lunes, 31 de agosto de 2009

MEMORIA COMPLETA - por gabriel andrade

El 31 de agosto dio comienzo el juzgamiento a responsables de crímenes de lesa humanidad en la ciudad de Rosario.
En esta instancia cinco represores, ex integrantes del Segundo Cuerpo de Ejército, responsables de lo perpetrado en los centros clandestinos de detención están siendo juzgados por los delitos de secuestro y torturas cometidos contra 29 personas, y los homicidios de 17 de ellos, quienes hasta hoy sus cuerpos continúan desaparecidos. Además, por el caso de una de las detenidas que estaba embarazada de mellizos, esos mismos represores están procesados por el delito de “apropiación de menores” en la Justicia Federal de Entre Ríos. Declararán en este juicio alrededor de 90 testigos. El juicio durará unos cuatro meses.

Pero no sólo los que ejecutan actos de muerte son los proveedores de la misma.
Las más de las veces, sólo son el cuchillo que desgarra la carne y el espíritu como extensión de la voluntad que planifica y justifica.
No se acaba en las fuerzas armadas y de seguridad la responsabilidad sobre tantas muertes. Los colaboradores civiles, especialmente los responsables de las empresas cómplices que financiaron a la dictadura, también merecen la condena de la sociedad con nombres y apellidos de personas y “razón social”.
Y los obispos, orgánicamente como pastores destinados a guiar al Pueblo de Dios, les corresponde institucionalmente más que a nadie la misma condena, tanto social como eclesiástica. Por gravísimos pecados de acción u omisión, por complicidad con el golpe de estado y su posterior proceso, por la justificación ideológica del victimario, por no proteger como Iglesia institución a sus hijos, negarlos y abandonarlos, escribiendo así la página más negra y vergonzosa del Episcopado Argentino.
Sería canonicamente correcto, que con una solidaridad intergeneracional con sus hermanos obispos del pasado, el Episcopado actual hiciese un mea culpa serio como lo hiciera Juan Pablo II por toda la Iglesia Católica en el Jubileo por el fin de milenio; por “los pecados de la iglesia como las cruzadas, la persecución de los judíos, la condena a Galileo, las guerras de religión, la opresión de los indígenas americanos, la violencia de la Inquisición, el integrismo, el enfrentamiento con el Islam, la pasividad ante el nazismo, el racismo, la trata de esclavos, la marginación de la mujer y la aceptación de las dictaduras que vulneraron derechos humanos”.
No alcanza con el acto penitencial del Encuentro Eucarístico Nacional con motivo del Jubileo del Año 2000, en donde la Iglesia en Argentina confesara "sus culpas" en una "petición de perdón” por los que se confesaron los ambiguos "pecados contra la unidad, contra el servicio a la verdad, contra el Evangelio de la vida, contra la dignidad humana, contra los derechos humanos, contra la integridad de la persona en el conjunto de la vida social, contra el respeto a las culturas y etnias y contra el espíritu de renovación del Concilio Vaticano II". La lista quedó “algo” incompleta al no mencionar explícitamente la complicidad de una enorme porción de la Jerarquía con la dictadura militar y así haber ofendido gravemente a cada iglesia viva de carne y hueso torturada y asesinada; profanando cada cuerpo; o sea, cada templo del Espíritu Santo donde palpitaba Cristo por la gracia del bautismo.
En conceptos del biblista y sacerdote Eduardo de la Serna también faltó reconocer culpas “a los crímenes económicos, a los `hijos de la Iglesia´ que explotan a sus hermanos, los `desocupan´, o someten a modernas esclavitudes, faltó referencia a la clara defensa de sistemas crueles y perversos como el actual neoliberal, o la defensa clara del sistema democrático; faltó referencia a la deuda externa, a los niños secuestrados o nacidos en cautiverio y apropiados por los secuestradores, y a la denuncia de este `pecado atroz´ que es mantenerlos en la situación de mentira, secuestro y como verdadero `botín de guerra´”
Nuestro Episcopado junto al resto de la comunidad tendría que condenar públicamente la negación de sus mártires. Por haber aceptado como accidentes los asesinatos del obispo de La Rioja, Enrique Angelelli, y el de San Nicolás, Carlos Ponce de León, y hasta hoy nunca haber rectificado, ni haber pedido el esclarecimiento y mucho menos el que se haga justicia con sus muertes.
Por haber ignorado el atentado que a la postre le costaría la vida al obispo de Santa Fe, Vicente Faustino Zazpe y conjurarse para dejarlo en soledad, sólo porque se comprometió, vivió y defendió el Evangelio de Cristo.
Por haber aceptado la impunidad y hasta hoy no haber reclamado esclarecimiento ni justicia de los bestiales asesinatos de los sacerdotes del Chamical, padres Gabriel Longuevill y Carlos de Dios Murias; por los asesinatos de los padres palotinos, Alfredo Leaden, Pedro Duffeau y Alfredo Kelly, y de sus seminaristas Salvador Barbeito y Emilio Barletti.
Por haber callado y hasta el día de hoy no haber exigido el esclarecimiento y justicia por los secuestros, torturas y asesinatos de sus hermanos sacerdotes, Padre de la Fraternidad Pablo Gazarri, Padre Fourcade, Padre salesiano Mauricio Silva.
Por haber callado y hasta el día de hoy no exigir el esclarecimiento y justicia de los secuestros, torturas y asesinatos de los ex seminaristas Héctor Baccini y Juan Isla Casares, por el de los pastores protestantes Víctor Boinchenko y Mauricio López, por el de las religiosas francesas Alice Domon y Léonie Duquet.
Por callar en el secuestro y torturas de nuestros hermanos Padre asuncionista Jorge Adur, Padre franciscano Carlos Bustos, religioso Hugo Corsiglia, Padre Jorge Galli, religioso Luis Grerván, Padres Jesuitas Orlando Yorio y Padre Francisco Jalic, religiosos y seminaristas asuncionistas Raúl Rodríguez y Carlos Di Pietro, Padre Nelio Rougier, Padre Patrick Rice, Hermano de la Fraternidad Henri de Solan, Padre James Weeks, Hermano de La Salle Julio San Cristóbal.
Por el de los militantes cristianos de movimientos juveniles, obreros o catequistas, Juan Isla Casares, Estela Sarmiento, Daniel Esquivel, Elizabet Käsemann, José Tedeschi, Mónica Mignone, Francisco Blato, Alejandro Sackman, Esteban Garat, Valeria Dixon de Garat, Adriana Landaburu, Marcos Cirilo, Patricia Dixon, Juan Sforza, José Serapio Palacios, Jorge Congett, Roque Álvarez, Ignacio Beltrán, Roque Macán, Fernanda Noguer, Mónica Quinteiro, María Vázquez, Roberto Van Gelderen, César Lugones, Roberto Abad, los compañeros de la villa 1-11-14 y tantos otros... Por haber callado y hasta el día de hoy no exigir el esclarecimiento y justicia de los secuestros, torturas, asesinatos y desapariciones de miles de Cristos negados mucho más que tres veces...

Se debe condenar institucional y comunitariamente las homilías, declaraciones y frases escandalosas de sus hermanos obispos del pasado reciente, especialmente los vicarios y capellanes castrenses:
“La misión de las FFAA es la del Dios de los Ejércitos bíblicos (...). Se avecina un baño de sangre para redimir a la nación” (Mons. Victorio Bonamín, 29 de diciembre de 1975, Plaza Hotel). “Esta lucha es una lucha por la República Argentina, por su integridad, pero también por sus altares (...). Por ello, pido la protección divina en esta guerra sucia en la que estamos empeñados.” (Vicario Castrense Mons. Victorio Bonamín, octubre de 1976). “El golpe de estado fue un acto de la providencia y con el tiempo se afianzará que fue obra de Dios” (24 de marzo de 1982, declaración a periodistas, Vicario Castrense Mons. Victorio Bonamín).
“Insto a cooperar positivamente con el nuevo gobierno a fin de restaurar definitivamente el auténtico espíritu nacional y una convivencia que no puede soslayarse con palabras sino que deben enfatizarse con los hechos” (Arzobispo de Paraná, Vicario castrense y Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, Adolfo Tortolo, el 24 de marzo de 1976 en la sede del Episcopado). “Las fuerzas armadas, aceptando la responsabilidad tan grave y seria de esta hora, cumplen con su deber” (Mons. Tortolo, declaración a periodistas, 1977)
“Algunas veces la represión física es necesaria, es obligatoria y, como tal, lícita” (último Vicario Castrense durante la dictadura militar, Mons. Medina, abril de 1982).

Podrían seguir condenando con la radicalidad que nos enseñó Jesús de Nazaret como condición necesaria que habilite una verdadera reconciliación, el haber legitimado ideológicamente el golpe militar:
Aquel Episcopado Argentino dio como supuesto que el país vivía "circunstancias excepcionales y de extraordinario peligro para el ser nacional", que "ha habido desde hace años en nuestro país un accionar de las fuerzas del mal", que se ha "desatado contra la Argentina una campaña internacio­nal" (Carta a la Junta Militar, 17 de marzo de 1977). De esa manera no sólo se legitimaba el golpe, sino también la desinformación que hacía la Junta Militar en relación con la defensa en favor de los derechos huma­nos que se llevaba a cabo en ámbitos interna­cionales como la de "Amnesty International", el “Consejo Mundial de Iglesias” y el “Tribunal de los Pueblos”.
La legitimación de la dictadura militar se realizó a veces con una claridad que asombraba: "comprendemos también muy claramente que las excepcionales circunstancias por las que ha atravesado el país exigían una autoridad firme y un ejercicio severo" (Promemoria, 26 de noviembre de 1977). El decreto de la Junta Militar decía: "Las condiciones excepcionales que vivía el país durante el período de la agresión terrorista hicieron que los elementos esenciales del Estado fueran afectados en niveles que dificultaban su supervivencia". El paralelismo de ambos discursos es evidente y jamás hubo una rectificación ni una condena a esto.
En la legitimación episcopal del documento de la junta militar argentina sobre los desaparecidos aquellos obispos señalaban que "si bien es cierto que el gobierno nacional ha declarado y publicado la situación de muchos; y que la ley 22.068 regula la ausencia con presunción de fallecimiento; sin embargo todavía subsiste el problema de personas desaparecidas, sea por la subversión o por la represión, o también por libre determinaci­ón" (Declaración de la Comisión Permanente, 14 de diciembre, 1979). De esa manera aquel Episcopado reconocía una buena voluntad y pasos positivos dados por la Junta Militar para solucionar el problema de los desaparecidos “por la subversión, por la represión o por libre determinación”. Esto es absolutamente falso. No hay desaparecidos por la subversión o por libre determinación. Los obispos no pueden presentar esos casos. Con esa clasificación de los desaparecidos apuntalaron la tesis militar al respecto y en 25 años jamás hubo rectificación.
No en vano, basándose en esto, el 28 de abril los militares argentinos dieron a conocer por radio y televisión, a todo el país, el "Documento final de la Junta Militar" donde pueden afirmar a partir de aquellos obispos que "muchas de las desapariciones son consecuencia de la manera de operar de los terroristas... Los familiares denuncian una desaparición cuya causa no se explica, o, conociéndola, no quie­ren explicarla". Vuelve a aparecer el paralelismo entre ambos discursos.
El Episcopado pide a las autoridades que tengan una "actitud más comprensiva ante quienes sufren la desaparición de seres muy queridos" (Declaración de la Comisión Perma­nente, 14 de diciembre de 1979), con lo cual dan como un hecho que la actitud de la dictadura era comprensiva. Simplemente era cuestión de profundizarla.
Dicen los obispos que "crean una desconfianza general y destruyen profundamente el tejido social, aquellos que instrumentan la tragedia y el dolor de otros para fines inconfesados” (Pastoral del 3 de mayo de 1980). Este es el lenguaje de la Junta Militar utilizado primero por el Episcopado. Como antes habló de las "fuer­zas del mal", para referirse a las luchas contra la dictadura y se refirió a una campaña internacional en contra de la Argentina, ahora habla de "fines inconfesados"; para referirse simplemente a los que, al movilizar la opinión pública en favor de la aparición con vida de los desaparecidos, con la constitución bajo el brazo que insta a defender la democracia, quieren también terminar con la dictadura militar que ensangrentó al país.­ Como un eco de las afirmaciones episcopales, dice el documento de la Junta Militar; "Es el tema de los desaparecidos... el que con mayor insidia se emplea para sorpren­der la buena fe de quienes no conocieron ni vi­vieron los hechos que nos llevaron a esa situación límite”.

Tendrían que seguir pidiendo condena póstuma de aquel episcopado por presentar de forma atroz el tema de la reconciliación en el documento impulsado por Mons. Quarracino "En la hora actual del país" (26 de abril de 1983) a favor de una “Ley del Olvido”.
Se había afirmado antes que "un pueblo digno, sobre todo en tiempo de dificultades, estrecha sus filas por vínculos que superan las normas de justicia y es capaz del perdón y del amor. Hoy debemos demostrar que los argentinos somos capaces de vivir una profunda solidaridad social" (Exhortación pastoral, 14 de noviembre de 1981). Como puede verse, si se cita a la justi­cia, ésta no sólo queda relegada a un segundo término, sino que se proclama la necesidad de superarla mediante el perdón y el amor. Naturalmente que quienes han de perdonar son las madres de los desaparecidos, sus novias, esposas, hijos; los torturados, los recluidos en campos clandestinos, los exiliados, los humillados. Piénsese en lo que realmente signi­fica decirle al pueblo que debe perdonar, olvi­dar, reconciliarse con aquellos que han hecho desaparecer, han torturado y matado a sus seres queridos, han robado abiertamente sus casas, apropiado de sus bebés y seguían en el poder gozando impunemente de lo actuado.
Esto fue abrir el camino para que los militares dijeran tranquilamente que era necesario "afron­tar con espíritu cristiano la etapa que se inicia" y "mirar el mañana con sincera humil­dad", basándose en el “cristianismo” del documento de aquellos obispos. La dificultad principal para lograr la ansiada reconciliación se encontraba, según los obispos, en que los argentinos no sabíamos dialogar. "Una sociedad política es un acuerdo de intenciones y de propósitos y exige esta confianza real entre sus miembros. Los argentinos debemos tenernos fe". (Pastoral 3 de mayo de1980). Así, las Madres de Plaza de Mayo debían tener fe en los que habían hecho desaparecer a sus hijos desde una situación de absoluta impunidad; los padres de los soldados mutilados en Malvinas debían tener fe en quienes llevaron a sus hijos a una matanza segura, ahora si, por fines inconfesados; el pueblo debía tener fe en sus verdugos.
Los obispos nos decían entonces cuál era la verdadera causa del desencuentro argenti­no y su consecuencia, la inestabilidad: "Lo que parece claro es que la Argentina sufre una crisis de autoridad”.
Esto era lo mismo que decían los militares para justificar su golpe, y en el documento, hablaban de "vació de poder" y “­crisis del estado de derecho”, porque “no hay voluntad de someterse al imperio de la ley y de la autoridad legítimamente constituida, tal vez, porque se ha desarraigado la autoridad de su origen último, que es Dios”. Se han olvidado que el acatamiento que se debe a la ley obliga por igual a todos, a quienes poseen la fuerza política, económica, militar, social, como a los que nada poseen. De modo que el desencuentro argenti­no era reducido a un problema ético, de no acatamiento a la ley. Este recurso al moralis­mo es tan viejo como cómodo. Se hace un llamamiento tanto a los poderosos como a los que "nada poseen". De ese modo nunca se vieron obligados a bucear en la estructura de dominación que, a lo largo de la historia nacional ha provocado la rebelión desde abajo y la violenta represión desde arriba con matanzas, torturas, exilio, prisiones, estado de sitio. Represión contra los movimientos anarquistas del siglo pasado, matanzas de la Patagonia, matanzas de los hacheros de la Forestal, "Semana Trágica" del '19. Es necesario ser ciegos o mentir descaradamente para reducir el problema de la inestabi­lidad argentina a un problema ético, de no querer obedecer a la ley, poniendo en un pie de igualdad a quienes tienen todo el poder y a quienes nada poseen.
En el documento del Episcopado, "En la hora actual del país", del 26 de abril de 1983, aquellos obispos afirmaban: "la reconciliación nacional ha sido centro de nuestra enseñanza pastoral en los últimos años", y dicen lo que implica: "el reconocimiento de los propios yerros en toda su gravedad, la detestación de los mismos, etc".
Los obispos explicaban que "cada uno de nosotros" debe reconocer sus yerros; es decir, cada uno de los desocupados, de los obreros, de los profesionales, de las amas de casa, de los militares y de los obispos, pues todos somos culpables. En cumplimiento de este “mandato episcopal”, los militares en su documento reconocen cómodamente que "cometieron errores" que dejan "suje­tos al juicio de Dios en cada conciencia y a la comprensión de los hombres".

También merece condena el trato de aquellos obispos al tema de la violencia. Insistían en que "la violencia no es evangéli­ca ni humana ni tampoco eficiente para la solución de los graves problemas argentinos". (Principios de orientación cívica para los cris­tianos, 22 de octubre de 1982), dejando com­pletamente de lado la doctrina tradicional de la Iglesia fundamentada por teólogos de la talla de Santo Tomás o Mariana y Suárez y recogida por Pablo VI en la Populorum Progressio y por la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano reunida en Medellín en 1968, que reconoce el derecho de la "insurrección revolucionaria" de los pueblos tiranizados (Populorum Progressio, Nº 31; Medellín, Documento "Paz", N ° 19).
No se piense que, al condenar la violencia, los obispos estuvieron condenando a las Fuerzas Armadas, a la Policía, a las cárceles clandesti­nas. No, de ninguna manera. Las Fuerzas Armadas tenían su vicaría espiritual que los contenía.
Nuestros obispos se acordaron de la violencia para condenarla cuando ésta vino de abajo, cuando fue el pueblo que se sublevó ante tantos atrope­llos e injusticias. Es de mala fe hablarle al pueblo de la necesidad de obrar pacíficamente cuando las fuerzas de represión tuvieron los instrumentos de violencia más atroces en sus manos y los aplicaron sin contemplaciones.
Los militares pudieron así hablar en su documento de la "derrota de los violentos", gracias al soporte ideológico suministrado por nuestros obispos. "Trabajar para la reconciliación y la paz, es un presupuesto necesario en la opción política de todos los argentinos. Requiere comprometerse seriamente en la búsque­da de la verdad, de la justicia y el amor, como camino para superar los actuales conflic­tos de nuestra sociedad y cerrar las doloros­as secuelas de la `guerra sucia´ y la corrupción” (Principios de orientación).
El lenguaje coincidente que usaron los mi­litares en el documento final no es pura coincidencia. Tanto para los militares como para aquellos obispos, las secuelas de la "guerra sucia" no se cerrarán aplicando la justicia a los asesinos, es decir, a los militares que ejercieron el poder y sus cómplices civiles y eclesiásticos, sino con perdón, olvido y amor por parte los victimados hacia sus victi­marios.
Como digno broche de oro de esta cam­paña en pro de la "reconciliación" fervientemente impulsada por el Episcopado, Monseñor Quarracino propuso entonces esta "Ley de olvido" y alabó el documento de los militares, pues "es valiente y está bien hecho"; y Mons. Cándido Rubiolo, arzobispo de Mendoza, lo elogió considerándolo como “positivo", expresando además que serviría "para la reconciliación de los argentinos".
El General Jorge Rafael Videla, en forma concordante, dijo que el documento fue hecho "con amor" y que fue “la voluntad de reconciliación y la búsqueda común de nuevos caminos para una amistosa convivencia, lo que debió constituir y garantizar a las naciones un futuro mejor". El parale­lismo de los discursos ya da asco.
Hasta el mismo Vaticano, a pesar de la "prudencia" conque se condujo habitualmente ante el problema de los desaparecidos, manifestó su condena al documento de la Junta Militar, actitud que lo colocó en una posición divergente con la del Episcopado Argentino. El vespertino del Vaticano L'Osservatore Romano dijo que "no se puede evitar de expresar la severa objeción que nace de la conciencia civil y, a la vez, la participación humana y cristiana en un dolor que, así, se ha hecho, en la medida de lo posible, aún más amargo y desconsolado".
Pero ni el Papa pudo contra la alianza de la jerarquía local entre la cruz y la espada, que probó ser más fuerte que la fidelidad al Evangelio de Jesús.

Los pedidos condena tendrían que continuar y por pecados de cinismo muchos más recientes, y, por lo tanto, más inexplicables dados el tiempo histórico transcurrido.
A las responsabilidades institucionales los obispos las han seguido tratando de eludir con lo dicho por la Comisión Permanente del Episcopado el 8 de marzo de 1995 en un comunicado sobre “la represión violenta durante el gobierno militar”. Sostuvieron entonces que “si algún miembro de la Iglesia, cualquiera fuera su condición, hubiera avalado con su recomendación o complicidad alguno de esos hechos (la represión violenta), habría actuado bajo su responsabilidad personal, errando o pecando gravemente contra Dios, la humanidad y su conciencia”. O sea, el Episcopado Argentino sería entonces totalmente ajeno a cualquier responsabilidad al respecto.
En la cuaresma del 2001, un grupo de obispos volvió a insistir con una “Ley de olvido” para beneficiar a todos los condenados por “razones ideológicas” y de esta manera frenar los “Juicios por la Verdad” y por la “Apropiación de Bebés” en la última dictadura militar. Notable metáfora cuaresmal de estos últimos tiempos. Es difícil entender cómo a 25 años del golpe de estado, todavía había pastores que se decían cristianos y confundían actos criminales -como la apropiación ilegal de bebés y el derecho elemental a saber la suerte corrida por 30000 seres humanos y oportunamente la de sus cuerpos- con un ejercicio del pensamiento, como puede ser la adhesión a una “ideología”.
Difícil de entender, de aceptar, de perdonar para otorgar la posibilidad de la reconciliación a quienes seguían y siguen hablando de “dos sectores antagónicos”, “memoria hemipléjica” y “revisión destructiva de la historia”, en palabras de estos obispos, como si los que pedimos que se institucionalice la verdad y que se haga justicia conforme a los patrones éticos aceptados por toda la humanidad y de profundo origen cristiano fuéramos la contracara de la misma moneda y estuviésemos en el mismo nivel que los genocidas, culpables de las peores atrocidades que un obispo, por su jerarquía y posición social y política, conoce mejor que nadie.

Finalmente, a finales de 2007, el Episcopado Argentino perderá otra magnífica oportunidad para darle coherencia y seriedad a su intención de reconciliación nacional.
Por primera vez, y quizás como ningún otro representante de la Iglesia jerárquica por el grado de compromiso evidenciado en casos de delitos de lesa humanidad, sería juzgado oral y públicamente el ex capellán de la policía bonaerense, subordinado directo de monseñor Antonio Plaza y asesor espiritual de los grupos de tareas de La Plata, el sacerdote Christian Von Wernich. Acusado de 45 privaciones ilegales de la libertad y torturas, tres homicidios y la apropiación de un bebé, mantenía también entrevistas con personas privadas ilegalmente de la libertad que se hallaban en dependencias policiales y militares, imponiendo tormentos principalmente psicológicos y morales a los prisioneros y tratando de captar voluntades con el objeto de obtener información útil para ser entregada a sus superiores. Llegaba, casi siempre, después de largas, terribles, extenuantes jornadas de torturas. Entonces, se acercaba a esos cuerpos lacerados y humillados para infligir el último tormento posible: el de la esperanza. Con ella intentaba quebrar las almas que la fiereza de los verdugos no habían podido lograr. les quitaba información a través de la confesión o los “asistía espiritualmente” para que se quebraran, pasaran a formar parte de los Grupos de Tareas y traicionaran a sus propios compañeros. Pedía dinero a familiares de las víctimas para sacar a los detenidos del país (cosa que nunca sucedía) y participaba de sus “traslados” hasta el punto que eran asesinados, en donde suministraba apoyo espiritual a los asesinos, configurando un cuadro decididamente horroroso. Este caso pone en evidencia una trama en la que la jerarquía de la Iglesia y dictadura funcionaron como una unidad.
El 10 de octubre de 2007, el sacerdote fue considerado partícipe y coautor de secuestros, torturas y asesinatos durante el terrorismo de Estado y el tribunal destacó que fueron hechos cometidos en el marco de un genocidio.
El ciudadano Christian Von Wernich no fue castigado por sus pecados (menos por su fe o sus valores) sino por sus delitos. No se juzgó a la Iglesia Católica. Ninguna institución se sienta en el banquillo de los acusados porque el derecho penal de Occidente cimentado en la presunción de inocencia sólo admite procesar individuos. Pero la responsabilidad, no penal pero sí política y moral, recayó por extensión en la cúpula de la Iglesia Católica.
Fiel a un estilo poco democrático que no suele ser criticado por la prensa, la Comisión Episcopal Argentina emitió un comunicado que llevó la firma del titular del organismo, el cardenal Jorge Mario Bergoglio y los tres restantes miembros de ese cuerpo eclesiástico, al que no le puso voz ni cuerpo. El texto es breve hasta el laconismo. Da cuenta de un “dolor gravísimo” pero relativiza la existencia de los crímenes con el asombroso giro “según la sentencia del Tribunal Federal Oral 1 de La Plata”... La sentencia emitida a Von Wernich es un acto institucional, no una opinión. Como tal, obliga a todos los ciudadanos y a todas las organizaciones no gubernamentales. Von Wernich no es múltiple asesino “según los jueces”, es un homicida a la luz de las leyes argentinas. Llama la atención, proviniendo de quienes reclaman enfáticamente más institucionalidad, que se relativice el valor de un acto de gobierno. Dos omisiones resaltan en el texto. La más grave: las víctimas brillan por su ausencia. Ni una alusión a ellas. Es dable esperar que no se las haya dado por nombradas en las alusiones que sí las hay, con respecto al “odio y el rencor”.
La segunda ausencia es la mención de las señas personales de Von Wernich, así fueran su nombre y apellido. El Episcopado se limitó entonces a reiterar el viejo pronunciamiento del 95 en el que se señalaba que si miembros de la Iglesia participaron de la represión, lo hicieron bajo su responsabilidad personal.
La institución de los capellanes militares y policiales, injustificable desde el punto de vista pastoral, se convirtió en una herramienta ideológico-religiosa para legitimar los atropellos. No hubo en ese momento, y tampoco ahora, asunción institucional de las responsabilidades. Seguramente la sociedad tendría otra imagen de la Iglesia argentina si, recuperando el sentido espiritual de la tradición cristiana sobre la reconciliación, los obispos decidieran asumir institucionalmente sus culpas y condenarlas, agradecer por la verdad y por la justicia, pedir perdón y procurar la reparación de los daños causados a las víctimas. Ese es, en definitiva, el sentido cristiano de la reconciliación.

No se puede ser tan incoherente con la fe que se dice tener y propiciar una “reconciliación nacional” pidiéndoles a las víctimas directas o indirectas del terrorismo de estado, y de todos sus cómplices civiles y eclesiásticos, que se reconcilien olvidando alegremente las ofensas de sus victimarios, cuando no se han cumplido ninguna de las condiciones que en el catecismo nos enseñaron para que un pecador sea digno de recibir el perdón cristiano, mucho menos una reconciliación. No existe en ninguna parte de las escrituras o de la tradición cristiana en que se hable de “olvido” y de ocultar la verdad. El olvido no es una virtud cristiana y tampoco es algo que la conciencia pueda hacer a voluntad. Sí se podría referir decenas de citas que afirman exactamente lo contrario. Aquello de que “la verdad os hará libres” no es una metáfora.
La condena, junto con los "perdones" y las "culpas" que la Jerarquía de la Iglesia Argentina debe asumir y reconocer son sus ambigüedades, su silencio, su falsa prudencia, sus mentiras, su cobardía, su trato político en reemplazo del hacer profético en complicidad con los poderes de turno. Todo lo que hasta hoy no le permite reconocer a nuestros mártires, a nuestra historia y a nuestra misión. Es hipócrita seguir celebrando la "eucaristía" negando y silenciando la historia de aquellos que fueron "pan entregado" en sus vidas y hasta su muerte.
Hacerlo, reconocer todo esto, sería un gesto de auténtica conversión, tan predicada para los otros.
Reconocer esto también sería denunciar desde el hoy las ideologías de muerte, los sistemas asesinos, las injusticias económicas y sociales, la discriminación en todas sus formas, las corrupciones estatales y privadas, las culpas pasadas, las miserias presentes y todo lo que aún hoy no le permite a nuestra jerarquía ser amados como verdaderos pastores, obradores de verdad, de justicia y de la paz del Pueblo de Dios en la Construcción de su Reino.

lunes, 17 de agosto de 2009

SEXO Y CRISTIANISMO por gabriel andrade

Dentro de la institución iglesia, la palabra “placer” suscita preocupaciones y, si se trata de “placer sexual”, tenebrosas sospechas. Esta institución durante siglos ha educado más para la renuncia que para la alegre celebración de la vida. Subvertir esto implica que muchos hombres y mujeres desoigan disposiciones canónicas, sanciones y prohibiciones que no tienen otro fundamento que el de la ideología de dominación social alimentada por las más altas esferas de la institución.
En el combate en que los cuerpos perdieron la batalla contra el espíritu la primera víctima fue el derecho humano a una sexualidad plena, menospreciado por ese pensamiento griego que influyó en el cristianismo primitivo, de la dicotomía cuerpo-espíritu con la consiguiente asocia­ción del cuerpo a lo impuro y del espíritu a lo puro, en contra de la Encarnación de Dios y de la teología cristiana marcada por la imagen de un Dios creador "comenzando" en el cuerpo humano.
"Las iglesias, en general, prefieren una antropología de la igualdad verbal, pero de cuño eminentemente patriarcal y jerárquico (...). No es por casualidad que la dirección de la Iglesia está en manos de los célibes, a veces de apariencia desexualizada, hombres, cerrando el espa­cio para la mujer". (Ivone Guevara).
Pero no siempre fue así. Como contara Leonardo Boff, dentro de la misma Iglesia hay tradiciones y doctrinas que ven en el placer y en la sexualidad una manifestación de la creación de Dios, una chispa de lo Divino, una participación en el propio ser de Dios. Esta línea se liga a la tradición bíblica que ve con naturalidad y hasta con entusiasmo el amor entre dos personas, con toda su carga erótica, como plásticamente lo describe en la Biblia el Cantar de los Cantares, con senos, labios, vulvas y besos.
Sin embargo, en la cristiandad predominó la negativa a esta línea de pensamiento a causa de la influencia que San Agustín de Hipona (354-430) ejerció sobre toda la Iglesia Romana, ayudada por la base sociocultural que permitió esta incorporación. Se lee en sus Soliloquios: “estimo que nada envilece tanto el espíritu de un hombre como las caricias sensuales de una mujer y las relaciones corporales que forman parte del matrimonio”.
¿Puede una Iglesia que afirma el amor humano asumir tal doctrina?
Pero esta ideología, por más incisiva que sea, no tiene fuerza suficiente para reprimir el placer sexual, ya que éste nace del propio misterio de la creación de Dios y, quiera la Iglesia-institución o no, siempre hará valer sus reclamos.
Para ilustrar la tradición positiva de la sexualidad dentro de la iglesia-comunidad cabe citar aquí una manifestación que perduró en ella por más de mil años conocida con el nombre de risus paschalis (risa pascual). Representa la presencia del placer sexual en el espacio de lo sagrado, en la celebración de la mayor fiesta cristiana: la Pascua. Se trata del siguiente hecho: para resaltar la explosión de alegría de la Pascua en contraposición a la tristeza de la Cuaresma, el sacerdote en la misa de la mañana de Pascua debía suscitar la risa en los fieles. Y lo hacía por todos los medios, pero sobre todo recurriendo al imaginario sexual. Contaba chistes subidos de tono, usaba expresiones eróticas y simulaba gestos obscenos, remedando relaciones sexuales. Y el pueblo reía y reía. Esta costumbre se encuentra ya en 852 en Reims, Francia, y fue extendiéndose por todo el Norte de Europa, Italia y España, hasta 1911 en Alemania. El celebrante asumía la cultura de los fieles en su forma más popular, plebeya y obscena. Para expresar la vida nueva inaugurada por la Resurrección -decía esta tradición- nada mejor que apelar a la fuente de donde nace la vida humana: la sexualidad con el placer que la acompaña.
Así entonces, partiendo de los cuerpos y de la sexualidad que este connota, es la manera de redimirlo al asumir en él la Creación como profundamente positiva y buena. "Es acoger el abrazo divinizante de la materia en el estremecimiento de los cuerpos, en sus intercambios energéticos, en el misterio que encierran, en la vida que buscan. Partir del cuerpo es redimir el cuerpo humano total: hombre y mujer; es lucha por su resurrección, por su vida, con las `armas´ de la vida”. (Ivone Guevara). A este respecto Monique Dumais, la teóloga canadiense, dice que "la sexualidad sigue siendo el lugar donde se ejerce esta reapropiación del cuerpo: nuestros cuerpos son necesariamente sexuados. Una comprensión positiva de la sexualidad, de la carne salvada en Jesús, implica una aceptación de las diferentes expresiones de la sexualidad, de las formas de comunicación y de la ternura del cuerpo.
Es en esta misma línea de pensamiento que la carta de las mujeres católicas en el Congreso Eucarístico Nacional de Argentina con motivo del Jubileo del Año 2000 se pronunciaba: “Hombres y mujeres somos seres humanos plenos, forjados a imagen y semejanza de Dios, por lo tanto católicas y católicos reclamamos el reconocimiento de nuestra capacidad moral para definir y conducir nuestras vidas, nuestros cuerpos y nuestra sexualidad de manera autónoma, asumiendo el reto y la responsabilidad de este desafío. (...) Queremos así mismo el compromiso de nuestra Iglesia para que sean reconocidos nuestros derechos sexuales y reproductivos como parte inherente de los derechos humanos fundamentales. Esto implica aceptar como decisiones moralmente válidas, aquellas que tomamos desde la libertad de conciencia, garantizando el sexo seguro y protegido, el respeto a la diversidad sexual y el uso de métodos anticonceptivos seguros y eficaces para ejercer nuestra sexualidad con placer y responsabilidad. (...) Queremos una Iglesia, que frente al grave problema del VIH-SIDA, oriente su doctrina y práctica por la misericordia y la solidaridad, colaborando en su prevención, promoviendo el debate en torno al ejercicio de una sexualidad responsable, integrada al proyecto de vida, a la vez que reconozca el uso del preservativo como método efectivo para proteger la vida”.
Rubem Alves, el pastor teólogo brasileño, nos recuerda que Agustín -en “La ciudad de Dios”- dice que un pueblo es definido por el objeto de su deseo. Si uno quiere utilizar un lenguaje un poco más moderno, se podría utilizar lo erótico. Es una comunidad que celebra los mismos objetivos eróticos, la celebración del deseado. ¡El Reino de Dios para ser deseado tiene que ser erótico!

El 23 de abril de 1966, cuando el exhaustivo examen de la comisión pontificia de los 68 (teólogos, abogados, historiadores, sociólogos, médicos obstetras y padres de familia que asesoraban al Papa Pablo VI sobre natalidad) dio por abrumador resultado de 64 a 4 la legitimidad teológica, médica, legal y ética de los métodos anticonceptivos artificiales. Fue entonces cuando el cardenal Ottaviani (Secretario de la Suprema Congregación del Santo Oficio y uno de los cuatro disidentes) -más allá de no demostrar con ningún tipo de argumentos la validez de sus posiciones según las leyes de la naturaleza, ni citaron escrituras contundentes a su favor, ni revelaciones divinas- presionaran al sumo pontífice a fin de torcer las conclusiones de la comisión.
Días después, el jesuita norteamericano John Ford (otro de los cuatro disidentes) declaró que estaba en contacto directo con el Espíritu Santo y que había sido bajo esa vía divina por la cual había llegado a la verdadera y más profunda realidad (?).
Con semejantes argumentos, el cardenal Ottaviani -junto a la minoría de la curia romana como los cardenales Cicognani, Browne, Parente y Samoré- manipularon sabia y romanamente los acontecimientos de tal forma que, cuando esos otros 64 “extraviados” se encontraran lejos del Vaticano, desparramados por todo el mundo preparando conferencias e introducciones explicativas sobre los supuestos nuevos aires de control de la natalidad que soplarían la Iglesia Católica, se le presentara un nuevo informe más escueto que el original sobre la cuestión con ideología contraria.
De esta forma se pudo operar “sin influencias perniciosas” y convencer al Papa de la traición que sería para la tradición de la iglesia aprobar el otro informe consensuado por esa mayoría, “producto de la degeneración del Concilio Vaticano II”.
Finalmente -como el asunto lo resolvería la decisión personal del Papa y ningún informe le era vinculante- el 25 de julio de 1968 salió publicada la encíclica Humanae Vitae donde se califica como ilícitos a los métodos anticonceptivos, aunque sin tener la categoría de "dogma de fe".
Quedó impuesto entonces, que el único método consentido es el sistema rítmico y -mejor aún- la ABS-TI-NEN-CIA. Así, millones de fieles en todo el mundo dejaron definitivamente toda obediencia y respeto por Roma. Una vez más, la iglesia se partió a la mitad.
Aunque es válido recordar, que durante ese tiempo, el Vaticano se siguió beneficiando de las ganancias derivadas de una de las muchas empresas que poseía: el Instituto Farmacológico Sereno, siendo uno de los productos elaborados de más venta la píldora anticonceptiva llamada Luteolas. Dinero y fe, como a muchos jerarcas católicos les agrada pensar, van por caminos separados...
Más tarde, en 1978, el teólogo suizo Hans Küng declararía antes del cónclave que entronaría a Juan Pablo I, que "la iglesia católica romana tiene y seguiría teniendo problemas sexuales mientras no se haga una revisión de la Humanae Vitae. Numerosos teólogos y obispos aceptarían de buen grado los métodos anticonceptivos. Lo importante es hacerse a la idea de que las reglas establecidas en el pasado por un Papa pueden ser luego corregidas por otro".
Varias fuentes cercanas a Albino Luciani confirman que a la cabeza de las reformas prioritarias elaboradas por Juan Pablo I, figuraba el deseo de alivianar los supuestos sufrimientos que vivía gran parte de la humanidad, especialmente el tercer mundo, precisamente a causa de la encíclica Humanae Vitae.
En los diez años posteriores a la encíclica, la población mundial había crecido en 750 millones de personas y para la misma fecha. más de 1000 niños menores de cinco años morían por desnutrición cada hora. Se recuerda entonces cuando el nuevo pontífice dijera su célebre frase del 19 de setiembre de 1978 a su tradicionalista secretario de estado Jean Villot: "Eminencia, ¿qué podemos saber de los deseos de las parejas casadas dos viejos célibes como nosotros?" Lamentablemente, Juan Pablo I ocupará el cargo de Pedro por sólo 33 días. Todos los indicios indican que la mezcla entre fe y dinero le fue letal en su aparato digestivo matando a, su hasta entonces, perfectamente saludable cuerpo...
En el posterior papado de Juan Pablo II la población mundial creció en 2500 millones de personas y la mayoría son indigentes que contradicen con su existencia todo resquicio de la humanidad y la dignidad que corresponden a los Hijos de Dios.

Es indiscutible que toda ley debe enmarcarse dentro de la moral que pertenezca a la sociedad que va dirigida. Dentro de esta sociedad, una de las mayores usinas de esta pretendida moral es la Institución Iglesia Católica.
También, toda ley, debería ser ética.
Ética y moral no son sinónimos. La ética es parte de la filosofía. Considera concepciones de fondo, principios y valores que orientan a personas y sociedades. Una persona es ética cuando se orienta por principios y convicciones. La moral forma parte de la vida concreta. Trata de la práctica real de las personas que se expresa por costumbres, hábitos y valores aceptados. Una persona es moral cuando obra conforme a las costumbres y valores establecidos que, eventualmente, pueden ser cuestionados por la ética. Una persona puede ser moral (sigue las costumbres) pero no necesariamente ética (obedece a principios).
En estas concepciones deben estar siempre presente lo utópico y lo concreto. Lo concreto son las cosas tal como están ahí. Lo utópico es lo que es virtual y posible en lo concreto, su referencia de valor nunca totalmente alcanzable, pero que tiene como función mantener a la intimidad sexual siempre abierta y perfectible, pero jamás cerrada ni estancada en alguna forma considerada como la única posible por muy buena que pretenda ser.
Parafraseando al teólogo Leonardo Boff, “la actitud cristiana más adecuada y no moralizante es: si en todas estas formas existe amor, entonces estamos ante algo que tiene que ver con Dios, que es amor y bondad. En este campo, lo que debe regir es el respeto y no los prejuicios”.
En palabras del obispo Jerónimo Podestá: "la intimidad sexual ha sido creada por Dios para la plenitud personal y el elemento fundamental para juzgarlas es si éstas son producto y expresión de un amor maduro".
Todos viven de la voluntad de encontrar y vivir el amor; sueñan poder realizarse a dúo y ser mínimamente felices. Sin ese motor, la vida humana sería menos humana y perdería sentido, a pesar de todas las dificultades, deformaciones y frustraciones.
Suele decirse que la Institución Iglesia Católica tiene fobia sexual y que trata los temas de la moral familiar y de la sexualidad con excesivo rigor. En realidad ha educado más para la renuncia que para la alegre celebración de la vida.
El catecismo católico dice que la sexualidad está “ordenada al amor conyugal” (Nº 2360). Es entonces cuando esta misma institución amenaza con la anacrónica condenación eterna en los sulfurosos fuegos del infierno a un adolescente que se masturba, a los novios que tienen relaciones sexuales prematrimoniales, a los matrimonios que utilizan preservativos e invita jovial y ridículamente a las parejas homosexuales a convivir pero sin tener intimidad carnal; demostrando así el divorcio en tiempo y espacio con el mundo biológico, histórico y social que mal pretende guiar. La misma institución que en palabras de sacerdote católico Padre José Ignacio González Faus "ha hecho méritos sobrados para desacreditar su propio juicio moral".
Junto con el eminente teólogo José María Castillo, nos parece que el fondo del problema está en saber si lo esencial y específico de la sexualidad humana, el culmen de su razón de ser, consiste en el instinto que une al macho y a la hembra para procrear, de manera que así sea posible que sigan naciendo hijos y no se acabe la especie -orden divina dada hace un millón años a los primeros habitantes de una despoblada tierra, y referenciada hace 3800 años en el Génesis- o si, más bien, lo esencial y específico de la sexualidad humana, el culmen de su razón de ser, no se limita a la facultad de procrear, sino que -eso supuesto- lo que caracteriza al sexo, entre los humanos es la entrega de una persona a otra, la entrega mutua que así expresa y comunica el amor propiamente humano.
En cualquier caso, lo que no admite discusión es que, si se prefiere la primera solución, en ese supuesto se tiene una idea de la sexualidad humana que poco se distingue del mero instinto animal; ya que, de ser eso así, el amor y la entrega entre las personas no es el culmen y la plenitud, sino una fuerza que atrae a los machos y a las hembras para unirse y copular para tener crías y que así la vida humana no se acabe en este mundo, por más que la tendencia sea de una desastrosa superpoblación que amenace finalmente con agotar al planeta.
La moral católica ha dicho siempre que lo central es el amor. Pero con tal que sea un amor abierto a la procreación. Con lo cual, lo que en realidad se está diciendo es que lo que nunca puede faltar es la posibilidad de procrear, por más que falte el amor, como de hecho ocurre en tantas familias en las que se cumplen todos los requisitos de los códigos religiosos, pero las personas no se quieren y a duras penas se soportan. O sea, se antepone la posibilidad de procrear legalmente al amor, por muy fuerte que éste sea.
Por extensión, la familia modelo sería entonces la de heterosexuales legalmente casados por civil y cumplidoras del sacramento religioso y de todos los preceptos canónicos. Se da la paradoja entonces que, para la Institución Iglesia Católica, es muy moral y digno de comunión y misa diaria un hetero ultracatólico, ex presidente de facto y genocida Jorge Rafael Videla!!!
Por supuesto, cada cual es libre para defender la idea que le dicte su conciencia, su confesor o su catequista. Con la salvedad de que nunca una idea sea más importante que una persona. Y menos aún que, por una idea, se humille y se amargue la vida a millones de personas. ¡Y mucho menos que para justificar esto se blasfeme tomando en vano el nombre de Dios!
Lo más grave de todo este tema es que el poder autoritario de la institución católica durante siglos y siglos se ha dedicado a poner en práctica su ley sin piedad, la ley del más fuerte, invocando para esto la voluntad y autoridad de Dios para actuar salvajemente. Por eso hay personas que, aunque sean contemporáneos nuestros, en realidad viven en tiempos antiguos y bárbaros. Son los que siguen pensando que los heterosexuales tienen más derechos que los homosexuales, los casados sacramentalmente más derecho que los que no lo son, los esposos más que los novios, parejas o amigos. Esto es lo que nos baja de la Institución Iglesia Católica, aunque en mucha menor medida de la Iglesia Comunidad compuesta de la totalidad de bautizados y anunciadores del Resucitado, incluidos muchos sacerdotes que en silencio o no tanto, desaprueban a la institución.
El Evangelio no es un recetario sobre cómo construir una sociedad, sino la adopción de un estilo personal de vida con unos valores para ofrecer libremente y compartir en la sociedad que nos ha tocado vivir. Y entre ellos está más que la tolerancia la misma aceptación de la diferencia y nunca la exclusión.
La contribución a una sociedad más justa y solidaria en el que se respete la dignidad de cada persona y se erradique la necesidad y la pobreza es la que está en el Evangelio, no un manual de genitalidad. Y la necesidad, en sus diversas variantes, y la pobreza, absoluta o relativa, sí que son causa de deterioro social y no, como creen tantos miopes, "los pecados personales contra la carne"...

Hay una idea "seudo divina" que, a muchas personas que se quieren, se les prohíbe el amor. O se le limita ese amor de tal manera que se intenta reducirlo a casi nada. En este asunto, como en tantos otros, siempre se ha impuesto la ley del más fuerte. También en esto, la diferencia se ha convertido en desigualdad. Es comprensible que estos “profesionales de la religión” defiendan sus ideas. Pero que no impidan que el legislador organice la convivencia de las personas de forma que todos tengamos los mismos derechos.
Héctor Aguer -titular de la Comisión Episcopal de Educación Católica y ultraconservador arzobispo de La Plata- publicó un notable texto en el que ataca ferozmente un documento elaborado por el Ministerio de Educación “Material de formación de formadores en educación sexual y prevención del VIH/Sida”. La nueva ley de educación sexual sancionada hace ya tres años –ley 26150 de octubre de 2006- impulsa una concepción integral de la sexualidad que se aleja de concepciones estrechas que entronizan la genitalidad y sus derivas. Sin renunciar a este aspecto, la nueva ley lo combina con otros sumamente cruciales: los socioculturales, los de salud y los de derechos humanos. Somos seres sexuados que interactuamos con otros seres sexuados. Por lo tanto, se trata de abordar la diferencia sexual demoliendo prejuicios basados en estereotipos o descalificaciones culturales, de manera de habilitar a todas las personas a labrarse su lugar en la sociedad, en base a sus capacidades e individualidades. Es por esto que la educación sexual es un contenido transversal presente en la escuela en todos los niveles y en todas las disciplinas.
Según el obispo, el Manual de formación de formadores en educación sexual y prevención de VIH/SIDA es “neomarxista”, “ateo”, ajeno “a la tradición nacional y a los sentimientos cristianos de la mayoría de nuestro pueblo” y, de conjunto, es “una imposición totalitaria del Estado”. El obispo denuncia que el Manual reivindica “el derecho a fornicar lo más temprano posible y sin olvidar el condón”. Está en contra, por ejemplo, de una visión constructivista de la sexualidad –opuesta al esencialismo biologicista y creacionista– que permita la inclusión de la perspectiva de género y de sexualidades minoritarias a la currícula. Para Aguer, esa posibilidad apunta a la “destrucción del orden familiar”, ya que la “gracia peculiar” de la mujer y su “genio” se constituyen a partir de su vocación maternal.
El mensaje del obispo platense incurre en una irresponsabilidad mayúscula cuando condena que se señale al uso del preservativo como medio de protección eficaz y como medio para enfrentar la amenaza del VIH –una pandemia en la que se juega la vida y la muerte–, tanto para hombres como para mujeres. “¿No sería más eficaz e indudablemente segura la abstinencia de relaciones sexuales prematuras e irresponsables?”, se pregunta el obispo.
La posición del obispo forma parte de una sistemática política de negación y tergiversación de los derechos sexuales, reproductivos y humanos consagrados constitucionalmente y respaldados por un extenso arco de tratados y convenios nacionales e internacionales en estas materias; en la que la corporación Iglesia Católica actúa como un poderoso agente de lobby y de intervención en estos campos, cercenando, retrasando y desarticulando el sentido fuertemente político y democrático de las reivindicaciones de los derechos sexuales de los ciudadanos, con argumentos discriminatorios, naturalizadores de prejuicios sexuales y de género y la criminalización de ciertos grupos e identidades sexuales, violando un derecho humano inalienable. La Iglesia católica reaccionó imponiendo sus condiciones y aprovechó para avanzar en su armado político y cultural. En primer término, bloqueó el tratamiento del tema. Cuando su salida se mostró inevitable, logró varios gobiernos provinciales tardaran en adherir al proyecto. Por último, y como instancia final, garantizó una ley a su medida. Como arma de combate, editó su propio libro de educación sexual. El texto legal establece, a modo genérico, el derecho de los alumnos a recibir educación sexual integral en los establecimientos educativos. La categoría “integral” implica que se entiende a la sexualidad como parte del ser humano y por lo tanto su tratamiento debe darse en todas las etapas y fases de la vida. La ley sólo formula lo que podríamos llamar declaraciones de principios, donde indica la necesidad de transmitir conocimientos pertinentes, precisos y confiables sobre los distintos aspectos de la sexualidad.
Al mismo tiempo se fomenta la promoción de conductas “responsables” para la prevención de problemas de salud sexual y/o reproductiva. En el artículo 5º se dispone que los contenidos de enseñanza deberán estar en consonancia con los “idearios” de cada comunidad educativa, punto tal que responde a las presiones políticas del clero y abre la puerta para que las escuelas religiosas elaboren sus propios proyectos por encima de los consensuados por los legisladores.
Así la Iglesia tomó la ofensiva editando su propio manual de educación sexual: Educación para el amor. Allí, se imparten las directivas educacionales a directivos, docentes y padres. El manual explica la cuestión como una forma positiva si va unida a los principios morales de la familia patriarcal jerárquica cristiana y destinada a la procreación. Para la juventud se pregona el pudor, la virginidad y la castidad. La concepción aparece como una obra de creación divina, mágica. Ella sería el primer objetivo primero de la mujer-madre tal como María, en tanto, “la femineidad se manifiesta y se revela hasta el fondo, mediante la maternidad” (p. 30 y 108). El rol de la mujer en la sociedad se subordina a mera parturienta. La única forma “normal” de familia es la patriarcal. Las otras formas son “no modélicas”, que el señor acoge sólo por su divina gracia y capacidad de perdón (p. 53-54 y 72). Es decir, los homosexuales deberían pasar su vida (y la eternidad posterior) en penitencia. El SIDA aparece en el mismo punto en el que se desarrolla la homosexualidad (p. 30), trazando una relación entre ambos. En relación a los métodos anticonceptivos, se presentan sus peligros en lugar de sus beneficios. Se avalan los métodos naturales, difíciles de llevar a cabo y de una efectividad dudosa.
La Iglesia propone así una visión mística del mundo y de la sexualidad. Se encarga de negar el carácter placentero del sexo y lo reduce a la procreación dentro de la familia patriarcal.
La institución católica tomó la ofensiva ideológica, como corporación cultural, elaborando los contenidos y las herramientas para difundirlo, algo que el gobierno no hizo revelando dos cuestiones. En primer lugar, al vitalidad de la Iglesia como partido político. En segundo, la debilidad del armado cultural educacional del estado.

Escrito todo esto, solo me queda admitir sentir un poco de vergüenza ajena y expresar a nuestra sociedad argentina el conocimiento de que no todos los cristianos, ni siquiera la mayoría, pensamos y vivimos como el grupo de poder seudocristiano dentro de la Institución Iglesia Católica.
Todos tenemos la misma dignidad en la diversidad de opiniones y opciones. Todos somos hijos de Dios y estamos llamado a su reinado de justicia aquí en la tierra. Todos merecemos el mismo respeto.