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viernes, 5 de agosto de 2011

SAN CAYETANO REVOLUCIONARIO por gabriel andrade

Nació Cayetano; de padres nobles, hacia el año 1480, en la ciudad de Vicenza. Cayetano logró vivir de acuerdo a lo que creía y trascender su tiempo, no sólo como un Santo venerable, sino como un ejemplo de vida cristiana. Cayetano experimentaba una desgana muy viva por el género de vida de muchos de los otros prelados y eclesiásticos de la corte papal. En una carta del 31 de julio de 1517, pedía a Laura Mignani rezar por Roma: "Te recomiendo ésta, alguna vez Ciudad Santa, ahora Babilonia, en la cual hay tantas reliquias". Al regresar a Vicenza, encontró un conjunto de gente humilde, devota y ejemplar, que él llamó sociedad santa. Los aleccionó para que fueran útiles en el hospital de incurables y ejerció personalmente la caridad con los enfermos. Su ejemplo cundió por toda la ciudad. Caballeros, nobles, militares y vecinos de gran fortuna acudían como voluntarios al hospital. Se trasladó a Venecia. Allí gastó gran parte de su fortuna en realizar obras de misericordia. Reparó el hospital, llamado Hospital Nuevo. Todavía se ve sobre la puerta principal del hospital la imagen del santo y la inscripción en que se lo llama "amado fundador". Acostumbraba decir que en la iglesia se rendía a Dios el homenaje de la adoración y "en el hospital lo encontramos personalmente". Por segunda vez se hizo presente en Roma, donde fundó otra congregación. Un fin guiaba al nuevo instituto: proveer prelados (clérigos regulares) quienes no podían poseer rentas ni pedir limosna, debiendo contentarse para su sustento con lo que espontáneamente se les ofreciera; es decir, debían entregarse sin reserva en manos de la providencia.En el saqueo a Roma, en mayo de 1527, por las tropas imperiales de Carlos V, los Teatinos fueron maltratados, hechos prisioneros y encerrados en la torre del Reloj, en el Vaticano. Liberados por un oficial español, pasaron a Venecia. Durante los seis años que él pasó en Venecia (1527-1533), Cayetano con su Comunidad se consagra a la asistencia de los pobres y de los enfermos, sobre todo en la peste que asoló la ciudad entre el 1527 y 1528.En 1533 Cayetano y Juan Marioni llegan a Nápoles y encuentra el modo de proseguir el ministerio ejercido en otras ciudades: instrucción religiosa y litúrgica, defensa de la fe, y servicio a "Cristo, que sufre en los pobres". La ciudad estaba gobernada por el Virrey Pedro de Toledo, en representación de Carlos V. Los españoles, a fin de mantener la estabilidad política y económica, habían otorgado a la nobleza napolitana grandes beneficios. Pero el pueblo soportaba graves penas y miserias. El espectáculo de las calles sucias, de comerciantes sin escrúpulos, el mercado de la venta de esclavos impresionaron a Cayetano. Los dos sacerdotes trabajaban activamente en el hospital y hacían frecuentes visitas al puerto esforzándose por lograr que los que allí vivían o trabajaban, corrigieran sus costumbres y cuidaran el crecimiento moral y espiritual de sus hijos. Pronto se agregaron a la comunidad varios sacerdotes y laicos que querían compartir su estilo de vida, para los que Cayetano oficiaba diariamente la Santa Misa. Defensor de una pobreza absoluta, Cayetano rehúsa enérgicamente las generosas ofrendas que unos napolitanos quieren asegurar a la comunidad para que ella goce de rentas fijas. El Conde de Oppido recibió a los dos sacerdotes, con grandes lujos. Pero ellos se negaron a aceptarlos terminantemente. Siguió insistiendo y brindándoles todo lo que podía para que vivieran cómodamente. Y ambos, nuevamente, devolvieron cuanto obsequio recibían y comenzaron su obra de apostolado en la ciudad.Durante los tres años siguientes Cayetano continúo en Nápoles su eterna labor en socorro del prójimo. Después hubo de marchar hacia Venecia. Designado Superior de la Orden por otro trienio. Al término del cual volvía a Nápoles.En 1539 en el servicio amoroso a los más necesitados promueve el Monte de Piedad para rescatar a los pobres de los usureros de un incipiente capitalismo que atacaba su dignidad, de donde tiene su origen el actual Banco de Nápoles y así hasta el fin de su vida. En Nápoles, bajo la dirección de Cayetano, la Comunidad crece rápidamente y se vuelve el centro de la reforma católica: se cuida celosamente de no caer en el esplendor lujoso de la iglesia, se da un gran impulso a la vida litúrgica y a la frecuencia de los sacramentos.Entre idas y venidas, lograron todo cuanto se propusieron. Lentamente fueron sorteando con dificultad todos obstáculos. Pero no pudieron con uno: la Inquisición, que había llegado a la ciudad y produjo tal conmoción que la multitud se levantó en armas. Cayetano trató de mediar en el conflicto que se desató, pero no obtuvo ningún resultado y decidió ayunar por la salvación de su pueblo hasta que murió el domingo 7 de agosto de 1547, en momentos en que la capital napolitana estaba en sangrientos tumultos. Al día siguiente cesaron las hostilidades. Hubo un acercamiento de ambas partes y dieron paso al diálogo escuchando el ruego del Santo.
Como Jesús de Nazaret, y todos los mártires que le siguieron, optó por no claudicar en la causa de los pobres a costa de su propia vida terrena.

miércoles, 3 de agosto de 2011

VIA CRUCIS DEL PADRE OBISPO ANGELELLI - por gabriel andrade

Iª Estación
1964. Angelelli es removido en sus funciones de obispo auxiliar de Córdoba.

Primero como sacerdote y luego como Obispo Auxiliar de Córdoba (designado por Juan XXIII) y siendo además Licenciado en Derecho Canónico, Angelelli dicta clases en el seminario y en colegios religiosos; llega a ser rector del seminario, es asesor de la Acción Católica y de la Juventud Universitaria Católica y funda en esa capital la Juventud Obrera Católica. En su intensa tarea pastoral se dedica a visitar las populosas barriadas cordobesas manejando su motoneta, vehículo corriente entre los obreros de la época. Los aires del Concilio Vaticano II y del documento de los obispos de Medellín soplaban fuerte en la impronta del joven obispo y de los sacerdotes que lo secundaban, publicando sus ideas renovadoras en un importante diario local.
Esto es muy mal visto por los sectores empresariales, tradicionales y aristócratas cordobeses que presionan al nuncio apostólico, Humberto Mozzoni, quien condena los escritos y releva a Angelelli y los demás sacerdotes de sus tareas pastorales, sufriendo el joven Angelelli su primer persecución.


IIª Estación
1968. Angelelli Obispo de La Rioja. Odio y difamación de los poderosos riojanos.

Pablo VI lo nombra Obispo de La Rioja. “Mi querido pueblo riojano, aquí tienen al obispo, hermano en la debilidad de todos los hombres, un cristiano como ustedes. No vengo a ser servido sino a servir. Servir a todos, sin distinción alguna. Como Jesús, quiero ser servidor de nuestros hermanos los pobres...”
“Con un oído en el Pueblo y otro en el Evangelio” llegaba hasta los ranchos a conversar y tomar mate. A pesar de su dignidad episcopal mantenía un trato fraternal con su feligresía, especialmente los más pobres. Pretendía que éstos no sólo cubrieran sus necesidades materiales sino que, además, valoraran su tierra, su cultura, su historia y reconocieran su dignidad de hombres y mujeres, haciéndola valer.
Al igual que en Córdoba, era mal visto por la aristocracia riojana un obispo que promovía a los pobres creando una alteración del orden impuesto por los que se creían dueños de la provincia. Más aun, cuando denuncia a los poderosos “por usufructuar la usura, la droga y la prostitución de La Rioja, generadoras de la pobreza”.
Al igual que entonces, se gana el odio y el ensañamiento de éstos.


IIIª Estación
1970. Escándalo en la figura de Angelelli y contra la dignidad de los Hijos de Dios.

Con la bendición del obispo, el militante cristiano Wenceslao Pedernera funda el Movimiento Rural de Acción Católica que un año después adquiere carácter diocesano y está enmarcado dentro del movimiento cooperativo donde se han desarrollado en la capital provincial con excelentes resultados una relojería, una panadería y una productora de frutas frescas, frutas secas y aceitunas en el interior de la provincia, animando también a las escuelas rurales.
Fuerte rechazo de los latifundistas de La Rioja. En noviembre de ese año dos miembros reaccionarios de la curia riojana renuncian y un grupo de laicos comienzan una campaña de difamación contra Angelelli. Llega a la provincia el grupo de ultraderecha “Familia, Tradición y Propiedad” que ataviados con capas y estandartes rojos recorren las calles de La Rioja atacando la acción pastoral del obispo.
En la Navidad de ese año Angelelli profundiza sus gestos celebrando el pesebre de Belén, en la misa de nochebuena, en el humilde barrio San Vicente bajo el alero de un rancho. El cáliz es la taza de un vecino; el altar, una vieja mesa del rancho de al lado y es alumbrado con dos faroles de otros tantos ranchos.
Indignación de la aristocracia riojana.


IVª Estación
Abril de 1971. Angelelli expulsa a los mercaderes del templo.

Angelelli organiza la “Comisión de Lucha Contra la Usura”. En el invierno de ese año, 94 familias forman una cooperativa campesina acompañadas por Cáritas Diocesana y la Acción Católica de La Rioja a instancias del obispo. Fuerte oposición de los terratenientes de La Rioja que atacan directamente a Angelelli con difamaciones públicas. El 13 de junio, en la celebración de San Antonio en Anillaco, los padres Antonio Puigjané y Jorge Danielini junto a Angelelli son insultados y calumniados a través de altavoces y es apedreado el templo ante la pasividad de la policía. Angelelli decide suspender la celebración e impone una sanción canónica a 13 participantes de la agresión, consistente en no permitirles asistir a oficio religioso ni recibir sacramento alguno hasta que no mostraran arrepentimiento. Entre los atacantes se encontraban los terratenientes Amado, Cesar y Omar Menem.


Vª Estación
Diciembre de 1971. Censuran en Angelelli la voz de los que no tienen voz.

La radio LV-14 prohíbe la difusión de las homilías dominicales de Angelelli. Para la Navidad de este año 1971 la misa de nochebuena es celebrada en medio de la absoluta pobreza del barrio Córdoba Sur, bajo un algarrobo. Diría Angelelli: “vinimos aquí, con estos amigos y hermanos que viven muy precariamente, casi no tienen techo, muchos días les falta el pan y les falta el agua. Y como lo más lindo que tienen es el algarrobo, acá estamos haciendo el milagro, todos apretados como una gran familia”.


VIª Estación
3 de Marzo de 1972. El rebaño del Obispo Angelelli empieza a sangrar.

Agreden brutalmente al párroco de Famatina, en La Rioja, el jesuita Aguedo Pucheta y a otros dos militantes cristianos, una patota de nueve personas movilizadas en una camioneta; debiendo ser hospitalizados con fracturas, contusiones y hematomas. La agresión fue relacionada por la prédica en favor de los trabajadores rurales y pequeños productores de nueces. Diría Angelelli: “Hermanos sacerdotes, religiosos y religiosas: en el signo dado por nuestro hermano atacado en Famatina, descubramos todo lo que exige de nosotros la opción de consagración al servicio del pueblo, conque queremos caminar hasta dar la vida si es preciso”.
En mayo de 1972 detienen a los sacerdotes Antonio Gill y Enri Praolini acusados de tener complicidad con la subversión. Angelelli y trece sacerdotes más se presentan ante el Supremo Tribunal de Justicia y se ofrecen a quedar detenidos en solidaridad con ellos. Para esa época la detención de sacerdotes ya era una práctica común en la provincia.


VIIª Estación
1973. Los escribas condenan al buen pastor Angelelli.

El diario “EL Sol”, propiedad de Álvarez Saavedra -informante de los servicios de seguridad, dueño del hotel más importante y del casino de La Rioja- cuestiona las homilías de Angelelli y difunde toda clase de infundios, injurias, calumnias y sataniza al obispo extendiendo el ataque a todo su presbiterio. Calificaciones como “comunista, tercermundista y guerrillero” pretenden desprestigiar la pastoral del obispo.
La prensa cómplice, partícipe de la opresión del pueblo riojano y atada a la idolatría del dinero pretende pontificar sobre cristianismo...


VIIIª Estación
1973. El odio a Angelelli y a su pastoral del amor.

Para esa época, dos monjas de la pastoral de Angelelli viven en Los Cardonales en un rancho con lona, con una sola piecita para dormir, la letrina lejos -como todos- y un pico de agua común. Estas hermanas son profesoras y se emplean como domésticas haciéndose carne con las que más sufren. Desde el barro ayudan a esas mujeres que son despreciadas y usadas, luchando para que la sociedad las ponga en el lugar que les corresponde. Forman el sindicato del sector para defender a sus compañeras de labor, juntando ciento cincuenta afiliadas con ellas incluidas.
En las antípodas de esto, en agosto de 1973, una patota de doscientas personas arriban a Aminga desde Anillaco en veinticinco autos y destrozan la Sede del Movimiento Rural Diocesano donde queman biblias, evangelios e imágenes de santos; y atacan la casa de las Religiosas de la Asunción, saqueando y profanando el templo y elementos para el culto. Los informes señalaban como responsables a Manuel Yañes y a Amado, Cesar y Omar Menem.


IXª Estación
Noviembre de 1973. Los fariseos niegan al Profeta.

El arzobispo de Santa Fe, Vicente Faustino Zazpe, es enviado por Pablo VI para juzgar e informar sobre la pastoral de Angelelli. Fuerte presión de la aristocracia riojana sobre Zazpe que dio por concluida la visita “ante la abrupta conclusión del diálogo y el clima de violencia creado“. El informe dice: “con emoción profunda he visto el deseo de pacificación y unidad, y constatado su actitud de fidelidad a la Iglesia de ayer y de hoy, que desde su esencial continuidad quiere vivir las consignas del Concilio Vaticano II, de Medellín y de ser una Iglesia servidora de los pobres. El obispo sirve desde el Evangelio y en unión con el Papa”.
Los poderosos se retiraron violentamente, difundiendo por altoparlantes marchas militares, insultando a Angelelli y desaprobando a Zazpe.


Xª Estación
1974 - 1975. Redimir con sangre los pecados del Pueblo de Dios.

La Triple A (Acción Anticomunista Argentina) hace su arribo a La Rioja. El gobernador Carlos Menem cierra el diario “El independiente”, único medio que apoyaba al obispo, y se limita a informarle que “su vida corre peligro”. Angelelli recibe las primeras amenazas de muerte. Comienzan masivos ataques y detenciones a su iglesia-comunidad. En abril de 1975 Angelelli decía: “queremos un futuro distinto del que estamos viviendo, queremos cambiar las armas por instrumentos de trabajo para que a nadie les falte el pan, queremos cambiar el odio por el amor fraterno, la mentira por la verdad, los negociados por una justa distribución de los bienes que nos ha dado para todos; queremos cambiar una situación política en la que el poder es de unos pocos por otra en que el pueblo sea verdaderamente protagonista... Todo esto queremos y mucho más”.
Sin respuesta a sus exhortos, el 1º de enero de 1976 tendría que decir: “los servicios de inteligencia del Chamical comenzaron a presionar. El provicario castrense Victorio Bonamín predicó en la base aérea de esa ciudad que el pueblo argentino había cometido pecados que sólo se podían redimir con sangre”. El 12 de febrero fueron detenidos el vicario general de la diócesis de La Rioja, Esteban Inestal y dos jóvenes del Movimiento Rural Diocesano, Carlos Di Marco y Rafael Sifré. El 25 de febrero escribe Angelelli al Episcopado Argentino pidiendo que se profundice la colegialidad episcopal y ofreciendo su renuncia. Nunca hubo contestación.


XIª Estación
Marzo de 1976. El descenso a los infiernos de la Iglesia de Angelelli.

El jefe de la base aérea del Chamical, vicecomodoro Lázaro Aguirre, interrumpe una homilía del obispo acusándolo de hacer política, cuando Angelelli señala la responsabilidad social del cristiano. Angelelli suspende la celebración de los oficios en la capilla de la base. Al día siguiente detienen al sacerdote Francisco Gutiérrez García por complicidad con el obispo. El 24 de marzo esta base aérea se hace cargo de la policía provincial. Detienen por cuatro días al Padre Aguedo Pucheta para interrogarlo. En Olta era detenido el párroco Eduardo Ruiz junto con su hermano y está seis meses preso. La hermana Marisa de la comunidad de la misma parroquia fue demorada. El 28 de marzo interrogan por horas a los sacerdotes Francisco Canobel y Carlos de Dios Murias, mientras que Gabriel Longville es advertido.
El 26 de abril los sacerdotes de La Rioja escriben a Zazpe “nuestra situación se torna cada vez más asfixiante y difícil, nuestro ministerio es vigilado y tergiversado, nuestra actividad es tildada de marxista y subversiva. No es el pueblo riojano quien procede de esta manera, sino el grupo de siempre”. Angelelli agregaría: “La caza de brujas anda en toda su euforia. Esta vez no se podrá decir que no informamos (a la Conferencia Episcopal). Por cierto que no somos los únicos, pero es hora de que la Iglesia de Cristo en la Argentina discierna a nivel nacional nuestra misión y no guarde silencio ante hechos graves de se vienen sucediendo”. Nuevamente obtuvo sólo silencio.


XIIª Estación
Junio de1976. Angelelli recibe las respuestas de Pilatos y los Sumos Sacerdotes.

Por sugerencia del obispo, seis sacerdotes salen de La Rioja. Otras tantas religiosas son detenidas y prontuariadas al entrar a la capital. Se multiplican las detenciones y los allanamiento, en especial en el clero y los militantes cristianos afines al obispo. El julio Angelelli denuncia persecuciones y asesinatos. Le reclama al jefe del IIIº cuerpo de ejército, Luciano Benjamín Menendez, que cesen las agresiones a su Presbiterio. “El que se tiene que cuidar es usted” obtuvo como toda respuesta del militar. Pide al Episcopado, en la persona del cardenal Primatesta, una declaración conjunta en contra de la violencia de estado porque teme por la vida de su gente. “Estoy sólo entre mis hermanos obispos” le escribió al obispo de Santa Fe, Vicente Zazpe. El Episcopado Argentino como órgano colegiado lo deja solo y le da la espalda. Sólo unos pocos obispos, De Nevares, Hesayne, Novak, Ponce de León y el mismo Zazpe lo apoyan.


XIIIª Estación
Julio de 1976 – La sangre del rebaño de Angelelli ha sido derramada.

El 18 de julio de 1976 personas que se presentaron como Policía Federal secuestran y matan a dos de sus sacerdotes, Carlos de Dios Murias y Gabriel Longville en Chamical. El 25 de julio Masacran frente a su familia en Sañogasta al militante cristiano Wenceslao Pedernera perteneciente a la parroquia local y las cooperativas agrarias.
Ya era demasiado tarde. La sangre pascual de los Hijos de Dios había sido regada por el suelo riojano. Diría Angelelli: “lo que se busca aquí es herir al pastor para destruir al rebaño. Por eso yo me tengo que quedar, aunque tenga que dar la vida”.


XIVª Estación
4 de agosto de 1976. El Pastor va a habitar la Casa del Padre.

“La cosa está muy fea, en cualquier momento me van a barrer; pero no puedo esconder el mensaje del Evangelio debajo de la cama”, le confió Angelelli a su sobrina Marilé. De vuelta de Chamical y acompañado por el padre Arturo Pintos -habiendo terminado de recabar información sobre los homicidios recientes- es interceptado sobre la ruta 38, cerca de Punta de los Llanos, por dos vehículos que hacen volcar la camioneta en que viajaban. El obispo fue arrastrado fuera del vehículo y asesinado sobre el asfalto. El maletín con la documentación sobre los asesinatos fue visto posteriormente en el despacho del ministro del interior, Albano Harguindeguy.
El martirio estaba consumado.

En el día del sepelio más de seis mil almas se reunieron para despedir los restos de Angelelli en la misa que presidió Vicente Zazpe y fue concelebrada por nueve obispos y setenta sacerdotes. El sentimiento del pueblo era claro: habían asesinado a su pastor.
Después de cerrar diligentemente la investigación caratulándola como "accidente de tránsito fatal" -haciendo caso a la versión que die­ron las autoridades militares-, la fiscal Martha Guzmán Loza pidió a la justicia riojana archivar las actuaciones por considerar que el he­cho “no constituía delito” a lo que dicho poder judicial hizo lugar.
El Episcopado Argentino, como cuerpo colegiado, silenció el crimen y el encubrimiento; aceptando la versión militar como la oficial de la iglesia-institución. Sólo los obispos De Nevares, Novak y Hesayne denunciaron públicamente el hecho como asesinato.
Con respecto a las muertes del laico Wenceslao Pedernera y los sacerdotes Gabriel Longville y Carlos de Dios Murias, pasaron rápidamente al olvido de la justicia. A pesar del ocultamiento de pruebas y negligencias de la policía y de que el nombre de “Gordon” fuera indicado por el propio Angelelli a la gente del Chamical antes de su último viaje -además de que fuera visto pasearse por las calles de esta ciudad con varios desconocidos- nadie fue imputado ni detenido por el crimen.

En 1984 dos testigos denunciaron al general Pedro Malagamba (jefe del área operativa La Rioja en la lucha contra la subversión) y al comodoro Luis Fernando Estrella como responsables del “operativo cuervo”, por el cual fueron secuestrados y posteriormente interrogados y torturados en la base experimental de la Fuerza Aérea (CELPA) en Chamical por el general Malagamba, el comodoro Estrella, el comodoro Aguirre (jefe de la base y de Estrella) y por los comisarios de la Policía Provincial de La Rioja: Domingo Vera, Jorge Ocampo y Juan Carlos Romero.
El 23 de febrero de 1987, la Cámara Federal de Apelaciones convirtió en prisión preventiva rigurosa la detención que venían cumpliendo Malagamba y Estrella por encontrarlos responsables en primera instancia del asesinato de los sacerdotes.
Pero finalmente, el 18 de marzo del mismo año, tras el pedido del fiscal de la Cámara Federal Humberto Vidal para que quede sin efecto la prisión de todos los imputados por considerar “débil sustento” las pruebas en contra, quedaron en libertad el general, el comodoro y los tres policías implicados en los crímenes por “falta de mérito”.

En 1986, al cumplirse veinte años de la muerte del obispo Angelelli, doce obispos y más de cien sacerdotes de 23 diócesis, con la adhesión de va­rios prelados latinoamericanos, se reunieron en el lugar donde apareció muerto Angelelli. Entre los diocesanos de la Argentina se encontraban el obispo local, Fa­briciano Sigampa; Miguel Esteban He­sayne, emérito de Viedma; Joaquín Piña, entonces obispo de Iguazú; Pedro Olme­do, de Humahuaca y Omar Colomé, de Cruz del Eje. También llegaron a La Rioja los obispos de Chiapas, México, Sa­muel Ruiz; de Araguaia, de la amazo­nia brasileña, Pedro Casaldáliga; Al­bano Quinn y Paco D`Alteroche, am­bos de Perú; Mario Melanio Medina, de Paraguay; y Heriberto Hermes y Austragesico Rico, también del Brasil.
También participó del oficio reli­gioso el premio Nóbel de la Paz, Adol­fo Pérez Esquivel.
Entre los políticos sólo asistieron autoridades provinciales. No asistió el entonces presidente Carlos Menem, hermano de tres de los principales conspiradores contra Angelelli, quien se limitó a tener palabras de elogio para el obis­po Angelelli durante una conferen­cia de prensa realizada en Anillaco.
Alrededor de las 15, hora en que se calcula perdió la vida An­gelelli -al igual que Cristo- los obispos besaron el lugar donde apareció muerto.
En marzo de 1984, el juez riojano Aldo Morales recaratuló el expedien­te como "homicidio calificado" ya que la in­vestigación demostró que "la muer­te de Angelelli no obedeció a un ac­cidente de tránsito sino a un homi­cidio fríamente premeditado".
En un escrito publicado con moti­vo del vigésimo aniversario de la muerte del obispo, el jurista Ricardo Mercado Luna recordó que en marzo de 1988 la Corte Suprema de Justicia de la Nación resolvió derivar la cau­sa a la Cámara Federal de Córdoba, dirimiendo una cuestión de compe­tencia por "presumir que el crimen había sido cometido mediante la uti­lización del aparato organizado por el poder, destinado a la alegada ejecución de criminales para combatir la subversión".
El tribunal resaltó “la posibilidad de que las órdenes que originaron los presuntos delitos emanaran del Tercer Cuerpo de Ejército”, señalando así como responsable al comandante general Luciano Benjamín Menendez.
La causa derivó en la imputación por la autoría material del asesinato a tres militares: el capitán José Carlos Gonzáles y los suboficiales Luis Manzanelli y Ricardo Otero.
En junio de ese mismo año, el fiscal de Cámara solicitó la aplicación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final para todos los imputados.
En abril de 1990, la ley de punto final extinguió la acción penal contra los tres militares implicados por el atentado.
Durante los dos gobiernos del presidente Carlos Menem y el posterior de Fernando de la Rua ninguna causa pudo prosperar en pos de la verdad histórica y la justicia.

En agosto de 2005, tras la anulación de las leyes de obediencia debida, el presidente Néstor Kirchner impulsó la reapertura de la causa. En ese marco, el general Luciano Benjamín Menendez fue citado a declarar imputado de numerosas causas penales por delitos de lesa humanidad pero se negó a responder por considerar que “estos juicios son inconstitucionales”, quedando bajo prisión domiciliaria en Córdoba.
En La Rioja también se investiga la posible participación de civiles en el asesinato.
Con motivos de los treinta años del asesinato de Angelelli, el presidente Kirchner declaró la jornada de “duelo nacional” y encabezó un homenaje en el salón blanco de la Casa Rosada donde asistieron representantes de la Iglesia y organizaciones de Derechos Humanos, como las Abuelas de Plaza de Mayo, en especial la riojana Alba Lanzilotto, de fuerte militancia social junto al obispo Angelelli. El cardenal Bergoglio y treinta obispos oficiaron misa en la capital riojana en el acto de recordación del martirio de Angelelli. Hasta la edición del presente trabajo la causa sigue adelante.

Ser Testigo de la fe en Cristo y serle fiel a su palabra en los años setenta en nuestro país era verdaderamente entregar la vida, a veces, hasta la muerte.
Los verdugos de ayer, como los perseguidores de hoy, admiten un cristianismo formal, pero de ningún modo un compromiso con los pobres que busque su liberación. Aceptan la devoción de la fe pero jamás la acción o el compromiso que implica esa misma fe. Apoyan a una religión que hable del “más allá”, pero no toleran que sea coherente en el “más acá”, que sea testigo del Reino de Dios en el mundo.
Y es así como esta Iglesia que es cada uno de sus hijos por la gracia del bautismo y la predicación del Resucitado, se hace mártir; no por elección de una muerte violenta que es impuesta, sino por elección a una forma de vida que a veces puede conducir a eso. Porque Mártir quiere decir justamente eso: Testigo.
Angelelli fue Testigo-Mártir porque eligió descubrir y acatar la voluntad de Dios en ese momento histórico y en ese lugar geográfico y existencial de su Pueblo.
Fue Testigo-Mártir porque fue verdadero Pastor que se resistió a predicar la resignación, a hacer del Evangelio un ritualismo cumplidor de preceptos canónicos.
Fue Testigo-Mártir porque cuestionó con sus palabras, con sus gestos y con sus opciones de vida formas no humanas y no cristianas de relaciones entre semejantes.
Fue Testigo-Mártir porque fue perseguido por amor a la Justicia que honra al hombre, a la mujer y a la Verdad que lo hace libre.
Fue Testigo-Mártir porque no buscó su martirio sino que se lo impusieron violentamente; como a Cristo, el Mártir por excelencia.Y fue Testigo-Mártir porque antes de defender su vida defendió su causa, su convicción religiosa, su fidelidad a Dios y a su Pueblo, y la amó tanto, pero tanto, que la defendió hasta entregar su propia vida.

martes, 6 de octubre de 2009

Historia de la Virgen del Rosario - por gabriel andrade

En 1571 la cristiandad era amenazada por los turcos de un Imperio Otomano al acecho llevado a su máxima expansión y apogeo por el emperador Soliman II, el Magnífico, y desde hacía 5 años gobernado por su sucesor, Selim II. Europa y con ella toda la cristiandad estaba en grave peligro de extinción. Los turcos habían tomado Tierra Santa y Medio Oriente, Constantinopla, Grecia, Albania, África del Norte y la Península Ibérica. En esas extensas regiones el cristianismo era perseguido; muchas diócesis desaparecieron completamente y muchos mártires derramaron su sangre. Después de 700 años de lucha por la reconquista, España y Portugal pudieron librarse finalmente del dominio musulmán con la conquista de Granada, cuando los reyes católicos Fernando e Isabel expulsaron a los moros de la península en el 1492; fecha de inestimable importancia política si se tiene en cuenta que para ese año se descubriría América y comenzaría su “evangelización” (imposición generalmente brutal del “cristianismo”, quien proporcionó justificación ideológica del genocidio a los habitantes originarios, del avasallamiento de sus culturas, del saqueo de sus riquezas y de todo el accionar contrario al Evangelio de los imperios colonizadores).
Pero la amenaza turca alargaba su sombra una vez más sobre toda Europa. El imperio turco necesitaba hacerse del viejo continente para ganar el Atlántico y con él sus costas y todas sus rutas comerciales, anexándolas a las del Mediterráneo que ya dominaba; tomar sus riquezas materiales y a sus habitantes como esclavos, cerrando el círculo con una dominación ideológica que necesariamente tendría que incluir desterrar la fe cristiana.
La situación para los cristianos era entonces casi desesperada. Los musulmanes controlaban el Mar Mediterráneo y preparaban la invasión a la Europa cristiana. Italia se encontraba desolada por una hambruna, el arsenal de Venecia estaba devastado por un incendio. Aprovechando esa situación, los turcos invadieron a Chipre con un formidable ejército, torturando y esclavizando a sus defensores locales. Los reyes católicos de Europa estaban divididos y parecían no darse cuenta del peligro inminente.
El Papa Pío V (Miguel Ghislieri; 1566-1572), clérigo perteneciente a la orden dominica (según la cual la Virgen María en persona enseñó a Sto. Domingo a rezar el rosario en el año 1208 y le dijo que propagara esta devoción y la utilizara como “arma poderosa en contra de los enemigos de la fe”), otrora Gran Inquisidor, fuerte impulsor de la educación entre el clero y al extremo puritano, trató de unificar a los cristianos. Pidió ayuda pero se le hizo poco caso. El 17 de septiembre de 1569 pidió al mundo cristiano que se rezase el Santo Rosario para encontrar una solución al problema europeo. La situación empeoraba día a día y el peligro de una invasión crecía.
Por fin se ratificó una alianza en mayo del 1571 y la responsabilidad de defender el cristianismo y a Europa cayó principalmente en Felipe II, rey de España, los soldados de los Estados Papales, los de Venecia y los de Génova. Para evitar rencillas, se declaró al Papa como jefe de la liga, Marco Antonio Colonna como general de los galeones y Don Juan de Austria, héroe del ejército español, generalísimo de la alianza. El ejército contaba con 20.000 soldados, además de marineros. La flota tenía 101 galeones y otros barcos más pequeños. El Papa envió su bendición apostólica y predijo la victoria. Haciendo uso de su puritanismo ordenó además que sacaran a cualquier soldado cuyo comportamiento pudiese ser inmoral y ofender al Señor (cosa de dudosa concreción si pensamos en que soldados no sobraban y en cierta “relajación” en las costumbres de la baja milicia...). Pío V, convencido de la necesidad y justicia de su empresa y del poder de la devoción al Santo Rosario, pidió a toda la Cristiandad que lo rezara particularmente y que hiciera ayuno, suplicándole a la Santísima Virgen su auxilio ante aquel peligro.

Poco antes del amanecer del 7 de Octubre de 1571 la Liga Cristiana encontró a la flota turca anclada en el Golfo de Corinto, cerca de la ciudad griega de Lepanto. La flota cristiana se jugaba el todo por el todo. Cuenta la historia que antes del ataque, las tropas cristianas rezaron el Santo Rosario con devoción. Al ver los turcos a los cristianos, fortalecieron sus tropas y salieron en orden de batalla. Los turcos poseían la flota más poderosa del mundo; contaban con 300 galeras y además tenían miles de cristianos esclavos de remeros. Los cristianos estaban en gran desventaja siendo su flota mucho más pequeña.
En la bandera de la nave capitana de la escuadra cristiana ondeaban la Santa Cruz y el Santo Rosario.
La línea de combate era de 2 kilómetros y medio. A la armada cristiana se le dificultaban los movimientos por las rocas y escollos que destacan de la costa y un viento fuerte que le era contrario. La más numerosa escuadra turca tenía facilidad de movimiento en el ancho golfo y el viento la favorecía grandemente.
Mientras tanto, la tradición cuenta que miles de cristianos en todo el mundo ayunaban y dirigían su plegaria a la Virgen María con el rosario en mano, para que ayudara a los cristianos en aquella batalla decisiva.
Don Juan mantuvo el centro y tuvo por segundos a Colonna y al general Veneciano, Venieri. Andrés Doria dirigía el ala derecha y Austin Barbarigo la izquierda. Pedro Justiniani, quien comandaba los galeones de Malta, y Pablo Jourdain estaban en cada extremo de la línea. El Marques de Santa Cruz estaba en reserva con 60 barcos listo para relevar a cualquier parte en peligro. Juan de Córdova con 8 barcos avanzaba para espiar y proveer información y 6 barcos Venecianos formaban la avanzada de la flota.
La flota turca, con 330 barcos de todo tipo, tenía casi en el mismo orden de batalla, pero según su costumbre, en forma decreciente. No utilizaban un escuadrón de reserva por lo que su línea era mucho más ancha, teniendo gran ventaja al comenzar la batalla.
Hali estaba en el centro, frente a Don Juan de Austria; Petauch era su segundo; Louchali y Siroch capitaneaban las dos alas contra Doria y Barbarigo.
Don Juan dio la señal de batalla enarbolando la bandera enviada por el Papa con la imagen de Cristo crucificado y de la Virgen y se santiguó. Los generales cristianos animaron a sus soldados y dieron la señal para rezar. Los soldados cayeron de rodillas ante el crucifijo y continuaron en esa postura de oración ferviente hasta que las flotas se aproximaron. Los turcos se lanzaron sobre los cristianos con gran rapidez, pues el viento les era favorable, especialmente siendo superiores en número y en el ancho de su línea.
Pero el viento que era muy fuerte se calmó justo al comenzar la batalla.
Pronto el viento comenzó en la otra dirección, ahora favorable a los cristianos. El humo y el fuego de la artillería se iba sobre el enemigo, casi cegándolos y al fin agotándolos.
La batalla fue terrible y sangrienta. Después de tres horas de lucha, el ala izquierda cristiana, bajo Barbarigo, logró hundir el galeón de Siroch. Su pérdida desanimó a su escuadrón y presionado por los venecianos se retiró hacia la costa. Don Juan, viendo esta ventaja de su ala derecha, redobló el fuego, matando así a Hali, el general turco, abordó su galeón, bajó su bandera y gritó: ¡Victoria!. Desde ese momento los cristianos procedieron a devastar el centro.
Louchali, el turco, con gran ventaja numérica y un frente mas ancho, mantenía a Doria y el ala derecha a distancia hasta que el Marqués de Santa Cruz vino en su ayuda. El turco entonces escapó con 30 galeones, el resto fueron hundidos o capturados.
La batalla duró desde alrededor de las 6 de la mañana hasta la noche, cuando la oscuridad y las aguas picadas obligaron a los cristianos a buscar refugio.

Cuentan que el Papa Pío V, desde el Vaticano, no cesó de pedirle a Dios, con manos elevadas como Moisés. Durante la batalla se hizo procesión del Rosario en la Iglesia de Minerva en la que se pedía por la victoria. El Papa estaba conversando con algunos cardenales pero, de repente los dejó, se quedó algún tiempo con sus ojos fijos en el cielo, y cerrando el marco de la ventana dijo: "No es hora de hablar más sino de dar gracias a Dios por la victoria que ha concedido a las armas cristianas". La historia cuenta que las autoridades después compararon el preciso momento de las palabras del Papa Pío V con los registros de la batalla y encontraron que concordaban de forma precisa.
En la batalla de Lepanto murieron unos 30.000 turcos junto con su general, Hali. 5.000 fueron tomados prisioneros, entre ellos oficiales de alto rango. 15.000 esclavos fueron encontrados encadenados en las galeras y fueron liberados. Perdieron más de 200 barcos y galeones. Los cristianos recuperaron además un gran botín de tesoros que los turcos habían pirateado.
Los turcos, y en especial su emperador, fueron presa de la mayor consternación ante la derrota. La opresión turca hacia naciones cristianas tuvo su límite y empezó a retroceder, impidiéndose que el cristianismo desapareciera. Fue la última batalla entre galeones de remos.

Los cristianos lograron una victoria con ribetes “milagrosos” que cambió el curso de la historia. Con este triunfo se reforzó intensamente la devoción al Santo Rosario.
En conmemoración a esto, el Papa Pío V instituyó la fiesta de la Virgen de las Victorias, después conocida como la Fiesta del Rosario, para el primer domingo de Octubre. A la letanía de Nuestra Señora añadió "Auxilio de los cristianos" y definió la forma tradicional del rosario.
En 1573, el Papa Gregorio XIII le cambió el nombre a la fiesta, por el de Nuestra Señora del Rosario. El Papa Clemente XI extendió la fiesta del Santo Rosario a toda la Iglesia de Occidente. El Papa Benedicto XIII la introdujo en el Breviario Romano y Pío X la fijó en el 7 de Octubre.

Pero Lepanto no es el primer antecedente de “milagros militares” atribuidos al Santo Rosario. Simón de Montfort, dirigente del ejército cristiano del sur de Francia por el siglo XIII y a la vez amigo de Santo Domingo de Guzmán (fundador de la orden que a la postre llevaría su nombre), hizo que éste enseñara a las tropas a rezar el rosario. La historia cuenta que lo rezaron con gran devoción antes de su batalla más importante, en Muret, obteniendo la victoria. De Montfort consideró que su triunfo había sido un verdadero milagro y el resultado del rezo del Rosario. Como signo de gratitud, De Montfort construyó la primera capilla a Nuestra Señora del Rosario.
También después de Lepanto los turcos seguían siendo poderosos en tierra y, en el siglo siguiente, invadieron a Europa desde el Este. Después de tomar enormes territorios, sitiaron a Viena, capital de Austria. Una vez más, las tropas enemigas eran muy superiores. Si conquistaban esta ciudad toda Europa se hacia muy vulnerable. Vuelve a contar la historia que el emperador de Austria puso su esperanza en Nuestra Señora del Rosario. Hubo gran lucha y derramamiento de sangre y la ciudad parecía perdida. El alivio llegó el día de la fiesta del Santo Nombre de María, 12 de septiembre de 1683, cuando el rey de Polonia, conduciendo un ejército de rescate, derrotó a los turcos.
Al siglo siguiente, los turcos padecieron otra gran derrota en manos del Príncipe Eugenio de Saboya, comandante de los ejércitos cristianos, en la batalla de Temesvar (en la Rumania moderna), el 5 de agosto de 1716. En aquel entonces era la fiesta de Nuestra Señora de las Nieves. El Papa Clemente XI atribuyó esta victoria a la devoción manifestada a Nuestra Señora del Rosario. En acción de gracias, mandó que la fiesta del Santo Rosario fuera celebrada por la Iglesia universal.

Bajo la protección Nuestra Señora de la Merced -Generala del Ejército Libertador-, el General Manuel Belgrano decía: “Ella siempre es declarada por el éxito feliz de las causas justas, como la liberación social y política de nuestro pueblo" (en contra de los ejércitos colonialistas europeos y sin más patria que la justicia evangélica).
Se puede pensar que, al igual que como María apoyó la misión liberadora de Jesús hasta el desgarro en una ocupada Palestina por el Imperio Romano y arrendada por la casta sacerdotal judía contraria a la tradición liberadora de los profetas y de la aristocracia laica judía -opresora también del Pueblo de Dios-, ella también es dada a apoyar a todos aquellos hijos que trabajan en el mismo sentido evangélico de justicia integral.
Justamente éste debiera ser el sentido de la fe cristiana con respecto a las devociones. De la “lectura religiosa” de Lepanto se traduce claramente cuál es la forma de intervención divina en la historia cuando la causa es justa.
Tanto en la Batalla de Lepanto, como en la anterior de Muret; en el sitio de Viena o en Temesvar, la invocación de ayuda, de bendiciones y de éxitos a María (como a cualquier santo o al Dios uno y trino), es a partir -primeramente- de una acción comunitaria, de una comunión social del conjunto de voluntades seguida de la acción, del sacrificio y de la lucha de aquellos cristianos quienes están invocando. Antes que nada se ayudaron a sí mismos, pusieron el cuerpo a sus creencias y todo lo que estaba a su alcance para lograr su objetivo. Y recién después sí, se encomendaron pidiendo con fe, con razón, con justificación, con motivo, con argumentos y con todo el derecho a profesar con coherencia su fe, de que Dios los bendiga concediéndole una ayuda, que pudo ser más o menos “milagrosa” y que no dependía humanamente de ellos poder lograr.
“Ayúdate que te ayudaré”, se podría resumir esta teología cristiana con respecto a los acontecimientos en que se cree adivinar una intervención divina a favor de lo justo.
Pero ninguna relación tiene con esto lo milagrero, lo mágico, lo fácil; el cruzarse de brazos mirando una imagen de yeso o una estampita por más “benditas” que estén, prendiendo velitas de colores o bañarse con agua bendita mientras se rezan mil rosarios alienándose la persona sin hacer lo que de ella dependa para solucionar su problema individual, si fuese el caso, o en comunión con sus semejantes, si el motivo involucrase a su comunidad.
El proyecto de Jesús de la construcción cotidiana del Reino de Dios -Reino de verdad y justicia- es una tarea comunitaria, de esfuerzo y de sacrificio social. Y cuando la construcción de ese Reino requirió de una guerra justa para alcanzarlo, hizo falta la decisión y hasta el martirio de sus mejores hijos como instrumentos para llevarlo adelante, necesaria e imprescindiblemente junto a cualquier plegaria piadosa.
Sólo así las oraciones y rezos elevados al Cielo tienen sentido cristiano.
Quien no entienda esto ha convertido su religiosidad en un simple ritualismo estéril, más cerca de la idolatría que del verdadero Dios, y lejos del Evangelio predicado por Jesús.
La batalla de Lepanto deja como primera y esencial enseñanza el punto justo entre la oración y la acción comunitaria.

jueves, 15 de enero de 2009

Juan XXIII

JUAN XXIII: “UN POCO DE AIRE FRESCO”

A Juan XXIII hay que situarlo entre las mujeres y hombres que en la historia de la Iglesia se destacan como testigos de la auténtica tradición, precisamente porque liberaron a la Iglesia de su tiempo, del lastre que arrastraba: Pablo de Tarso, Agustín de Hipona, Francisco de Asís, Tomás de Aquino, Teresa de Ávila y tantos otros. La fidelidad a la tradición de la Iglesia impulsa constantemente a la revisión crítica y a las reformas audaces: el Espíritu que la anima no puede encerrarse en la letra que mata porque “donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad”.


“¡Bendito sea este Papa, que nos hizo gozar en el mundo!”, exclamó el Cardenal Giovanni Battista Montini en el duomo de Milán en la fiesta de Pentecostés de 1963, mientras en Roma continuaba la larga agonía del Papa. Al día siguiente, 3 de Junio, murió Juan XXIII. El cónclave, reunido pocos días después, eligió al cardenal Montini con el nombre de Paulo VI, quien llevó a término el Concilio Vaticano II.

“Obediencia y Paz”
Angelo Giuseppe Roncalli, patriarca de Venecia, había sido elegido por los cardenales el 28 de octubre de 1958 como sucesor de Pío XII, muerto el día 9 de ese mismo mes después de casi veinte años de pontificado. La noticia de su elección sorprendió a todos: el Cardenal Roncalli no figuraba entre los «papabili» (como se denomina en la jerga periodística a los cardenales con más chance de ser elegidos) y el Cónclave había sido muy breve, apenas tres días, contrariamente a lo pronosticado por los más avezados «vaticanólogos».
Dado el riguroso secreto que obliga a los que participan en el cónclave, sólo es posible apelar a hipótesis más o menos plausibles si se quiere comprender las razones que pudieron motivar la elección de un cardenal de «bajo perfil» y de tan avanzada edad.
Roncalli, nacido el 25 de noviembre de 1881 en el seno de una familia campesina de Sotto il Monte, en la provincia de Bérgamo, jamás olvidó la riqueza vital de su origen popular, y esta fidelidad a la tierra explica porqué la gente sencilla lo sintiera tan cercano. De tal forma que hasta a un ferroviario comunista se le escuchó decir: “Ése es uno de los nuestros”, aludiendo a su modo tan singular y sincero de encarar la existencia.
Antes de ser nombrado cardenal y patriarca de Venecia en 1953, estuvo en el servicio diplomático como Delegado Apostólico en Bulgaria (1925-1934) y en Turquía (1935-1944) y como Nuncio Apostólico en París desde 1945.
Poco tiempo después de la elección, los análisis y comentarios de los medios comenzaron a hablar de «un Papa de transición». Después del largo «reinado» (como se decía entonces) de Pío XII, este anciano cardenal parecía en verdad la persona indicada para responder a las expectativas de un pontificado breve y sin sorpresas, que asegurara un período de distensión.
En 1925 había escrito en su Diario refiriéndose al lema elegido para su episcopado: «Obediencia y Paz»: “Estas palabras son un poco mi historia y mi vida”. Ciertamente, esas palabras expresan la modestia y discreción que caracterizaron su estilo de vida en las diversas funciones que le tocó desempeñar. Muchos interpretaron su manera de ser como el conformismo de “un hombre carente de iniciativa y de mediocre capacidad intelectual”.
Sin embargo, se puede decir que el nuevo Papa, a partir de su aceptación, comenzó a provocar sorpresas empezando por los mismos que lo habían elegido. Cuando el Secretario del Cónclave le preguntó qué nombre había decidido ponerse, respondió: “Vocabor Johannes”: “Me llamaré Juan”, un nombre que desde hacía más de quinientos años no había usado ningún Papa. Y no es arbitrario percibir un guiño de complicidad cuando, al enumerar las diversas razones por las que elegía el nombre de Juan, mencionó que quería esconder su pequeñez tras la multitud de Papas que llevaron ese nombre y que “tuvieron casi todos un pontificado muy breve”.


Un prisionero de lujo

En una ocasión dijo que estaba “aprendiendo a ser Papa”, sin embargo, desde el primer día actuó con tal desenvoltura y naturalidad que daba la impresión de que siempre hubiera sido Papa. Eso sí: a su manera.
Después de las primeras semanas, comenzó a salir del Vaticano, cosa que no hacían los Papas desde 1870, cuando perdieron el dominio de Roma. Su primera salida fue para visitar el Hospital de Niños. Visitó también otros hospitales y a los presos de “Regina Cœli”, la cárcel de Roma, porque quería “encontrarse con sus hijos más queridos”. Consagró los domingos de cuaresma a visitar las parroquias de las barriadas de Roma. La gente respondía con entusiasmo a estas visitas en que el Papa se acercaba y conversaba con ellos fuera de todo protocolo. Los miembros de la Curia vaticana le manifestaron al Papa, de varias maneras, que consideraban ese mezclarse con la gente, incompatible con la dignidad papal.
“Ahora eres un prisionero de lujo que no puede hacer todo lo que quiere”, le escribió uno de sus hermanos. Al Papa le gustó la figura y la utilizó con un toque de humor en una de esas conversaciones familiares de los domingos por la tarde. Si duda, le habrá costado “estar encerrado en dos o tres piezas del gran palacio”, pero bastante pronto debió descubrir (quizás con la complicidad de su chofer) la manera de atravesar los sólidos muros vaticanos. Estas salidas, las programadas y las imprevistas, le valieron el mote de «Juan Extramuros», según la feliz expresión de un periodista romano.
¿A qué se debía el notable cambio de estilo papal, del hieratismo de Pío XII a la acogedora familiaridad del Papa Juan XXIII? Hay que atribuirlo indudablemente a la personalidad del nuevo Papa, fruto de una originalísima síntesis del realismo propio de su origen campesino y del espíritu evangélico abierto a todas las manifestaciones de la vida. Pero el cambio de estilo respondía además a opciones de orden teológico. Pocos días después de su elección anotaba en su Diario: “He sido elegido Obispo de Roma y consecuentemente, Papa”. En Juan XXIII reaparecen los rasgos y actitudes propias de un obispo, del obispo de Roma que habían quedado como eclipsadas por las prerrogativas de liderazgo internacional político y diplomático.
Ya el 4 de noviembre de 1958, en el Discurso de la Coronación, afirmó que lo propio del Papa no es ser Jefe de Estado ni el organizador de la sociedad internacional. El nuevo Papa quiere ser como el hijo de Jacob que va al encuentro de sus hermanos para abrazarlos afectuosamente y decirles: “Yo soy José, el hermano de ustedes”. El Papa quiere tener las cualidades y actitudes del Buen Pastor, quiere ser la puerta abierta para todos…
La Iglesia Católica llevaba mucho tiempo en pie de guerra contra el mundo moderno y desde el Sílabo de 1864 su encerramiento se había ido reforzando en los últimos años. Juan XXIII, conversando con un obispo francés, le confiaba su sufrimiento al pensar que había en el mundo tanta gente de buena voluntad que se sentía rechazada y condenada por la Iglesia: “Yo quiero ser Cristo para ellos, les abro ampliamente mis brazos. Los amo y estoy siempre dispuesto a recibirlos”.

El Concilio: un nuevo Pentecostés

No se puede hablar de Juan XXIII sin mencionar el Concilio Vaticano II (1962-1965). El 25 de enero de 1959, el nuevo Papa fue a celebrar la misa en la Basílica de San Pablo Extramuros. La liturgia recuerda ese día la Conversión de San Pablo. Y en Roma, como en otras diócesis, concluía la semana de oración por la unión de los cristianos. Durante la homilía, Juan XXIII anunció que había decidido convocar un concilio ecuménico “para la renovación de la vida de la Iglesia y de los ordenamientos del Derecho Canónico, y para avanzar en el camino de la unión de todos los cristianos: católicos, ortodoxos y protestantes”.
Aunque el inesperado anuncio provocó una enorme sorpresa en todo el mundo, no es fácil imaginar el impacto producido en quienes tres meses antes creían haber elegido un cardenal “carente de iniciativa” para un breve pontificado de transición. Los periódicos romanos, con los matices propios de sus diversas tendencias, coincidían en señalar que los pocos cardenales de la Curia presentes ese día en San Pablo, “con su devoto, impresionante silencio” hacían presagiar las dificultades con que chocaría semejante proyecto papal.
¿Por qué semejante extrañeza ante el anuncio de un concilio ecuménico? Era sin duda una instancia contemplada en la legislación vigente; el Código de Derecho Canónigo le dedicaba varios de sus cánones (222-229). Sin embargo, el concilio, que había desempañado un papel tan importante en otros tiempos de la historia de la Iglesia, aparecía innecesario en la actualidad. El «Concilio de Pío IX», el Vaticano I (1868-1870), había definido con tal firmeza y amplitud el poder del Papa que el imaginario católico consideraba la definición de la infalibilidad papal como el golpe de gracia del conciliarismo y el fin de la era de los concilios.
Después del sorpresivo anuncio, Juan XXIII se refirió con frecuencia al futuro concilio. Cuando aludía al mismo, hablaba el Papa de un necesario aggiornamento (puesta al día) de la Iglesia, de “una nueva primavera”, de “un nuevo Pentecostés”, pero no aparecía con claridad la relación entre esas sugestivas imágenes y un concilio ecuménico.
En una ocasión, durante una audiencia en su biblioteca, alguien le preguntó qué objetivo quería conseguir con el concilio. “Mire”, dijo el Papa, levantándose y yendo hacia una de las ventanas que dan a la Plaza de San Pedro; abriendo la ventana, continuó: “Esto va a hacer el concilio: ¡que entre un poco de aire fresco en la Iglesia!”.
La entrada de aire fresco significaba sin duda la decisión del Papa de recrear en la Iglesia el clima propio de la “santa libertad de los hijos de Dios”, como le gustaba repetir. Pero, ¿libertad dentro de la Iglesia católica? Parecía impensable si se tenía en cuenta no sólo el Sílabo de Pío IX, las condenaciones de Pío X, sino, sobre todo, las consecuencias de la Encíclica Humani Géneris en que Pío XII condenaba las “falsas opiniones y tendencias que ponen en peligro la integridad de la doctrina católica”. Y sin embargo, contra todas las previsiones, después de las primeras semanas que necesitaron los más de 2000 obispos para comenzar a conocerse, la Basílica de San Pedro, transformada en aula conciliar, ofreció a los católicos y al mundo un espectáculo insólito: libre intercambio de opiniones y francas discusiones sobre temas centrales del cristianismo.
Ya en su Encíclica programática Prínceps Pastórum, afirmaba Juan XXIII que en la Iglesia debe existir un clima de libertad porque no son pocos los temas cuya libre discusión no sólo no ponen en peligro la unidad de la Iglesia sino que hacen posible una mejor y más profunda comprensión de la verdad. Y recuerda la antigua y conocida norma: “En las cosas necesarias, unidad; en las dudosas, libertad; en todo, caridad”.
Pero la imagen del aire fresco referida al concilio tenía además un sentido más profundo. En varias ocasiones lo comparó a “un nuevo Pentecostés”. El Libro de los Hechos de los Apóstoles (2, 2), utilizando elementos de la teofanía del Sinaí (Éxodo 19, 16-20), relata la venida del Espíritu Santo: “Vino del cielo un viento que sacudió la casa en que estaban reunidos (los Apóstoles y los primeros cristianos)”
Pentecostés se considera como el nacimiento de la Iglesia. De allí la riqueza simbólica del viento (pneuma) que viene del cielo (en griego, lengua original del Nuevo Testamento, pneuma significa a la vez “viento” y “espíritu”). El viento, como símbolo de la vida nueva, es muy usado en la Biblia: se lo menciona ya en el relato de los orígenes (Génesis, capítulo 1º) como símbolo del poder creador de Dios que hace surgir la vida.
El gesto del Papa abriendo una ventana no fue sólo una ingeniosa boutade de Juan XXIII: tiene la profundidad de un “gesto profético”. El 13 de noviembre de 1960 afirmaba: “El Concilio será un nuevo Pentecostés que habrá de dar a la Iglesia de Cristo el brillo de las líneas simples y puras de sus orígenes”, y al final del discurso de apertura del Concilio, cuya novedad causó profunda impresión, afirmó Juan XXIII: “El Concilio es tan sólo la aurora, el primer anuncio del día que surge”.

¿Revolucionario o conservador?

¿El Papa Roncalli, revolucionario? Nada más extraño a la idiosincrasia de este bergamasco de origen campesino que solía repetir: “tiempo al tiempo”, y que escribía a un amigo (¡en 1921!): “...en tiempos de luchas nuestros viejos sentenciaban: «Frangar, non flectar»: «Me romperé, pero no me doblegaré». Yo prefiero el lema contrario: «Flectar, non frangar», sobre todo cuando se trata del orden práctico”.
Si a toda costa quisiéramos clasificar a quien no se ajustaba a ningún esquema, habría que decir que el Papa Juan seguía teniendo las características de un prelado no «progresista» sino más bien «conservador», desde su lenguaje hasta sus devociones. No creyó que tenía que romper lanzas contra los representantes de la «nobleza negra» (la aristocracia vaticana) que con sus atuendos estrafalarios integraban el cortejo papal, ni substituyó el pectoral de piedras preciosas por una cruz de madera...
A Juan XXIII hay que situarlo entre las mujeres y hombres que en la historia de la Iglesia se destacan como testigos de la auténtica tradición, precisamente porque liberaron a la Iglesia de su tiempo del lastre que arrastraba: Pablo de Tarso, Agustín de Hipona, Francisco de Asís, Tomás de Aquino, Teresa de Ávila y tantos otros. La fidelidad a la tradición de la Iglesia impulsa constantemente a la revisión crítica y a las reformas audaces; el Espíritu que la anima no puede encerrarse en la letra que mata porque ”donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2 Cor 3, 17)
En el discurso que redactó Juan XXIII para la apertura del Concilio, expresaba: “Nuestro deber no es sólo custodiar el precioso tesoro (de la doctrina) como si únicamente nos ocupásemos de la antigüedad, sino también dedicarnos con diligencia y sin temores a la labor que exige nuestro tiempo, prosiguiendo el camino de la Iglesia... dar un paso adelante hacia una penetración doctrinal que esté en correspondencia más perfecta con la fidelidad a la auténtica doctrina, poniéndola en conformidad con los métodos de investigación y la expresión literaria que exigen los métodos actuales”.
Jean Guitton comentaba así este pasaje del discurso: “Aquí está expresado con claridad el concepto de tradición ya que la tradición es el progreso de ayer, y el progreso es la tradición de mañana». O dicho de otro modo: no hay que confundir la tradición con la pereza intelectual. En tal caso, la tradición se degrada en tradicionalismo y al reducir el Evangelio a la repetición de expresiones y términos privados de su enraizamiento histórico-existencial se anula la fuerza transformadora del mensaje de salvación por una supuesta o pretendida fidelidad.

Yo soy José, el hermano de ustedes

Uno de los temas asignados por Juan XXIII para el futuro Concilio fue el de la búsqueda de caminos que favoreciesen la unión de los cristianos separados. Varias iglesias protestantes habían comenzado a trabajar en esa línea ya desde comienzos del Siglo XX y esto dio lugar al llamado “movimiento ecuménico”. Pero el diálogo con la Iglesia católica aparecía a los protestantes y ortodoxos como prácticamente imposible por el hecho de que aquélla afirmaba ser la única verdadera Iglesia de Cristo y consideraba la propia doctrina como norma del auténtico cristianismo. Más aún, como diría años después Paulo VI en su discurso al Secretariado para la Unión de los Cristianos (28.04.67), “el Papa es sin duda el obstáculo más grave en el camino al ecumenismo”. Este sincero reconocimiento de Paulo VI hace más admirable el cambio en la posición de la Iglesia católica. Lejos de ser un obstáculo, la persona y las iniciativas de Juan XXIII crearon una atmósfera nueva en que fue posible comenzar un diálogo auténtico entre los católicos y los otros cristianos.
Este nuevo clima para la unidad de los cristianos fue otra de las sorpresas que nos tenía deparada quien durante largos años viviera en países “no católicos” (como Bulgaria y Turquía). Esa experiencia le permitió conocer profundamente la autenticidad evangélica de ortodoxos y protestantes a quienes siempre llamó “hermanos separados”.
Juan XXIII repetía: “Preferimos siempre poner el acento en lo que nos une, dejando de lado nuestras dificultades”. Y cuando el 4 de noviembre de 1958 expuso por primera vez cómo concebía su misión papal, afirmó: “El nuevo Papa no quiere ser ni un político ni un gran dirigente mundial… El nuevo Papa quiere ser como el hijo de Jacob que va al encuentro de sus hermanos de humana desventura, les manifiesta la ternura de su corazón y, rompiendo en llanto, les dice: «¡Yo soy José, el hermano de ustedes!»”. Estas palabras constituyen el momento culminante de uno de los más hermosos relatos de la Biblia: la historia de José (Génesis, capítulos 37-50). Una enorme emoción embarga a los hijos de Jacob cuando en Egipto, un personaje que consideraban extraño y lejano, les manifiesta su verdadera identidad: es José, ese hermano que habían olvidado y que creían muerto.
El Papa Roncalli, que no era ciertamente un teólogo, nos da aquí un luminoso ejemplo de lo que los teólogos denominan «teología narrativa». Los católicos sentían al Papa, en razón de su elevado cargo, como alguien lejano; y los otros cristianos, ortodoxos y protestantes, en razón del secular distanciamiento no sólo lejano sino también como un extraño. A unos y a otros manifiesta Juan XXIII que tras los pomposos velos que lo ocultaban, él era simplemente un hermano que ansiaba hacerles experimentar el afecto con que compartía los sufrimientos de todos los hermanos.
Era un lenguaje inesperado en boca de un Papa, sobre todo el día de su coronación; respondía sin embargo a la seria advertencia de Jesús a los apóstoles, los primeros dirigentes de su Iglesia: “Ustedes tienen un único Maestro y todos ustedes son hermanos” (Mt 23, 8)
La importancia que atribuía el Papa al ecumenismo, se manifestó en dos iniciativas de enorme trascendencia: En la primavera de 1960 instituyó el Secretariado para la Unión de los Cristianos y puso como presidente a un prestigioso biblista, el jesuita alemán Agustín Bea, Rector del Pontificio Instituto Bíblico. Por primera vez la cuestión ecuménica adquiría relevancia institucional en el gobierno central de la Iglesia y fue agregada a las comisiones preparatorias. El Papa Roncalli quiso integrar también desde el principio en el Concilio a los hermanos separados. Respondiendo a su invitación enviaron delegados las Iglesias protestantes y ortodoxos, incluido el Patriarcado de Moscú: llegaron a ser casi un centenar los «Observadores» que pudieron seguir día tras día el desarrollo del Concilio, ubicados en lugar destacado, frente a los Cardenales.
Apenas dos días después de la inauguración del Concilio, recibió Juan XXIII en audiencia a los Observadores. No aprovechó para hacerles un discurso tras tantos siglos de separación, sino que les comentó familiarmente lo que había ido aprendiendo sobre el misterio de la unidad cristiana, en sus contactos ecuménicos: “En nuestros encuentros no hemos «parlamentado» sino hablado (non abbiamo «parlamentato», ma parlato), no hemos discutido, sino que nos hemos amado”.
En este caminar hacia la unión de los cristianos se destaca la visita que hizo a Juan XXIII el 2 de diciembre de 1960 Francis Fisher, Arzobispo de Canterbury y Primado de la Iglesia de Inglaterra. L’Osservatore Romano no le dio mucha trascendencia a este encuentro, saludado en el mundo como el anuncio de una nueva estación después del largo invierno de la separación de las iglesias cristianas.
Poco tiempo después de la muerte de Juan XXIII escribía el Dr. Fisher: “En muy breve tiempo el Papa promovió esta admirable transformación del clima espiritual de la cristiandad con medidas sabias y amistosas... La amistad era su gran virtud... y fue este sentimiento suyo de amistad con todos sus hermanos cristianos lo que me impulsó a viajar a Roma para conocerlo personalmente. Más de 400 años habían pasado desde que un Arzobispo de Canterbury no hablaba con un Papa, y sin embargo nuestro encuentro fue tan familiar que a los pocos minutos ya estábamos conversando con la desenvoltura y cordialidad propia de viejos amigos sobre nuestras experiencias espirituales de cristianos. La conversación, que no decayó en ningún momento, duró una hora”.
Lejos de ser un obstáculo en el camino del ecumenismo, Juan XXIII significó el comienzo de un movimiento que hizo renacer la alegre esperanza de la unión no sólo en el Arzobispo Fisher sino en muchos hermanos separados. Su breve pontificado representó la concreción del programa anunciado en el comienzo de su ministerio: “Yo soy José, el hermano de ustedes”. Juan XXIII, en la noche del 11 de octubre de 1962, día de la inauguración del Concilio, respondiendo al saludo de los romanos, dijo en un momento de su emocionante improvisación:

“Mi persona no tiene ninguna importancia;
es un hermano el que les habla:
un hermano hecho padre por voluntad del Señor.
Pero todo: fraternidad y paternidad, es don de Dios. ¡Todo!, ¡Todo!”.

Cuatro días después de la muerte del Papa, escribió François Mauriac: “Este gran Papa fue humilde. El Espíritu no encontró obstáculos en él, por eso fueron suficientes pocos meses para que se abriera una brecha a la Gracia que durará siglos. Por esta brecha penetrará el Espíritu sin que nadie lo pueda detener”.





11 de octubre de 1962

Del discurso de Juan XXIII EN LA APERTURA DEL CONCILIO

“Gaudet Mater Ecclesia… = Se alegra la Madre Iglesia…”


… Por lo que se refiere a la iniciativa del gran acontecimiento que hoy nos tiene aquí congregados, baste, a simple título de orientación histórica, revelar una vez más nuestro humilde testimonio personal de aquel primer momento en que, de improviso, brotó en nuestro corazón y en nuestros labios la simple palabra «Concilio ecuménico». Palabra pronunciada ante el sacro colegio de los cardenales en aquel faustísimo día 25 de enero de 1959, fiesta de la Conversión de San Pablo, en su basílica de Roma. Un toque inesperado, un haz de luz de lo alto, una gran suavidad en los ojos y en el corazón; pero, al mismo tiempo, un fervor, un gran fervor que con sorpresa se despertó en todo el mundo en espera de la celebración del Concilio. Tres años de preparación laboriosa …
…En el cotidiano ejercicio de nuestro ministerio pastoral llegan, a veces, a nuestros oídos, hiriéndolos, ciertas insinuaciones de almas que, aunque con celo ardiente, carecen del sentido de la discreción y de la medida. Tales son quienes en los tiempos modernos no ven otra cosa que prevaricación y ruina. Dicen y repiten que nuestra hora, en comparación con las pasadas, ha empeorado, y así se comportan como quienes nada tienen que aprender de la Historia, la cual sigue siendo maestra de la vida, y como si en los tiempos de los precedentes concilios ecuménicos todo procediese próspera y rectamente en torno a la doctrina y a la moral cristiana, así como en torno a la justa libertad de la Iglesia.
Mas nos parece necesario decir que disentimos de esos profetas de calamidades que siempre están anunciando infaustos sucesos como si fuese inminente el fin de los tiempos. En el presente orden de cosas, en el cual parece apreciarse un nuevo orden de relaciones humanas, es preciso reconocer los arcanos designios de la Providencia divina que, a través de los acontecimientos y de las mismas obras de los hombres, muchas veces sin que ellos lo esperen, se llevan a término, haciendo que todo, incluso las adversidades humanas, redunden en bien para la Iglesia.
Fácil es apreciar esta realidad, si se considera atentamente el mundo moderno, ocupado en la política y en controversias de orden económico hasta el punto de no encontrar ya tiempo para preocupaciones de orden espiritual, que son las que pertenecen al sagrado magisterio de la Iglesia. Tal modo de obrar no es recto y es, por tanto, justo desaprobarlo; con todo, no se puede negar que estas nuevas condiciones impuestas por la vida moderna tienen, al menos, una ventaja: la de haber hecho que desaparezcan los innumerables obstáculos con que en otros tiempos los hijos del siglo impedían el libre obrar de la Iglesia. De hecho, basta recorrer, aunque sea fugazmente, la historia eclesiástica para constatar claramente cómo los mismos Concilios ecuménicos, cuyo desarrollo constituye una etapa de verdadera gloria para la Iglesia, con frecuencia han sido celebrados en medio de gravísimas dificultades y amarguras, a causa de ilícitas injerencias de las autoridades civiles. Los príncipes de este mundo, en más de una ocasión, se proponían ciertamente proteger con toda sinceridad a la Iglesia; mas, con mayor frecuencia, sus acciones no se hallaban exentas de daños y peligros espirituales, al dejarse ellos llevar por motivos políticos y de propio interés.

Qué se espera del Concilio en cuanto a la doctrina

… Nuestro deber no es sólo custodiar ese tesoro precioso, como si únicamente nos ocupásemos de la antigüedad, sino también dedicarnos con voluntad diligente, sin temores, a la labor que exige nuestro tiempo, prosiguiendo el camino que la Iglesia recorre desde hace veinte siglos. Si la tarea principal del Concilio fuera discutir uno u otro artículo de la doctrina fundamental de la Iglesia, repitiendo con mayor difusión la enseñanza de los padres y teólogos antiguos y modernos, que suponemos conocéis y que tenéis presente en vuestro espíritu, para esto no era necesario un Concilio. Sin embargo, de la adhesión renovada, serena y tranquila, a todas las enseñanzas de la Iglesia, en su integridad transmitidas con la precisión de términos y conceptos que es gloria particularmente de los Concilios de Trento y del Vaticano I, el espíritu cristiano, católico y apostólico de todos espera que se dé un paso adelante hacia la penetración doctrinal y una formación de las conciencias que esté en correspondencia más perfecta con la fidelidad a la auténtica doctrina, estudiando ésta y poniéndola en conformidad con los métodos de la investigación y con la expresión literaria que exigen los métodos actuales. Una cosa es el depósito mismo de la fe, es decir, las verdades que contiene nuestra venerada doctrina, y otra la manera como se expresa; y de ello ha de tenerse gran cuenta, con paciencia, si fuese necesario, ateniéndose a las normas y exigencia de un magisterio de carácter prevalentemente pastoral. …
… Vemos, al pasar de un tiempo a otro, que las opiniones de los hombres se suceden excluyéndose mutuamente y que los errores, apenas nacidos, se desvanecen como la niebla ante el sol. Siempre se opuso la Iglesia a estos errores. Frecuentemente los condenó con la mayor severidad. En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiere usar de la medicina de la misericordia más que de la severidad. Piensa que hay que remediar a los necesitados mostrándoles la validez de su doctrina sagrada más que condenándolos. No es que falten doctrinas falaces, opiniones, conceptos peligrosos que hay que prevenir y disipar; pero ellos están ahí, en evidente contraste con la recta norma de la honestidad, y han dado frutos tan perniciosos que ya los hombres, por sí solos, hoy día parece que están por condenarlos, y en especial aquellas formas de vida que desprecian a Dios y su Ley, la excesiva confianza en los progresos de la técnica, el bienestar fundado exclusivamente sobre las comodidades de la vida. Cada día están más convencidos del máximo valor de la dignidad de la persona humana y de su perfeccionamiento y del compromiso que esto significa. …
… estando así las cosas, la Iglesia católica, al elevar por medio de este Concilio ecuménico la antorcha de la verdad religiosa, quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella. …
… El Concilio que comienza aparece en la Iglesia como un guía prometedor de luz resplandeciente. Ahora es sólo la aurora, y el primer anuncio del día que surge, …




En la noche del 11 de octubre de 1962 (en la mañana
había inaugurado el Concilio Vaticano II), Juan XXIII
responde con una improvisación a la manifestación de antorchas de los romanos en Plaza San Pedro.

¡Hijitos queridos! ¡Siento vuestras voces…! ¡La mía es una voz sola, pero resume las voces del mundo entero…! ¡Aquí todo el mundo está representado!, se diría que hasta la luna se ha apresurado esta noche… ¡mírenla allá arriba!, ¡para gozar de este espectáculo!
Es que hoy estamos terminando una gran día de paz, ¡sí, de paz! ¡Gloria a Dios y paz a los hombres de buena voluntad! ¡Repitamos frecuentemente este augurio! Y cuando podamos decir que los rayos y la dulzura de la paz del Señor nos une y nos penetra, digamos: “Esto es una «muestra» de lo que debería ser siempre la vida, la vida de todos los días y de la vida que nos espera por la eternidad…”
Díganme, si pudiera preguntar, si pudiera preguntarle a cada uno de ustedes: “¿Ustedes, de dónde vienen?”, los hijos de Roma que están aquí especialmente representados, “¡Ah, nosotros somos sus hijos más cercanos!, ¡Usted es el Obispo de Roma!”. Pero ustedes, hijitos de Roma, ¿sienten ustedes que representan la Roma “caput mundi” como está llamada por la Providencia para difundir la verdad y la paz cristiana…? En estas palabras está mi respuesta a vuestro homenaje…
Mi persona no tiene ninguna importancia… es un hermano el que les habla… un hermano hecho padre por voluntad del Señor… ¡pero todo, fraternidad y paternidad es gracia de Dios!, ¡todo, todo! ¡sigamos queriéndonos, sigamos queriéndonos así! Al encontrarnos, tomemos en cuenta lo que nos une dejando de lado, si hay alguna cosa que pueda provocarnos alguna dificultad… ¡Nada!, “fratres sumus” (=somos hermanos). La luz que brilla sobre nosotros, que está en nuestros corazones y en nuestras conciencias, es la luz de Cristo que quiere iluminar con su gracia todas las almas…
Esta mañana hubo un espectáculo que la basílica de San Pedro, que tiene ya cuatro siglos de historia, nunca había podido contemplar… Pertenecemos a una época en que somos sensibles a las voces de lo alto… y queremos ser fieles a la orientación que el Cristo bendito nos ha señalado. Termino… dándoles la bendición; me gusta invitar a mi lado a la Madonna santa y bendita, de la cual recordamos hoy el gran misterio… He oído a alguno de ustedes que ha recordado Éfeso y las lámparas encendidas en aquella basílica, que yo he visto con mis propios ojos (¡claro que no en aquel tiempo!), lámparas que recuerdan la proclamación del dogma de la divina maternidad de María… Entonces, invocándola y levantando todos juntos nuestros ojos a Jesús bendito, su Hijo, y pensando en lo que hay en ustedes y en vuestras familias: la alegría, la paz, y quizás un poco de tribulación y de tristeza, reciban la gran bendición que ahora les doy…
El espectáculo que se ofrece a mi vista permanecerá para siempre en mi espíritu, como sin duda también en el de ustedes. ¡Honremos las impresiones de esta noche!... Ojalá que perduren los sentimientos que nos embargan esta noche y que los manifestamos hoy ante el cielo y ante la tierra… ¡Fe, esperanza, caridad! ¡Amor de Dios, amor de hermanos!... Y así, juntos, ayudados por la paz del Señor, caminamos en las obras del bien… Al volver a casa, encontrarán a los chicos: ¡denles una caricia a vuestros chicos, y díganles: “¡Ésta es la caricia del Papa!”. Encontrarán alguna lágrima que enjugar, díganles una buena palabra… díganles: “¡el Papa está con nosotros… sobre todo en la hora de la tristeza y de la amargura…”. Y después, todos juntos, nos animamos, cantando, suspirando, llorando… pero siempre, siempre llenos de confianza en Cristo que nos ayuda y nos escucha… retomamos nuestro camino…
Y ahora reciban la bendición que les doy, con las “Buenas noches” que me permito augurarles… ¡claro que también con la oración!...
Hoy comenzamos un año, un año, quién sabe… ojalá… El Concilio ha comenzado hoy y no sabemos cuándo terminará. A lo mejor termina antes de Navidad… pero no sabemos… Quizás no podremos decir todo, no será posible ponernos buenamente de acuerdo en todo… Quizás será necesario volver a encontrarnos… Pero, si al encontrarnos así podrá alegrarnos a nosotros, a nuestras familias, a Roma y a todo el mundo… entonces, ¡vengan esos días!, ¡los esperamos como una bendición… En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo!

Carlos María Aguirre
Revista Criterio Nº 2271
Buenos Aires, Mayo de 2002

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TESTAMENTO ESPIRITUAL
Venecia, 29 de junio 1954.
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En el momento de presentarme ante el Señor Uno y Trino que me creó, me redimió, me quiso sacerdote y obispo suyo, me colmó de gracias sin fin, encomiendo mi pobre alma a su misericordia, le pido humildemente perdón de mis pecados y mis deficiencias, le ofrezco lo poco bueno que con su ayuda he podido hacer, aunque imperfecto y mezquino, para gloria suya, servicio de la santa Iglesia y edificación de mis hermanos, suplicándole finalmente que me acoja, como padre bueno y piadoso, con sus santos en la bienaventurada eternidad.

Quiero profesar una vez más toda entera mi fe cristiana y católica, y mi pertenencia y sumisión, a la santa Iglesia Apostólica y Romana, y mi perfecta devoción y obediencia a su Augusto Jefe, el Sumo Pon­tífice, al que tuve el gran honor de representar durante largos años en diversas regiones de Oriente y de Occidente, que me quiso finalmente en Venecia como Cardenal y Patriarca, y al que he seguido siempre con afecto sincero, sin que en ello haya influido para nada cualquier dignidad que me haya sido concedida. El sentimiento de mi poquedad y de mi nada me ha acompañado siempre manteniéndome humilde y sereno, y concediéndome la dicha de emplearme lo mejor que he po­dido en continuo ejercicio de obediencia y de caridad por las almas y por los intereses del reino de Jesús, mi Señor y mi Todo. A El toda la gloria; para mí, y como mérito mío, su misericordia. "Meritum meum miseratio Dornini. Domine, tu omnia nosti: tu seis quia amo te". Esto sólo me basta.

Pido perdón a quienes hubiera ofendido inconscientemente; a cuantos no hubiese sido causa de edificación. Siento que no tengo que perdonar nada a nadie, porque en cuantos me conocieron y han tenido relaciones conmigo - aunque me hubiesen ofendido o despreciado o temido, y esto con justicia, en poca estima, o me hubiesen sido motivo de aflicción - sólo reconozco hermanos y bienhechores, a los que estoy agradecido y por los que ruego y rogaré siempre.

Nacido pobre, pero de una familia honrada y humilde, siento par­ticular alegría de morir pobre, habiendo distribuido según las diversas exigencias y circunstancias de mi vida sencilla y modesta, en servicio de los pobres y de la santa Iglesia que me ha alimentado, cuanto vino a caer en mis manos - en medida bastante limitada - durante los años de mi sacerdocio y de mi episcopado.

Apariencias de desahogo velaron a menudo ocultas espinas de con­gojosa pobreza y me impidieron dar siempre con la largueza que hu­biera deseado. Agradezco a Dios esta gracia de la pobreza de que hice voto en mi juventud, pobreza de espíritu, como sacerdote del Sagrado Corazón, y pobreza real; y que me sostuvo para no pedir nunca nada, ni puestos, ni dinero, ni favores, nunca, ni para mí ni para mis parien­tes o amigos.

A mi querida familia "secundum sanguinem" - de la que no he recibido ninguna riqueza material - sólo puedo dejar una grande y especialísima bendición, con la invitación, a conservar ese temor a Dios que me la hizo siempre tan amada, aunque sencilla y modesta, sin sentir jamás por ello sonrojo; y ése es su verdadero título de nobleza. A veces a he socorrido en sus necesidades más graves, como pobre con los pobres; pero sin sacarla de su pobreza honrada y dichosa. Pido y pediré siempre por su prosperidad, y siento la alegría de constatar también en los nuevos y vigorosos retoños la firmeza y la fidelidad a la tradición religiosa de los padres, que será siempre su fortuna. Mi más ardiente deseo es que ninguno de mis parientes y allegados falte al gozo de la reunión final y eterna.
Al partir, como espero, camino del cielo, me despido, doy las gra­cias y bendigo a todos los que compusieron sucesivamente mi familia espiritual en Bérgamo, en Roma, en Oriente, en Francia, en Venecia, y que fueron para mí conciudadanos, bienhechores, colegas, alumnos, colaboradores, amigos y conocidos, sacerdotes y laicos, religiosos y reli­giosas, y de los que por disposición de la Providencia fui, aunque in­digno, hermano, padre o pastor.

La bondad de que mi pobre persona fue hecha objeto por parte de cuantos encontré en mi camino hizo serena mi vida. Recuerdo bien, al enfrentarme con la muerte, a todos y a cada uno, a los que me pre­cedieron en el último paso, a los que sobrevivirán y me seguirán. Que todos rueguen a Dios por mí. Les daré su recompensa desde el purga­torio o desde el paraíso, donde espero ser acogido, no por mis méritos, repito una vez más, sino por la misericordia de mi Señor.

A todos recuerdo y por todos rogaré. Pero en señal de admiración, de gratitud, de ternura verdaderamente singular, quiero nombrar aquí particularmente a mis queridos hijos de Venecia, los últimos que el Señor puso en torno mío, para extremo consuelo y gozo de mi vida sacerdotal. Abrazo en espíritu a todos, a todos, del clero y del laicado, sin distinción, como sin distinción los amé por pertenecer a una misma familia, objeto de una misma solicitud y amabilidad paternal y sacer­dotal. "Pater sánete, serva eos in nomine tuo quos dedísti rnihi: ut sint unum sicut et nos" (Jn. 17,11)

En la hora del adiós, o mejor, del hasta la vista, evoco también todo lo que más vale en la vida: Jesucristo bendito, su santa Iglesia, su Evangelio, y en el Evangelio sobre todo el Padrenuestro en el espí­ritu y en el corazón de Jesús, y del Evangelio la verdad y la bondad, la bondad mansa y benigna, activa y paciente, invicta y victoriosa.

Hijos míos, hermanos míos, hasta la vista. En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo. En el nombre de Jesús, nuestro amor; de María dulcísima, Madre suya y nuestra; de san José, mi primer y pre­dilecto protector. En el nombre de san Pedro, de san Juan Bautista y de san Marcos; de san Lorenzo Justiniano y de san Pío X. Así sea.

Card. Angel José Roncalli, patriarca
(Ratificado en Venecia 17/09/1957 y Roma 06/12/1959)


COMPENDIO DE GRANDES GRACIAS
HECHAS A QUIEN TIENE POCA ESTIMA DE SI MISMO

Septiembre de 1962 – Retiro de preparación para el Concilio.

Compendio de grandes gracias hechas a quien tiene poca estima de sí mismo, pero recibe las buenas inspiraciones y las aplica con humil­dad y confianza.

PRIMERA GRACIA. Aceptar con sencillez el honor y el peso del pontificado, con la alegría de poder decir que no hizo nada para provocarlo, absolutamente nada; es más, con un interés cuidadoso y consciente por mi parte de no hacer nada que pudiera atraer la aten­ción sobre mi persona; muy contento, en medio de las variaciones del Cónclave, cuando veía algunas posibilidades disiparse en mi horizonte y centrarse en otras personas, a mi juicio, verdaderamente dignas y venerables.

SEGUNDA GRACIA. Hacerme aparecer como sencillas y de in­mediata ejecución algunas ideas nada complejas, sino sencillísimas, pero de vasto alcance y responsabilidad frente al porvenir, y con éxito inmediato. ¡Qué expresiones éstas: acoger las buenas inspiraciones del Señor "simpliciter et confidenter"!

Sin haber pensado antes en ello, sacar a relucir en un primer diálogo con mi Secretario de Estado, el 20 de enero de 1959, las palabras Concilio Ecuménico, Sínodo diocesano, Revisión del Código de Derecho Canónico, en contra de toda suposición o imaginación mía en este punto.

El primer sorprendido de esta mía fui yo mismo, sin que nadie me hiciera indicación al respecto.

Y decir luego que todo me pareció tan natural en su inmediato y continuo desarrollo.

Después de tres años de preparación, laboriosa ciertamente, pero también feliz y tranquila, aquí estoy a los pies de la santa montaña.

Que el Señor me sostenga para levar todo a buen término.

Juan XXIII
Diario del alma
Ediciones Cristiandad, abril de 1964

Vía Crucis de Padre Obispo Enrique Angelelli

Vía Crucis de Padre Obispo Enrique Angelelli
Las catorce estaciones del Pastor

Iª Estación
1964. Angelelli es removido en sus funciones de obispo auxiliar de Córdoba.

Primero como sacerdote y luego como Obispo Auxiliar de Córdoba (designado por Juan XXIII) y siendo además Licenciado en Derecho Canónico, Angelelli dicta clases en el seminario y en colegios religiosos; llega a ser rector del seminario, es asesor de la Acción Católica y de la Juventud Universitaria Católica y funda en esa capital la Juventud Obrera Católica. En su intensa tarea pastoral se dedica a visitar las populosas barriadas cordobesas manejando su motoneta, vehículo corriente entre los obreros de la época. Los aires del Concilio Vaticano II y del documento de los obispos de Medellín soplaban fuerte en la impronta del joven obispo y de los sacerdotes que lo secundaban, publicando sus ideas renovadoras en un importante diario local.
Esto es muy mal visto por los sectores empresariales, tradicionales y aristócratas cordobeses que presionan al nuncio apostólico, Humberto Mozzoni, quien condena los escritos y releva a Angelelli y los demás sacerdotes de sus tareas pastorales, sufriendo el joven Angelelli su primer persecución.


IIª Estación
1968. Angelelli Obispo de La Rioja. Odio y difamación de los poderosos riojanos.

Pablo VI lo nombra Obispo de La Rioja. “Mi querido pueblo riojano, aquí tienen al obispo, hermano en la debilidad de todos los hombres, un cristiano como ustedes. No vengo a ser servido sino a servir. Servir a todos, sin distinción alguna. Como Jesús, quiero ser servidor de nuestros hermanos los pobres...”
“Con un oído en el Pueblo y otro en el Evangelio” llegaba hasta los ranchos a conversar y tomar mate. A pesar de su dignidad episcopal mantenía un trato fraternal con su feligresía, especialmente los más pobres. Pretendía que éstos no sólo cubrieran sus necesidades materiales sino que, además, valoraran su tierra, su cultura, su historia y reconocieran su dignidad de hombres y mujeres, haciéndola valer.
Al igual que en Córdoba, era mal visto por la aristocracia riojana un obispo que promovía a los pobres creando una alteración del orden impuesto por los que se creían dueños de la provincia. Más aun, cuando denuncia a los poderosos “por usufructuar la usura, la droga y la prostitución de La Rioja, generadoras de la pobreza”.
Al igual que entonces, se gana el odio y el ensañamiento de éstos.


IIIª Estación
1970. Escándalo en la figura de Angelelli y contra la dignidad de los Hijos de Dios.

Con la bendición del obispo, el militante cristiano Wenceslao Pedernera funda el Movimiento Rural de Acción Católica que un año después adquiere carácter diocesano y está enmarcado dentro del movimiento cooperativo donde se han desarrollado en la capital provincial con excelentes resultados una relojería, una panadería y una productora de frutas frescas, frutas secas y aceitunas en el interior de la provincia, animando también a las escuelas rurales.
Fuerte rechazo de los latifundistas de La Rioja. En noviembre de ese año dos miembros reaccionarios de la curia riojana renuncian y un grupo de laicos comienzan una campaña de difamación contra Angelelli. Llega a la provincia el grupo de ultraderecha “Familia, Tradición y Propiedad” que ataviados con capas y estandartes rojos recorren las calles de La Rioja atacando la acción pastoral del obispo.
En la Navidad de ese año Angelelli profundiza sus gestos celebrando el pesebre de Belén, en la misa de nochebuena, en el humilde barrio San Vicente bajo el alero de un rancho. El cáliz es la taza de un vecino; el altar, una vieja mesa del rancho de al lado y es alumbrado con dos faroles de otros tantos ranchos.
Indignación de la aristocracia riojana.


IVª Estación
Abril de 1971. Angelelli expulsa a los mercaderes del templo.

Angelelli organiza la “Comisión de Lucha Contra la Usura”. En el invierno de ese año, 94 familias forman una cooperativa campesina acompañadas por Cáritas Diocesana y la Acción Católica de La Rioja a instancias del obispo. Fuerte oposición de los terratenientes de La Rioja que atacan directamente a Angelelli con difamaciones públicas. El 13 de junio, en la celebración de San Antonio en Anillaco, los padres Antonio Puigjané y Jorge Danielini junto a Angelelli son insultados y calumniados a través de altavoces y es apedreado el templo ante la pasividad de la policía. Angelelli decide suspender la celebración e impone una sanción canónica a 13 participantes de la agresión, consistente en no permitirles asistir a oficio religioso ni recibir sacramento alguno hasta que no mostraran arrepentimiento. Entre los atacantes se encontraban los terratenientes Amado, Cesar y Omar Menem.


Vª Estación
Diciembre de 1971. Censuran en Angelelli la voz de los que no tienen voz.

La radio LV-14 prohíbe la difusión de las homilías dominicales de Angelelli. Para la Navidad de este año 1971 la misa de nochebuena es celebrada en medio de la absoluta pobreza del barrio Córdoba Sur, bajo un algarrobo. Diría Angelelli: “vinimos aquí, con estos amigos y hermanos que viven muy precariamente, casi no tienen techo, muchos días les falta el pan y les falta el agua. Y como lo más lindo que tienen es el algarrobo, acá estamos haciendo el milagro, todos apretados como una gran familia”.


VIª Estación
3 de Marzo de 1972. El rebaño del Obispo Angelelli empieza a sangrar.

Agreden brutalmente al párroco de Famatina, en La Rioja, el jesuita Aguedo Pucheta y a otros dos militantes cristianos, una patota de nueve personas movilizadas en una camioneta; debiendo ser hospitalizados con fracturas, contusiones y hematomas. La agresión fue relacionada por la prédica en favor de los trabajadores rurales y pequeños productores de nueces. Diría Angelelli: “Hermanos sacerdotes, religiosos y religiosas: en el signo dado por nuestro hermano atacado en Famatina, descubramos todo lo que exige de nosotros la opción de consagración al servicio del pueblo, conque queremos caminar hasta dar la vida si es preciso”.
En mayo de 1972 detienen a los sacerdotes Antonio Gill y Enri Praolini acusados de tener complicidad con la subversión. Angelelli y trece sacerdotes más se presentan ante el Supremo Tribunal de Justicia y se ofrecen a quedar detenidos en solidaridad con ellos. Para esa época la detención de sacerdotes ya era una práctica común en la provincia.


VIIª Estación
1973. Los escribas condenan al buen pastor Angelelli.

El diario “EL Sol”, propiedad de Álvarez Saavedra -informante de los servicios de seguridad, dueño del hotel más importante y del casino de La Rioja- cuestiona las homilías de Angelelli y difunde toda clase de infundios, injurias, calumnias y sataniza al obispo extendiendo el ataque a todo su presbiterio. Calificaciones como “comunista, tercermundista y guerrillero” pretenden desprestigiar la pastoral del obispo.
La prensa cómplice, partícipe de la opresión del pueblo riojano y atada a la idolatría del dinero pretende pontificar sobre cristianismo...


VIIIª Estación
1973. El odio a Angelelli y a su pastoral del amor.

Para esa época, dos monjas de la pastoral de Angelelli viven en Los Cardonales en un rancho con lona, con una sola piecita para dormir, la letrina lejos -como todos- y un pico de agua común. Estas hermanas son profesoras y se emplean como domésticas haciéndose carne con las que más sufren. Desde el barro ayudan a esas mujeres que son despreciadas y usadas, luchando para que la sociedad las ponga en el lugar que les corresponde. Forman el sindicato del sector para defender a sus compañeras de labor, juntando ciento cincuenta afiliadas con ellas incluidas.
En las antípodas de esto, en agosto de 1973, una patota de doscientas personas arriban a Aminga desde Anillaco en veinticinco autos y destrozan la Sede del Movimiento Rural Diocesano donde queman biblias, evangelios e imágenes de santos; y atacan la casa de las Religiosas de la Asunción, saqueando y profanando el templo y elementos para el culto. Los informes señalaban como responsables a Manuel Yañes y a Amado, Cesar y Omar Menem.


IXª Estación
Noviembre de 1973. Los fariseos niegan al Profeta.

El arzobispo de Santa Fe, Vicente Faustino Zazpe, es enviado por Pablo VI para juzgar e informar sobre la pastoral de Angelelli. Fuerte presión de la aristocracia riojana sobre Zazpe que dio por concluida la visita “ante la abrupta conclusión del diálogo y el clima de violencia creado“. El informe dice: “con emoción profunda he visto el deseo de pacificación y unidad, y constatado su actitud de fidelidad a la Iglesia de ayer y de hoy, que desde su esencial continuidad quiere vivir las consignas del Concilio Vaticano II, de Medellín y de ser una Iglesia servidora de los pobres. El obispo sirve desde el Evangelio y en unión con el Papa”.
Los poderosos se retiraron violentamente, difundiendo por altoparlantes marchas militares, insultando a Angelelli y desaprobando a Zazpe.


Xª Estación
1974 - 1975. Redimir con sangre los pecados del Pueblo de Dios.

La Triple A (Acción Anticomunista Argentina) hace su arribo a La Rioja. El gobernador Carlos Menem cierra el diario “El independiente”, único medio que apoyaba al obispo, y se limita a informarle que “su vida corre peligro”. Angelelli recibe las primeras amenazas de muerte. Comienzan masivos ataques y detenciones a su iglesia-comunidad. En abril de 1975 Angelelli decía: “queremos un futuro distinto del que estamos viviendo, queremos cambiar las armas por instrumentos de trabajo para que a nadie les falte el pan, queremos cambiar el odio por el amor fraterno, la mentira por la verdad, los negociados por una justa distribución de los bienes que nos ha dado para todos; queremos cambiar una situación política en la que el poder es de unos pocos por otra en que el pueblo sea verdaderamente protagonista... Todo esto queremos y mucho más”.
Sin respuesta a sus exhortos, el 1º de enero de 1976 tendría que decir: “los servicios de inteligencia del Chamical comenzaron a presionar. El provicario castrense Victorio Bonamín predicó en la base aérea de esa ciudad que el pueblo argentino había cometido pecados que sólo se podían redimir con sangre”. El 12 de febrero fueron detenidos el vicario general de la diócesis de La Rioja, Esteban Inestal y dos jóvenes del Movimiento Rural Diocesano, Carlos Di Marco y Rafael Sifré. El 25 de febrero escribe Angelelli al Episcopado Argentino pidiendo que se profundice la colegialidad episcopal y ofreciendo su renuncia. Nunca hubo contestación.


XIª Estación
Marzo de 1976. El descenso a los infiernos de la Iglesia de Angelelli.

El jefe de la base aérea del Chamical, vicecomodoro Lázaro Aguirre, interrumpe una homilía del obispo acusándolo de hacer política, cuando Angelelli señala la responsabilidad social del cristiano. Angelelli suspende la celebración de los oficios en la capilla de la base. Al día siguiente detienen al sacerdote Francisco Gutiérrez García por complicidad con el obispo. El 24 de marzo esta base aérea se hace cargo de la policía provincial. Detienen por cuatro días al Padre Aguedo Pucheta para interrogarlo. En Olta era detenido el párroco Eduardo Ruiz junto con su hermano y está seis meses preso. La hermana Marisa de la comunidad de la misma parroquia fue demorada. El 28 de marzo interrogan por horas a los sacerdotes Francisco Canobel y Carlos de Dios Murias, mientras que Gabriel Longville es advertido.
El 26 de abril los sacerdotes de La Rioja escriben a Zazpe “nuestra situación se torna cada vez más asfixiante y difícil, nuestro ministerio es vigilado y tergiversado, nuestra actividad es tildada de marxista y subversiva. No es el pueblo riojano quien procede de esta manera, sino el grupo de siempre”. Angelelli agregaría: “La caza de brujas anda en toda su euforia. Esta vez no se podrá decir que no informamos (a la Conferencia Episcopal). Por cierto que no somos los únicos, pero es hora de que la Iglesia de Cristo en la Argentina discierna a nivel nacional nuestra misión y no guarde silencio ante hechos graves de se vienen sucediendo”. Nuevamente obtuvo sólo silencio.


XIIª Estación
Junio de1976. Angelelli recibe las respuestas de Pilatos y los Sumos Sacerdotes.

Por sugerencia del obispo, seis sacerdotes salen de La Rioja. Otras tantas religiosas son detenidas y prontuariadas al entrar a la capital. Se multiplican las detenciones y los allanamiento, en especial en el clero y los militantes cristianos afines al obispo. El julio Angelelli denuncia persecuciones y asesinatos. Le reclama al jefe del IIIº cuerpo de ejército, Luciano Benjamín Menendez, que cesen las agresiones a su Presbiterio. “El que se tiene que cuidar es usted” obtuvo como toda respuesta del militar. Pide al Episcopado, en la persona del cardenal Primatesta, una declaración conjunta en contra de la violencia de estado porque teme por la vida de su gente. “Estoy sólo entre mis hermanos obispos” le escribió al obispo de Santa Fe, Vicente Zazpe. El Episcopado Argentino como órgano colegiado lo deja solo y le da la espalda. Sólo unos pocos obispos, De Nevares, Hesayne, Novak, Ponce de León y el mismo Zazpe lo apoyan.


XIIIª Estación
Julio de 1976 – La sangre del rebaño de Angelelli ha sido derramada.

El 18 de julio de 1976 personas que se presentaron como Policía Federal secuestran y matan a dos de sus sacerdotes, Carlos de Dios Murias y Gabriel Longville en Chamical. El 25 de julio Masacran frente a su familia en Sañogasta al militante cristiano Wenceslao Pedernera perteneciente a la parroquia local y las cooperativas agrarias.
Ya era demasiado tarde. La sangre pascual de los Hijos de Dios había sido regada por el suelo riojano. Diría Angelelli: “lo que se busca aquí es herir al pastor para destruir al rebaño. Por eso yo me tengo que quedar, aunque tenga que dar la vida”.


XIVª Estación
4 de agosto de 1976. El Pastor va a habitar la Casa del Padre.

“La cosa está muy fea, en cualquier momento me van a barrer; pero no puedo esconder el mensaje del Evangelio debajo de la cama”, le confió Angelelli a su sobrina Marilé. De vuelta de Chamical y acompañado por el padre Arturo Pintos -habiendo terminado de recabar información sobre los homicidios recientes- es interceptado sobre la ruta 38, cerca de Punta de los Llanos, por dos vehículos que hacen volcar la camioneta en que viajaban. El obispo fue arrastrado fuera del vehículo y asesinado sobre el asfalto. El maletín con la documentación sobre los asesinatos fue visto posteriormente en el despacho del ministro del interior, Albano Harguindeguy.
El martirio estaba consumado.

En el día del sepelio más de seis mil almas se reunieron para despedir los restos de Angelelli en la misa que presidió Vicente Zazpe y fue concelebrada por nueve obispos y setenta sacerdotes. El sentimiento del pueblo era claro: habían asesinado a su pastor.
Después de cerrar diligentemente la investigación caratulándola como "accidente de tránsito fatal" -haciendo caso a la versión que die­ron las autoridades militares-, la fiscal Martha Guzmán Loza pidió a la justicia riojana archivar las actuaciones por considerar que el he­cho “no constituía delito” a lo que dicho poder judicial hizo lugar.
El Episcopado Argentino, como cuerpo colegiado, silenció el crimen y el encubrimiento; aceptando la versión militar como la oficial de la iglesia-institución. Sólo los obispos De Nevares, Novak y Hesayne denunciaron públicamente el hecho como asesinato.
Con respecto a las muertes del laico Wenceslao Pedernera y los sacerdotes Gabriel Longville y Carlos de Dios Murias, pasaron rápidamente al olvido de la justicia. A pesar del ocultamiento de pruebas y negligencias de la policía y de que el nombre de “Gordon” fuera indicado por el propio Angelelli a la gente del Chamical antes de su último viaje -además de que fuera visto pasearse por las calles de esta ciudad con varios desconocidos- nadie fue imputado ni detenido por el crimen.

En 1984 dos testigos denunciaron al general Pedro Malagamba (jefe del área operativa La Rioja en la lucha contra la subversión) y al comodoro Luis Fernando Estrella como responsables del “operativo cuervo”, por el cual fueron secuestrados y posteriormente interrogados y torturados en la base experimental de la Fuerza Aérea (CELPA) en Chamical por el general Malagamba, el comodoro Estrella, el comodoro Aguirre (jefe de la base y de Estrella) y por los comisarios de la Policía Provincial de La Rioja: Domingo Vera, Jorge Ocampo y Juan Carlos Romero.
El 23 de febrero de 1987, la Cámara Federal de Apelaciones convirtió en prisión preventiva rigurosa la detención que venían cumpliendo Malagamba y Estrella por encontrarlos responsables en primera instancia del asesinato de los sacerdotes.
Pero finalmente, el 18 de marzo del mismo año, tras el pedido del fiscal de la Cámara Federal Humberto Vidal para que quede sin efecto la prisión de todos los imputados por considerar “débil sustento” las pruebas en contra, quedaron en libertad el general, el comodoro y los tres policías implicados en los crímenes por “falta de mérito”.

En 1986, al cumplirse veinte años de la muerte del obispo Angelelli, doce obispos y más de cien sacerdotes de 23 diócesis, con la adhesión de va­rios prelados latinoamericanos, se reunieron en el lugar donde apareció muerto Angelelli. Entre los diocesanos de la Argentina se encontraban el obispo local, Fa­briciano Sigampa; Miguel Esteban He­sayne, emérito de Viedma; Joaquín Piña, entonces obispo de Iguazú; Pedro Olme­do, de Humahuaca y Omar Colomé, de Cruz del Eje. También llegaron a La Rioja los obispos de Chiapas, México, Sa­muel Ruiz; de Araguaia, de la amazo­nia brasileña, Pedro Casaldáliga; Al­bano Quinn y Paco D`Alteroche, am­bos de Perú; Mario Melanio Medina, de Paraguay; y Heriberto Hermes y Austragesico Rico, también del Brasil.
También participó del oficio reli­gioso el premio Nóbel de la Paz, Adol­fo Pérez Esquivel.
Entre los políticos sólo asistieron autoridades provinciales. No asistió el entonces presidente Carlos Menem, hermano de tres de los principales conspiradores contra Angelelli, quien se limitó a tener palabras de elogio para el obis­po Angelelli durante una conferen­cia de prensa realizada en Anillaco.
Alrededor de las 15, hora en que se calcula perdió la vida An­gelelli -al igual que Cristo- los obispos besaron el lugar donde apareció muerto.
En marzo de 1984, el juez riojano Aldo Morales recaratuló el expedien­te como "homicidio calificado" ya que la in­vestigación demostró que "la muer­te de Angelelli no obedeció a un ac­cidente de tránsito sino a un homi­cidio fríamente premeditado".
En un escrito publicado con moti­vo del vigésimo aniversario de la muerte del obispo, el jurista Ricardo Mercado Luna recordó que en marzo de 1988 la Corte Suprema de Justicia de la Nación resolvió derivar la cau­sa a la Cámara Federal de Córdoba, dirimiendo una cuestión de compe­tencia por "presumir que el crimen había sido cometido mediante la uti­lización del aparato organizado por el poder, destinado a la alegada ejecución de criminales para combatir la subversión".
El tribunal resaltó “la posibilidad de que las órdenes que originaron los presuntos delitos emanaran del Tercer Cuerpo de Ejército”, señalando así como responsable al comandante general Luciano Benjamín Menendez.
La causa derivó en la imputación por la autoría material del asesinato a tres militares: el capitán José Carlos Gonzáles y los suboficiales Luis Manzanelli y Ricardo Otero.
En junio de ese mismo año, el fiscal de Cámara solicitó la aplicación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final para todos los imputados.
En abril de 1990, la ley de punto final extinguió la acción penal contra los tres militares implicados por el atentado.
Durante los dos gobiernos del presidente Carlos Menem y el posterior de Fernando de la Rua ninguna causa pudo prosperar en pos de la verdad histórica y la justicia.

En agosto de 2005, tras la anulación de las leyes de obediencia debida, el presidente Néstor Kirchner impulsó la reapertura de la causa. En ese marco, el general Luciano Benjamín Menendez fue citado a declarar imputado de numerosas causas penales por delitos de lesa humanidad pero se negó a responder por considerar que “estos juicios son inconstitucionales”, quedando bajo prisión domiciliaria en Córdoba.
En La Rioja también se investiga la posible participación de civiles en el asesinato.
Con motivos de los treinta años del asesinato de Angelelli, el presidente Kirchner declaró la jornada de “duelo nacional” y encabezó un homenaje en el salón blanco de la Casa Rosada donde asistieron representantes de la Iglesia y organizaciones de Derechos Humanos, como las Abuelas de Plaza de Mayo, en especial la riojana Alba Lanzilotto, de fuerte militancia social junto al obispo Angelelli. El cardenal Bergoglio y treinta obispos oficiaron misa en la capital riojana en el acto de recordación del martirio de Angelelli. Hasta la edición del presente trabajo la causa sigue adelante.

Ser Testigo de la fe en Cristo y serle fiel a su palabra en los años setenta en nuestro país era verdaderamente entregar la vida, a veces, hasta la muerte.
Los verdugos de ayer, como los perseguidores de hoy, admiten un cristianismo formal, pero de ningún modo un compromiso con los pobres que busque su liberación. Aceptan la devoción de la fe pero jamás la acción o el compromiso que implica esa misma fe. Apoyan a una religión que hable del “más allá”, pero no toleran que sea coherente en el “más acá”, que sea testigo del Reino de Dios en el mundo.
Y es así como esta Iglesia que es cada uno de sus hijos por la gracia del bautismo y la predicación del Resucitado, se hace mártir; no por elección de una muerte violenta que es impuesta, sino por elección a una forma de vida que a veces puede conducir a eso. Porque Mártir quiere decir justamente eso: Testigo.
Angelelli fue Testigo-Mártir porque eligió descubrir y acatar la voluntad de Dios en ese momento histórico y en ese lugar geográfico y existencial de su Pueblo.
Fue Testigo-Mártir porque fue verdadero Pastor que se resistió a predicar la resignación, a hacer del Evangelio un ritualismo cumplidor de preceptos canónicos.
Fue Testigo-Mártir porque cuestionó con sus palabras, con sus gestos y con sus opciones de vida formas no humanas y no cristianas de relaciones entre semejantes.
Fue Testigo-Mártir porque fue perseguido por amor a la Justicia que honra al hombre, a la mujer y a la Verdad que lo hace libre.
Fue Testigo-Mártir porque no buscó su martirio sino que se lo impusieron violentamente; como a Cristo, el Mártir por excelencia.
Y fue Testigo-Mártir porque antes de defender su vida defendió su causa, su convicción religiosa, su fidelidad a Dios y a su Pueblo, y la amó tanto, pero tanto, que la defendió hasta entregar su propia vida.