domingo, 22 de junio de 2014

FE Y DINERO - por Gabriel Andrade


Jesús era ya adulto cuando Antipas puso en circulación las monedas acuñadas en Tiberíades. Esta monetización supuso un progreso en el desarrollo de Galilea, pero no logró promover una sociedad más justa y equitativa. Si bien los ricos de las ciudades podían operar mejor en sus negocios ya que la monetización les permitía atesorar monedas de oro y plata (“mamona”, o sea, “dinero que da seguridad”) que les proporcionaban seguridad, honor y poder, los campesinos apenas podían hacerse con algunas monedas de cobre, de escaso valor por lo que era impensable atesorar “mamona” en una aldea. Subsistían apenas intercambiándose entre ellos sus modestos productos. Este “progreso” daba entonces más poder a los ricos y hundía en la pobreza un poco más a los pobres. Jesús diría más tarde refiriéndose a la imposibilidad de hacerse con la justicia del Reino de Dios desde la riqueza que “Ningún siervo puede servir a dos amos pues se dedicará a uno y no  hará caso del otro… No podéis servir a Dios y a Mamón” (Lc 16, 13 / Mt 6, 24).

La escala del dinero en tiempos de Jesús consistía en que 1 Talento = l00 minas; 1 Mina = 100 dracmas (o denarios) y 1 denario = 24 ases (considerado este monto el salario razonable para un día de trabajo). El pan necesario para un día costaba 2 ases (Judas “vendió” a Jesús por 30 denarios, o sea, 720 ases = a unos 360 kilos de pan. Si consideramos que, a la fecha de este escrito el kilo de pan en Argentina cuesta unos $20 se puede hacer el paralelo de que Jesús fue entregado por unos $7200; bastante menos que el sueldo básico de un colectivero...)

El estrato alto o rico de la sociedad se lo­calizaba sobre todo alrededor de la Corte, el culto, y un re­ducido núcleo de privilegiados, dadas las enormes riquezas y esplendor principesco que se generaban alrededor de éstos.
El rey judío Herodes EL Grande (reinaba sobre Palestina, Gadara e Hippos) le ingresaban anualmente y sólo de impuestos, unos 1000 talentos (10.000.000 de salarios). Estos ingresos, junto con la considerable fortuna personal de Herodes, eran con todo insuficiente para la cantidad de esclavos y de residencias que éste mantenía. Por eso confiscó a los nobles (matándolos si era preciso) y creó gran cantidad de impuestos que provocó la masiva venta de tierras. Esto llevó al latifundios, fomentó el desempleo y empujó a mucha gente a unirse al grupo armado de los zelotes, a emigrar al extranjero o a mendigar en Jerusalén.
La clase alta o rica, estaba compuesta por la aristocracia laica. Grandes comerciantes, grandes jefes del sistema de recaudación de impuestos (como Zaqueo) y los grandes terratenientes o dueños de fincas rústicas, de los que una mayoría vivía en Jerusalén. Vale señalar que el latifundio tenía un carácter casi blasfemo en un pueblo para el que la tradición señalaba que la tierra era propiedad de Yahvé;  pero que -en la práctica- la legislación judía del año jubilar había dejado cumplirse, hasta el punto de que algunos de los grandes terratenientes que compraban las tierras confiscadas por pago de impuestos eran miembros del Sanedrín (Consejo Nacional de Israel).
Sobre la nobleza sacerdotal o alto clero, además de sus ingresos particulares por profesiones civiles o por propiedades, percibían altas rentas regulares tanto del tesoro del Templo como del comercio de animales para los sacrificios. La riqueza de esta aristocracia sacerdotal era sorprendente en comparación con la situación casi miserable de los simples sacerdotes. Pero esta diferencia tampoco les bastó, puesto que en épocas difíciles los altos sacerdotes se atrevieron a enviar a sus siervos a apoderarse de los diezmos debidos al bajo clero, muriendo los más pobres de necesidad (como puede verse, el proceso de "creación de necesidades" tan típico de la riqueza injusta, no es algo privativo de nuestra civilización de consumo que lo único que ha hecho es masificarlo).
A su vez, el Templo era muy rico. Había en Jerusalén tanto oro que luego de la conquista y destrucción de la ciudad por los romanos, toda la provincia romana de Siria, a la que Jeru­salén pertenecía, se vio inundada por una oferta de oro tan gigantesca que la libra de oro bajó a la mitad de su precio.

Con el tema del dinero Jesús tuvo bien puestos los pies en la realidad y sabía que era necesario para vivir. Pero era conciente que su acumulación en manos de unos pocos era la causa de aquella sociedad basada en la injusticia y en la desigualdad en la que una mínima parte de su población se había apropiado de los bienes-dones que debían ser disfrutados por todos.
En la polémica que según el Evangelio de Juan se desarrolla entre Jesús y los dirigentes judíos durante la fiesta de los Tabernáculos (7,1-8,59), el evangelista menciona en el centro de la controversia el Tesoro del Templo (8,20), contraponiendo así a Jesús -el nuevo santuario de Dios (2,17; 7,37-39)- con el Tesoro -el santuario del templo idolátrico- donde se alojaba el dios y padre de los dirigentes judíos: la acumulación explotadora (2,14- 16).
Se ve así que esta lucha de Jesús por los valores del Reino no hizo de él un hombre “eclesiástico”, beato, religiosista, encerrado en los estrechos límites del los mandatos dogmáticos del templo. Al contrario, el Reino de Dios lo arrancó de las preocupaciones domésticas y familiares, lo sacó de Nazaret, de los planteamientos religiosos tan legalistas de su tiempo, de las limitadas perspectivas judías. El Reino de Dios lo condujo a la vida, a la profecía, a la plaza, a las masas, al dolor humano, a la historia, al conflicto público, a la confrontación con el Imperio y con el Templo. Todos los que hoy hablan del Reino de Dios pero que a la vez lo domestican hasta confinarlo a los límites de lo estrechamente eclesiástico o religiosista, no son más que aquellos fariseos y altos sacerdotes que Jesús criticaba.
También es de hacer notar que a pesar de sus advertencias y sus críticas, Jesús no era un asceta reticente a usar y disfrutar de los bienes creados. Al contrario, su conducta en este sentido fue de tal normalidad que resultó escandalosa para sus adversarios, que lo acusaron de mucho comer y muy bebedor (Mt 11,18-19).Tampoco fue un maniqueo que considera todo lo que tenía que ver con el dinero como intrínsecamente malo. De sus palabras se deduce que, para Él, el dinero es moralmente ambiguo: puede servir para lo bueno, como para lo malo; para ayudar a otros o para explotarlos; para compartirlo con los demás o para codiciarlo.
Lo que a Jesús le parece reprobable es el apego al dinero, por los efectos negativos que entraña y porque acaba haciendo de éste el ídolo a cuyo servicio se pone la vida humana (cita anterior; Mt 6,24 / Lc 16, 13).
Así, Jesús invita a que optemos por ser, no por tener; por la generosidad y el compartir, no por la ambición, la codicia o lo miserable; por el servi­cio y la solidaridad, no por el dominio de los otros, el egoísmo y la desigualdad; por situarnos al lado de los intereses de los pobres, no al lado de los poderosos; en definitiva, por la verdadera seguridad y riqueza, que se encuentra en Dios y no en el dinero. El ser humano se define por aquello que aprecia y todo el que haga del dinero un valor absoluto se apegará a él y será el dinero quien oriente su vida y marque su personalidad, y no la voluntad de Dios (Mt 6,19-21). Frente a la sociedad injusta, asentada en el dinero y la riqueza, Jesús propone un modo de vida distinto y alternativo, cimentado sobre los valores que Dios encarna y promueve, y que los evangelios llaman Reino o Reinado de Dios.

Con esto tenemos que Jesús en su vida pública no se predicó a sí mismo ni tan sólo habló de Dios. Jesús de Nazaret fue en su vida terrena un hombre con una CAUSA: la construcción del REINO DE DIOS la cual hizo el centro de su misión en la tierra -su programa político, diríamos ahora- y por la que fue difamado, perseguido, secuestrado, torturado y, finalmente, asesinado. Fue algo que caracterizó al ejemplo de praxis que tenemos en Jesús por sobre todas las cosas. Jesús no fue simplemente una buena persona, un ser humano sensible y solidario o un hombre santo. Jesús fue un luchador por una Causa, una persona consciente, que supo lo que quería y que se empeñó en conseguirlo hasta dejar la vida en este empeño. Un hombre con una utopía y una esperanza. Una persona con una Causa por la que vivir y por la que luchar. Esa Causa fue la “opción fundamental” de Jesús.
El hecho de que Jesús sea así nos revela que Dios es también así. Nos revela también que la Persona Humana Nueva revelada en Él es esencialmente así, y que, sin este rasgo, cualquier persona está lejos de acceder a la plenitud de las posibilidades de su ser “a imagen y semejanza” de su Creador. Sin la perspectiva del Reino de Dios es imposible conocer realmente a Jesús.
Jesús en esta causa especifica a los destinatarios (Lc 6,20; Mt 5,3.10), lo que supone que, o bien no es para todos, o que está destinado de un modo especial a determinadas personas. Por otra parte habla repetidamente de “entrar en el reino”, lo que presupone que es una dimensión a la que hay que acceder (Mt 5,20;7,21;23,13). En todos estos textos aparece que hay gente que ciertamente no va a entrar si no cambia radicalmente de actitud. Por lo tanto pide la conversión (etimológicamente “ir contra otra versión” - las del opresor) como actitud consecuente al creer en su propuesta (Mc 1,15). Las condiciones para “entrar” y los anuncios de que “viene”, tienen de común que es un acontecimiento inminente pero futuro para los oyentes, ya que si habla de qué hay que hacer o qué evitar para entrar en él, presupone que todavía no han entrado; aunque el Reino ya esté presente (Lc 17,21); es la semilla que va plantando en medio del pueblo y en el corazón de cada quién (Mc 4,3-11); haciéndolo presente en sus obras liberadoras (Lc 11,20). Al referirse al Reino de Dios está diciendo que Dios se interesa por la vida y por la historia; también que no se relaciona con las almas individuales desconectadas del mundo, sino el que tiene un designio sobre su creación, un designio de salvación y de plenificación que sólo se da en lo comunitario.
Así, la aceptación del Reinado de Dios se da en el seguimiento de Jesús, que es la prosecución de su historia, que es actuar en nuestra situación de un modo equivalente a como Él lo hizo en la suya. A todos está abierta la posibilidad de constituirse en hijos de Dios -aun ignorando esto- y de ir construyendo el mundo justo de los hijos de Dios. Precisamente ese mundo sería el Reino de Dios de intereses opuestos a ese otro reino que tiene como valor supremo al dinero.
Sobre este dinero es significante lo que cuentan los evangelios cuando los adversarios de Jesús le inquirieron: “¿está bien o no pagar el impuesto al cesar?” y Jesús pidiéndoles que le muestren una moneda (le expusieron un denario con la imagen del cesar) contestó: “Hipócritas, ¿por qué me ponen una trampa? (...) Den al César lo que es del César y a Dios lo que a Dios corresponde” (Mt.. 22,20). Es claro que en la pregunta de origen se escondía una trampa; ya que, o bien se esperaba una respuesta tipo zelote que diera ocasión para arrestarlo por subversivo político, o bien una respuesta prorromana que le quitara prestigio ante el pueblo. La respuesta de Jesús terminó siendo sarcástica y no pretendió dar ninguna enseñanza sobre “moral tributaria” ni sobre “religión y política”. Es un respuesta personal (ad hominem) con la que sólo buscó desautorizar a los que le preguntaron. Los trata como hipócritas, ya que estos fariseos y herodianos estaban enriqueciéndose en un templo hecho por Herodes y con un dinero con la imagen del césar (recordemos que en la Galilea de donde provenía Jesús no era así), por lo que no tenían autoridad moral de preguntar nada. Toda riqueza que no se la pone al servicio del Reino de Dios lleva esculpida la imagen del césar y entonces no hay por qué negársela. Y si hoy este tipo de dinero no está al servicio del Reino, ¿por qué entonces rezarle a Dios por él? ¿Por qué Dios intervendría en un mercado de valores contra la libertad de acción concedida a las personas, contra sus consecuencias y a favor de quienes lo niegan adorando de hecho un ídolo ascendido a divinidad y contrario a la voluntad de Dios para la vida de sus criaturas?
La respuesta de Jesús a Pilatos “mi reino no es de este mundo” significa que su realeza (esto es, el modo de ser rey) no pertenecía a ese orden; a lo que agregó que si su realeza hubiese pertenecido a ese orden, sus propios guardias habrían luchado para impedir que lo entregaran a las autoridades judías. Pilatos así pudo quedarse tranquilo, ya que, aunque Jesús no negó ser rey, sin embargo, su realeza no era  (ni es) como la de los reyes de ese mundo, que se valían (y valen) de la fuerza y la violencia para conseguir sus fines; de ahí que no utilizó guardias en su defensa con la finalidad de impedir ser entregado a las autoridades judías y luego a las romanas.
De ahí que es ridículo pensar que la manifestación de ese Reinado de Dios no tendría lugar en este mundo, sino en el más allá, pues es precisamente en este mundo donde hombres  y mujeres tienen que llegar a su pleno desarrollo humano y con el dinero necesario para esto -aunque nunca elevado a divinidad como termina siendo hoy día en las sociedades opulentas- empezando a vivir con su vida terrenal la otra vida celestial.
El núcleo principal de la predicación de Jesús que se lee en los evangelios va dirigido a conseguir la transformación de aquella sociedad injusta, no mediante la fuerza, el poder, el prestigio o el dinero, sino mediante la puesta en práctica por parte de sus seguidores de un amor solidario apoyado en la justicia de Dios y que hiciese surgir dentro de este viejo mundo una sociedad alternativa en la que todos tuviesen cabida y no hubiese -como en la parábola de los invitados a la boda- excluidos del pueblo ni pueblos excluidos. En esta sociedad alternativa sobre la que Dios ejerce su Reinado, en la perspectiva de Jesús, mira principalmente a este mundo (aunque no exclusivamente); no tanto a los cielos cuanto a los suelos. Crossan afirma acertadamente que el Reinado de Dios es “lo que sería nuestro mundo si estuviese gobernado por Dios”. Entendido así, el núcleo de la predicación de Jesús no gira en torno al más allá, al otro mundo o a otro mundo por venir, sino que se centra en la transformación en el de más acá -aunque con vocación de eternidad- con una justa repartición de las riquezas que esto implica -y el dinero simboliza- como don social puesto por Dios para todos sus hijos.
Es revelador que cuando Jesús formuló la primera y principal bienaventuranza, no dudó en unir lo que nadie se habría atrevido a emparejar: felicidad, pobreza y Reino.
“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los cielos” (Mt 5, 3), está escrito que dijo Jesús.

Ahora bien, para algunos ricos, lo importante entonces sería ser “pobre de espíritu”; o sea, estar desprendido “espiritualmente” de los bienes, pero sin renunciar a ellos (?). Esta interpretación ha servido para tranquilizar a lo largo de la historia del cristianismo a todos aquellos que, siendo ricos, decían haber renunciado en su interior a la riqueza (= pobres de espíritu), pero sin desprenderse de ella, haciendo así posible lo que Jesús declara absolutamente inviable: riqueza (mamona) y Reino de Dios: “Les aseguro que con dificultad va a entrar un rico en el Reino de Dios. Lo repito: Más fácil es que entre un camello por el ojo de una aguja que no que entre un rico en el Reino de Dios” (Mt 19,23-24). Esta frase -de interpretación tan obvia como de contenido tan duro- se le han buscado las más sofisticadas interpretaciones para hacer que los ricos -sin dejar de serlo- también pudiesen estar al cobijo de la salvación ofrecida por la Iglesia-institución. Ahí vemos proyectados hoy a los adinerados parisinos y el suntuoso templo de Nôtre-Dame. Es esa misma iglesia que también supo quitar el aguijón al Evangelio, haciendo acopio de bienes materiales y gozando, de este modo, del poder, la seguridad y el prestigio social que la posesión de esto proporciona y aliándose con aquellos a los que Jesús rechazó.
Jesús declaró que solamente aquellos que sean capaces de hacerse pobres hasta el extremo de la mendicidad, si hiciese falta -pues el texto griego utiliza la palabra ptôkhós (mendigo) en lugar de pénês (pobre)- renunciando voluntariamente a la riqueza, sólo éstos pueden formar parte de la comunidad o grupo humano sobre los que Dios reina. Al mismo tiempo, proclamando dichosos a los pobres voluntarios, éstos se verán libres de toda atadura para denunciar la miseria en la que anda sumida gran parte de la humanidad y que no es en modo alguno un estado deseable ni causante de felicidad, pues degrada al ser humano, lo lleva a perder su autonomía, acaba con todo proyecto de comunidad y fraternidad, y hace nacer en el interior del corazón la envida, el resentimiento y la desesperación.
No es que se excluya a los ricos: el mismo Señor no había excluido a Nicodemo o a José de Arimatea. Pero son raros los ricos que están en la disposición de aceptar el Reino en las condiciones que se ofrece.
A la felicidad o bienaventuranza se llega, según Jesús, liberándose voluntariamente de la esclavitud del dinero, un dios que exige idolatría y que cierra el corazón humano al amor solidario y, al mismo tiempo, luchando -con el arma de la libertad que genera la pobreza voluntaria- contra la pobreza forzosa y material que hunde al hombre en la miseria y le cierra el paso a su desarrollo humano. ¡No de otra forma!
Si el mensaje de Jesús es una buena noticia para los pobres, entonces los ricos y poderosos, tanto como los frívolos de conciencia que insisten en su condición y conducta, sólo pueden escucharlo como una amenaza a sus egoístas intereses inmediatos y a su salvación futura.
La riqueza es idolatría y por eso es imposible la salvación. Es idolatría porque Dios es Justicia y la riqueza -como apropiación excluyente de la creación- es injusticia. Es idolatría porque es servicio a un falso dios y porque la absolutización de una verdad parcial (la bendición de Dios interpretada en la abundancia, siendo como es, una simple mediación de Éste) termina por suplantarlo.
Precisamente por ser idolatría, esta riqueza no hace crecer al hombre sino que lo destruye; el ídolo es siempre creador de muerte. Sólo Dios es fuente de humanidad y vida. Para la Biblia, la idolatría no es sólo adorar “otros dioses” sino sobre todo adorar “la obra de las propias manos”. Sin la renuncia a esa riqueza es imposible que el rico se salve. Es imposible por la dinámica fatal a la que somete el ídolo; la riqueza impide crecer, ahoga toda semilla del Reino (Mt. 13; 22). Es más, el rico no escuchará ni a un muerto que resucite para avisarle (Lc. 16; 30-31). Y hace imposible la salvación porque el ídolo no salva nunca.
La pobreza de espíritu sólo podrá entenderse como “desprendimiento del corazón” en situaciones de igualdad social. Mientras que en situaciones de desigualdad, ¡es tan imposible que un rico sea a la vez “pobre de espíritu” como que “un camello pase por el ojo de una aguja”!... Un pobre puede ser ávido de espíritu (idolatrar la riqueza que no tiene) o, sin más, rico en espíritu (por ejercer los valores del Reino); pero un rico no puede ser, sin más, “pobre de espíritu”. La pretensión del puro “desprendimiento interior” vale tanto como el lavado de manos de Pilatos ante Jesús.
De ahí que la traducción más adecuada del texto griego de la primera bienaventuranza propuesta por Juan Mateos sería: “Dichosos los que eligen ser pobres” (= “los pobres por el espíritu”, esto es, los que han decidido por propia voluntad ser o hacerse pobres en el sentido obvio de la palabra, pues el espíritu es para los semitas la facultad o sede de las decisiones) “porque ellos tienen a Dios por rey”, y prueba de ello es que han sido capaces de renunciar al dinero -verdadero dios para la inmensa mayoría de la gente de nuestro mundo-, y no lo han hecho para aumentar la ingente multitud de los pobres de la tierra, sino para sacar de la pobreza a los que andan sumidos en ella.
Los pobres de espíritu del evangelista Mateo son -además de los propios pobres de Lucas- todos aquellos que los aman, que se identifican y optan por ellos, y que eligen serlo más allá de una realidad forzada que en sí misma no es virtuosa.
Lucas, al escribir para una comunidad de gentes más rica y poner su atención entre la relación riqueza-pobreza, a sus cuatro bienaventuranzas agrega cuatro maldiciones contra los ricos que oprimen a los pobres.
Mateo, al escribir a una comunidad más humilde, expone, además de las cuatro bienaventuranzas de Lucas, otras cuatro más, que son actitudes éticas donde explica a los suyos que no basta mecánicamente con la situación en sí, si no se la asume desde la responsabilidad cristiana. Así, los mansos son aquellos que no crean la pobreza, ni toman la iniciativa violenta de la opresión; los misericordiosos son los que, como Dios, saben escuchar el clamor de los pobres y necesitados; los limpios de corazón son los que están liberados del deseo apropiador del tener, y los que trabajan por la paz son aquellos que trabajan por lo que la Biblia llama “la obra de la justicia”, porque no haya ni hambrientos, ni llorosos ni perseguidos.
En las maldiciones que añade Lucas a las bienaventuranzas, Jesús arremete contra los causantes de la injusticia que reina en la sociedad: los ricos, los que están repletos de todo, los que viven frívolamente y los que gozan del reconocimiento social; anunciándoles el cambio que va a traer consigo el Reinado de Dios y que implicará su ruina existencial (Lc 6,24-26).
Podemos concluir entonces que Jesús invita a sus seguidores a hacerse voluntariamente pobres para que ninguno lo sea realmente.
Jesús invita a estos pobres liberados no a ser ricos sino a llevar una vida de austeridad solidaria, expresión que puede considerarse como la nueva formulación de la pobreza evangélica. El camino de la felicidad se halla paradójicamente donde nadie espera encontrarla, en la renuncia voluntaria a la acumulación innecesaria de bienes, con la finalidad de que éstos se distribuyan entre todos y se acabe esa radical desigualdad en la que anda sumida la humanidad.
La nueva sociedad o Reino de Dios, preconizado por Jesús, se hará realidad aquí y ahora en la medida en que haya gente que se adhiera a su programa de austeridad solidaria, para alumbrar de este modo una nueva humanidad, llamada a la salvación. Y no debemos olvidar que la salvación comienza por la liberación del pueblo de aquellas condiciones de vida -como la pobreza forzosa- que impiden su pleno desarrollo humano.
¡Esto es y ninguna otra cosa el Reino de Dios en esta tierra!

Un “cristianismo” que ponga en su centro el bienestar que da el dinero injustamente distribuido es un cristianismo sólo nominalmente, no sustancialmente. Su sustancia no es cristiana, en la medida en que se aparta de la Sustancia de la Causa, la Utopía, la Misión por la que vivió y luchó Jesús.
Sentimos mucho darles todas estas malas noticias a tanto adinerado piadoso, colaboradores vitalicios de suntuosos templos y mecenas de purpuradas eminencias. Algo falla en ese “cristianismo” de los ricos, cuando son capaces de desvelarse por asegurar y acrecentar más y más su propio bienestar, sin sentirse interpelados por el mensaje de Jesús y el sufrimiento de los pobres del mundo.
Y esto también es extensivo a tanto “pequeño burgués” de clase media que se pretende piadoso. Algo también falla cuando son capaces de vivir lo imposible: el culto a Dios y el culto al Bienestar. Algo importante falla en esa Iglesia cuando en vez de gritar con la palabra y el ejemplo de vida que no es posible la fidelidad a Dios y el culto a la riqueza -con toda la superficialidad, banalidad y estupidez que eso conlleva- se contribuye a adormecer las conciencias, desarrollando una religión “burguesa” y tranquilizadora.

¿Y qué pueden hacer quienes poseen estas riquezas injustas? Lucas ha conservado unas palabras curiosas de Jesús. Aunque la frase puede resultar algo oscura por su concisión, su contenido no ha de caer en el olvido. “Yo les digo: Ganen amigos con el dinero injusto para que, cuando les falte, los reciban en las moradas eternas”.
Jesús viene a decir así a los ricos: "Empleen su riqueza injusta en ayudar a los pobres; ganen su amistad compartiendo con ellos sus bienes. Ellos serán sus amigos y, cuando en la hora de la muerte el dinero no les sirva ya de nada, ellos los recibirán en la casa del Padre". Dicho con otras palabras: la mejor forma de "blanquear" el dinero injusto ante Dios es compartirlo con sus hijos más pobres.
Sus palabras no fueron bien acogidas. Lucas nos dice que “estaban oyendo estas cosas unos fariseos, amantes de las riquezas, y se burlaban de él”. No entienden el mensaje de Jesús. No les interesa oírle hablar de dinero. A ellos sólo les preocupa conocer y cumplir fielmente la ley. La riqueza la consideran como un signo de que Dios bendice su vida.
Aunque venga reforzada por una larga tradición bíblica, esta visión de la riqueza como signo de bendición no es evangélica. Hay que decirlo en voz alta porque hay personas ricas que de manera casi espontánea piensan que su éxito económico y su prosperidad es el mejor signo de que Dios aprueba su vida.
Un seguidor de Jesús no puede hacer cualquier cosa con el dinero: hay un modo de ganar dinero, de gastarlo y de disfrutarlo que es injusto pues olvida a los más pobres.

Es sorprendente la claridad conceptual con que señala todo esto el Papa Francisco. Mientras los grandes medios de comunicación nos informan, con toda clase de detalles, de los gestos más pequeños de su personalidad misericordiosa, se oculta de modo vergonzoso su grito más urgente a toda la Humanidad: “No a una economía de la exclusión y la iniquidad. Esa economía mata”.
Su indignación en palabras claras y expresivas podrían abrir el noticiero de cualquier canal o ser titular de la prensa en cualquier país. Por ejemplo:
“No puede ser que no sea noticia que muera de frío un anciano en situación de la calle y que sí lo sea la caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es iniquidad”.
Vivimos “en la dictadura de una economía sin rostro y sin un objetivo verdaderamente humano”. Como consecuencia, “mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz”.
“La cultura del bienestar nos anestesia, y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esa vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un espectáculo que de ninguna manera nos altera”.
“Intolerable que mercados financieros gobiernen la suerte de los pueblos”.
Como ha dicho él mismo: “este mensaje no es marxismo sino Evangelio puro”. Un mensaje que tiene que tener eco permanente en nuestras comunidades cristianas. Lo contrario podría ser signo de lo que dice el Papa: “Nos estamos volviendo incapaces de compadecernos de los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás”.

Siguiendo a la declaración de los Curas en al Opción por los pobres del 2010:
”Somos miembros de una Iglesia que tiene un magisterio social, que de un modo casi invariable desde hace más de 100 años, relativiza la propiedad privada, condena el capitalismo tanto como antaño al marxismo, destaca la prioridad del trabajo sobre el capital, opta preferencialmente por los pobres ante la sociedad, y señala la urgente necesidad de preservar los recursos de la naturaleza contaminados, agredidos y depredados por el lucro desmedido.

Como cristianos, rechazamos la lógica capitalista como responsable del genocidio que se produce y producirá si no hay justicia en la distribución de los bienes de la vida. La lógica del capitalismo es transformar todo en mercancías, ganancias y acumulación del capital. Somos hermanos y hermanas, la tierra es para todos y, como aprendemos de Jesús de Nazaret, no se puede servir a dos señores, a Dios y al dinero (Lc 6,13); y citando también a un discípulo de San Pablo, `la raíz de todos los males es el amor al dinero´ (1 Tim 6,10)”.

domingo, 15 de junio de 2014

MI EQUIPO MUNDIAL - por Gabriel Andrade



ABBA (1)


OSEAS (6)          ISAÍAS (4)          ELÍAS (2)          AMÓS (3)


MOISÉS (5)

PABLO DE TARSO (8)            JESÚS DE NAZARET (C) (10)


OSCAR ROMERO (9)

FRANCISCO DE ASÍS (7)                    POCHO LEPRATTI (11)



ABBA (1): El Dios con características de Padre y Madre misericordiosa que con su amor infinito ataja todos los errores de sus hijos -los que pretenden jugar a favor y los otros- y empuja hacia delante, desde el fondo de la historia la salvación / liberación, a todas y todos a partir de cada jugador de campo que ama y que vuelta a vuelta juegan en cada partido.

ELÍAS (2): Venido desde el IX A. C., su experiencia lo hace un líbero muy cercano al arco que ordena la defensa ante las falsificaciones del verdadero Dios y la confusión de sus hijos. Devela desde el fondo las tácticas asesinas de DT adversario como algo íntimamente unido al invento de ídolos, justificadores de todos los desmanes: “¿Así que, además de matar, encima robas?” (21, 18) Por eso su porfiado juego tiene una profunda dimensión política dentro de la cancha grande de la historia. Imprescindible en los partidos donde la oferta de dioses mundanos pueden llegar a hacer perder más de una final de la copa “existencia”.

ISAÍAS (4): Venido desde el sur en el VIII A.C., este stopper funciona como un verdadero “patrón” de la defensa contra todo avance del antirreino: "¡Oh pueblo mío!, tus opresores te mandan y tus prestamistas te dominan; tus dirigentes te hacen equivocar y echan a perder el camino que sigues" (3, 11s). Y dirigiéndose a los hombres del ataque adversario: "Ustedes son los que han devorado los frutos de la tierra; en sus casas están los despojos del pobre. ¿Con qué derecho oprimen a mi pueblo o pisotean a los pobres?" (3, 14s). "Ay de los que dictan leyes injustas y con sus decretos organizan la opresión, de los que despojan de sus derechos a los pobres de mi país e impiden que se les haga justicia" (10, 1s). Ideal para la contención de ataques neoliberales.

AMÓS (3): Venido desde el norte en el VIII A.C., este marcador de punta izquierda se proyecta desde el fondo por su lateral a toda la historia, hostigando el ataque rival con sus gritos: “¡Ay de ustedes, que transforman las leyes en algo tan amargo como el ajenjo y tiran por el suelo la justicia! ... Pues yo sé que son muchos sus crímenes y enormes sus pecados, opresores de gente buena, que exigen dinero anticipado y hacen perder el juicio al pobre en los tribunales.” (5, 10-12). Ideal para la contención de organismos internacionales proveedores de miserias.

OSEAS (6): De la misma generación que los anteriores, este marcador de punta derecho se proyecta por su lateral por todo su carril poniendo claridad en el juego “misericordia quiero, no sacrificio; Justicia y no víctimas consumidas por el fuego” (6, 6). Es funcional para evitar el juego infructuoso del equipo, cuando se entretienen en el ritualismo de un “juego bonito” que no lastima las intenciones del rival y está lejos de quebrar la meta contraria.

PABLO DE TARSO (8): Mediocampista derecho del siglo I transferido desde la Roma. Armador del equipo integrando a jugadores nativos y nacionalizados: “Ahora ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, pues todos son uno en Cristo Jesús” (Gál 3, 28). De punzante inserción en el campo rival, su juego ha hecho temblar las estrategias de sus adversarios.

MOISÉS (5): Caudillo por antonomasia, es el patrón del mediocampo y el enlace entre la defensa y la ofensiva transmitiendo las órdenes desde la portería. Especialista en liberación del juego ante la opresión rival, es implacable con propios y extraños. Dado a las grandes empresas se le ha escuchado ordenar “¡que nadie se guarde nada para mañana!” (Ex 16, 19). Es el volante de contención ideal para los momentos difíciles del partido.

JESÚS DE NAZARET (C) (10): Capitán del equipo y barbado mediocampista por izquierda. Líder y creador incansable del equipo. La motivación liberadora hacia sus compañeros no conoce límites: Felices los que tienen el espíritu del pobre, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Felices los que lloran, porque recibirán consuelo. Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los compasivos, porque obtendrán misericordia. Felices los de corazón limpio, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por causa del bien, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando por mi causa los insulten, los persigan y les levanten toda clase de calumnias. Alégrense y muéstrense contentos, porque les espera una recompensa grande” (Mt 5, 3-12). Le han intentado “cortar las piernas” desde la FIFA hasta todas y cada una de las corporaciones internacionales -desde el Imperio Romano y el Templo de Jerusalén hasta cada banca financiera internacional, maquinaria militar imperial o religión narcotizante- pero su sueño comunitario lleva adelante un equipo fraterno que hace de su filosofía de juego una praxis invencible.

FRANCISCO DE ASÍS (7): Como puntero derecho tenemos una joven presencia que con su juego desfachatado y alegre que enloquece y confunde a los defensores rivales. De rápidos y alegres movimientos, es la pesadilla de los defensores apegados a las estrategias de partidos consumistas, nihilistas y frívolos. De gran popularidad en amplios sectores de la hinchada, se dice que su camiseta es lucida con orgullo por una importante personalidad dentro del mismísimo Vaticano.

OSCAR ROMERO (9): Indiscutible centrodelantero latinoamericano, su contundencia frente al arco rival es venerada por millones de seguidores. Temido hasta la muerte por sus adversarios, su juego comprometido con el equipo lo hace ejemplo de colaboración en toda la cancha. Se dice que cada gota de su sangre se multiplica en la conciencia de cada hincha que lleva adelante su porfía.

POCHO LEPRATTI (11): Puntero izquierdo oriundo de los arrabales de Latinoamérica, es la joven promesa del equipo. Liviano como una bicicleta, su sonrisa fresca se levanta entre los más humildes de la hinchada, que como hormigas empujan entre murgas y sueños hacia la victoria cotidiana. Yo tuve la suerte de jugar algún que otro “amistoso” a su lado -cuando él todavía era amateur- y su presencia aun me guía -con alguna que otra lágrima- desde el refugio más modesto de la tribuna.

Este es parte del equipo de mis sueños. De mis sueños y de tantos otros con los que comparto la utopía de una sociedad nueva, justa, fraterna y misericordiosa. La que el Capitán llamaba “Reino de Dios”. El partido es continuado desde el fondo de la historia, se juega en todo el mundo y los equipos rivales son muchos. Quizás, al igual que vos, pueda empujar sólo por el breve lapso de una existencia. Pero estoy convencido que bien vale la porfía. Creo que precisamente allí está lo maravilloso: el caminar consciente por la pequeñez de nuestra vida hacia la grandeza de la Causa...

Gabriel Andrade

16 de junio de 2014.

sábado, 14 de junio de 2014

HISTORIA DE UNA INFAMIA CATÓLICA - por Gabriel Andrade


A los judíos los persiguieron y masacraron durante mil setecientos años, desde que la Institución católica empezó a mandar en calidad de concubina del Imperio Romano, con el pretexto de que habían crucificado a Cristo.

Desde el código de Justiniano a los judíos de Roma se les consideró una raza inferior de la que había que sospechar y se les excluyó de toda función pública.
La bula del papa Pablo IV instituyó formalmente el gueto. A los cinco mil judíos de Roma les asignaron entonces una zona palúdica a la orilla del Tíber, un espacio de unos cuantos centenares de metros que inundaba el río, y allí los hacinaron. Las siete sinagogas de la ciudad las destruyeron, y destruyeron las dieciocho de Campania. Otros guetos siguieron de inmediato al de Roma en Venecia y en Bolonia. En Ancona quemaron vivos a veinticuatro. Poco después, avanzando por el camino señalado por Pablo IV, Pío V simple y llanamente expulsó a todos los judíos de los Estados Pontificios dejando tan sólo a los de Roma y Ancona.
Cuando coronaban a los papas en la Edad Media como soberanos religiosos y civiles de Roma, los judíos de la ciudad les mandaban una delegación para rendirles homenaje, a lo que ellos, con altivez, contestaban: “Legum probo, sed improbo gentium”: (Apruebo laley pero no la raza). Luego se hizo costumbre que los rabinos de Roma les ofrecieran ese día una lujosa copia del Pentateuco y entonces contestaban: “Confirmamus sed nonconsentimus” (Ratificamos pero no consentimos). Estas respuestas distantes resumen la actitud de los papas ante sus más despreciados súbditos, cuya religión y raza rechazaban.

Cuando Benedicto XIV “Beatus Andreas” canonizó al niño mártir Andreas, del pueblo de Rinn, Innsbruck, "asesinado cruelmente en 1462 antes de cumplir los tres años por los judíos, que odian la fe cristiana", según dice la bula; se sumó a la del niño Simón de Trento por Sixto V, por lo que Benedicto XIV convertía a Andreas de Rinn en el nuevo símbolo de los niños cristianos asesinados, según los "libelos de sangre", por los mismos asesinos de Cristo durante sus sacrificios rituales en Norwich, en Blois, en Lincoln, en Munich, en Berna, etc., con las consiguientes masacres de judíos en todas esas ciudades. Y sin embargo una investigación encargada por el mismo Benedicto XIV al relator del Santo Oficio Lorenzo Gananelli (el futuro Clemente XIV) había determinado que salvo los casos de Andreas de Rinn y Simón de Trento, que se daban por verdaderos, las demás acusaciones de los libelos de sangre no tenían fundamento. Por el crimen del niño Simón durante la Semana Santa de 1475 numerosos judíos de Trento fueron acusados de matarlo, sacarle la sangre y celebrar con ella la pascua judía; como consecuencia de esto los torturaron y quemaron a quince.
En 1965, a raíz del Concilio Vaticano II, se volvió a investigar el caso de Simón de Trento, se reabrieron las actas del proceso de su canonización que resultó ser un fraude, se suprimió su culto, se desmanteló el santuario que se le había erigido desde el siglo XV, lo sacaron del calendario y se prohibió su devoción para lo futuro. La veneración popular a Andreas de Rinn duró hasta 1985 cuando el arzobispo de Innsbruck monseñor Reinhold Stecher dispuso el traslado del cuerpo del niño de la capilla en que se encontraba desde el siglo XVII al cementerio. En 1994, el mismo prelado abolió oficialmente su culto, si bien su tumba siguió siendo objeto de peregrinaje.

A que los judíos mataban niños cristianos para sacarles la sangre le sumaron la de que clavaban la hostia, el cuerpo transubstanciado de Cristo, a quien volvían a crucificar una y otra vez. Y así, bendecida cuando no azuzada por curas, obispos y papas, la hordas de fanáticos “católicos” se entregó con esta nueva calumnia a nuevas masacres de sus tradicionales víctimas: en 1298 en Nuremberg mataron a seiscientos veintiocho; en 1337 quemaron a los de Daggendorf; en 1370 masacraron a los de Bruselas y se siguieron con todos los de Bélgica; en 1453 en Breslau quemaron a cuarenta y uno; en 1492 en Mecklenburg quemaron a veintisiete; en 1510 en Berlín a treinta y ocho. Ejemplos éstos de un centenar de masacres que con el pretexto de la hostia clavada se prolongaron hasta la de Nancy en 1761. Todavía no hace mucho en la catedral de Bruselasse exhibían dieciocho cuadros de judíos clavando hostias que sangraban. Y cuando en 1350 la peste negra devastaba a Europa, las turbas cristianas de Suiza y Alemania encontraron un motivo más para quemar, estrangular y ahogar a los judíos por millares acusándolos de haberla causado y de envenenar los pozos.

En julio de 1555, sin haber cumplido siquiera dos meses como papa, Pablo IV promulgó su bula Cum nimis absurdum, que empieza: "Porque es absurdo e inconveniente en grado máximo que los judíos, que por su propia culpa han sido condenados por Dios a la esclavitud eterna (Cum nimis absurdum et in-convenien sexistat ut iudaei, quos propna culpa perpetuae servituti submisit), con la excusa de que los protege el amor cristiano puedan ser tolerados hasta el punto de que vivan entre nosotros y nos muestren tal ingratitud que ultrajan nuestra misericordia pretendiendo el dominio en vez de la sumisión, y porque hemos sabido que en Roma y otros lugares sometidos a nuestra Sacra Iglesia Romana su insolencia ha llegado a tanto que se atreven no sólo a vivir entre nosotros sino en la proximidad de las iglesias y sin que nada los distinga en sus ropas y que alquilen y compren y posean inmuebles en las calles principales y tomen sirvientes cristianos y cometan otros numerosos delitos para vergüenza y desprecio del nombre cristiano, nos hemos visto obligados a tomar las siguientes provisiones..." y siguen las provisiones que son obvias dado el preámbulo: confinar a los judíos en guetos que sólo podían tener una sinagoga; obligarlos a venderles todas sus propiedades a los cristianos, a precios irrisorios (ac bona immobilia, qua ad praesens possident, infra tempus eis per ipsos magistratus praesignandum, christianis vendere); prohibirles la casi totalidad de los oficios y profesiones empezando por la medicina (etqui ex eis medici fuerint, etiam vocati et rogati, ad curam christianorum accedere aut illiinteresse nequeant); prohibirles tener servidumbre cristiana y que las mujeres cristianas les dieran el pecho a los recién nacidos judíos (nutrices quoque seu ancillas aut aliasutriusque sexus servientes christianos habere, vel eorum infantes per mulieres christianas lactari aut nutriri facere); prohibirles jugar, comer, conversar y tener toda familiaridad con los cristianos (seu cum ipsis christianis ludere aut comedere vel familiaritatemseu conversationem habere nullatenus praesumant); prohibirles tener negocios fuera delgueto; y obligarlos a llevar distintivos especiales en la ropa.

La de Pablo IV es un buen compendio del medio centenar de bulas que a lo largo de quinientos años promulgaron sus antecesores y sucesores para regular el trato que se le debía dar a "la pérfida raza judía", entre las que se destacan por su infamia la de Honorio III “Ad nostram noveritis audientiam” que los obligaba a llevar un distintivo y les prohibía desempeñar puestos públicos; la de Gregorio IX, “Sufficere debuerat perfidioe judoerum perfidia” que les prohibía servidumbre cristiana; las de Inocencio IV “Impia judeorum perfidia” y de Clemente VIII “Cum Haebraeorum malitiaque” ordenaban quemar el Talmud; las de Eugenio IV “Id nostram audientiam“ y de Calixto III “Si ad reprimendos” que prohibían vivir con cristianos y ejercer puestos públicos; las de Pío V “Cum nos nuper” que les prohibía tener propiedades y “Hebraeorum gensque” los expulsaba de todos los estados pontificios excepto Roma y Ancona; la de Clemente VIII “Cum saepe accidere”, la de Inocencio XIII “Ex injuncto nobis” y la de Benedicto XIII “Aliasemanarunt” que les prohibían vender mercancías nuevas (pero no ropa vieja, strazzaria).
Y a las bulas hay que sumarles las decisiones de los concilios: concilios generales como el Cuarto Laterano convocado por Inocencio III en 1215, o locales como el de Vannes de 465, el de Agde de 506, el de Viena de 517, el de Clermond de 535, el de Macon de 581, el de París de 615, etcétera, etcétera, para atropellar en todas las formas posibles a los "asesinos de Cristo".

Cuando en julio de 1941 el régimen títere de Vichy al servicio de los nazis decretó la expropiación en Francia de todas las empresas y propiedades en manos de judíos y algunos prelados católicos protestaron, el presidente del gobierno, Laval, comentó con sarcasmo que después de todo "las medidas antisemitas no constituían nada nuevo para la Iglesia pues los papas habían sido los primeros en obligar a los judíos a llevar un gorro amarillo como distintivo". Varios obispos franceses colaboracionistas y anti judíos se deslindaron de inmediato de esos prelados patriotas y en un apurado telegrama declararon su fidelidad al régimen.

JuanXXIII suprimió el adjetivo "pérfido" usado en la liturgia de Semana Santa para designar a los judíos, y eso era a lo que más a que había llegado. No bien murió Juan XXIII su sucesor Pablo VI volvió a aquello de los “pérfidos judíos” que no habían querido reconocer en Jesús al Mesías que llevaban siglos esperando y que lo habían calumniado y matado.

El joven sacerdote Ratzinger
Y en Auschwitz, donde los “cristianos” nazis asesinaron a novecientos sesenta mil judíos, el teólogo Ratzinger devenido en Benedicto XVI preguntó: "¿Por qué permitiste esto, Señor?" La respuesta es obvia: ¡por lo que les han hecho muchos de tus predecesores a los judíos durante mil setecientos años".
Y aquí le va una lista de los compatriotas obispos nazis:
El obispo castrense Rarkowski, el clérigo militar alemán de más alto rango, que ensalzaba a Hitler como "nuestro Führer, custodio y acrecentador del Reich".
El obispo Werthmann, vicario general del anterior y su suplente en el ejército.
El arzobispo Jager de Paderhorn que fue capellán de división del Führer.
El cardenal Wendel que fue el primer obispo castrense.
El obispo Berning de Osnabruck que le mandó un ejemplar de su obra Iglesia católica y etnia nacional alemana a Hitler "como signo de mi veneración" y a quien Goering nombró miembro del Consejo de Estado de Prusia.
El obispo Buchberger de Regensburg que en la hoja episcopal de su diócesis escribía que "el Führer y el gobierno han hecho todo cuanto es compatible con la justicia, el derecho y el honor de nuestro pueblo para preservar la paz de nuestra nación".
El obispo Ehrenfried de Wirzburgo que decía: "Los soldados cumplen con su deber para con el Führer y la patria con el máximo espíritu de sacrificio, entregando por completo sus personas según mandan las Sagradas Escrituras".
El obispo Kaller de Ermland que en una carta pastoral exhortaba así a sus fieles: "Con la ayuda de Dios pondréis vuestro máximo empeño por el Führer y el pueblo y cumpliréis hasta el final con vuestro deber en defensa de nuestra querida patria".
El obispo Machens de Hildesheim que los arengaba diciéndoles: "¡Cumplid con vuestro deber frente al Führer, el pueblo, la patria! Cumplidlo, si es necesario, exponiendo vuestras propias vidas", y le rogaba a Dios que les "enviara su ángel" a las tropas nazis.
El obispo Kumpfmüller de Ausgburgo que ante el atropello hitleriano contra Europa declaraba que "El cristiano permanece fiel a la bandera que ha jurado obedecer pase lo que pase".
El obispo Wienkens que representaba al episcopado alemán ante el Ministerio de Propaganda nazi.
El obispo Preysing de Berlín que firmaba las cartas conjuntas de sus cofrades aprobando a Hitler.
El obispo Frings (luego cardenal de Colonia) que como presidente de la Conferencia Episcopal Alemana exigía dar hasta la última gota de sangre por el Führer.
El obispo Hudal que le dedicó su libro Nacionalsocialismo e Iglesia a Hitler como "al Sigfrido de la esperanza y la grandeza alemanas", y que tras la derrota de los nazis ayudó a fugarse al Brasil a F. Sangel, acusado de cuatrocientos mil asesinatos en el campo de concentración de Treblinka, consiguiéndole dinero y documentos falsos. El arzobispo de Freiburg Grober, patrocinador de las SS, que abogaba por el necesario "espacio vital" para Alemania; que aportaba dinero de su arquidiócesis para la guerra; y que escribió diecisiete cartas pastorales para ser leídas desde los púlpitos, exhortando a la abnegación y al arrojo.
El arzobispo Kolb de Bambergque predicaba que "cuando combaten ejércitos de soldados debe haber un ejército de sacerdotes que los secunden rezando en la retaguardia".
El cardenal y conde von Galen, el "león de Münster", que saludó a la Wehrmacht como "protectora y símbolo del honor y el derecho alemanes" y que escribía en la Gaceta eclesiástica de su región: "Son ellos, los ingleses, los que nos han declarado la guerra. Y después nuestro Führer les ha ofrecido la paz, incluso dos veces, pero ellos la han rechazado desdeñosamente".
El cardenal Bertram de Beslau, presidente de la conferencia episcopal, que "por encargo de los obispos de Alemania" le enviaba este telegrama a Hitler: "El hecho grandioso del afianzamiento de la paz entre los pueblos sirve de motivo al obispado alemán para expresar su felicitación y gratitud del modo más respetuoso y ordenar que el próximo domingo se proceda a un solemne repique de campanas".
El cardenal Schulte de Colonia que escribía en una carta pastoral:" ¿No debemos acaso ayudar a todos nuestros valientes en el campo de batalla con nuestra fiel oración cotidiana?"
El cardenal Faulhaber, "el león de Munich", que en 1933 llamaba a Pío XI el mejor amigo de los nazis, que en 1934 le prohibía a la Conferencia Mundial Judía que mencionara siquiera su nombre a propósito de una supuesta defensa suya de los judíos, una "afirmación delirante"; que fue obispo castrense antes de ponerse al frente del episcopado bávaro; y que mandaba rezar por Hitler y le hacía repicar las campanas: tras el fallido atentado contra éste ofreció una misa solemne en acción de gracias en la iglesia de Nuestra Señora de Munich y junto con todos los obispos de Bavaria le mandó una carta felicitándolo por haberse salvado. Discípulo aventajado de la Institución católica que se acuesta con el que gane, este "león de Munich" fue antinazi antes de 1933, nazi visceral entre 1933 y 1945, y antinazi indignado después de 1945.
Que fue ni más ni menos el comportamiento del episcopado austríaco cuando el Anschlus: el cardenal Innitzer, el arzobispo Waitz y los obispos Hefter, Pawlikowski, Gfóllner y Memelauer se pasaron en bloque a Hitler y firmaron una proclama aprobando la anexión de su país al Reich alemán y exhortando a sus fieles a apoyar el régimen nazi. Y cuando Hitler entró a Austria lo recibieron con repique de campanas y cruces gamadas colgando de las iglesias vienesas.
En el campo de concentración de Treblinka los nazis mataron entre setecientos mil y ochocientos mil judíos. Allí murió con ellos el padre Sangel, un sacerdote católico que tuvo el valor de enfrentárseles a los verdugos nazis poniéndole el cuerpo al Evangelio, lo que les faltó a Pío XII y sus obispos alemanes y austríacos entre otros.

Hitler y todo su aparato asesino y fanático no surgió en la Historia por generación espontánea: la Institución católica ha tenido una enorme responsabilidad en ello.

En el jubilieo del año 2000, Juan Pablo II ha perdido perdón, entre muchas otras cosas, por las complicidades de la institución católica en el holocausto judío.

miércoles, 28 de mayo de 2014

La Virgen del Rosario en San Nicolás - por Gabriel Andrade



Extracto del capítulo "Devociones y deformaciones"
del libro "Teología desde el camino" de Gabriel Andrade - 2008


Cada 25 de setiembre, la ciudad de San Nicolás de los Arroyos recuerda el aniversario de la “aparición” de la Virgen del Rosario a Gladys Quiroga de Motta, quien desde 1983 afirma haber recibido la visita María casi a diario y por un tiempo tan prolongado que bate todo record en los anales de la Iglesia Católica. Esta mujer -que ya habría intentado hace años relacionarse con espíritus participando de la Escuela Científica Basilio y que durante el bienio 81/82 insistió en que se le “iluminaba el rosario”- asegura que María la requirió para trasmitir “su mensaje”. Esta “revelación”, lejos de cuestiones trascendentales como podría esperarse dada la importancia de María en el catolicismo, sólo se limitó al pedido de ser consagrada “Patrona de San Nicolás”; de que se venerase una imagen suya guardada en la Catedral -la de Nuestra Señora del Rosario- y, su esencial preocupación, de que se le construyese un templo millonario en dólares. A partir de esto, el entonces párroco de la Catedral, padre Carlos Pérez (pretendido impulsor de la canonización de una tía suya monja vecina de Pergamino) y con la autorización de su obispo Domingo Castagna, se convirtió en el vocero de la señora Gladys de Motta he hizo que se recluyera en su casa sin tener contacto con otras personas. A partir de entonces, y con la imprescindible intermediación de este sacerdote, se comenzaron a publicar los voluminosos “mensajes” de María, en los que -más allá de ser un compendio de lugares comunes y banalidades dignos de un mediocre libro religioso para niños- han de destacarse dos temas:
-el supuesto pedido de la Virgen de que se la festeje, se la honre y se la venere con tal sentido egocéntrico de su figura, digna de estar necesitada de elevar su autoestima; y
-el costoso templo que supuestamente pidió construir, ignorando en el mismo acto a la amplia Catedral contenedora de su imagen y que, en la misma ciudad de San Nicolás, ya estaba construida.
El 9 de noviembre de 1983 la Virgen “decía” a Gladys: “me harán un santuario”; el 5 de febrero de 1984: “hay urgencia de oración, más también tengo urgencia de mi casa”(?); el 19 del mismo mes: “hacedme mi casa”; el 22 de abril:“vuestra madre os pide su morada” (¿este castellano fuera de uso en Argentina implicará cierta limitación en el dominio de lenguas de las divinidades?); el 25 de setiembre: “no olvides el santuario”; el 11 de noviembre se percibía en la Virgen cierta impaciencia: ”¡quiero mi casa!”; doce días más tarde, el 23, el fastidio ya era claro: “debéis pedir con firmeza, dad importancia a mi petición, mi casa tiene que construirse. Hijos míos, dad a vuestra madre lo que os pide”... (no es novedad que el déficit inmobiliario en Argentina es grave, ¡pero esto ya parece un poco exagerado!...). 
A todo esto, las características del santuario también eran explícitas: el lugar indicado por la Virgen debía ser “el campito”; un terreno que debería donar la municipalidad local consistente en dos manzanas más una franja vecina con límites en el Paraná. Los requisitos que impuso la Virgen para el templo tampoco serían menores: “quiero una casa espaciosa, debe medir no menos de 25 metros de largo desde el primer banco hasta el altar”; una iglesia con cuatro columnas de frente y una gran cúpula redonda digna de los templos vaticanos, las columnas serían de mármol rosado, así como el altar. (“si la hacemo, la hacemo bien”, diría el capo cómico rosarino Alberto Olmedo...).
Dibujo: José Luis Cortés
En diciembre de 1985 Gladys de Motta dijo haberle exhibido el proyecto de un profesional que por casualidad resultó muy vinculado a la Iglesia -Mario Magni- y cuenta que la excelsa clienta complacida dijo: “sí hija mía, este proyecto me agrada”...

Con esta historia y antecedentes -convenientemente diluida y purificada por la diócesis nicoleña- las manifestaciones populares suman entre cien y doscientos mil devotos que se reúnen en la Basílica de la Virgen en el mes de setiembre, algunos marchando en procesiones desde Rosario.
Cientos de miles de personas reunidas en el acto católico de demostración de poder por excelencia, dada la concentración y el número de feligreses, tal cual son las peregrinaciones y devociones multitudinarias en fechas festivas. La Iglesia institución se transforma así en una enorme usina formadora de sentido común, obteniendo de este modo poder social, económico y político. Las manifestaciones públicas son una muestra de ese poder a los otros sectores de poder componentes de la sociedad, mucho más que la celebración de cientos de misas por separado y muchísimo más que cualquier acto piadoso o contemplativo individual y privado, aunque esto último esté más acorde a las enseñanzas evangélicas.
Hubiese sido bueno y hasta profético exaltar el espíritu de tanta “iglesia peregrina” al recordar a los mejores testigos de su comunidad. Lamentablemente es de intuirse que ni una ínfima parte de esta feligresía rezó una sola plegaria por la memoria de sus mártires, como por ejemplo lo fue el obispo Ponce de León, mientras que la mayoría ignorará siquiera quién fue, al igual que su pastoral.
Cuando en abril de 2008 quien escribe le preguntó a la señora que vende los bonos contribución para el todavía inconcluso templo de la Virgen (además del voluminoso libro de “mensajes del 83 al 90” que en su cuarta edición cuenta con más de 680 páginas, entre muchos otros sobre el mismo tema) sobre si tenía material escrito sobre el obispo Ponce de León, ésta respondió que “no conocía a ese señor”, indicándome que averigüe en el centro de difusión del santuario. En esta enorme librería (atestada de toda la bijouterie de la Virgen que uno se pueda imaginar; incluidas esas botellas con una imagen de la Virgen más ancha que el pico de aquella, al estilo de esas otras con fragatas dentro que tanto me fascinan) dijeron tampoco conocer a su mártir obispo.
Recordemos entonces que el Padre Obispo Carlos Ponce de León fue asesinado por la dictadura militar en un fingido accidente automovilístico el 11 de julio de 1977, cuando llevaba consigo varias carpetas hacia la Nunciatura Apostólica de Buenos Aires con documentación sobre la represión ilegal ocurrida desde marzo de 1976 hasta esa fecha en las zonas de San Nicolás y Villa Constitución.
Mons. Carlos Ponce de León
Desde 1966, la pastoral en San Nicolás del Obispo estuvo encarnada en los sueños, la vida cotidiana y los problemas de las populosas barriadas de trabajadores de SOMISA y en el apoyo a los sectores que trabajaban junto a los obreros para lograr una conciencia propia y el camino para su liberación. Fundó Cáritas Diocesana, creó 16 nuevas parroquias y varias vicarías en los barrios; inició la Escuela Diocesana de Servicio Social y puso en marcha un Plan Pastoral Diocesano que, entre otras cosas, acercó sacerdotes, religiosas y laicos especialmente preparados para la promoción social a los sectores marginados.
Nada de esto -ni de ningún otro verdadero testimonio evangélico- dieron cuenta las voces oficiales. Mucho se comentó y con mucha sapiencia sobre las “revelaciones” de esta verborrágica Virgen capaz de llenar libros con anexos. Quizás se habló de su larga lista de curaciones milagrosas; aunque ninguna comprobadas con pruebas suficientes para ser acreedoras de la categoría vaticana de “milagro”.
Tampoco se han detenido a difundir todo el mercadeo que se mueve alrededor del fenómeno, a partir de los millares de devotos que concurren. Porque si hay algo que representa todo esto es poder político, religioso y muy especialmente económico.
A partir de 1986 la Iglesia nicoleña montó una adecuada organización para atender las “necesidades” de los fieles. En sus comienzos, los vendedores callejeros de “bijouterie” de la Virgen se los obligó a vender mercadería de un solo proveedor designado por la Iglesia. Los vendedores ambulantes inscriptos en la municipalidad nicoleña llegaron a 200 pero se calcula en más de 1000 los irregulares. Las ganancias de esta gente el día 25 podía llegar al equivalente a dos quincenas de SOMISA (menos mal que no andaba por el campito aquel nazareno que expulsaba a los mercaderes del templo...). En la actualidad, una simpática y muy bonita vendedora de los puestos de calle Sarmiento al 300 consultada por este humilde escriba, señaló que quedarán unos 80 puestos por fuera del santuario habilitados por la municipalidad cuya tarifa varía conforme la proximidad a la entrada del campito y que muchos compran los múltiples artículos a un mayorista local, aunque también los hay quienes adquieren mayores volúmenes en Buenos Aires, pero que “el negocio ya no es lo que era antes...”
Pero la tajada mayor la llevaba la propia diócesis de San Nicolás. En la época en que se requería mayor dinero para la construcción del templo -que se calculaba hasta hace diez años en más de diez millones de dólares, equivalente a 500 viviendas para familias de escasos recursos- las donaciones se solicitaban en todos los puntos del circuito de los peregrinos: en la Catedral, en el Centro de Difusión Mariano, en la Casa del Peregrino y en el entonces “Campito”. A los devotos lejanos se les proporcionaba listado de bancos donde efectuar depósitos y se los invitaba a convertirse en “contribuyentes” fijos mensuales con un aporte no menor a 2 dólares (acá no sabemos lo que hubiera hecho aquel nazareno porque no hay referencias bíblicas a cuestiones financieras...) Todo esto con la imposibilidad de cualquier mecanismo de control sobre esos fondos que manejó el clero nicoleño, por lo que las donaciones pudieron ser 15; 20; 25... millones de dólares y los gastos inciertos. Hoy se pueden adquirir bonos de diferentes montos desde los $10 y las donaciones se pueden canalizar por los bancos Bisel, Galicia, Nación Argentina o Provincia de Buenos Aires.
¡Curioso pedido de la Virgen para la construcción de un costoso santuario al empobrecido pueblo nicoleño, y dentro del país en el que morían de hambre 80 chicos por día!
Pero para la pastoral comprometida de Ponce de León de los 60/70, o para las 8000 iglesias de carne y hueso despedidas de SOMISA en 1991 no hubo revelación divina que oblara dinero.
Del sueño colectivo de una sociedad más justa se pasó a las soluciones milagrosas e individuales, al silencio, al olvido y a la narcotización del pueblo creyente manipulando el legítimo culto a María para vaciarlo de contenido, lejos del Evangelio de Jesús.
Años atrás, un frenético locutor gritaba por unos micrófonos que"evidenciaran el profundo amor a María aplaudiendo, agitando pañuelos blancos y vivando a los gritos su figura” (?), y que “se le tiraran flores a la Virgen” (suponemos que se referiría a su imagen) justamente en una ciudad en donde hay niños, semejantes al del pesebre de Belén, que están desnutridos y en donde una rosa se paga igual que un kilo de pan. En el mismo acto pero por otro lado, un señor obispo daba "mensajes de esperanzas" pidiendo a la Virgen "prosperidad espiritual y material, que no falte trabajo ... que crezca la convivencia amistosa y que la solidaridad lleve a todos a vivir en la justicia y el amor ... que enseñe a preservar los auténticos valores humanos ... y el amar a nuestro país”; etc, etc, etc.
Pero claro, cualquier denuncia profética sobre las injusticias que crucifican a diario a miles de hermanos en el altar de la sociedad de consumo y el egoísmo -las cuales conspiran frontalmente contra el Reino de Dios- estuvieron y están siempre ausentes.
Para la misma fecha pero de 1986, el vicario general Roberto Mancuso -el mismo que jamás reclamó las carpetas que llevaba el obispo Ponce de León y robaron sus asesinos- encabezaba la primera procesión hacia el campito. Mientras el Vaticano investigaba los “milagros de San Nicolás” -fastidiados por el excesivo tiempo que duraban las revelaciones-; “olvidaban” pedir el esclarecimiento del martirio del Obispo.
Todo esto da como amarga sensación que desde la jerarquía se fomenta el olvido, el silencio y una religiosidad en la que preferentemente se practican devociones, conversiones en masa y todo lo mágico que deja de lado la vida, pasión y muerte de Jesucristo, para ir detrás de la sanidad o de cualquier otro bien individual, agotando allí la fe. Se está enseñando a mamar las bendiciones como único fin, en vez de tener el Evangelio permanentemente abierto, predicarlo y practicarlo.
Exactamente al revés que el mensaje de Jesús. Las conversiones son inherentes a la intimidad de las personas, por lo tanto individuales; mientras que el proyecto del Reino de Dios es un plan comunitario, o sea colectivo.
La fe es un don que Dios nos da individualmente por lo menos una vez en la vida; es embargante porque implica a cambio un compromiso en cumplir su voluntad para que ésta madure y crezca; y es de orden personal y privado entre Dios y cada hombre.
Ese regocijo grupal que sienten los peregrinos y manifestantes no es un símbolo de fe, como no lo eran las peregrinaciones de los cruzados o las manifestaciones de la Inquisición, salvando todas las distancias. No por lo menos con respecto la fe en el Dios de Jesús. El único símbolo valedero y validante es el ejemplo de una vida de cumplimiento de la voluntad del Padre en el amor al prójimo. Sería mucho más gustoso a Dios si tanta energía y sacrificio físico hubiese sido empleado en ayudar a la promoción social de los que no están en una condición resuelta. Las mortificaciones sin contenido son prácticas del medioevo. Gracias a Dios la teología ha avanzado y los tormentos con flagelaciones de látigos en la espalda, los desgarros con cilicio en la piel y demás barbaridades que profanaban el cuerpo humano -templo del Espíritu Santo y donde late Cristo por la gracia del bautismo- han dejado de ser creídas como agradables a Dios. Hasta el ayuno, si no se lo completa con dar lo que uno no consume al hermano necesitado, deja de tener sentido cristiano y pasa a ser un simple régimen para bajar de peso...
Lo que salva y santifica no son los rosarios benditos colgados en el pecho, ni las cruces, ni las imágenes, ni el agua bendita, ni las estatuas o estampitas, ni las velas, ni las procesiones; sino el amor al prójimo y la opción por los empobrecidos, por su verdad, por su justicia y por su liberación. Sin esta opción, como explica el teólogo José María Vigil, no se es cristiano aunque así se declame, tal es la radicalidad del Evangelio de Cristo. Pretender lo contrario significa desconocer a Jesús.

Pero entonces, si esto que escribimos es correcto, ¿cómo es posible que la Virgen María avale todas estas espiritualidades milagreras con su presencia?
Quizás el sacerdote Ariel Álvarez Valdez nos ayude a comprender estas cuestiones:
Lo primero que hay que decir es que María no aparece, no ha aparecido ni aparecerá jamás. Hace muchos siglos que la teología católica ha definido que María ha muerto y habita con un cuerpo glorificado en la casa del Padre. De ese lugar no se puede regresar físicamente, ni entrar en contacto corporal con los vivos, ni comunicarse sensiblemente. El mundo de los vivos y de los muertos son de especies distintas. En el antiguo testamento queda claro este dogma (Sal 39, 14 ; Job 10, 21-22; 2º Sam 14, 14; 12, 22-23; Dan 12, 2; 2º Mac 7, 9; 7, 36; Sap 16, 14) y se condena severamente todo intento de comunicación por ser “abominables a Dios” (Lev 20, 27; Deut 18, 11-12); repitiéndose este dogma en el nuevo testamento (Lc. 16, 19-31).
La “aparición” nos remite a un fenómeno físico objetivo, que se produce fuera de nosotros y por lo tanto no depende de quien lo capta sino de quien lo presenta. Alguien “aparece” si mostrándose en un lugar su presencia física es percibida por todos los que están allí. Depende del que se presenta, no de los otros que lo ven, escuchan y tocan.
Ahora bien, la “visión” sí es un fenómeno emocional subjetivo, que se produce dentro de nosotros y entonces sí depende de la persona que la tiene.
Esto es lo máximo que la Iglesia puede aceptar sin contradecir las escrituras.
Cuando Bernadette tuvo la visión de María en Lourdes (Francia, 1858), las 18 veces que repitió la experiencia, sólo ella la “veía” aunque estaban presentes muchas otras personas. En La Salette (Francia, 1846), a pesar de la muchedumbre presente, sólo dos pastorcitos de 11 y 14 años “vieron” a “la Señora”. Otro tanto ocurrió en Fátima (Portugal, 1917), con los tres pastorcitos de 8; 9 y 10 años que “vieron” a la Virgen en seis oportunidades y les reveló “tres mensajes secretos”. Y aunque el último día cientos de personas aseguraron haber visto el sol girar, eso sólo demuestra el caso de las “visiones colectivas”, ya que en ciudades y países vecinos no se vio esto y, además, de haber ocurrido real y físicamente hubiese sido una catástrofe cósmica...
La Iglesia sostiene que estas visiones efectivamente pueden provenir de Dios pero lo cierto es que contempla la posibilidad cierta de que sean simples delirios, ilusiones, o desvaríos de las personas que las experimentas; tal es así que no se pronuncia en el 90% de los casos. Visiones como la de la Medalla Milagrosa a Catalina Laburé (París 1803), que tantos devotos tiene hasta nuestros días, nunca ha sido aprobada oficialmente.
Por esto es que el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica (1993) dice que no todo el que dice recibir revelaciones sobrenaturales las recibe realmente ni vienen de Dios y que ninguna de estas revelaciones (privadas) pertenecen al depósito de la fe; como sí pertenecen y son obligatorias e imprescindibles para la vida del cristiano las revelaciones contenidas en la Biblia (públicas). También que se da como obligación moral para todo católico, con la ayuda del magisterio de la Iglesia, el “discernir” las auténticas de las que no lo son, sin esperar que sobre cada “revelación” que circula se expida la jerarquía de la Iglesia. (Nº 67)

Lo segundo que podríamos señalar es que estas revelaciones privadas, en el caso de que sean auténticas, tienen como finalidad la santificación del vidente, no la de los demás. Es éste el que la debe meditar, convertirse, cambiar su vida y comprometerse a vivir lo que le piden en el mensaje y recién ahí, con el ejemplo, extenderlo a los demás. Pero no proponiéndolo y mucho menos obligando a los demás a creer en el mensaje, que por ser privado no se adapta a la espiritualidad de todo el pueblo de Dios. Por eso, cuando alguna “revelación” conlleva la orden de ser difundida y obedecida por todos, es muy poco probable que sea auténtica.

La tercera acotación a hacer es que cuando el Papa o un Obispo (si fuera de emergencia) aprueban una manifestación mariana, lo que se está aprobando es una devoción, o sea un culto, el “rezo” bajo una determinada forma. No significa que se aprueben la visión ni los mensajes. La Iglesia cuando acepta la devoción no confirma con esto la revelación que la originó. Las devociones (rezos) no hacen mal a nadie y por el contrario ayudan y preparan espiritualmente para la misión cristiana en el mundo que es el amar al prójimo en sus múltiples requerimientos y formas, dando testimonio de la verdad y la justicia en la opción por los empobrecidos y exponiéndose a los riesgos que esto conlleva. En cambio, las revelaciones particulares (en el mejor caso de que sean verdaderas) responden a la espiritualidad del que la recibe y pueden, de ser imaginadas más allá de la buena fe del vidente, deslizar errores de dogma a veces muy graves.
Existe una devoción paradigmática sobre esto, aceptada por la Iglesia, y es la de la Virgen del Loreto. Es la patrona de la aviación y es muy festejada en Santiago del Estero, Argentina. Cuando en el siglo XIII los cristianos no pudieron peregrinar más a Tierra Santa para visitar los santuarios cristianos, por estar en manos de los musulmanes, en Loreto (Italia) comenzó a venerarse una casita que decían era de María de cuando vivía en Nazaret y que los ángeles la habían traído volando desde Galilea (por eso es la patrona de la aviación). El Papa Sixto V aprobó esta devoción, pero por eso no quiere decir que sus “revelaciones“ hayan sido aprobadas. Y lo acertado que ha sido ya que, según los últimos estudios arqueológicos, “la casita” ni siquiera corresponde al tipo de edificación palestina, por no hablar ya del “vuelo”; por lo tanto no es objeto de fe. Lo mismo sucede con las demás devociones.
Existe algo que el creyente debe tener en cuenta para ponderar una revelación que es determinante al momento de tenerla por verdadera o falsa: la revelación privada nunca puede contradecir a la revelación pública.
Entonces, si María tiene un rol protagónico hasta relegar a Jesucristo a un segundo plano; si reclama una atención exclusiva hacia su persona (como las “revelaciones” del sacerdote Esteban Gobbi del movimiento sacerdotal mariano, que según éstas le piden “dejarse poseer para que sea la Madre quien actúe y obre en él”; cuando las escrituras nos revelan que es Dios el que posee y habita). Cuando dice que sean“sacerdotes de ella”; y en las escrituras dicen que los sacerdotes son de Jesús. Cuando el mensaje dice que el último grito de Jesús en la cruz fue“¡Mamá!” , siendo que la Biblia dice que invocó al Padre; entonces tenemos una Virgen que es el centro de atención en franca oposición a la de los Evangelios donde se muestra prudente, mesurada, discreta y en un segundo plano con respecto a Jesús.
Si tiene una locuacidad capaz de llenar libros enteros con sus profecías y vaticinios. Si posee una verborragia desconocida en el Nuevo Testamento en el que sólo dos evangelistas ponen palabras en su boca, seis frases en total. Además, es “su” palabra la que importa y la que debe ser escuchada -como en San Nicolás- donde según la “vidente” el mismísimo Jesús le habría dicho que “si esta generación no escucha a mi madre perecerá. Pido al mundo que lo haga” (curiosa petición, contraria a las enseñanzas de las bodas de Caná, donde es María la que pide que se escuche a su Hijo).
Si María tiene visiones lúgubres, tétricas, sombrías. Anuncia catástrofes, desgracias, promete castigos, se muestra pesimista, depresiva, amargada, ve todo negro y sin esperanzas y la única salida que vislumbra es la destrucción del mundo mediante cataclismos y catástrofes; como en el famoso secreto de La Salette que habla sobre que ”Dios va a castigar al mundo de una manera jamás vista, nadie podrá escapar a su cólera, la sangre correrá por todos lados, las iglesias serán profanadas, los sacerdotes muertos cruelmente, el demonio tendrá sus iglesias y todo el universo gemirá de terror, etc...”; cuando las escrituras nos enseñan a María como una mujer de esperanza, optimismo, alegría, que medita serenamente aun en los momentos difíciles de su vida y tiene confianza en el futuro.
Y si, y lo que es más grave, contradice abiertamente las palabras de Jesús contenidas en la Biblia porque: a) cuando Jesús repite que “no tengan miedo” (Lc 5,10; 12,7; Mt 14,27; 17,7; 28,5; 28,10; Jn 14,27; Ap 1,17) María parece que busca aterrorizarnos. b) cuando Jesús nunca dio una fecha del fin del mundo, ni siquiera aproximada (Mc 13,33-37; Mt 24,42-44; Lc 12, 37-40) María amenaza que el fin del mundo está próximo y en algunos mensajes ha llegado a anunciar fechas, que por supuesto se vencieron... c) cuando Jesús enseñó que Dios está al lado de todos los hombres, sean santos o pecadores, y que derrama su bendición para todo el mundo (Mt 5,45) María promete únicamente bendecir a los buenos y estar al lado de los que rezan el rosario y la invocan. d) cuando Jesús nunca dijo que se salvarían únicamente los que amen a Dios, reconociendo que es posible salvarse sin conocerlo siempre que se ame al prójimo, pues todo eso le es agradable (Mt 25,40) y es reafirmado por la Iglesia Católica en el Concilio Vaticano II (sobre la salvación de los ateos); María afirma que sólo se salvarán los que tienen fe en Dios y la amen a ella... e) cuando Jesús nunca afirmó que por practicar algún rito o devoción los cristianos ganarían el cielo sino con el amor y el servicio al prójimo (Mt 25,31-46; Mc 10,17-22; Jn 13,33) o sea que cumpliendo la voluntad del Padre es que seremos salvos; María advierte en ciertos mensajes que hay que tener agua bendita, velas consagradas, rezar el rosario y tener imágenes de ella y Jesús; y f) cuando la Biblia enseña que la idea de salvar a la humanidad es de Dios y que a Él pertenece el plan salvífico (Ap 7,10; 12,10; 19,1; Tito 1,3; 2,10); María en algunos mensajes nos advierte que Dios quiere poco menos que reventarnos, destruir el mundo, aniquilar la especie humana y ella “detiene” su brazo castigador; con lo cual sus devotos en vez de buscar protección en Dios deben buscar, en María, ¡protección contra Dios!!!; cuando el mismo Dios en su alianza con Noé, después del diluvio, promete que no volverá a destruir a los pecadores con desastres (Gen 9,8-11), Jesús enseña en la parábola del hijo pródigo (Lc 15, 11-24) que Dios no castiga al pecador en esta vida sino que le tiene paciencia hasta el final; o en la parábola del trigo y la cizaña (Mt 13, 24-30) enseña que Dios no arrancará nunca por la fuerza el mal del mundo, ni que convertirá a los hombres por el terror, sino que esperará hasta el final de los tiempos, ¿será la más perfecta discípula y esclava de Dios la que cambió repentinamente de actitud y lo desafía y contradice?
Esto ya es demasiado...

Cuando observamos con un mínimo de atención estas “revelaciones” no las podemos tomar en serio por incoherentes y ridículas. Sin juzgar la buena fe o no de quien cree recibirlas, claramente tienen una imagen distorsionada de Dios, de Jesús, de María y no podemos dejar de atribuir semejantes disparates a los deseos religiosos reprimidos, a traumas, rencores, miedos, resentimientos, histerias, psicosis o algún otro trastorno mental del “vidente”. Como dijo Santa Teresa de Jesús (+1582) a sus monjas: “no hagan tanto ayuno, coman bien y duerman mejor, y dejarán de tener visiones...”
Hasta el propio Papa Pablo VI en su famosa alocución de 1964 tuvo que salir a advertir sobre estas enormes desviaciones en la fe católica: “algunos piensan con ingenua mentalidad que la Virgen es más misericordiosa que Dios, y sostienen con espíritu infantil que Dios es más severo que la Ley y que necesitamos recurrir a la Virgen porque de lo contrario el Padre nos castigaría, cuando la fuente de toda bondad es Dios”!!!
La verdadera devoción a María sólo puede ser aceptada si nos acerca más a Dios, no si lo reemplaza.
En la catequesis del Papa Juan Pablo II (3/1/96), con respecto a este tema y citando a Lucas 11,28, recordaba cómo una mujer del pueblo le dijo a Jesús: “felices el seno que te llevó y los pechos que te criaron” a lo que Jesús contesta: “felices más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan”, por lo que queda claro que la madre de Jesús es digna de toda alabanza, no por razones biológicas, sino por escuchar y poner en práctica la Palabra de Dios; o sea, por su total referencia y sumisión. Y es el mismo Papa quien exhorta a teólogos y predicadores a no excederse en ninguna falsa exageración que pretenda extender a María las cualidades y atributos de Jesús (como así todos los carismas de la Iglesia), que por ser Hijo de Dios tiene una naturaleza divina, cuando la naturaleza de María es humana, por la “infinita diferencia existente” entre ambos.
Colocar a María en el mismo nivel que Jesús sería una grave desviación.

Una palabra sobre los “milagros”, prodigios sobre imágenes de María que lloran sangre o transpiran, los estigmas y cosas por el estilo.
Aquí hay que puntualizar que en las últimas décadas del siglo XX, y en lo que va del presente, la Iglesia no ha admitido hechos milagrosos. De la anacrónica definición de San Agustín del siglo IV en donde un milagro es“un fenómeno donde se produce un efecto con independencia de la causa, de la cual quiso Dios que dependiera, según la común y ordinaria condición de las cosas” -y a partir del insalvable escollo que representa la ciencia moderna desenmascarando tanta ignorancia y superstición presentada como “milagro”, por lo que fue sigilosamente sepultada después del Concilio Vaticano II- se pasó a la definición el Colegio Episcopal Holandés que propusieron una nueva definición de milagro diciendo “nada nos obliga a considerar los milagros como una intervención arbitraria y extraña de Dios, como si Dios impidiera el curso de su propia creación. Lo más propio es decir que el milagro hace al hombre consciente de que ignora lo que puede pasar en él mismo y en el mundo”.
Finalmente, El 25 de enero de 1983, el Papa Juan Pablo II promulgó el vigente Código de Derecho Canónico, donde toda referencia a milagros fue suprimida.

Como ya dijimos, María ha muerto y su cuerpo glorificado mora en un lugar del que no se puede entrar en contacto físico con los vivos. Si sobre una imagen se hallara sangre, lágrimas o cualquier otro líquido humano se debe dar por seguro que no son de la Virgen. Se confirma esto con los análisis de los que se han hallado, los cuales tienen diferentes grupos, factores y hasta pertenecen a diferentes sexos.
¿Pero cómo puede ser esto posible entonces?
La mente humana tiene una propiedad llamada “proyección hemática” la cual consiste en que, bajo los efectos de una neurosis o histeria, ciertas personas pueden extraer de su cuerpo sangre, lágrimas u otros humores y proyectarlos sobre un objeto físico del que tienen especial fijación.
Un caso algo similar pasa con los estigmas. Bajo ciertas circunstancias emocionales, existe un mecanismo que lleva sangre en abundancia hacia los capilares y nos hace sonrojar; o la retira, haciéndonos palidecer. Todo esto es gobernado por la mente que somatiza al cuerpo. Cuando éstos son llevados a extremos excitados por una sugestión inconsciente, generalmente de naturaleza histérica, puede producir heridas sangrantes o “llagas”. Este fenómeno se llama “dermografía” y se encuentra en personas que son sugestionables a partir de largas horas de contemplación frente a crucifijos, centrando el pensamiento en ellos, mal comidos, mal dormidos, mortificados, pidiendo a Dios identificarse con la pasión de Jesús. Así es como somatizan sus deseos y adquieren las “llagas de Cristo” que tendrán forma circulares, de tajos, de media caña o forma de crucifijos en forma de cruz latina o de Y griega, según sea la forma del objeto que están contemplando; como se ha comprobado a partir de estos “llagados”. Quizás el más famoso fue el primero del que se tiene referencia, San Francisco de Asís, quien en 1224 con los brazos en cruz y mirando hacia el oriente se le provocaron los estigmas. Vale aclarar que se lo consagró santo por sus obras a favor de los pobres y por la oposición al poder que los empobrecía, incluido el eclesial. Fue santo a pesar de sus estigmas, no por ellos. De hecho, la gran mayoría de los “estigmatizados” no están declarados santos.
Dios no tortura ni gusta de mandar tormentos a nadie. Esta experiencia tan dolorosa jamás puede venir del Dios del amor revelado por Jesús.

Para finalizar, hay que puntualizar que es una ofensa gratuita a la Santísima Trinidad y a la Virgen María atribuirle las barbaridades que contienen muchas de estas supuestas “revelaciones”. Es el deber de todo católico, su obligación moral y amorosa con respecto a María, no permitir que estas desviaciones sean asumidas por los fieles menos informados. No se debe permitir que la terminen injuriando, rebajando, denigrando, atribuyéndole textos que, lejos de mostrar su grandeza y su ejemplo, resultan ofensivos y agraviantes para su persona y que nada tienen que ver con la religión de Jesús.
Y en esto tiene un rol fundamental la jerarquía de la Iglesia, que inexplicablemente pareciera agradarle el ocultar toda esta teología sobre las devociones marianas.
Ojalá que no nos lleve demasiado tiempo el poder adorar a Dios “en espíritu y en verdad” tal cual nos enseñaron y nos piden las escrituras, que junto a la tradición y al magisterio de la iglesia son las únicas fuentes de revelación depositarias de la fe.
Como siempre, depende sólo de nosotros.