corrección de textos: Prof. María Valeria Segura
Me
reconforta y me llena de una inmensa esperanza la idea de un Dios
eligiendo nacer en las periferias del poder. Encarnarse en uno de los
nuestros para que desde allí creciera, trabajara, tuviera hambre y sed,
fuera discriminado, calumniado, desterrado, perseguido hasta el
asesinato mismo para luego ser eternamente glorificado. Un Dios que se
eligió unos padres de altísima calidad espiritual y moral pero
verdaderamente pobres, privilegiando su amor divino por éstos en
detrimento de los otras “gente bien”. En el extenso monólogo de María
con su prima Isabel nos cuenta: “Derribó a los poderosos de sus tronos y
ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y arrojó de
sí a los ricos con las manos vacías”.
Un Dios mostrando su amor
desde el despojo, desde la igualdad con los humillados y ofendidos de
esta tierra de todos los tiempos. “Hubiese sido muy difícil creer en el
amor de Dios si en vez de paja hubiera habido seda, si en lugar de
pañales, armiño, si en lugar de pastores hubiera habido embajadores;
pero no es difícil amarlo contemplando su Navidad en Belén, viendo su
nacimiento en la pobreza, la autoridad, y hasta la miseria”, nos decía
el Obispo Zazpe en su último mensaje navideño del 25 de diciembre de
1983; y agregaba: “Por eso se puede celebrar la Navidad en la cárcel o
en el hospital, en los vagones de los inundados o en los ranchos de los
indigentes. Por eso la pueden celebrar los discapacitados, los
solitarios, los changarines, los desocupados, los marginados. Pueden
celebrar la Navidad los sencillos, los limpios de corazón, los
misericordiosos, los que lloran, los pacientes, los que tienen hambre y
sed de justicia. Pueden celebrar la Navidad los que perdonan, los que
bendicen, los que aman, los que se reconcilian, los pecadores que se
arrepienten, los adúlteros que vuelven a la fidelidad, los orgullosos
que se humillan, los egoístas que se abren a los demás. Celebrar la
Navidad es celebrar el amor de Dios hecho niño, el amor de Dios hecho
hermano, y sobre todo, el amor de Dios hecho ofrenda”.
Veamos más profundamente de qué se trató todo aquello...
Un tiempo: la fecha de parir una nueva humanidad
La
noche del 24 de diciembre millones de personas en todo el mundo
conmemoran aquella noche de hace unos dos mil años, en la que
Jesucristo vino al mundo en una pobre gruta de animales. Ninguna otra
celebración religiosa, ni siquiera la Pascua -la más importante de las
fiestas cristianas- tiene más reconocimiento popular que el que encierra
la Navidad.El 25 de diciembre tiene un toque casi mágico. Pero, ¿por
qué ese 25?
Si bien es posible fijar el año de su nacimiento con
bastante aproximación (alrededor del año 7 a.C.), es en cambio
imposible saber el día dado los datos que se disponen.
Pero si
atendiéramos a las informaciones bíblicas debemos concluir que
diciembre es altamente improbable como mes en que Jesús pudo haber
nacido.
El Evangelio de Lucas nos dice que la noche en la que Él
nació había cerca de Belén unos pastores que dormían al aire libre en e1
campo y vigilaban sus ovejas por turno durante la noche (2,8). Pero
diciembre es pleno invierno en Palestina, y en la región cercana a
Belén caen heladas durante este tiempo, además de ser la época que tiene
los promedios más altos de lluvias, difícilmente se puede pensar que en
ese mes haya habido unos pastores al aire libre cuidando sus rebaños.
Todos ellos, rebaños y pastores, permanecen dentro de los establos.
Sólo a partir de marzo mejoran las condiciones climáticas y ellos
suelen pasar la noche a la intemperie.
¿Por qué entonces celebramos la Navidad el 25 de diciembre?
Resulta
que desde muy antiguo los cristianos tuvieron que fijar la fecha del
nacimiento de Jesús para poder celebrar su natalicio. Como era imposible
saberla, se propusieron varias fechas probables. San Clemente de
Alejandría, en el siglo III, decía que era el 20 de abril. San Epifanio
sugería el 6 de enero. Otros hablaban del 25 de mayo, o el 17 de
noviembre. Pero al no llegar a un acuerdo, durante los tres primeros
siglos esta fiesta se mantuvo incierta.
Pero en el siglo IV
ocurrió algo que obligó a la Iglesia a tomar partido por una fecha
definitiva y a dejarla finalmente sentada. Apareció una herejía que
trajo perturbación en las enseñanzas cristianas. Era el "arrianismo",
doctrina formulada por el sacerdote Arrio de la ciudad de Alejandría en
Egipto.
Arrio era un hombre estudioso y culto, a la vez que
impetuoso y apasionado. Tenía la palabra elocuente y gozaba de un
notable poder persuasivo. Hacia el año 315 comenzó a desplegar una
enorme actividad en Egipto y sus prácticas ascéticas las cuales, unidas a
su gran capacidad de oratoria y convicción, le atrajeron rápidamente
numerosos admiradores entre los que se encontraron no sólo el pueblo
simple y numerosos sacerdotes, sino también a dos grandes obispos:
Eusebio de Nicomedia y Eusebio de Cesarea.
Su nueva doctrina
afirmaba que Jesús no era realmente Dios. Era, sí, un ser
extraordinario, maravilloso, grandioso, una criatura perfecta, pero no
era Dios mismo. Dios lo había creado para salvar a la humanidad y por su
actitud de vida a favor de la justicia del Reino se hizo digno del
título de “Dios”, que el Padre le concedió. Pero no fue verdadero Dios
desde su nacimiento, sino que llegó a serlo gracias a la misión
cumplida en la tierra.
La teoría de Arrio fascinó la inteligencia
de muchos, especialmente de la gente sencilla, para quien era más
comprensible la idea de que Jesús fuera elevado por sus méritos a la
categoría de Dios, que el hecho grandioso e impresionante de que Dios
mismo haya nacido (encarnado) en este mundo en una vulnerable criatura
tanto en lo económico como en lo social, lo político y lo religioso. El
arrianismo quitaba entonces el misterio de la divinidad de Cristo y
pretendía poner al alcance de la inteligencia humana uno de los
misterios del cristianismo: que Jesucristo era Dios y hombre desde su
nacimiento.
La prédica de Arrio desató una fuerte discusión
religiosa dentro de la Iglesia -que ya empezaba a hacerse imperial,
alejándose de aquella de las primeras comunidades- y se vio de pronto
dividida por una dolorosa guerra interna. Emperadores, papas, obispos,
diáconos y sacerdotes, intervinieron tempestuosamente en el conflicto.
El mismo pueblo participaba ardorosamente en disputas y riñas
callejeras. La doctrina de Arrio se expandió de tal manera que San
Jerónímo llegó a exclamar: “el mundo se ha despertado arriano”.
En
medio de este violento debate, se resolvió convocar a un concilio
universal de obispos para resolver la cuestión. El 20 de mayo del año
325, en Nicea, pequeña ciudad del Asia Menor, ubicada casi frente a
Constantinopla (por entonces la capital del Imperio), dio comienzo la
asamblea. Participaron unos 300 obispos de todo el mundo y fue el
primer concilio universal reunido en la historia de la lglesia. Los
presentes en el concilio, en su inmensa mayoría, reconocieron que las
ideas de Arrio estaban equivocadas y declararon que Jesús era Dios
desde el mismo momento de su nacimiento. Para ello acuñaron un credo,
llamado el Credo de Nicea, que decía: Creemos en un solo Señor
Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los
siglos. Dios verdadero de Dios verdadero. Engendrado, no creado.
Al
final del concilio de Nicea el arrianismo fue condenado, y sus
principales defensores debieron abandonar los puestos que ocupaban en
la Iglesia.
Pero a pesar de la derrota, Arrio y sus partidarios no
se amedrentaron. Convencidos de su verdad, continuaron sembrando sus
errores por toda la Iglesia. Y su prédica resultó tan efïcaz que siguió
logrando gran cantidad de adeptos, a tal punto que unos treinta años
más tarde, en muchas regiones no se encontraba un solo obispo que
defendiera el credo propuesto en Nicea.
Frente a este panorama, el
entonces papa Julio I comprendió que una manera rápida y eficaz de
difundir la idea de la divinidad de Cristo, y así contrarrestar las
enseñanzas de Arrio, era propagar la fiesta del nacimiento de Jesús,
poco conocida hasta ese momento. Si se celebraba el nacimiento del
Niño-Dios, la gente dejaría de pensar que Jesús llegó a ser Dios sólo
glorificado. Y para ello había que buscarle una fecha definitiva.
¿Cuál elegir, si no se sabía a ciencia cierta qué día era?
Alguien
(no sabemos exactamente quién) tuvo una idea de marketing genial: tomar
una fiesta muy popular romana, llamada “Día natal del Sol Invicto”. Se
trataba de una celebración pagana antiquísima, traída a Roma por el
emperador Aureliano desde Oriente en el siglo III, y en la cual se
adoraba al sol como al dios invencible.
Como en el hemisferio
norte a medida que se va acercando el solsticio de diciembre (comienzo
del invierno) se van acortando los días, la oscuridad se prolonga, el
sol sale más tarde, se pone más temprano y se vuelve cada vez más débil
para disipar el frío, todo hace temer su desaparición. Hasta que llega
el 21 de diciembre, el día más corto del año, y la gente con la
mentalidad primitiva de aquella época se preguntaba: ¿Desaparecerá el
sol? ¿Las tinieblas y el frío ganarán la partida?
Pero no. A
partir del 22, los días lentamente comienzan a alargarse. El sol no ha
sido vencido por las tinieblas. Hay esperanzas de que vuelva a brillar
con toda su intensidad. Habrá otra vez primavera, y llegará después el
verano cargado de frutos de la tierra. El sol es invencible. Jamás las
sombras ni la oscuridad podrán apagarlo. Se imponía el festejo. Y
entonces el 25 de diciembre, después de que los días habían vuelto a
alargarse, se celebraba el nacimiento del Sol Invicto.
Ahora bien,
para los cristianos Jesucristo era el verdadeto Sol. Por dos motivos:
en primer lugar, porque la Biblia así lo afirmaba. En efecto, en el
siglo V a.C. el profeta Malaquías (3,20) había anunciado que cuando
llegara el final de los tiempos brillaría el Sol de Justicia, cuyos
rayos serían la salvación. Y como al venir Jesús entramos en el final de
los tiempos, el Sol que brilló no pudo ser otro que Jesucristo.
También el Evangelio de Lucas dice que nos visitará una salida de So1
para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte
(1,78). Y el libro del Apocalipsis predice que en los últimos tiempos
(es decir, los actuales) no habrá necesidad del sol, pues será
reemplazado por Jesús, el nuevo Sol que nos ilumina desde ahora (21,23).
En segundo lugar, porque también hubo un día en que a Jesús las
tinieblas parecieron vencerlo, derrotarlo y matarlo, cuando lo llevaron
al sepulcro. Pero él terminó triunfando sobre la muerte, y con su
resurrección se convirtió en invencible. Él era, pues, el verdadero Sol
Invicto. Estos argumentos ayudaron a los cristianos a pensar que e1 25
de diciembre debían celebrar el nacimiento del Redentor, el verdadero
Sol que ilumina a todos los hombres del mundo.
De este modo la
Iglesia primitiva, con su especial pedagogía, bautizó y cristianizó la
fiesta pagana del “Día natal del Sol Invicto”, y la convirtió en el “Día
natal de Jesús”, la Navidad cristiana, el nacinmimeto del Sol de
Justicia mucho más radiante que el astro rey.
Gracias a la
celebración de la Navidad, la gente fue tomando conciencia a partir de
la idea-fuerza de que el “Niño-Dios” nacido en Belén era verdadero Dios
desde su nacimiento y que desde el mismo instante de su llegada al
mundo, residía en Él toda la divinidad.
El primer lugar donde se
celebró la tiesta de Navidad fue en Roma. Y pronto se fue divulgando por
las distintas regiones del Imperio Romano. En el año 360 pasó al norte
de África. En el 390, al norte de Italia. A España entró en el 400. Más
tarde llegó a Constantinopla, a Siria y a las Galias. En Jerusalén sólo
fue recibida hacia el año 430. Y un poco más tarde arribó a Egipto,
desde donde se extendió a todo el Oriente.
Finalmente en el año
535 el emperador Justiniano decretó como ley imperial la celebración de
la Navidad el 25 de diciembre. De este modo la fiesta de Navidad se
convirtió en un poderosísimo medio para aglutinar, confesar y celebrar
con esperanzas la fe en Jesús.
El 25 de diciembre es el anuncio de
que Jesús es el Sol Invicto. Que su Causa jamás será derrotada, aun
cuando las tienieblas de los tiempos parezca que se la van tragando.
El
25 de diciembre es un enorme grito de esperanza que tienen los hombres y
mujeres de todos los tiempos y que nos recuerda que el Amor
comprometido en el seguimiento de la Causa de liberación de Jesús no es
una utopía impracticable destinada al fracaso. Todo lo contrario,
aquello que se oponga irá poco a poco desapareceiendo a partir de
honrarla día a día. Su Causa avanza brillando en la historia como el
verdadero Sol Invicto.
Un lugar: De Belén a Nazaret; ¿o al revés?
Los evangelistas Mateo y Lucas nos cuentan explícitamente que Jesús nació en Belén.
Mateo
dice: “Cuando nació Jesús en Belén de Judea, en tiempos del rey
Herodes” (2, 1). Y Lucas escribe: “Cuando ellos (José y María) estaban
allí (en Belén), ella dio a luz a su hijo primogénito” (2, 6-7).
Pero Marcos y Juan presentan a Jesús como si hubiera nacido en Nazaret.
En
efecto, siempre lo llaman “Jesús de Nazaret”; y en la Biblia, cuando
después del nombre de una persona se menciona una ciudad, es porque se
trata de su lugar de nacimiento.
¿Cuál sería entonces la cuna de Jesús: Belén o Nazaret?
El
primer evangelio que se escribió, el de Marcos, da a entender que Jesús
nació en Nazaret. Ya al principio, cuando relata su bautismo, dice que
Jesús “vino de Nazaret de Galilea” (1, 9); no menciona ninguna otra
ciudad de origen fuera de ésta. Después, cuando Jesús se va a Nazaret,
dice que “se fue a su patria” (6, 1); y patria (en griego: patris)
significa literalmente “la tierra natal”, “el lugar de nacimiento”.
Esto lo confirma el mismo Jesús, cuando ante el escándalo que producen
sus enseñanzas en Nazaret, él exclama: “Un profeta sólo en su patria,
entre sus parientes y en su casa es despreciado” (6, 4).
Además,
todo el mundo lo conoce como Jesús de Nazaret: el endemoniado de
Cafarnaúm (1, 24), la criada del Sumo Sacerdote (14, 67), el ángel del
sepulero (16, 6), y hasta el mismo evangelista Marcos (10, 47).
Por
lo tanto, cuando Marcos escribió su Evangelio, dio a entender a sus
lectores que Jesús había nacido en Nazaret, ya que siempre lo identifica
como originario de esa ciudad, y no da ninguna otra indicación
alternativa como para pensar que fuera de otra parte.
El cuarto
evangelista, Juan, también afirma que Jesús nació en Nazaret. Comienza
presentándolo como “un profeta de Nazaret” (1, 45). Y tan convencido
está todo el mundo de que Jesús es de Nazaret, que Natanael no quiere
creer en Él porque dice: “¿Acaso de Nazaret puede salir algo bueno?”
(1, 46).
En efecto, Nazaret era una ciudad ignota, minúscula y de
mala fama. Tan insignificante, que en el Antiguo Testamento no se la
menciona nunca. Incluso cuando el libro de Josué describe detalladamente
la región de Galilea (Jos 19, 10-16), saltea a Nazaret. Tampoco la
nombra Flavio Josefo, el gran historiador judío del siglo I; al
describir las guerras judías contra 1os romanos, menciona cincuenta y
cuatro ciudades galileas, pero ignora completamente a Nazaret. Y el
Talmud, una antiquísima colección de escritos judíos, enumera una lista
de sesenta y tres ciudades galileas de la que está ausente Nazaret.
Debió de haber sido, pues, una pequeña aldea sin ninguna importancia.
Por eso, que alguien que se presenta tan importante como Jesús hubiera
nacido allí producía escándalo entre la gente. A pesar de eso, el
Evangelio de Juan en ningún momento aclara que Jesús no era de Nazaret.
Al contrario, lo afirma varias veces. Al contar una discusión entre los
judíos sobre el origen de Jesús, dice que algunos lo rechazan como
Mesías porque sabían que había nacido en Nazaret, y comentan: “¿Acaso
el Mesías va a venir de Galilea? ¿No dice la Escritura que vendrá... de
Belén?” (7, 41-42). Y nadie se encarga de explicar que Jesús había
nacido en Belén. Más adelante, Juan afirma que los judíos no querían
creer en Jesús porque era de Galilea, y “de Galilea no sale ningún
profeta” (7, 52). En ninguna parte del cuarto Evangelio se afirma que
Jesús haya nacido en Belén. Al contrario, siempre está presente la idea
de que había nacido en Nazaret.
Las dos únicas veces en todo el
Nuevo Testamento en las que se dice que Jesús nació en Belén son las que
vimos en los relatos de la infancia de Mateo y Lucas. En ninguna otra
parte se pronuncia ni una sola palabra sobre el origen belenita de
Jesús. Ni siquiera Pablo, que tuvo que discutir acaloradamente varias
veces con los lectores de sus cartas tratando de convencerlos de que
Jesús era el Mesías -y a quien le hubiera venido muy bien el argumento
de que Jesús había nacido en Belén- parece reconocer tal información.
Entonces, ¿son históricas o no las afirmaciones de Mateo y de Lucas sobre el nacimiento de Jesús en Belén? Posiblemente no.
En
primer lugar, porque incluso Mateo y Lucas, a pesar de decir que Jesús
nació en Belén, cuando lo presentan en su vida adulta cambian su
discurso y lo llaman “Jesús de Nazaret”.
Por ejemplo, Mateo,
durante el juicio a Jesús, cuenta que una criada denuncia a Pedro
diciendo: “Éste estaba con Jesús el nazareno” (26, 71). Y cuando relata
la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén como Mesías, dice que la
gente lo aclamaba gritando: “Éste es el profeta Jesús de Nazaret” (21,
11), cuando le hubiera convenido mucho más poner “Jesús de Belén”, ya
que esto hubiera sido un argumento muy fuerte para confirmar el
mesianismo de Jesús.
Lo mismo hace Lucas. Si bien aclara que Jesús
“se había criado” en Nazaret (4, 16), siempre lo llama “Jesús de
Nazaret” como si allí hubiera nacido. Por ejemplo, al curar a un
endemoniado en Cafarnaúm (4, 34), al curar al ciego de Jericó (18, 37),
o en el episodio de los discípulos de Emaús (24, 19). También en su
libro de los Hechos de los Apóstoles, Lucas llama siempre a Jesús “el
nazareno” como si hubiera nacido en Nazaret. Tal expresión aparece en
boca de Pedro (Hech 2, 22; 3, 6; 4, 10; 10, 38), de Pablo (Hech 26, 9),
de la gente (Hech 6, 14), y hasta del mismo Jesús (Hech 22, 8).
En
segundo lugar, no parece muy seguro el nacimiento de Jesús en Belén
porque los relatos de Mateo y Lucas, que son los únicos que lo cuentan,
se contradicen. En efecto, según Mateo, Jesús habría nacido en Belén
porque sus padres vivían en Belén y allí tenían su casa (2, 11).
Pero
según Lucas, Jesús habría nacido en Belén porque su familia, que vivía
en Nazaret (2, 26), estaba de paso en Belén con motivo de un censo (2,
4).
Tampoco coinciden en cuanto al tiempo que Jesús vivió en
Belén. Según Mateo, después de nacer, Jesús estuvo en Belén casi dos
años (2, 16), hasta que su familia huyó primero a Egipto y luego a
Nazaret. En cambio, según Lucas, Jesús se fue a vivir a Nazaret cuando
tenía un mes y medio de vida (2, 39).
Las pruebas evangélicas
sobre el nacimiento de Jesús en Belén son débiles. En cambio son
abrumadores los datos del Nuevo Testamento en contra. Por eso, la
mayoría de los biblistas actualmente sostiene que la ciudad natal de
Jesús no habría sido Belén sino más bien Nararet.
¿Por qué entonces Mateo y Lucas colocan su nacimiento en Belén, en los relatos de la infancia?
Hoy
los estudiosos sostienen que el nacimiento de Jesús en Belén, más que
una indicación histórica, es una exposición teológica. Mateo y Lucas
pretendieron transmitir una idea religiosa, pero enunciada en forma de
relato histórico, con el fin de dejar una enseñanza. Se trata de una
manera de expresarse muy propia de los pueblos semitas.
¿Y cuál
es la enseñanza que quisieron expresar con el nacimiento de Jesús en
Belén? Quisieron decir que Jesús era el famoso Mesías esperado por el
pueblo de lsrael.
Para entender por qué fue necesario relatar el
origen belenita de Jesús, tengamos en cuenta que para la mentalidad
judía, el futuro Mesías tenía que ser un descendiente de la familia del
rey David. Esta esperanza se fundaba en una antigua promesa que el
profeta Natán había hecho al mismo rey David, cuando éste vivía. Según
esa profecía, Dios había asegurado a David que nunca iba a faltar un
descendiente suyo como sucesor en el trono de Jerusalén (2º Sam 7,
4-16). Frente a la inseguridad en la que vivían los monarcas antiguos,
de que no les naciera un hijo varón para que los sucediera, y de que
otra familia reinara en su lugar, Dios le garantizó a David que siempre
gobernaría Jerusalén un descendiente suyo (un mesías, es decir, un
ungido), y que lo haría con sabiduría y con justicia.
Pero cada
nuevo rey que subía al trono de Jerusalén era una nueva desilusión para
la gente, que veía cómo se sucedían gobernantes corruptos y crueles,
desentendidos del pueblo y preocupados sólo por sus intereses
personales. Por eso, cada vez que moría un rey y subía su hijo, el
pueblo se preguntaba si éste sería el Mesías que estaban esperando, que
traería la prosperidad y la paz al pueblo.
Pero hacia el año 500
a.C. apareció en Jerusalén un profeta anónimo haciendo un anuncio que
iba a modificar las expectativas que hasta ese momento había sobre el
Mesías. Esa profecía hoy se encuentra en el libro de Miqueas, y dice
así: “Pero tú, Belén de Efratá, aunque eres pequeña entre las aldeas de
Judá, de ti saldrá el que ha de dominar Israel... Él gobernará con el
poder y la majestad de Yahvé su Dios" (Miq 5, 1-3).
El profeta
anunciaba que sí iba a llegar el tan ansiado Mesías. Pero hacía una
aclaración: iba a venir de Belén, de donde procedía el rey David. Hasta
ese momento, todos los reyes nacían en Jerusalén, la capital del país,
porque allí se había establecido David y allí estaba la corte real.
Pero ahora Miqueas anuncia que el futuro Mesías, descendiente de David,
procederá de la ciudad de David (Belén) y no de Jerusalén.
¿Qué
significaba esto? Sin duda el profeta no se refería, al menos
directamente, al nacimiento de Jesús, quien vendría al mundo medio
milenio más tarde. Los profetas no adivinaban el futuro ni buscaban
predecir hechos desvinculados de la realidad en la que vivían. Su misión
era anunciar una palabra de Dios que tuviera que ver con el presente
de sus oyentes.
Lo que el profeta quiso decir era que Dios no
miraba con buenos ojos a la corte de Jerusalén. Esta ciudad, en la que
se habían prostituido tantos reyes con el lujo y el poder, no era el
mejor ambiente para que surgiera el Mesías. David, el rey más grande que
tuvo Israel, había nacido en la humilde Belén. Si ahora ellos querían
tener al nuevo Mesías, había que volver a preparar el mismo ambiente de
Belén. La profecía no pretendía fijar un lugar geográfico para el
nacimiento del sucesor del rey. Simplemente proponía a los gobernantes
de Jerusalén volver a la humildad y sencillez de sus orígenes. Es decir,
sugería cortar con el actual modo de hacer política, abandonar la
conducta que ostentaban los dirigentes y volver al estilo de vida que se
tenía en aquel pasado remoto e ideal, que una vez sirvió para que
naciera un gran rey. La profecía era una constante advertencia de lo que
Dios quería para los reyes de Israel.
Con el paso del tiempo la
profecía de Miqueas se volvió famosa, de tal manera que en la época de
Jesús un gran sector del judaísmo -no todos- esperaba literalmente que
el futuro Mesías naciera en el pueblo de Belén.
Por eso, durante
los primeros años del cristianismo, cuando los apóstoles salieron a
proclamar el Evangelio después de la resurrección de Jesús, tuvieron
dificultades en ciertos ambientes judíos, porque Jesús era de Nazaret,
un lugar remoto y desconocido, que en nada favorecía a su figura
davídica y mesiánica.
Frente a este problema, algunas comunidades
cristianas, que gustaban de preparar sus predicaciones en formas de
relato, decidieron presentar el nacimiento de Jesús como sucedido en la
ciudad de Belén. Por supuesto que no pretendían falsear la realidad,
como puede parecernos a nosotros, los lectores modernos, que con nuestra
mentalidad occidental distinguimos exactamente cuál es un dato
histórico y cuál no lo es. A los primeros cristianos no les preocupaba
el hecho puramente histórico de que Jesús hubiera nacido en Nazaret. La
certeza de que él era el Mesías esperado constituía lo único
importante. Y esta idea no podía ser explicada sino mediante las formas y
los géneros literarios propios de los judíos de aquel tiempo. Por lo
tanto, cuando Mateo y Lucas afirman que Jesús nació en Belén, lo que
están diciendo es que Jesús es realmente el Mesías que todos esperaban;
el que cumplió las expectativas que ningún otro rey de Israel había
cumplido. El acento de los evangelistas está puesto en esta idea y así
lo entendieron y tomaron también los lectores de los primeros siglos.
Cuando
Marcos -el primer evangelista que escribió- compuso su relato, no
incluyó el dato del nacimiento de Jesús en Belén. Como la mayoría de sus
lectores era de origen pagano, no tuvo problemas en conservar el
recuerdo de que había nacido en Nazaret.
En cambio, cuando
escribieron Mateo y Lucas muchos de sus lectores eran cristianos
procedentes del judaísmo, a los cuales sí les preocupaba que Jesús fuera
el verdadero Mesías esperado por Israel, el descendiente de David.
Entonces ambos evangelistas, para expresar esta idea, recurrieron a la
narración teológica de su nacimiento en Belén. Eso sí, cada uno empleó
una diferente, según la que ellos conocían. Así, Mateo presentó a Jesús
naciendo en Belén porque su familia era de allí; y Lucas presentó a
Jesús naciendo en Belén por un accidente histórico. Finalmente, Juan,
que al momento de componer su Evangelio había llegado a la convicción
de que Jesús era Dios, es decir, existía desde siempre, desde antes de
venir al mundo, tampoco tuvo interés de incluir el nacimiento de Jesús
en Belén. Su origen terreno, en Belén o en Nazaret, no tenía para él
ninguna importancia, porque en realidad su verdadero origen era divino;
él procedía de Dios (1, 1-18), y eso bastaba para declararlo Mesías. Por
eso Juan, al igual que Marcos, conservó el dato histórico del origen
nazareno de Jesús.
El nacimiento de Jesús en Belén no es un dato
civil, sino una afirmación teológica; no expresa una evidencia
administrativa sino una idea religiosa.
Decir que Jesús nació en
Belén sigue siendo para nosotros, como lo fue para los primeros
cristianos, una afirmación fundamental. Equivale a decir que Dios, a
pesar de ser omnipotente y poderoso, optó por una ciudad minúscula. Es
decir, prefirió apostar por la debilidad, por la humildad, por los
oprimidos, por la mansedumbre. Significa que un Mesías frágil y endeble
basta para quebrar el poder de los poderosos de este mundo. Y que
quienes afirman seguir a este Mesías a partir de la prosecución de su
Causa deben emplear sus mismos modos.
Hoy, cuando la hipocrecía
inunda los gestos de aquellos que se “enternecen” tanto al llegar la
Navidad y al recordar el humilde origen belenita de Jesús, pero que el
resto del año tienen como dios a la fuerza, la prepotencia, la soberbia y
la superioridad social, política, económica o religiosa, sería bueno
que rescataran su verdadero significado o bien dejaran de festejar
cínicamente una navidad, a la que -lejos de honrar- blasfeman con sus
actos.
Según pasan los años: un gordo farsante, usurpador y mercantilista
Como
decíamos, muchos tienen una memoria distorsionada de este Dios y del
Hijo enviado. Hay tanta paranoia en las calles las semanas previas,
tantos ruidos y fuegos de artificio que tapan la luz de la estrella,
tantos colores impúdicos ciegos a negras realidades existenciales, tanta
comida orgiástica a espaldas de los hambrientos, tantas risotadas que
burlan a los que sufren injusticias, tantas angustias de dinero para
quedar bien por encima de los recursos reales, que vale preguntarse a
cuántas almas no infectadas de consumismo les queda un instante para
darse cuenta de que semejante incoherencia no puede celebrar el
cumpleaños de un niño que nació hace unos 2000 años en una familia pobre
y despreciada, de un caserío insignificante en medio de un pueblo
invadido y oprimido por un gigantesco imperio.
Mil millones de
cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo
celebran como si en realidad no lo creyeran e hicieran gala de una
hipocrecía repugnante. Lo celebran además muchos millones que no lo han
creído nunca, pero les gusta esta parodia infectada de excesos de
alcohol, drogas, comidas, ruidos, lujos, irresponsabilidades de toda
clase...
Sería interesante saber cuántos de ellos en el fondo de
su alma creen que la Navidad de ahora es una fiesta abominable, y no se
atreven a decirlo por un prejuicio que ya no es religioso sino social.
A
esto se suma el desastre cultural que estas Navidades pervertidas están
causando en nuestra América Latina. Antes, cuando sólo teníamos
costumbres heredadas de España, los pesebres domésticos cumplían con la
representación del evento. Todo aquello cambió especialmente en el
último siglo, mediante una operación comercial de proporciones mundiales
que es al mismo tiempo una devastadora agresión cultural.
Aquel Niño Dios del pesebre de Belén, de peligrosa memoria, fue destronado por el indigesto Papal Noel de shoppings y comercios.
Nos
llegó con toda su parafernalia de símbolos vacíos del espíritu de Belén
migrando a nuestras latitudes: el trineo tirado por los ciervos
(tracción a sangre, eh, qué mal...), el arbolito con nieve del polo
norte (no vaya a ser que pensemos que del sur pueda venir algo bueno...)
y toda esa cultura de contrabando incluída la comida invernal y copiosa
y estos quince días de consumismo frenético y sicótico al que muy pocos
nos atrevemos a rechazar con asco. Con todo, tal vez lo más siniestro
de estas Navidades de consumo, sea la estética miserable que trajeron
consigo: esas tarjetas postales espantosas, la molestísima pirotecnia
como si se conmemorara una guerra, esas ristras de foquitos de luces de
colores, esas campanitas de vidrio, esas funerarias coronas de muérdago
colgadas en el umbral, esas canciones insípidas que son los villancicos
traducidos del inglés y tantas otras estupideces para las cuales ni
siquiera valía la pena haber inventado la electricidad...
Todo
esto en torno a una fiesta que el consumismo capitalista ha convertido,
para muchos, en la más espantosa del año. Para demasiados, no es una
noche de paz y amor, sino todo lo contrario. Es la ocasión solemne de la
gente que no se quiere para “tener” que juntarse. La oportunidad
providencial de salir por fin de los compromisos aplazados por
indeseables. Es la alegría por decreto del almanaque, el cariño por
lástima, el momento de regalar porque nos regalan y de llorar en público
sin dar explicaciones. Es la hora feliz de que los invitados se beban
todo lo que sobró de la Navidad anterior y coman todo aquello que hacen
sus comensales pero no les agrada. No es raro, como sucede a menudo, que
la fiesta termine con discusiones, peleas a golpes de puño o
directamente a los tiros. Ni es raro tampoco que los niños -viendo
tantas cosas atroces- terminen por creer de veras que el niño Jesús no
nació en Belén, sino en Estados Unidos.
Pero ese gordo impúdico
con nariz de alcohólico y de gruesas risotadas que a menudo asusta a los
más pequeños sigue allí riéndose no sabemos muy bien de qué.
Ni siquiera honra la leyenda que le dio origen, sino más bien la mansilla.
Esta
leyenda deriva directamente de figura de San Nicolás de Bari (280-350),
obispo de Myra y santo que -según la tradición- entregó todos sus
bienes a los pobres para hacerse monje y obispo, distinguiéndose siempre
por su generosidad hacia los niños.
En la Edad Media, la leyenda
de San Nicolás se arraigó de forma extraordinaria en Europa,
particularmente en Italia (a la ciudad italiana de Bari fueron
trasladados sus restos en el 1087), y también en países germánicos como
los estados alemanes y holandeses. Particularmente en Holanda adquirió
notable relieve su figura, al extremo de convertirse en patrón de los
marineros holandeses y de la ciudad de Amsterdam. Cuando los holandeses
colonizaron Nueva Amsterdam (la actual isla de Manhattan), erigieron una
imagen de San Nicolás, e hicieron todo lo posible para mantener su
culto y sus tradiciones en el Nuevo Mundo.
La devoción de los
inmigrantes holandeses por San Nicolás era tan profunda y al mismo
tiempo tan pintoresca y llamativa que, en 1809, el escritor
norteamericano Washington Irving (1783-1859) trazó un cuadro muy vivo y
satírico de ellas (y de otras costumbres holandesas) en un libro
titulado “La historia de Nueva York según Knickerbocker”. En el libro de
Irving comienza a forjarse esta caricatura de San Nicolás, despojándolo
de sus atributos obispales y convertiéndolo en un hombre mayor, grueso,
generoso y sonriente, vestido con sombrero de alas, calzón y pipa
holandesa. Tras llegar a Nueva York a bordo de un barco holandés, se
dedicaba a arrojar regalos por las chimeneas que sobrevolaba gracias a
un caballo volador que arrastraba un trineo prodigioso. El hecho de que
Washington Irving denominase a este personaje "guardián de Nueva York"
hizo que su popularidad se desbordase y contagiase a los norteamericanos
de origen inglés, que comenzaron también a celebrar su fiesta cada 6 de
diciembre, y que los habitantes de la emancipada colonia inglesa
convirtieran al "Sinterklaas" o "Sinter Klaas" holandés en el "Santa
Claus" norteamericano.
Pocos años después, la figura de Santa
Claus había adquirido tal popularidad en la costa este de los Estados
Unidos que, en 1823, un poema anónimo titulado “Una visita de San
Nicolás”, publicado en el periódico Sentinel (El Centinela) de Nueva
York, encontró una acogida sensacional y contribuyó enormemente a la
evolución de los rasgos típicos de este personaje ya definitivamente
deformado de aquel San Nicolás de Bari. Aunque publicado sin nombre de
autor (hasta el año 1862, ya octogenario, no reconocería Moore su
autoría), el poema había sido escrito por un oscuro profesor de
teología, Clement Moore, que lo dedicó a sus numerosos hijos. En el
poema, San Nicolás aparecía sobre un trineo tirado por renos y adornado
de sonoras campanillas. Su estatura se hizo más baja y gruesa, y
adquirió algunos rasgos próximos a la representación tradicional de los
gnomos (que precisamente también algunas viejas leyendas germánicas
consideraban recompensadores o castigadores tradicionales de los niños).
Los zuecos holandeses en los que los niños esperaban que depositase sus
dones se convirtieron en anchos calcetines. Finalmente, Moore desplazó
la llegada del personaje del 6 de diciembre típico de la tradición
holandesa, al 25 de ese mes, lo que influyó en el progresivo traslado de
la fiesta de los regalos al día de la Navidad, vaciando así de
significación cristiana la Navidad del Niño Dios por la aparición de un
gnomo volador.
El proceso de popularización del personaje siguió
en aumento. El 6 de diciembre de 1835, Washington Irving y otros amigos
suyos crearon una especie de secta literaria dedicada a San Nicolás, que
tuvo su sede en la propia casa de Irving. En las reuniones, era
obligado fumar en pipa y observar numerosas costumbres holandesas como
parte de los ritos de esta logia.
El otro gran contribuyente a la
representación típica de San Nicolás en el siglo XIX fue un inmigrante
alemán llamado Thomas Nast. Nacido en Landau (Alemania) en 1840, se
estableció con su familia en Nueva York desde que era un niño, y alcanzó
gran prestigio como dibujante y periodista. En 1863, Nast publicó en el
periódico Harper's Weekly su primer dibujo de Santa Claus, cuya
iconografía había variado hasta entonces, fluctuando desde las
representaciones de hombrecillo bajito y rechoncho hasta las de anciano
alto y corpulento. El dibujo de Nast lo presentaba con figura próxima a
la de un gnomo, en el momento de entrar por una chimenea. Sus dibujos de
los años siguientes (siguió realizándolos para el mismo periódico hasta
el año 1886) fueron transformando sustancialmente la imagen de Santa
Claus, que ganó en estatura, adquirió una barriga muy prominente,
mandíbula de gran tamaño, y se rodeó de elementos como el ancho
cinturón, el abeto, el muérdago y el acebo. Aunque fue representado
varias veces como viajero desde el Polo Norte, su voluntariosa
aceptación de las tareas del hogar y sus simpáticos diálogos con padres y
niños lo convirtieron en una figura todavía próxima y entrañable.
Cuando las técnicas de reproducción industrial hicieron posible la
incorporación de colores a los dibujos publicados en la prensa, Nast
pintó su abrigo de un color rojo muy intenso. No se sabe si fue él el
primero en hacerlo, o si fue el impresor de Boston Louis Prang, quien ya
en 1886 publicaba postales navideñas en que aparecía Santa Claus con su
característico vestido rojo. La posibilidad de hacer grandes tiradas de
tarjetas de felicitaciones popularizó aún más la figura de este
personaje, al cual numerosas tiendas y negocios comenzaron a usar para
fines publicitarios. Llegó incluso a ser habitual que, durante las
celebraciones navideñas, los adultos se vistieran como él y saliesen a
las calles y tiendas a obsequiar a los niños y hacer propaganda de todo
tipo de productos. Entre 1873 y 1940 se publicó la revista infantil St.
Nicholas, que alcanzó una enorme difusión.
Ya estaba en todo su
apogeo la maquinaria comercial que destruiría profundamente el verdadero
espíritu navideño en grandes sectores consumistas de occidente del
siglo XX.
La segunda mitad del siglo XIX fue trascendental en el
proceso de consolidación y difusión de la figura de Santa Claus. Por un
lado, quedaron fijados (aunque todavía no definitivamente) sus rasgos y
atributos más típicos. Por otro, se profundizó en el proceso de
progresiva laicización del personaje; Santa Claus dejó definitivamente
de ser una figura religiosa, y se convirtió más bien en un emblema
cultural comercial, celebrado por personas que excedían las barreras de
credos y costumbres diferentes; al tiempo que aceptaban como suyos sus
abiertos y generales mensajes de paz, solidaridad y prosperidad de las
clases consumistas, sin ningún atisbo de la justicia del Reino de Dios
predicado por el Niño de la gruta de Belén. Dejó de ser un personaje
asociado específicamente a la sociedad norteamericana de origen holandés
y se convirtió en patrón de todos los niños norteamericanos -sin
distinción de orígenes geográficos y culturales-. Se lo usó como
superestructura cultural propagandística de narcotización de las
conciencias por sobre todo mensaje liberador del Evangelio, que se
manifiesta desde el mismo nacimiento de Jesucristo en la perisferia de
todo poder. Prueba de ello fue que, por aquella época, hizo también su
viaje de vuelta a Europa, donde influyó extraordinariamente en la
revitalización de las figuras del "Father Christmas" o "Padre Navidad"
británico, o del "Père Noël" o "Papá Noel" francés, que adoptaron muchos
de sus rasgos y atributos típicos, como forma de colonización cultural
globalizante de lo que ya se perfilaba como la vocación imperialista
norteamericana de filosofía capitalista.
El último momento de
inflexión importante en la evolución iconográfica de Santa Claus tuvo
lugar con la campaña publicitaria de la empresa norteamericana
Coca-Cola, en la Navidad de 1930; momento histórico entre las dos
grandes guerras mundiales en que el mayor estado terrorista del mundo
-los Estados Unidos de América- se afianzaba como imperio militar y
comercial. En el cartel anunciador de su campaña navideña, la empresa
publicó una imagen de Santa Claus escuchando peticiones de niños en un
centro comercial. Aunque la campaña tuvo éxito, los dirigentes de la
empresa pidieron al pintor de Chicago de origen sueco, Habdon Sundblom,
que remodelara el Santa Claus de Nast. El artista, que tomó como primer
modelo a un vendedor jubilado llamado Lou Prentice, hizo que perdiera su
aspecto de gnomo y ganase en realismo. Santa Claus se hizo más alto,
grueso, de rostro alegre y bondadoso, ojos pícaros y amables, y vestido
de color rojo con ribetes blancos, que eran los colores oficiales de
Coca-Cola. El personaje estrenó su nueva imagen, con gran éxito, en la
campaña de Coca-Cola de 1931, y el pintor siguió haciendo retoques en
los años siguientes. Muy pronto se incorporó a sí mismo como modelo del
personaje, y a sus hijos y nietos como modelos de los niños que
aparecían en los cuadros y postales. Los dibujos y cuadros que Sundblom
pintó entre 1931 y 1966 fueron reproducidos en todas las campañas
navideñas que Coca-Cola realizó en el mundo, y tras la muerte del pintor
en 1976, su obra ha seguido difundiéndose constantemente.
Por el
cauce de las postales, cuentos, cómics, películas, todas
norteamericanas, la burda figura de Santa Claus sigue ganando
popularidad comercial y cultural en todo el mundo occidental
capitalista, al punto que hoy puede decirse que constituye una de las
advocaciones como benefactor de niños (pudientes) más conocidas; al
tiempo que avanza sobre aquellos valores evangélicos -aun en familias
que se dicen cristianas- distorsionando en el imaginario popular y su
simbología lo que fue el acontecimiento histórico del “Dios con
nosotros” (el Emmanuel evangélico) que dividió la historia humana en un
antes y un después para la dignidad y la salvación individual y social
de todos los Hijos de Dios.
Los verdaderos símbolos de la Navidad del Niño-Dios
Como
ya hemos dicho, la narración del nacimiento de Jesús no es una crónica
sino una representación, una simbolización de lo que representó la
irrupción de Jesús en la historia, el corazón de su enseñanza y de su
revelación misma. Para hacerlo, sus discípulos tomaron los elementos
centrales de un mito ancestral -el del nacimiento de dioses y héroes-
para simbolizar esa inaprensible revelación. La narración del nacimiento
está formada por unos símbolos centrales ensartados en una narración.
Esa es la estructura común de los mitos que sólo pretende poner de
relieve estos símbolos.
Los símbolos centrales de la narración del
nacimiento son: la noche cósmica, la cueva y el seno de una madre. En
realidad son tres símbolos confluyentes, porque insisten en una misma
idea desde una triple perspectiva: una perspectiva cósmica, otra
terrestre y otra humana.
Para comprender la profundidad del
mensaje del mito de la Natividad, basta con prestar atención a esos tres
grandes símbolos. Jesús, la Luz del mundo, nace de noche, desde las
tinieblas del seno de la tierra en una cueva, y de la oscuridad de las
entrañas de María.
El parto es el símbolo nuclear de las narraciones del nacimiento de Jesús.
En el seno de la tierra, en una cueva, nace la vida.
En
la oscuridad de la noche, el Hijo de Dios y del Hombre irrumpe en la
historia. Un buen símbolo de la incidencia del nacimiento de Jesús en
las tinieblas de la historia humana. El cielo nocturno es también un
potente símbolo en el que se ve explícitamente la inmensidad inabarcable
de la realidad más allá de la oscuridad racional, sólo aguijoneada por
la luz cósmica de las estrellas, especialmente aquella estrella de Belén
que señalaría su lugar natal.
En esa oscuridad iluminada por la
luz cósmica como un tránsito hacia la luz, nos dice que esa sacralidad
de la vida misma es como uno de nuestros niños recién nacidos, la vida
misma de nuestra propia especie aquí simbolizada por el parir de María.
En
el seno de una mujer, que es el seno de nuestra propia especie, nace la
encarnación del Absoluto. En el seno de nuestra naturaleza animal,
depredadora, nace la posibilidad de la libertad de toda necesidad, nace
“el que es”, que no necesita de nada.
María concentra todos esos
símbolos confluyentes, porque es cosmos, oscuridad, tierra y mujer. Pero
es una mujer virgen. Su virginidad significa que nada mancilla ni al
cosmos, ni a la tierra, ni a la vida, ni a nuestra especie, porque nada
puede ocultar o cubrir el rostro del Manifiesto. Toda la naturaleza es
virgen, incluso nuestra propia naturaleza es virgen. Y todo es como una
virgen que pare al Único. Sólo nuestros ojos y nuestro corazón pueden
estar mancillados cuando miramos todo lo que nos rodea con la mirada de
un depredador.
Esta es la gran proclama de la Navidad: la realidad
verdaderamente real está en el seno de la oscuridad de nuestra
cotidianidad, de nuestro vivir y de nuestro ser.
El gran
acontecimiento en el cosmos, en la tierra, en la vida y en la especie
humana es como un parto sagrado. Y lo que ese parto revela es una
realidad amable, dulce, tierna, próxima y vulnerable como un niño en los
brazos de su madre.
El mito nos habla también de las condiciones
que se requieren para poder contemplar ese Gran Acontecimiento, que es
lo que Jesús nos reveló. Dice la narración que quien quiera ser testigo
de ese Nacimiento, ha de hacerse pobre y sencillo como los pastores de
Israel. Quien es pobre de espíritu no tiene nada material que defender.
Quien no tiene nada material que defender, va a las cosas directamente,
sin dobleces. Quien no tiene dobleces, ése es el sencillo.
El mito
señala una segunda condición para hacerse apto para presenciar ese
Nacimiento que proyecta ese el Gran Acontecimiento: hay que enrolarse en
la indagación de la verdad, como hicieron los supuestos magos (sabios)
que no pertenecían al “pueblo elegido” de Israel sino que eran paganos.
Todos podemos ser “magos” y acoger la salvación que nos trae el niño de
la gruta. Sólo hay que ser como aquellos sabios que amaron la verdad con
tal pasión y dedicación, que abandonaron sus casas y su país para ir en
su búsqueda.
Quien sea capaz de actuar así es también pobre de espíritu y sencillo.
Es
bello y acertado que los discípulos de Jesús relacionaran el gran mito
universal del nacimiento de dioses y de héroes con la memoria de Jesús y
su legado. Tiene sentido aprender a vivir ese gran mito en sociedades
laicas y sin creencias como las nuestras, para rescatar la conciencia
profunda del existir humano, en este cosmos inmenso y misterioso.
En
el gran intento de estas narraciones, lo importante, no es creer o no
creer. Como en los poemas, lo importante es dejarse llevar por la fuerza
expresiva del mito, para experimentar, de forma íntima y lo más clara y
cálidamente posible, esa presencia oculta que nace en nosotros mismos,
proyectando e introyectando las enseñanzas de Jesús.
El mito que
sitúa el nacimiento de Jesús en la media noche nos habla de este mundo y
de nosotros mismos, recordando a la vez el nacimiento de quien nos
habló por primera vez en forma plena y elocuente del amor total. Ésa fue
la principal enseñanza de Jesús al predicar el Reino de Dios, y eso es
lo que se simboliza desde su nacimiento. Es el misterio íntimo de cada
uno de nosotros. Y en el seno de ese misterio, nace el Absoluto en el
cuerpo frágil de un niño de nuestra especie. Y debería nacer en nosotros
como lo hizo de María.
Jesús de Nazaret, ¿un “Señor”?
Jesús
el Nazareno ha tenido muchos seguidores. Muchos lo han amado
apasionadamente. Muchos lo han venerado y respetado. Por ese amor y
respeto le elevaron a lo más alto, y lo más alto para sociedades
agrario-autoritarias fue hacerlo “Señor”.
Haciéndolo “Señor”, lo
pusieron en la misma tarima que el poder. El poder político se encontró
con Jesús en su mismo estrado. Como no pudieron ponerse por encima de
Jesús, lo hicieron “Señor de Señores”. Al hacer de Jesús el “Señor de
los Señores”, lo convirtieron en la fuente del poder y en el legitimador
del poder. Las enseñanzas humildes, mansas, tiernas y poéticas, como
profundamente libertarias y radicales en lo social que son el espíritu
inasible del Rabí Jesús, se convirtieron en doctrinas, preceptos, leyes
del Señor Jesús, muchas veces falsificándolo.
Los poderosos de la
tierra quisieron que una maniatada doctrina “divina”, leyes y preceptos
acomodados al poder de dominación del hombre por el hombre, esa
legitimación del poder, fuera la cola que cohesionara a los pueblos.
Quisieron que su predicación fuera el aparato ideológico al que todas
las mentes, todos los sentires y todas las acciones debían someterse.
Quisieron que fuera la base sólida e inviolable donde se cimentara el
orden que ellos imponían, que Jesús fuera el soporte de su poder.
También
los que se consideraron sus seguidores directos y sus representantes se
llamaron a sí mismos “Señores”, “Príncipes de la Iglesia” y se hicieron
“Señores” que ejercían la “potestad sagrada”, frente a la “potestad
política”.
Leyeron las narraciones del nacimiento de Jesús desde
esos patrones. Así vieron en su nacimiento, el nacimiento del “Señor de
Señores”, aunque humilde, entre pajas, junto al buey y la mula, pero
aclamado por los ángeles del cielo y por las estrellas y las luces del
cielo como Hijo de Dios, el Señor. Eso contribuyó a que el poder
tendiera en ocasiones a mostrarse humilde y amable como el del “Señor de
Señores”.
Hoy todo eso aparece terminado.
Hoy tenemos que aprender a amarlo, respetarlo y venerarlo sin hacerlo ese “Señor”.
Quizás
ahora podamos recuperar la incomparable grandeza del Maestro Jesús de
Nazaret, en su sencillez, proximidad, calidez y honda radicalidad a
favor de la justicia del Reino.
El Maestro que es el Camino, la
Verdad y la Vida, ¿cómo va a tener doctrinas y leyes más allá de la
pasión por la justicia? Él sólo es la doctrina y el camino, y sólo su
espíritu de justicia es la ley. Su persona y lo que trasluce su persona
es el Camino, la Verdad y la Vida. Y no hay otro camino, otra doctrina,
otra ley que provengan de Él. Es lo único normativo para todo que se
pretenda crsitiano: su praxis de relación con sus pares seres humanos.
Hacerlo
un “Señor” que impone doctrinas, leyes, preceptos y organizaciones es
empequeñecerlo en nuestra misma ansia por engrandecerlo.
Él está
más allá de nuestras medidas, está más allá del señorío. El señorío y el
poder lo desfiguran, porque son construcciones de nuestra pequeña
condición. Él es nada más (ni nada menos) que la práctica perfecta del
amor que podemos aspirar los seres humanos.
Justamente, cuando los
discípulos de Jesús quisieron representar lo irrepresentable, cuando
quisieron aludir elípticamente a su enseñanza, empezaron hablando de su
nacimiento.
Escribieron una construcción teológica contando que en
la primera noche de Navidad unos mensajeros celestiales “cantaban
gloria a Dios y deseaban la Paz a los hombres de buena voluntad”.
“La
gloria de Dios es que el pobre viva” decía monseñor Romero. Y los
pobres son todos aquellos para quienes la vida resulta una carga pesada.
Y son todos aquellos que tienen todos los poderes reales en contra. Y
en nuestro entorno hay pobres, muchos pobres de todas clases, muchos
injusticiados, muchísimos, muchas veces, por nosotros mismos.
Navidad
supone un compromiso hacia esta pobreza espiritual y material de
nuestro mundo manifestando nuestra voluntad de fe, a pesar de todos los
riesgos o lo políticamente incorrecto, lo que nos ponen los poderes
políticos, sociales y hasta religiosos en contra y nos hace así
solidaria y fácticamente pobres como el niño de Belén y sus padres.
Y,
curiosamente, los mensajeros celestiales desean esa paz que nace como
un emergente de la verdad, la justicia, el amor y la libertad a los
hombres de buena voluntad. La paz es el bien más grande del espíritu. La
voluntad es una facultad específica del ser humano, es el fundamento de
la conducta moral. Tendrá buena voluntad aquella persona que se
proponga obrar el bien, poniendo su esfuerzo, su prestigio, su fuerza,
su inteligencia y todo su peso social del lado de los intereses de los
injusticiados.
No deja de ser tajante la simplicidad del mensaje
navideño. En unos momentos en que nos gusta tenerlo todo tan
estructurado, los mensajeros celestiales no hacen un enunciado de
obligaciones y preceptos por conseguir la ansiada paz. Basta con tener
esta buena voluntad.
Toda la narración del nacimiento de Jesús
intentó simbolizar estos rasgos centrales de la esa revelación que es
Jesús, que son los rasgos centrales de lo que representó para la
humanidad: la Causa por la que vivió y dio su vida; esa sociedad
alternativa de amor comprometido con los intereses de todo injusticiado
llamada Reino o Reinado de Dios .
Navidad en el Shoping
por Pablo Catania
De camino por la gran ciudad
En esta desnutrida Navidad,
Tal vez te animes hacia el cielo
Tus ojos levantar:
Estrellas y campanas,
Angeles y pesebres
En descarada decoración
sobre los símbolos de prosperidad,
coronando la función
de la efímera parodia de la felicidad.
Es nuestra tímida nostalgia
de Tu pobreza y redención.
Y es que todos, sin poder contenerlo,
Desde este ingrato corazón
Seguimos apelando a tu Reino
Pues ni la indolente complicidad
Ni la total desfachatez
Podrían jamas del todo oscurecer
tu historia de amor
Bibliografía de base:
Enigmas de la Biblia 1 – Ariel Álvarez Valdez
Enigmas de la Biblia 5 – Ariel Álvarez Valdez
Enigmas de la Biblia 8 – Ariel Álvarez Valdez
Estas navidades siniestras - Gabriel García Márquez
La historia de Santa Claus - J. M. Pedrosa (ACIPRENSA)
La Navidad del Niño Dios – Gabriel Andrade
Navidad: Paz Y Buena Voluntad - Josep Cornellá Y Canals
Vicente Zazpe. El corazón del pastor – Jorge Montini / Marcelo Zerva