaza.
En la catequesis del Papa Juan Pablo II (3/1/96), con respecto a este tema y citando a Lucas 11,28, recordaba que la madre de Jesús es digna de toda alabanza, no por razones biológicas, sino por escuchar y poner en práctica la Palabra de Dios; o sea, por su total referencia y sumisión. Y es el mismo Papa quien exhorta a teólogos y predicadores a no excederse en ninguna falsa exageración que pretenda extender a María las cualidades y atributos de Jesús (como así todos los carismas de la Iglesia), que por ser Hijo de Dios tiene una naturaleza divina, cuando la naturaleza de María es humana, por la “infinita diferencia existente” entre ambos.
Colocar a María en el mismo nivel que Jesús sería una grave desviación.

Una palabra sobre los “milagros”, prodigios sobre imágenes de María que lloran sangre o transpiran, los estigmas y cosas por el estilo.
Aquí hay que puntualizar que en las últimas décadas del siglo XX, y en lo que va del presente, la Iglesia no ha admitido hechos milagrosos. De la anacrónica definición de San Agustín del siglo IV en donde un milagro es “un fenómeno donde se produce un efecto con independencia de la causa, de la cual quiso Dios que dependiera, según la común y ordinaria condición de las cosas” -y a partir del insalvable escollo que representa la ciencia moderna desenmascarando tanta ignorancia y superstición presentada como “milagro”, por lo que fue sigilosamente sepultada después del Concilio Vaticano II- se pasó a la definición el Colegio Episcopal Holandés que propusieron una nueva definición de milagro diciendo “nada nos obliga a considerar los milagros como una intervención arbitraria y extraña de Dios, como si Dios impidiera el curso de su propia creación. Lo más propio es decir que el milagro hace al hombre consciente de que ignora lo que puede pasar en él mismo y en el mundo”.
Finalmente, El 25 de enero de 1983, el Papa Juan Pablo II promulgó el vigente Código de Derecho Canónico, donde toda referencia a milagros fue suprimida.
Si sobre una imagen se hallara sangre, lágrimas o cualquier otro líquido humano se debe dar por seguro que no son de la Virgen. Se confirma esto con los análisis de los que se han hallado, los cuales tienen diferentes grupos, factores y hasta pertenecen a diferentes sexos.
¿Pero cómo puede ser esto posible entonces?
La mente humana tiene una propiedad llamada “proyección hemática” la cual consiste en que, bajo los efectos de una neurosis o histeria, ciertas personas pueden extraer de su cuerpo sangre, lágrimas u otros humores y proyectarlos sobre un objeto físico del que tienen especial fijación.
Un caso algo similar pasa con los estigmas. Bajo ciertas circunstancias emocionales, existe un mecanismo que lleva sangre en abundancia hacia los capilares y nos hace sonrojar; o la retira, haciéndonos palidecer. Todo esto es gobernado por la mente que somatiza al cuerpo. Cuando éstos son llevados a extremos excitados por una sugestión inconsciente, generalmente de naturaleza histérica, puede producir heridas sangrantes o “llagas”. Este fenómeno se llama “dermografía” y se encuentra en personas que son sugestionables a partir de largas horas de contemplación frente a crucifijos, centrando el pensamiento en ellos, mal comidos, mal dormidos, mortificados, pidiendo a Dios identificarse con la pasión de Jesús. Así es como somatizan sus deseos y adquieren las “llagas de Cristo” que tendrán forma circulares, de tajos, de media caña o forma de crucifijos en forma de cruz latina o de Y griega, según sea la forma del objeto que están contemplando; como se ha comprobado a partir de estos “llagados”. Quizás el más famoso fue el primero del que se tiene referencia, San Francisco de Asís, quien en 1224 con los brazos en cruz y mirando hacia el oriente se le provocaron los estigmas. Vale aclarar que se lo consagró santo por sus obras a favor de los pobres y por la oposición al poder que los empobrecía, incluido el eclesial. Fue santo a pesar de sus estigmas, no por ellos. De hecho, la gran mayoría de los “estigmatizados” no están declarados santos.
Dios no tortura ni gusta de mandar tormentos a nadie. Esta experiencia tan dolorosa jamás puede venir del Dios del amor revelado por Jesús.

Es una ofensa gratuita a la Santísima Trinidad y a la Virgen María atribuirle las barbaridades que contienen muchas de estas supuestas “revelaciones”. Es el deber de todo católico, su obligación moral y amorosa con respecto a María, no permitir que estas desviaciones sean asumidas por los fieles menos informados. No se debe permitir que la terminen injuriando, rebajando, denigrando, atribuyéndole textos que, lejos de mostrar su grandeza y su ejemplo, resultan ofensivos y agraviantes para su persona y que nada tienen que ver con la religión de Jesús.
Y en esto tiene un rol fundamental la jerarquía de la Iglesia, que inexplicablemente pareciera agradarle el ocultar toda esta teología sobre las devociones marianas.
Ojalá que no nos lleve demasiado tiempo el poder adorar a Dios “en espíritu y en verdad” tal cual nos enseñaron y nos piden las escrituras, que junto a la tradición y al magisterio de la iglesia son las únicas fuentes de revelación depositarias de la fe.
BIBLIOGRAFÍA

¿Puede aparecerse la Virgen? – Ariel Álvarez Valdez (San Pablo – 2004)
El Dios que no revelan las mujeres – Navía (Servicios Koinonia)
En la senda de Sofía – Elizabeth Shüssler Fiorenza (Lumen ISEDET – 2002)
Enigmas de la Biblia 1 – Ariel Álvarez Valdez (San Pablo – 2002)
Enigmas de la Biblia 2 – Ariel Álvarez Valdez (San Pablo – 2004)
Enigmas de la Biblia 5 – Ariel Álvarez Valdez (San Pablo – 2004)
Enigmas de la Biblia 8 – Ariel Álvarez Valdez (San Pablo – 2006)
El ministerio de la mujer en el N. T. – Domiciano Fernández (Servicios Koinonia)
Hablemos de la otra vida – Leonardo Boff (Sal Terrae – 2007)
Hermenéutica femenina – Cristina Conti (Servicios Koinonia)
La Virgen María es María de Nazaret - Félix Moracho SJ (Servicios Koinonia)
María... ¿Quién eres? - P. Paulo Dierckx y P. Miguel Jordá (Catholic.net)
María en el misterio de la Iglesia - Luis María Grignion de Montfort (Mercaba.org)Teología desde el camino. La dimensión política de la fe – Gabriel Andrade (Ciudad Gótica – 2008)

martes, 6 de octubre de 2009

Historia de la Virgen del Rosario - por gabriel andrade

En 1571 la cristiandad era amenazada por los turcos de un Imperio Otomano al acecho llevado a su máxima expansión y apogeo por el emperador Soliman II, el Magnífico, y desde hacía 5 años gobernado por su sucesor, Selim II. Europa y con ella toda la cristiandad estaba en grave peligro de extinción. Los turcos habían tomado Tierra Santa y Medio Oriente, Constantinopla, Grecia, Albania, África del Norte y la Península Ibérica. En esas extensas regiones el cristianismo era perseguido; muchas diócesis desaparecieron completamente y muchos mártires derramaron su sangre. Después de 700 años de lucha por la reconquista, España y Portugal pudieron librarse finalmente del dominio musulmán con la conquista de Granada, cuando los reyes católicos Fernando e Isabel expulsaron a los moros de la península en el 1492; fecha de inestimable importancia política si se tiene en cuenta que para ese año se descubriría América y comenzaría su “evangelización” (imposición generalmente brutal del “cristianismo”, quien proporcionó justificación ideológica del genocidio a los habitantes originarios, del avasallamiento de sus culturas, del saqueo de sus riquezas y de todo el accionar contrario al Evangelio de los imperios colonizadores).
Pero la amenaza turca alargaba su sombra una vez más sobre toda Europa. El imperio turco necesitaba hacerse del viejo continente para ganar el Atlántico y con él sus costas y todas sus rutas comerciales, anexándolas a las del Mediterráneo que ya dominaba; tomar sus riquezas materiales y a sus habitantes como esclavos, cerrando el círculo con una dominación ideológica que necesariamente tendría que incluir desterrar la fe cristiana.
La situación para los cristianos era entonces casi desesperada. Los musulmanes controlaban el Mar Mediterráneo y preparaban la invasión a la Europa cristiana. Italia se encontraba desolada por una hambruna, el arsenal de Venecia estaba devastado por un incendio. Aprovechando esa situación, los turcos invadieron a Chipre con un formidable ejército, torturando y esclavizando a sus defensores locales. Los reyes católicos de Europa estaban divididos y parecían no darse cuenta del peligro inminente.
El Papa Pío V (Miguel Ghislieri; 1566-1572), clérigo perteneciente a la orden dominica (según la cual la Virgen María en persona enseñó a Sto. Domingo a rezar el rosario en el año 1208 y le dijo que propagara esta devoción y la utilizara como “arma poderosa en contra de los enemigos de la fe”), otrora Gran Inquisidor, fuerte impulsor de la educación entre el clero y al extremo puritano, trató de unificar a los cristianos. Pidió ayuda pero se le hizo poco caso. El 17 de septiembre de 1569 pidió al mundo cristiano que se rezase el Santo Rosario para encontrar una solución al problema europeo. La situación empeoraba día a día y el peligro de una invasión crecía.
Por fin se ratificó una alianza en mayo del 1571 y la responsabilidad de defender el cristianismo y a Europa cayó principalmente en Felipe II, rey de España, los soldados de los Estados Papales, los de Venecia y los de Génova. Para evitar rencillas, se declaró al Papa como jefe de la liga, Marco Antonio Colonna como general de los galeones y Don Juan de Austria, héroe del ejército español, generalísimo de la alianza. El ejército contaba con 20.000 soldados, además de marineros. La flota tenía 101 galeones y otros barcos más pequeños. El Papa envió su bendición apostólica y predijo la victoria. Haciendo uso de su puritanismo ordenó además que sacaran a cualquier soldado cuyo comportamiento pudiese ser inmoral y ofender al Señor (cosa de dudosa concreción si pensamos en que soldados no sobraban y en cierta “relajación” en las costumbres de la baja milicia...). Pío V, convencido de la necesidad y justicia de su empresa y del poder de la devoción al Santo Rosario, pidió a toda la Cristiandad que lo rezara particularmente y que hiciera ayuno, suplicándole a la Santísima Virgen su auxilio ante aquel peligro.

Poco antes del amanecer del 7 de Octubre de 1571 la Liga Cristiana encontró a la flota turca anclada en el Golfo de Corinto, cerca de la ciudad griega de Lepanto. La flota cristiana se jugaba el todo por el todo. Cuenta la historia que antes del ataque, las tropas cristianas rezaron el Santo Rosario con devoción. Al ver los turcos a los cristianos, fortalecieron sus tropas y salieron en orden de batalla. Los turcos poseían la flota más poderosa del mundo; contaban con 300 galeras y además tenían miles de cristianos esclavos de remeros. Los cristianos estaban en gran desventaja siendo su flota mucho más pequeña.
En la bandera de la nave capitana de la escuadra cristiana ondeaban la Santa Cruz y el Santo Rosario.
La línea de combate era de 2 kilómetros y medio. A la armada cristiana se le dificultaban los movimientos por las rocas y escollos que destacan de la costa y un viento fuerte que le era contrario. La más numerosa escuadra turca tenía facilidad de movimiento en el ancho golfo y el viento la favorecía grandemente.
Mientras tanto, la tradición cuenta que miles de cristianos en todo el mundo ayunaban y dirigían su plegaria a la Virgen María con el rosario en mano, para que ayudara a los cristianos en aquella batalla decisiva.
Don Juan mantuvo el centro y tuvo por segundos a Colonna y al general Veneciano, Venieri. Andrés Doria dirigía el ala derecha y Austin Barbarigo la izquierda. Pedro Justiniani, quien comandaba los galeones de Malta, y Pablo Jourdain estaban en cada extremo de la línea. El Marques de Santa Cruz estaba en reserva con 60 barcos listo para relevar a cualquier parte en peligro. Juan de Córdova con 8 barcos avanzaba para espiar y proveer información y 6 barcos Venecianos formaban la avanzada de la flota.
La flota turca, con 330 barcos de todo tipo, tenía casi en el mismo orden de batalla, pero según su costumbre, en forma decreciente. No utilizaban un escuadrón de reserva por lo que su línea era mucho más ancha, teniendo gran ventaja al comenzar la batalla.
Hali estaba en el centro, frente a Don Juan de Austria; Petauch era su segundo; Louchali y Siroch capitaneaban las dos alas contra Doria y Barbarigo.
Don Juan dio la señal de batalla enarbolando la bandera enviada por el Papa con la imagen de Cristo crucificado y de la Virgen y se santiguó. Los generales cristianos animaron a sus soldados y dieron la señal para rezar. Los soldados cayeron de rodillas ante el crucifijo y continuaron en esa postura de oración ferviente hasta que las flotas se aproximaron. Los turcos se lanzaron sobre los cristianos con gran rapidez, pues el viento les era favorable, especialmente siendo superiores en número y en el ancho de su línea.
Pero el viento que era muy fuerte se calmó justo al comenzar la batalla.
Pronto el viento comenzó en la otra dirección, ahora favorable a los cristianos. El humo y el fuego de la artillería se iba sobre el enemigo, casi cegándolos y al fin agotándolos.
La batalla fue terrible y sangrienta. Después de tres horas de lucha, el ala izquierda cristiana, bajo Barbarigo, logró hundir el galeón de Siroch. Su pérdida desanimó a su escuadrón y presionado por los venecianos se retiró hacia la costa. Don Juan, viendo esta ventaja de su ala derecha, redobló el fuego, matando así a Hali, el general turco, abordó su galeón, bajó su bandera y gritó: ¡Victoria!. Desde ese momento los cristianos procedieron a devastar el centro.
Louchali, el turco, con gran ventaja numérica y un frente mas ancho, mantenía a Doria y el ala derecha a distancia hasta que el Marqués de Santa Cruz vino en su ayuda. El turco entonces escapó con 30 galeones, el resto fueron hundidos o capturados.
La batalla duró desde alrededor de las 6 de la mañana hasta la noche, cuando la oscuridad y las aguas picadas obligaron a los cristianos a buscar refugio.

Cuentan que el Papa Pío V, desde el Vaticano, no cesó de pedirle a Dios, con manos elevadas como Moisés. Durante la batalla se hizo procesión del Rosario en la Iglesia de Minerva en la que se pedía por la victoria. El Papa estaba conversando con algunos cardenales pero, de repente los dejó, se quedó algún tiempo con sus ojos fijos en el cielo, y cerrando el marco de la ventana dijo: "No es hora de hablar más sino de dar gracias a Dios por la victoria que ha concedido a las armas cristianas". La historia cuenta que las autoridades después compararon el preciso momento de las palabras del Papa Pío V con los registros de la batalla y encontraron que concordaban de forma precisa.
En la batalla de Lepanto murieron unos 30.000 turcos junto con su general, Hali. 5.000 fueron tomados prisioneros, entre ellos oficiales de alto rango. 15.000 esclavos fueron encontrados encadenados en las galeras y fueron liberados. Perdieron más de 200 barcos y galeones. Los cristianos recuperaron además un gran botín de tesoros que los turcos habían pirateado.
Los turcos, y en especial su emperador, fueron presa de la mayor consternación ante la derrota. La opresión turca hacia naciones cristianas tuvo su límite y empezó a retroceder, impidiéndose que el cristianismo desapareciera. Fue la última batalla entre galeones de remos.

Los cristianos lograron una victoria con ribetes “milagrosos” que cambió el curso de la historia. Con este triunfo se reforzó intensamente la devoción al Santo Rosario.
En conmemoración a esto, el Papa Pío V instituyó la fiesta de la Virgen de las Victorias, después conocida como la Fiesta del Rosario, para el primer domingo de Octubre. A la letanía de Nuestra Señora añadió "Auxilio de los cristianos" y definió la forma tradicional del rosario.
En 1573, el Papa Gregorio XIII le cambió el nombre a la fiesta, por el de Nuestra Señora del Rosario. El Papa Clemente XI extendió la fiesta del Santo Rosario a toda la Iglesia de Occidente. El Papa Benedicto XIII la introdujo en el Breviario Romano y Pío X la fijó en el 7 de Octubre.

Pero Lepanto no es el primer antecedente de “milagros militares” atribuidos al Santo Rosario. Simón de Montfort, dirigente del ejército cristiano del sur de Francia por el siglo XIII y a la vez amigo de Santo Domingo de Guzmán (fundador de la orden que a la postre llevaría su nombre), hizo que éste enseñara a las tropas a rezar el rosario. La historia cuenta que lo rezaron con gran devoción antes de su batalla más importante, en Muret, obteniendo la victoria. De Montfort consideró que su triunfo había sido un verdadero milagro y el resultado del rezo del Rosario. Como signo de gratitud, De Montfort construyó la primera capilla a Nuestra Señora del Rosario.
También después de Lepanto los turcos seguían siendo poderosos en tierra y, en el siglo siguiente, invadieron a Europa desde el Este. Después de tomar enormes territorios, sitiaron a Viena, capital de Austria. Una vez más, las tropas enemigas eran muy superiores. Si conquistaban esta ciudad toda Europa se hacia muy vulnerable. Vuelve a contar la historia que el emperador de Austria puso su esperanza en Nuestra Señora del Rosario. Hubo gran lucha y derramamiento de sangre y la ciudad parecía perdida. El alivio llegó el día de la fiesta del Santo Nombre de María, 12 de septiembre de 1683, cuando el rey de Polonia, conduciendo un ejército de rescate, derrotó a los turcos.
Al siglo siguiente, los turcos padecieron otra gran derrota en manos del Príncipe Eugenio de Saboya, comandante de los ejércitos cristianos, en la batalla de Temesvar (en la Rumania moderna), el 5 de agosto de 1716. En aquel entonces era la fiesta de Nuestra Señora de las Nieves. El Papa Clemente XI atribuyó esta victoria a la devoción manifestada a Nuestra Señora del Rosario. En acción de gracias, mandó que la fiesta del Santo Rosario fuera celebrada por la Iglesia universal.

Bajo la protección Nuestra Señora de la Merced -Generala del Ejército Libertador-, el General Manuel Belgrano decía: “Ella siempre es declarada por el éxito feliz de las causas justas, como la liberación social y política de nuestro pueblo" (en contra de los ejércitos colonialistas europeos y sin más patria que la justicia evangélica).
Se puede pensar que, al igual que como María apoyó la misión liberadora de Jesús hasta el desgarro en una ocupada Palestina por el Imperio Romano y arrendada por la casta sacerdotal judía contraria a la tradición liberadora de los profetas y de la aristocracia laica judía -opresora también del Pueblo de Dios-, ella también es dada a apoyar a todos aquellos hijos que trabajan en el mismo sentido evangélico de justicia integral.
Justamente éste debiera ser el sentido de la fe cristiana con respecto a las devociones. De la “lectura religiosa” de Lepanto se traduce claramente cuál es la forma de intervención divina en la historia cuando la causa es justa.
Tanto en la Batalla de Lepanto, como en la anterior de Muret; en el sitio de Viena o en Temesvar, la invocación de ayuda, de bendiciones y de éxitos a María (como a cualquier santo o al Dios uno y trino), es a partir -primeramente- de una acción comunitaria, de una comunión social del conjunto de voluntades seguida de la acción, del sacrificio y de la lucha de aquellos cristianos quienes están invocando. Antes que nada se ayudaron a sí mismos, pusieron el cuerpo a sus creencias y todo lo que estaba a su alcance para lograr su objetivo. Y recién después sí, se encomendaron pidiendo con fe, con razón, con justificación, con motivo, con argumentos y con todo el derecho a profesar con coherencia su fe, de que Dios los bendiga concediéndole una ayuda, que pudo ser más o menos “milagrosa” y que no dependía humanamente de ellos poder lograr.
“Ayúdate que te ayudaré”, se podría resumir esta teología cristiana con respecto a los acontecimientos en que se cree adivinar una intervención divina a favor de lo justo.
Pero ninguna relación tiene con esto lo milagrero, lo mágico, lo fácil; el cruzarse de brazos mirando una imagen de yeso o una estampita por más “benditas” que estén, prendiendo velitas de colores o bañarse con agua bendita mientras se rezan mil rosarios alienándose la persona sin hacer lo que de ella dependa para solucionar su problema individual, si fuese el caso, o en comunión con sus semejantes, si el motivo involucrase a su comunidad.
El proyecto de Jesús de la construcción cotidiana del Reino de Dios -Reino de verdad y justicia- es una tarea comunitaria, de esfuerzo y de sacrificio social. Y cuando la construcción de ese Reino requirió de una guerra justa para alcanzarlo, hizo falta la decisión y hasta el martirio de sus mejores hijos como instrumentos para llevarlo adelante, necesaria e imprescindiblemente junto a cualquier plegaria piadosa.
Sólo así las oraciones y rezos elevados al Cielo tienen sentido cristiano.
Quien no entienda esto ha convertido su religiosidad en un simple ritualismo estéril, más cerca de la idolatría que del verdadero Dios, y lejos del Evangelio predicado por Jesús.
La batalla de Lepanto deja como primera y esencial enseñanza el punto justo entre la oración y la acción comunitaria.