El 31 de agosto dio comienzo el juzgamiento a responsables de crímenes de lesa humanidad en la ciudad de Rosario.
En esta instancia cinco represores, ex integrantes del Segundo Cuerpo de Ejército, responsables de lo perpetrado en los centros clandestinos de detención están siendo juzgados por los delitos de secuestro y torturas cometidos contra 29 personas, y los homicidios de 17 de ellos, quienes hasta hoy sus cuerpos continúan desaparecidos. Además, por el caso de una de las detenidas que estaba embarazada de mellizos, esos mismos represores están procesados por el delito de “apropiación de menores” en la Justicia Federal de Entre Ríos. Declararán en este juicio alrededor de 90 testigos. El juicio durará unos cuatro meses.
Pero no sólo los que ejecutan actos de muerte son los proveedores de la misma.
Las más de las veces, sólo son el cuchillo que desgarra la carne y el espíritu como extensión de la voluntad que planifica y justifica.
No se acaba en las fuerzas armadas y de seguridad la responsabilidad sobre tantas muertes. Los colaboradores civiles, especialmente los responsables de las empresas cómplices que financiaron a la dictadura, también merecen la condena de la sociedad con nombres y apellidos de personas y “razón social”.
Y los obispos, orgánicamente como pastores destinados a guiar al Pueblo de Dios, les corresponde institucionalmente más que a nadie la misma condena, tanto social como eclesiástica. Por gravísimos pecados de acción u omisión, por complicidad con el golpe de estado y su posterior proceso, por la justificación ideológica del victimario, por no proteger como Iglesia institución a sus hijos, negarlos y abandonarlos, escribiendo así la página más negra y vergonzosa del Episcopado Argentino.
Sería canonicamente correcto, que con una solidaridad intergeneracional con sus hermanos obispos del pasado, el Episcopado actual hiciese un mea culpa serio como lo hiciera Juan Pablo II por toda la Iglesia Católica en el Jubileo por el fin de milenio; por “los pecados de la iglesia como las cruzadas, la persecución de los judíos, la condena a Galileo, las guerras de religión, la opresión de los indígenas americanos, la violencia de la Inquisición, el integrismo, el enfrentamiento con el Islam, la pasividad ante el nazismo, el racismo, la trata de esclavos, la marginación de la mujer y la aceptación de las dictaduras que vulneraron derechos humanos”.
No alcanza con el acto penitencial del Encuentro Eucarístico Nacional con motivo del Jubileo del Año 2000, en donde la Iglesia en Argentina confesara "sus culpas" en una "petición de perdón” por los que se confesaron los ambiguos "pecados contra la unidad, contra el servicio a la verdad, contra el Evangelio de la vida, contra la dignidad humana, contra los derechos humanos, contra la integridad de la persona en el conjunto de la vida social, contra el respeto a las culturas y etnias y contra el espíritu de renovación del Concilio Vaticano II". La lista quedó “algo” incompleta al no mencionar explícitamente la complicidad de una enorme porción de la Jerarquía con la dictadura militar y así haber ofendido gravemente a cada iglesia viva de carne y hueso torturada y asesinada; profanando cada cuerpo; o sea, cada templo del Espíritu Santo donde palpitaba Cristo por la gracia del bautismo.
En conceptos del biblista y sacerdote Eduardo de la Serna también faltó reconocer culpas “a los crímenes económicos, a los `hijos de la Iglesia´ que explotan a sus hermanos, los `desocupan´, o someten a modernas esclavitudes, faltó referencia a la clara defensa de sistemas crueles y perversos como el actual neoliberal, o la defensa clara del sistema democrático; faltó referencia a la deuda externa, a los niños secuestrados o nacidos en cautiverio y apropiados por los secuestradores, y a la denuncia de este `pecado atroz´ que es mantenerlos en la situación de mentira, secuestro y como verdadero `botín de guerra´”
Nuestro Episcopado junto al resto de la comunidad tendría que condenar públicamente la negación de sus mártires. Por haber aceptado como accidentes los asesinatos del obispo de La Rioja, Enrique Angelelli, y el de San Nicolás, Carlos Ponce de León, y hasta hoy nunca haber rectificado, ni haber pedido el esclarecimiento y mucho menos el que se haga justicia con sus muertes.
Por haber ignorado el atentado que a la postre le costaría la vida al obispo de Santa Fe, Vicente Faustino Zazpe y conjurarse para dejarlo en soledad, sólo porque se comprometió, vivió y defendió el Evangelio de Cristo.
Por haber aceptado la impunidad y hasta hoy no haber reclamado esclarecimiento ni justicia de los bestiales asesinatos de los sacerdotes del Chamical, padres Gabriel Longuevill y Carlos de Dios Murias; por los asesinatos de los padres palotinos, Alfredo Leaden, Pedro Duffeau y Alfredo Kelly, y de sus seminaristas Salvador Barbeito y Emilio Barletti.
Por haber callado y hasta el día de hoy no haber exigido el esclarecimiento y justicia por los secuestros, torturas y asesinatos de sus hermanos sacerdotes, Padre de la Fraternidad Pablo Gazarri, Padre Fourcade, Padre salesiano Mauricio Silva.
Por haber callado y hasta el día de hoy no exigir el esclarecimiento y justicia de los secuestros, torturas y asesinatos de los ex seminaristas Héctor Baccini y Juan Isla Casares, por el de los pastores protestantes Víctor Boinchenko y Mauricio López, por el de las religiosas francesas Alice Domon y Léonie Duquet.
Por callar en el secuestro y torturas de nuestros hermanos Padre asuncionista Jorge Adur, Padre franciscano Carlos Bustos, religioso Hugo Corsiglia, Padre Jorge Galli, religioso Luis Grerván, Padres Jesuitas Orlando Yorio y Padre Francisco Jalic, religiosos y seminaristas asuncionistas Raúl Rodríguez y Carlos Di Pietro, Padre Nelio Rougier, Padre Patrick Rice, Hermano de la Fraternidad Henri de Solan, Padre James Weeks, Hermano de La Salle Julio San Cristóbal.
Por el de los militantes cristianos de movimientos juveniles, obreros o catequistas, Juan Isla Casares, Estela Sarmiento, Daniel Esquivel, Elizabet Käsemann, José Tedeschi, Mónica Mignone, Francisco Blato, Alejandro Sackman, Esteban Garat, Valeria Dixon de Garat, Adriana Landaburu, Marcos Cirilo, Patricia Dixon, Juan Sforza, José Serapio Palacios, Jorge Congett, Roque Álvarez, Ignacio Beltrán, Roque Macán, Fernanda Noguer, Mónica Quinteiro, María Vázquez, Roberto Van Gelderen, César Lugones, Roberto Abad, los compañeros de la villa 1-11-14 y tantos otros... Por haber callado y hasta el día de hoy no exigir el esclarecimiento y justicia de los secuestros, torturas, asesinatos y desapariciones de miles de Cristos negados mucho más que tres veces...
Se debe condenar institucional y comunitariamente las homilías, declaraciones y frases escandalosas de sus hermanos obispos del pasado reciente, especialmente los vicarios y capellanes castrenses:
“La misión de las FFAA es la del Dios de los Ejércitos bíblicos (...). Se avecina un baño de sangre para redimir a la nación” (Mons. Victorio Bonamín, 29 de diciembre de 1975, Plaza Hotel). “Esta lucha es una lucha por la República Argentina, por su integridad, pero también por sus altares (...). Por ello, pido la protección divina en esta guerra sucia en la que estamos empeñados.” (Vicario Castrense Mons. Victorio Bonamín, octubre de 1976). “El golpe de estado fue un acto de la providencia y con el tiempo se afianzará que fue obra de Dios” (24 de marzo de 1982, declaración a periodistas, Vicario Castrense Mons. Victorio Bonamín).
“Insto a cooperar positivamente con el nuevo gobierno a fin de restaurar definitivamente el auténtico espíritu nacional y una convivencia que no puede soslayarse con palabras sino que deben enfatizarse con los hechos” (Arzobispo de Paraná, Vicario castrense y Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, Adolfo Tortolo, el 24 de marzo de 1976 en la sede del Episcopado). “Las fuerzas armadas, aceptando la responsabilidad tan grave y seria de esta hora, cumplen con su deber” (Mons. Tortolo, declaración a periodistas, 1977)
“Algunas veces la represión física es necesaria, es obligatoria y, como tal, lícita” (último Vicario Castrense durante la dictadura militar, Mons. Medina, abril de 1982).
Podrían seguir condenando con la radicalidad que nos enseñó Jesús de Nazaret como condición necesaria que habilite una verdadera reconciliación, el haber legitimado ideológicamente el golpe militar:
Aquel Episcopado Argentino dio como supuesto que el país vivía "circunstancias excepcionales y de extraordinario peligro para el ser nacional", que "ha habido desde hace años en nuestro país un accionar de las fuerzas del mal", que se ha "desatado contra la Argentina una campaña internacional" (Carta a la Junta Militar, 17 de marzo de 1977). De esa manera no sólo se legitimaba el golpe, sino también la desinformación que hacía la Junta Militar en relación con la defensa en favor de los derechos humanos que se llevaba a cabo en ámbitos internacionales como la de "Amnesty International", el “Consejo Mundial de Iglesias” y el “Tribunal de los Pueblos”.
La legitimación de la dictadura militar se realizó a veces con una claridad que asombraba: "comprendemos también muy claramente que las excepcionales circunstancias por las que ha atravesado el país exigían una autoridad firme y un ejercicio severo" (Promemoria, 26 de noviembre de 1977). El decreto de la Junta Militar decía: "Las condiciones excepcionales que vivía el país durante el período de la agresión terrorista hicieron que los elementos esenciales del Estado fueran afectados en niveles que dificultaban su supervivencia". El paralelismo de ambos discursos es evidente y jamás hubo una rectificación ni una condena a esto.
En la legitimación episcopal del documento de la junta militar argentina sobre los desaparecidos aquellos obispos señalaban que "si bien es cierto que el gobierno nacional ha declarado y publicado la situación de muchos; y que la ley 22.068 regula la ausencia con presunción de fallecimiento; sin embargo todavía subsiste el problema de personas desaparecidas, sea por la subversión o por la represión, o también por libre determinación" (Declaración de la Comisión Permanente, 14 de diciembre, 1979). De esa manera aquel Episcopado reconocía una buena voluntad y pasos positivos dados por la Junta Militar para solucionar el problema de los desaparecidos “por la subversión, por la represión o por libre determinación”. Esto es absolutamente falso. No hay desaparecidos por la subversión o por libre determinación. Los obispos no pueden presentar esos casos. Con esa clasificación de los desaparecidos apuntalaron la tesis militar al respecto y en 25 años jamás hubo rectificación.
No en vano, basándose en esto, el 28 de abril los militares argentinos dieron a conocer por radio y televisión, a todo el país, el "Documento final de la Junta Militar" donde pueden afirmar a partir de aquellos obispos que "muchas de las desapariciones son consecuencia de la manera de operar de los terroristas... Los familiares denuncian una desaparición cuya causa no se explica, o, conociéndola, no quieren explicarla". Vuelve a aparecer el paralelismo entre ambos discursos.
El Episcopado pide a las autoridades que tengan una "actitud más comprensiva ante quienes sufren la desaparición de seres muy queridos" (Declaración de la Comisión Permanente, 14 de diciembre de 1979), con lo cual dan como un hecho que la actitud de la dictadura era comprensiva. Simplemente era cuestión de profundizarla.
Dicen los obispos que "crean una desconfianza general y destruyen profundamente el tejido social, aquellos que instrumentan la tragedia y el dolor de otros para fines inconfesados” (Pastoral del 3 de mayo de 1980). Este es el lenguaje de la Junta Militar utilizado primero por el Episcopado. Como antes habló de las "fuerzas del mal", para referirse a las luchas contra la dictadura y se refirió a una campaña internacional en contra de la Argentina, ahora habla de "fines inconfesados"; para referirse simplemente a los que, al movilizar la opinión pública en favor de la aparición con vida de los desaparecidos, con la constitución bajo el brazo que insta a defender la democracia, quieren también terminar con la dictadura militar que ensangrentó al país. Como un eco de las afirmaciones episcopales, dice el documento de la Junta Militar; "Es el tema de los desaparecidos... el que con mayor insidia se emplea para sorprender la buena fe de quienes no conocieron ni vivieron los hechos que nos llevaron a esa situación límite”.
Tendrían que seguir pidiendo condena póstuma de aquel episcopado por presentar de forma atroz el tema de la reconciliación en el documento impulsado por Mons. Quarracino "En la hora actual del país" (26 de abril de 1983) a favor de una “Ley del Olvido”.
Se había afirmado antes que "un pueblo digno, sobre todo en tiempo de dificultades, estrecha sus filas por vínculos que superan las normas de justicia y es capaz del perdón y del amor. Hoy debemos demostrar que los argentinos somos capaces de vivir una profunda solidaridad social" (Exhortación pastoral, 14 de noviembre de 1981). Como puede verse, si se cita a la justicia, ésta no sólo queda relegada a un segundo término, sino que se proclama la necesidad de superarla mediante el perdón y el amor. Naturalmente que quienes han de perdonar son las madres de los desaparecidos, sus novias, esposas, hijos; los torturados, los recluidos en campos clandestinos, los exiliados, los humillados. Piénsese en lo que realmente significa decirle al pueblo que debe perdonar, olvidar, reconciliarse con aquellos que han hecho desaparecer, han torturado y matado a sus seres queridos, han robado abiertamente sus casas, apropiado de sus bebés y seguían en el poder gozando impunemente de lo actuado.
Esto fue abrir el camino para que los militares dijeran tranquilamente que era necesario "afrontar con espíritu cristiano la etapa que se inicia" y "mirar el mañana con sincera humildad", basándose en el “cristianismo” del documento de aquellos obispos. La dificultad principal para lograr la ansiada reconciliación se encontraba, según los obispos, en que los argentinos no sabíamos dialogar. "Una sociedad política es un acuerdo de intenciones y de propósitos y exige esta confianza real entre sus miembros. Los argentinos debemos tenernos fe". (Pastoral 3 de mayo de1980). Así, las Madres de Plaza de Mayo debían tener fe en los que habían hecho desaparecer a sus hijos desde una situación de absoluta impunidad; los padres de los soldados mutilados en Malvinas debían tener fe en quienes llevaron a sus hijos a una matanza segura, ahora si, por fines inconfesados; el pueblo debía tener fe en sus verdugos.
Los obispos nos decían entonces cuál era la verdadera causa del desencuentro argentino y su consecuencia, la inestabilidad: "Lo que parece claro es que la Argentina sufre una crisis de autoridad”.
Esto era lo mismo que decían los militares para justificar su golpe, y en el documento, hablaban de "vació de poder" y “crisis del estado de derecho”, porque “no hay voluntad de someterse al imperio de la ley y de la autoridad legítimamente constituida, tal vez, porque se ha desarraigado la autoridad de su origen último, que es Dios”. Se han olvidado que el acatamiento que se debe a la ley obliga por igual a todos, a quienes poseen la fuerza política, económica, militar, social, como a los que nada poseen. De modo que el desencuentro argentino era reducido a un problema ético, de no acatamiento a la ley. Este recurso al moralismo es tan viejo como cómodo. Se hace un llamamiento tanto a los poderosos como a los que "nada poseen". De ese modo nunca se vieron obligados a bucear en la estructura de dominación que, a lo largo de la historia nacional ha provocado la rebelión desde abajo y la violenta represión desde arriba con matanzas, torturas, exilio, prisiones, estado de sitio. Represión contra los movimientos anarquistas del siglo pasado, matanzas de la Patagonia, matanzas de los hacheros de la Forestal, "Semana Trágica" del '19. Es necesario ser ciegos o mentir descaradamente para reducir el problema de la inestabilidad argentina a un problema ético, de no querer obedecer a la ley, poniendo en un pie de igualdad a quienes tienen todo el poder y a quienes nada poseen.
En el documento del Episcopado, "En la hora actual del país", del 26 de abril de 1983, aquellos obispos afirmaban: "la reconciliación nacional ha sido centro de nuestra enseñanza pastoral en los últimos años", y dicen lo que implica: "el reconocimiento de los propios yerros en toda su gravedad, la detestación de los mismos, etc".
Los obispos explicaban que "cada uno de nosotros" debe reconocer sus yerros; es decir, cada uno de los desocupados, de los obreros, de los profesionales, de las amas de casa, de los militares y de los obispos, pues todos somos culpables. En cumplimiento de este “mandato episcopal”, los militares en su documento reconocen cómodamente que "cometieron errores" que dejan "sujetos al juicio de Dios en cada conciencia y a la comprensión de los hombres".
También merece condena el trato de aquellos obispos al tema de la violencia. Insistían en que "la violencia no es evangélica ni humana ni tampoco eficiente para la solución de los graves problemas argentinos". (Principios de orientación cívica para los cristianos, 22 de octubre de 1982), dejando completamente de lado la doctrina tradicional de la Iglesia fundamentada por teólogos de la talla de Santo Tomás o Mariana y Suárez y recogida por Pablo VI en la Populorum Progressio y por la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano reunida en Medellín en 1968, que reconoce el derecho de la "insurrección revolucionaria" de los pueblos tiranizados (Populorum Progressio, Nº 31; Medellín, Documento "Paz", N ° 19).
No se piense que, al condenar la violencia, los obispos estuvieron condenando a las Fuerzas Armadas, a la Policía, a las cárceles clandestinas. No, de ninguna manera. Las Fuerzas Armadas tenían su vicaría espiritual que los contenía.
Nuestros obispos se acordaron de la violencia para condenarla cuando ésta vino de abajo, cuando fue el pueblo que se sublevó ante tantos atropellos e injusticias. Es de mala fe hablarle al pueblo de la necesidad de obrar pacíficamente cuando las fuerzas de represión tuvieron los instrumentos de violencia más atroces en sus manos y los aplicaron sin contemplaciones.
Los militares pudieron así hablar en su documento de la "derrota de los violentos", gracias al soporte ideológico suministrado por nuestros obispos. "Trabajar para la reconciliación y la paz, es un presupuesto necesario en la opción política de todos los argentinos. Requiere comprometerse seriamente en la búsqueda de la verdad, de la justicia y el amor, como camino para superar los actuales conflictos de nuestra sociedad y cerrar las dolorosas secuelas de la `guerra sucia´ y la corrupción” (Principios de orientación).
El lenguaje coincidente que usaron los militares en el documento final no es pura coincidencia. Tanto para los militares como para aquellos obispos, las secuelas de la "guerra sucia" no se cerrarán aplicando la justicia a los asesinos, es decir, a los militares que ejercieron el poder y sus cómplices civiles y eclesiásticos, sino con perdón, olvido y amor por parte los victimados hacia sus victimarios.
Como digno broche de oro de esta campaña en pro de la "reconciliación" fervientemente impulsada por el Episcopado, Monseñor Quarracino propuso entonces esta "Ley de olvido" y alabó el documento de los militares, pues "es valiente y está bien hecho"; y Mons. Cándido Rubiolo, arzobispo de Mendoza, lo elogió considerándolo como “positivo", expresando además que serviría "para la reconciliación de los argentinos".
El General Jorge Rafael Videla, en forma concordante, dijo que el documento fue hecho "con amor" y que fue “la voluntad de reconciliación y la búsqueda común de nuevos caminos para una amistosa convivencia, lo que debió constituir y garantizar a las naciones un futuro mejor". El paralelismo de los discursos ya da asco.
Hasta el mismo Vaticano, a pesar de la "prudencia" conque se condujo habitualmente ante el problema de los desaparecidos, manifestó su condena al documento de la Junta Militar, actitud que lo colocó en una posición divergente con la del Episcopado Argentino. El vespertino del Vaticano L'Osservatore Romano dijo que "no se puede evitar de expresar la severa objeción que nace de la conciencia civil y, a la vez, la participación humana y cristiana en un dolor que, así, se ha hecho, en la medida de lo posible, aún más amargo y desconsolado".
Pero ni el Papa pudo contra la alianza de la jerarquía local entre la cruz y la espada, que probó ser más fuerte que la fidelidad al Evangelio de Jesús.
Los pedidos condena tendrían que continuar y por pecados de cinismo muchos más recientes, y, por lo tanto, más inexplicables dados el tiempo histórico transcurrido.
A las responsabilidades institucionales los obispos las han seguido tratando de eludir con lo dicho por la Comisión Permanente del Episcopado el 8 de marzo de 1995 en un comunicado sobre “la represión violenta durante el gobierno militar”. Sostuvieron entonces que “si algún miembro de la Iglesia, cualquiera fuera su condición, hubiera avalado con su recomendación o complicidad alguno de esos hechos (la represión violenta), habría actuado bajo su responsabilidad personal, errando o pecando gravemente contra Dios, la humanidad y su conciencia”. O sea, el Episcopado Argentino sería entonces totalmente ajeno a cualquier responsabilidad al respecto.
En la cuaresma del 2001, un grupo de obispos volvió a insistir con una “Ley de olvido” para beneficiar a todos los condenados por “razones ideológicas” y de esta manera frenar los “Juicios por la Verdad” y por la “Apropiación de Bebés” en la última dictadura militar. Notable metáfora cuaresmal de estos últimos tiempos. Es difícil entender cómo a 25 años del golpe de estado, todavía había pastores que se decían cristianos y confundían actos criminales -como la apropiación ilegal de bebés y el derecho elemental a saber la suerte corrida por 30000 seres humanos y oportunamente la de sus cuerpos- con un ejercicio del pensamiento, como puede ser la adhesión a una “ideología”.
Difícil de entender, de aceptar, de perdonar para otorgar la posibilidad de la reconciliación a quienes seguían y siguen hablando de “dos sectores antagónicos”, “memoria hemipléjica” y “revisión destructiva de la historia”, en palabras de estos obispos, como si los que pedimos que se institucionalice la verdad y que se haga justicia conforme a los patrones éticos aceptados por toda la humanidad y de profundo origen cristiano fuéramos la contracara de la misma moneda y estuviésemos en el mismo nivel que los genocidas, culpables de las peores atrocidades que un obispo, por su jerarquía y posición social y política, conoce mejor que nadie.
Finalmente, a finales de 2007, el Episcopado Argentino perderá otra magnífica oportunidad para darle coherencia y seriedad a su intención de reconciliación nacional.
Por primera vez, y quizás como ningún otro representante de la Iglesia jerárquica por el grado de compromiso evidenciado en casos de delitos de lesa humanidad, sería juzgado oral y públicamente el ex capellán de la policía bonaerense, subordinado directo de monseñor Antonio Plaza y asesor espiritual de los grupos de tareas de La Plata, el sacerdote Christian Von Wernich. Acusado de 45 privaciones ilegales de la libertad y torturas, tres homicidios y la apropiación de un bebé, mantenía también entrevistas con personas privadas ilegalmente de la libertad que se hallaban en dependencias policiales y militares, imponiendo tormentos principalmente psicológicos y morales a los prisioneros y tratando de captar voluntades con el objeto de obtener información útil para ser entregada a sus superiores. Llegaba, casi siempre, después de largas, terribles, extenuantes jornadas de torturas. Entonces, se acercaba a esos cuerpos lacerados y humillados para infligir el último tormento posible: el de la esperanza. Con ella intentaba quebrar las almas que la fiereza de los verdugos no habían podido lograr. les quitaba información a través de la confesión o los “asistía espiritualmente” para que se quebraran, pasaran a formar parte de los Grupos de Tareas y traicionaran a sus propios compañeros. Pedía dinero a familiares de las víctimas para sacar a los detenidos del país (cosa que nunca sucedía) y participaba de sus “traslados” hasta el punto que eran asesinados, en donde suministraba apoyo espiritual a los asesinos, configurando un cuadro decididamente horroroso. Este caso pone en evidencia una trama en la que la jerarquía de la Iglesia y dictadura funcionaron como una unidad.
El 10 de octubre de 2007, el sacerdote fue considerado partícipe y coautor de secuestros, torturas y asesinatos durante el terrorismo de Estado y el tribunal destacó que fueron hechos cometidos en el marco de un genocidio.
El ciudadano Christian Von Wernich no fue castigado por sus pecados (menos por su fe o sus valores) sino por sus delitos. No se juzgó a la Iglesia Católica. Ninguna institución se sienta en el banquillo de los acusados porque el derecho penal de Occidente cimentado en la presunción de inocencia sólo admite procesar individuos. Pero la responsabilidad, no penal pero sí política y moral, recayó por extensión en la cúpula de la Iglesia Católica.
Fiel a un estilo poco democrático que no suele ser criticado por la prensa, la Comisión Episcopal Argentina emitió un comunicado que llevó la firma del titular del organismo, el cardenal Jorge Mario Bergoglio y los tres restantes miembros de ese cuerpo eclesiástico, al que no le puso voz ni cuerpo. El texto es breve hasta el laconismo. Da cuenta de un “dolor gravísimo” pero relativiza la existencia de los crímenes con el asombroso giro “según la sentencia del Tribunal Federal Oral 1 de La Plata”... La sentencia emitida a Von Wernich es un acto institucional, no una opinión. Como tal, obliga a todos los ciudadanos y a todas las organizaciones no gubernamentales. Von Wernich no es múltiple asesino “según los jueces”, es un homicida a la luz de las leyes argentinas. Llama la atención, proviniendo de quienes reclaman enfáticamente más institucionalidad, que se relativice el valor de un acto de gobierno. Dos omisiones resaltan en el texto. La más grave: las víctimas brillan por su ausencia. Ni una alusión a ellas. Es dable esperar que no se las haya dado por nombradas en las alusiones que sí las hay, con respecto al “odio y el rencor”.
La segunda ausencia es la mención de las señas personales de Von Wernich, así fueran su nombre y apellido. El Episcopado se limitó entonces a reiterar el viejo pronunciamiento del 95 en el que se señalaba que si miembros de la Iglesia participaron de la represión, lo hicieron bajo su responsabilidad personal.
La institución de los capellanes militares y policiales, injustificable desde el punto de vista pastoral, se convirtió en una herramienta ideológico-religiosa para legitimar los atropellos. No hubo en ese momento, y tampoco ahora, asunción institucional de las responsabilidades. Seguramente la sociedad tendría otra imagen de la Iglesia argentina si, recuperando el sentido espiritual de la tradición cristiana sobre la reconciliación, los obispos decidieran asumir institucionalmente sus culpas y condenarlas, agradecer por la verdad y por la justicia, pedir perdón y procurar la reparación de los daños causados a las víctimas. Ese es, en definitiva, el sentido cristiano de la reconciliación.
No se puede ser tan incoherente con la fe que se dice tener y propiciar una “reconciliación nacional” pidiéndoles a las víctimas directas o indirectas del terrorismo de estado, y de todos sus cómplices civiles y eclesiásticos, que se reconcilien olvidando alegremente las ofensas de sus victimarios, cuando no se han cumplido ninguna de las condiciones que en el catecismo nos enseñaron para que un pecador sea digno de recibir el perdón cristiano, mucho menos una reconciliación. No existe en ninguna parte de las escrituras o de la tradición cristiana en que se hable de “olvido” y de ocultar la verdad. El olvido no es una virtud cristiana y tampoco es algo que la conciencia pueda hacer a voluntad. Sí se podría referir decenas de citas que afirman exactamente lo contrario. Aquello de que “la verdad os hará libres” no es una metáfora.
La condena, junto con los "perdones" y las "culpas" que la Jerarquía de la Iglesia Argentina debe asumir y reconocer son sus ambigüedades, su silencio, su falsa prudencia, sus mentiras, su cobardía, su trato político en reemplazo del hacer profético en complicidad con los poderes de turno. Todo lo que hasta hoy no le permite reconocer a nuestros mártires, a nuestra historia y a nuestra misión. Es hipócrita seguir celebrando la "eucaristía" negando y silenciando la historia de aquellos que fueron "pan entregado" en sus vidas y hasta su muerte.
Hacerlo, reconocer todo esto, sería un gesto de auténtica conversión, tan predicada para los otros.
Reconocer esto también sería denunciar desde el hoy las ideologías de muerte, los sistemas asesinos, las injusticias económicas y sociales, la discriminación en todas sus formas, las corrupciones estatales y privadas, las culpas pasadas, las miserias presentes y todo lo que aún hoy no le permite a nuestra jerarquía ser amados como verdaderos pastores, obradores de verdad, de justicia y de la paz del Pueblo de Dios en la Construcción de su Reino.
lunes, 31 de agosto de 2009
lunes, 17 de agosto de 2009
SEXO Y CRISTIANISMO por gabriel andrade
Dentro de la institución iglesia, la palabra “placer” suscita preocupaciones y, si se trata de “placer sexual”, tenebrosas sospechas. Esta institución durante siglos ha educado más para la renuncia que para la alegre celebración de la vida. Subvertir esto implica que muchos hombres y mujeres desoigan disposiciones canónicas, sanciones y prohibiciones que no tienen otro fundamento que el de la ideología de dominación social alimentada por las más altas esferas de la institución.
En el combate en que los cuerpos perdieron la batalla contra el espíritu la primera víctima fue el derecho humano a una sexualidad plena, menospreciado por ese pensamiento griego que influyó en el cristianismo primitivo, de la dicotomía cuerpo-espíritu con la consiguiente asociación del cuerpo a lo impuro y del espíritu a lo puro, en contra de la Encarnación de Dios y de la teología cristiana marcada por la imagen de un Dios creador "comenzando" en el cuerpo humano.
"Las iglesias, en general, prefieren una antropología de la igualdad verbal, pero de cuño eminentemente patriarcal y jerárquico (...). No es por casualidad que la dirección de la Iglesia está en manos de los célibes, a veces de apariencia desexualizada, hombres, cerrando el espacio para la mujer". (Ivone Guevara).
Pero no siempre fue así. Como contara Leonardo Boff, dentro de la misma Iglesia hay tradiciones y doctrinas que ven en el placer y en la sexualidad una manifestación de la creación de Dios, una chispa de lo Divino, una participación en el propio ser de Dios. Esta línea se liga a la tradición bíblica que ve con naturalidad y hasta con entusiasmo el amor entre dos personas, con toda su carga erótica, como plásticamente lo describe en la Biblia el Cantar de los Cantares, con senos, labios, vulvas y besos.
Sin embargo, en la cristiandad predominó la negativa a esta línea de pensamiento a causa de la influencia que San Agustín de Hipona (354-430) ejerció sobre toda la Iglesia Romana, ayudada por la base sociocultural que permitió esta incorporación. Se lee en sus Soliloquios: “estimo que nada envilece tanto el espíritu de un hombre como las caricias sensuales de una mujer y las relaciones corporales que forman parte del matrimonio”.
¿Puede una Iglesia que afirma el amor humano asumir tal doctrina?
Pero esta ideología, por más incisiva que sea, no tiene fuerza suficiente para reprimir el placer sexual, ya que éste nace del propio misterio de la creación de Dios y, quiera la Iglesia-institución o no, siempre hará valer sus reclamos.
Para ilustrar la tradición positiva de la sexualidad dentro de la iglesia-comunidad cabe citar aquí una manifestación que perduró en ella por más de mil años conocida con el nombre de risus paschalis (risa pascual). Representa la presencia del placer sexual en el espacio de lo sagrado, en la celebración de la mayor fiesta cristiana: la Pascua. Se trata del siguiente hecho: para resaltar la explosión de alegría de la Pascua en contraposición a la tristeza de la Cuaresma, el sacerdote en la misa de la mañana de Pascua debía suscitar la risa en los fieles. Y lo hacía por todos los medios, pero sobre todo recurriendo al imaginario sexual. Contaba chistes subidos de tono, usaba expresiones eróticas y simulaba gestos obscenos, remedando relaciones sexuales. Y el pueblo reía y reía. Esta costumbre se encuentra ya en 852 en Reims, Francia, y fue extendiéndose por todo el Norte de Europa, Italia y España, hasta 1911 en Alemania. El celebrante asumía la cultura de los fieles en su forma más popular, plebeya y obscena. Para expresar la vida nueva inaugurada por la Resurrección -decía esta tradición- nada mejor que apelar a la fuente de donde nace la vida humana: la sexualidad con el placer que la acompaña.
Así entonces, partiendo de los cuerpos y de la sexualidad que este connota, es la manera de redimirlo al asumir en él la Creación como profundamente positiva y buena. "Es acoger el abrazo divinizante de la materia en el estremecimiento de los cuerpos, en sus intercambios energéticos, en el misterio que encierran, en la vida que buscan. Partir del cuerpo es redimir el cuerpo humano total: hombre y mujer; es lucha por su resurrección, por su vida, con las `armas´ de la vida”. (Ivone Guevara). A este respecto Monique Dumais, la teóloga canadiense, dice que "la sexualidad sigue siendo el lugar donde se ejerce esta reapropiación del cuerpo: nuestros cuerpos son necesariamente sexuados. Una comprensión positiva de la sexualidad, de la carne salvada en Jesús, implica una aceptación de las diferentes expresiones de la sexualidad, de las formas de comunicación y de la ternura del cuerpo.
Es en esta misma línea de pensamiento que la carta de las mujeres católicas en el Congreso Eucarístico Nacional de Argentina con motivo del Jubileo del Año 2000 se pronunciaba: “Hombres y mujeres somos seres humanos plenos, forjados a imagen y semejanza de Dios, por lo tanto católicas y católicos reclamamos el reconocimiento de nuestra capacidad moral para definir y conducir nuestras vidas, nuestros cuerpos y nuestra sexualidad de manera autónoma, asumiendo el reto y la responsabilidad de este desafío. (...) Queremos así mismo el compromiso de nuestra Iglesia para que sean reconocidos nuestros derechos sexuales y reproductivos como parte inherente de los derechos humanos fundamentales. Esto implica aceptar como decisiones moralmente válidas, aquellas que tomamos desde la libertad de conciencia, garantizando el sexo seguro y protegido, el respeto a la diversidad sexual y el uso de métodos anticonceptivos seguros y eficaces para ejercer nuestra sexualidad con placer y responsabilidad. (...) Queremos una Iglesia, que frente al grave problema del VIH-SIDA, oriente su doctrina y práctica por la misericordia y la solidaridad, colaborando en su prevención, promoviendo el debate en torno al ejercicio de una sexualidad responsable, integrada al proyecto de vida, a la vez que reconozca el uso del preservativo como método efectivo para proteger la vida”.
Rubem Alves, el pastor teólogo brasileño, nos recuerda que Agustín -en “La ciudad de Dios”- dice que un pueblo es definido por el objeto de su deseo. Si uno quiere utilizar un lenguaje un poco más moderno, se podría utilizar lo erótico. Es una comunidad que celebra los mismos objetivos eróticos, la celebración del deseado. ¡El Reino de Dios para ser deseado tiene que ser erótico!
El 23 de abril de 1966, cuando el exhaustivo examen de la comisión pontificia de los 68 (teólogos, abogados, historiadores, sociólogos, médicos obstetras y padres de familia que asesoraban al Papa Pablo VI sobre natalidad) dio por abrumador resultado de 64 a 4 la legitimidad teológica, médica, legal y ética de los métodos anticonceptivos artificiales. Fue entonces cuando el cardenal Ottaviani (Secretario de la Suprema Congregación del Santo Oficio y uno de los cuatro disidentes) -más allá de no demostrar con ningún tipo de argumentos la validez de sus posiciones según las leyes de la naturaleza, ni citaron escrituras contundentes a su favor, ni revelaciones divinas- presionaran al sumo pontífice a fin de torcer las conclusiones de la comisión.
Días después, el jesuita norteamericano John Ford (otro de los cuatro disidentes) declaró que estaba en contacto directo con el Espíritu Santo y que había sido bajo esa vía divina por la cual había llegado a la verdadera y más profunda realidad (?).
Con semejantes argumentos, el cardenal Ottaviani -junto a la minoría de la curia romana como los cardenales Cicognani, Browne, Parente y Samoré- manipularon sabia y romanamente los acontecimientos de tal forma que, cuando esos otros 64 “extraviados” se encontraran lejos del Vaticano, desparramados por todo el mundo preparando conferencias e introducciones explicativas sobre los supuestos nuevos aires de control de la natalidad que soplarían la Iglesia Católica, se le presentara un nuevo informe más escueto que el original sobre la cuestión con ideología contraria.
De esta forma se pudo operar “sin influencias perniciosas” y convencer al Papa de la traición que sería para la tradición de la iglesia aprobar el otro informe consensuado por esa mayoría, “producto de la degeneración del Concilio Vaticano II”.
Finalmente -como el asunto lo resolvería la decisión personal del Papa y ningún informe le era vinculante- el 25 de julio de 1968 salió publicada la encíclica Humanae Vitae donde se califica como ilícitos a los métodos anticonceptivos, aunque sin tener la categoría de "dogma de fe".
Quedó impuesto entonces, que el único método consentido es el sistema rítmico y -mejor aún- la ABS-TI-NEN-CIA. Así, millones de fieles en todo el mundo dejaron definitivamente toda obediencia y respeto por Roma. Una vez más, la iglesia se partió a la mitad.
Aunque es válido recordar, que durante ese tiempo, el Vaticano se siguió beneficiando de las ganancias derivadas de una de las muchas empresas que poseía: el Instituto Farmacológico Sereno, siendo uno de los productos elaborados de más venta la píldora anticonceptiva llamada Luteolas. Dinero y fe, como a muchos jerarcas católicos les agrada pensar, van por caminos separados...
Más tarde, en 1978, el teólogo suizo Hans Küng declararía antes del cónclave que entronaría a Juan Pablo I, que "la iglesia católica romana tiene y seguiría teniendo problemas sexuales mientras no se haga una revisión de la Humanae Vitae. Numerosos teólogos y obispos aceptarían de buen grado los métodos anticonceptivos. Lo importante es hacerse a la idea de que las reglas establecidas en el pasado por un Papa pueden ser luego corregidas por otro".
Varias fuentes cercanas a Albino Luciani confirman que a la cabeza de las reformas prioritarias elaboradas por Juan Pablo I, figuraba el deseo de alivianar los supuestos sufrimientos que vivía gran parte de la humanidad, especialmente el tercer mundo, precisamente a causa de la encíclica Humanae Vitae.
En los diez años posteriores a la encíclica, la población mundial había crecido en 750 millones de personas y para la misma fecha. más de 1000 niños menores de cinco años morían por desnutrición cada hora. Se recuerda entonces cuando el nuevo pontífice dijera su célebre frase del 19 de setiembre de 1978 a su tradicionalista secretario de estado Jean Villot: "Eminencia, ¿qué podemos saber de los deseos de las parejas casadas dos viejos célibes como nosotros?" Lamentablemente, Juan Pablo I ocupará el cargo de Pedro por sólo 33 días. Todos los indicios indican que la mezcla entre fe y dinero le fue letal en su aparato digestivo matando a, su hasta entonces, perfectamente saludable cuerpo...
En el posterior papado de Juan Pablo II la población mundial creció en 2500 millones de personas y la mayoría son indigentes que contradicen con su existencia todo resquicio de la humanidad y la dignidad que corresponden a los Hijos de Dios.
Es indiscutible que toda ley debe enmarcarse dentro de la moral que pertenezca a la sociedad que va dirigida. Dentro de esta sociedad, una de las mayores usinas de esta pretendida moral es la Institución Iglesia Católica.
También, toda ley, debería ser ética.
Ética y moral no son sinónimos. La ética es parte de la filosofía. Considera concepciones de fondo, principios y valores que orientan a personas y sociedades. Una persona es ética cuando se orienta por principios y convicciones. La moral forma parte de la vida concreta. Trata de la práctica real de las personas que se expresa por costumbres, hábitos y valores aceptados. Una persona es moral cuando obra conforme a las costumbres y valores establecidos que, eventualmente, pueden ser cuestionados por la ética. Una persona puede ser moral (sigue las costumbres) pero no necesariamente ética (obedece a principios).
En estas concepciones deben estar siempre presente lo utópico y lo concreto. Lo concreto son las cosas tal como están ahí. Lo utópico es lo que es virtual y posible en lo concreto, su referencia de valor nunca totalmente alcanzable, pero que tiene como función mantener a la intimidad sexual siempre abierta y perfectible, pero jamás cerrada ni estancada en alguna forma considerada como la única posible por muy buena que pretenda ser.
Parafraseando al teólogo Leonardo Boff, “la actitud cristiana más adecuada y no moralizante es: si en todas estas formas existe amor, entonces estamos ante algo que tiene que ver con Dios, que es amor y bondad. En este campo, lo que debe regir es el respeto y no los prejuicios”.
En palabras del obispo Jerónimo Podestá: "la intimidad sexual ha sido creada por Dios para la plenitud personal y el elemento fundamental para juzgarlas es si éstas son producto y expresión de un amor maduro".
Todos viven de la voluntad de encontrar y vivir el amor; sueñan poder realizarse a dúo y ser mínimamente felices. Sin ese motor, la vida humana sería menos humana y perdería sentido, a pesar de todas las dificultades, deformaciones y frustraciones.
Suele decirse que la Institución Iglesia Católica tiene fobia sexual y que trata los temas de la moral familiar y de la sexualidad con excesivo rigor. En realidad ha educado más para la renuncia que para la alegre celebración de la vida.
El catecismo católico dice que la sexualidad está “ordenada al amor conyugal” (Nº 2360). Es entonces cuando esta misma institución amenaza con la anacrónica condenación eterna en los sulfurosos fuegos del infierno a un adolescente que se masturba, a los novios que tienen relaciones sexuales prematrimoniales, a los matrimonios que utilizan preservativos e invita jovial y ridículamente a las parejas homosexuales a convivir pero sin tener intimidad carnal; demostrando así el divorcio en tiempo y espacio con el mundo biológico, histórico y social que mal pretende guiar. La misma institución que en palabras de sacerdote católico Padre José Ignacio González Faus "ha hecho méritos sobrados para desacreditar su propio juicio moral".
Junto con el eminente teólogo José María Castillo, nos parece que el fondo del problema está en saber si lo esencial y específico de la sexualidad humana, el culmen de su razón de ser, consiste en el instinto que une al macho y a la hembra para procrear, de manera que así sea posible que sigan naciendo hijos y no se acabe la especie -orden divina dada hace un millón años a los primeros habitantes de una despoblada tierra, y referenciada hace 3800 años en el Génesis- o si, más bien, lo esencial y específico de la sexualidad humana, el culmen de su razón de ser, no se limita a la facultad de procrear, sino que -eso supuesto- lo que caracteriza al sexo, entre los humanos es la entrega de una persona a otra, la entrega mutua que así expresa y comunica el amor propiamente humano.
En cualquier caso, lo que no admite discusión es que, si se prefiere la primera solución, en ese supuesto se tiene una idea de la sexualidad humana que poco se distingue del mero instinto animal; ya que, de ser eso así, el amor y la entrega entre las personas no es el culmen y la plenitud, sino una fuerza que atrae a los machos y a las hembras para unirse y copular para tener crías y que así la vida humana no se acabe en este mundo, por más que la tendencia sea de una desastrosa superpoblación que amenace finalmente con agotar al planeta.
La moral católica ha dicho siempre que lo central es el amor. Pero con tal que sea un amor abierto a la procreación. Con lo cual, lo que en realidad se está diciendo es que lo que nunca puede faltar es la posibilidad de procrear, por más que falte el amor, como de hecho ocurre en tantas familias en las que se cumplen todos los requisitos de los códigos religiosos, pero las personas no se quieren y a duras penas se soportan. O sea, se antepone la posibilidad de procrear legalmente al amor, por muy fuerte que éste sea.
Por extensión, la familia modelo sería entonces la de heterosexuales legalmente casados por civil y cumplidoras del sacramento religioso y de todos los preceptos canónicos. Se da la paradoja entonces que, para la Institución Iglesia Católica, es muy moral y digno de comunión y misa diaria un hetero ultracatólico, ex presidente de facto y genocida Jorge Rafael Videla!!!
Por supuesto, cada cual es libre para defender la idea que le dicte su conciencia, su confesor o su catequista. Con la salvedad de que nunca una idea sea más importante que una persona. Y menos aún que, por una idea, se humille y se amargue la vida a millones de personas. ¡Y mucho menos que para justificar esto se blasfeme tomando en vano el nombre de Dios!
Lo más grave de todo este tema es que el poder autoritario de la institución católica durante siglos y siglos se ha dedicado a poner en práctica su ley sin piedad, la ley del más fuerte, invocando para esto la voluntad y autoridad de Dios para actuar salvajemente. Por eso hay personas que, aunque sean contemporáneos nuestros, en realidad viven en tiempos antiguos y bárbaros. Son los que siguen pensando que los heterosexuales tienen más derechos que los homosexuales, los casados sacramentalmente más derecho que los que no lo son, los esposos más que los novios, parejas o amigos. Esto es lo que nos baja de la Institución Iglesia Católica, aunque en mucha menor medida de la Iglesia Comunidad compuesta de la totalidad de bautizados y anunciadores del Resucitado, incluidos muchos sacerdotes que en silencio o no tanto, desaprueban a la institución.
El Evangelio no es un recetario sobre cómo construir una sociedad, sino la adopción de un estilo personal de vida con unos valores para ofrecer libremente y compartir en la sociedad que nos ha tocado vivir. Y entre ellos está más que la tolerancia la misma aceptación de la diferencia y nunca la exclusión.
La contribución a una sociedad más justa y solidaria en el que se respete la dignidad de cada persona y se erradique la necesidad y la pobreza es la que está en el Evangelio, no un manual de genitalidad. Y la necesidad, en sus diversas variantes, y la pobreza, absoluta o relativa, sí que son causa de deterioro social y no, como creen tantos miopes, "los pecados personales contra la carne"...
Hay una idea "seudo divina" que, a muchas personas que se quieren, se les prohíbe el amor. O se le limita ese amor de tal manera que se intenta reducirlo a casi nada. En este asunto, como en tantos otros, siempre se ha impuesto la ley del más fuerte. También en esto, la diferencia se ha convertido en desigualdad. Es comprensible que estos “profesionales de la religión” defiendan sus ideas. Pero que no impidan que el legislador organice la convivencia de las personas de forma que todos tengamos los mismos derechos.
Héctor Aguer -titular de la Comisión Episcopal de Educación Católica y ultraconservador arzobispo de La Plata- publicó un notable texto en el que ataca ferozmente un documento elaborado por el Ministerio de Educación “Material de formación de formadores en educación sexual y prevención del VIH/Sida”. La nueva ley de educación sexual sancionada hace ya tres años –ley 26150 de octubre de 2006- impulsa una concepción integral de la sexualidad que se aleja de concepciones estrechas que entronizan la genitalidad y sus derivas. Sin renunciar a este aspecto, la nueva ley lo combina con otros sumamente cruciales: los socioculturales, los de salud y los de derechos humanos. Somos seres sexuados que interactuamos con otros seres sexuados. Por lo tanto, se trata de abordar la diferencia sexual demoliendo prejuicios basados en estereotipos o descalificaciones culturales, de manera de habilitar a todas las personas a labrarse su lugar en la sociedad, en base a sus capacidades e individualidades. Es por esto que la educación sexual es un contenido transversal presente en la escuela en todos los niveles y en todas las disciplinas.
Según el obispo, el Manual de formación de formadores en educación sexual y prevención de VIH/SIDA es “neomarxista”, “ateo”, ajeno “a la tradición nacional y a los sentimientos cristianos de la mayoría de nuestro pueblo” y, de conjunto, es “una imposición totalitaria del Estado”. El obispo denuncia que el Manual reivindica “el derecho a fornicar lo más temprano posible y sin olvidar el condón”. Está en contra, por ejemplo, de una visión constructivista de la sexualidad –opuesta al esencialismo biologicista y creacionista– que permita la inclusión de la perspectiva de género y de sexualidades minoritarias a la currícula. Para Aguer, esa posibilidad apunta a la “destrucción del orden familiar”, ya que la “gracia peculiar” de la mujer y su “genio” se constituyen a partir de su vocación maternal.
El mensaje del obispo platense incurre en una irresponsabilidad mayúscula cuando condena que se señale al uso del preservativo como medio de protección eficaz y como medio para enfrentar la amenaza del VIH –una pandemia en la que se juega la vida y la muerte–, tanto para hombres como para mujeres. “¿No sería más eficaz e indudablemente segura la abstinencia de relaciones sexuales prematuras e irresponsables?”, se pregunta el obispo.
La posición del obispo forma parte de una sistemática política de negación y tergiversación de los derechos sexuales, reproductivos y humanos consagrados constitucionalmente y respaldados por un extenso arco de tratados y convenios nacionales e internacionales en estas materias; en la que la corporación Iglesia Católica actúa como un poderoso agente de lobby y de intervención en estos campos, cercenando, retrasando y desarticulando el sentido fuertemente político y democrático de las reivindicaciones de los derechos sexuales de los ciudadanos, con argumentos discriminatorios, naturalizadores de prejuicios sexuales y de género y la criminalización de ciertos grupos e identidades sexuales, violando un derecho humano inalienable. La Iglesia católica reaccionó imponiendo sus condiciones y aprovechó para avanzar en su armado político y cultural. En primer término, bloqueó el tratamiento del tema. Cuando su salida se mostró inevitable, logró varios gobiernos provinciales tardaran en adherir al proyecto. Por último, y como instancia final, garantizó una ley a su medida. Como arma de combate, editó su propio libro de educación sexual. El texto legal establece, a modo genérico, el derecho de los alumnos a recibir educación sexual integral en los establecimientos educativos. La categoría “integral” implica que se entiende a la sexualidad como parte del ser humano y por lo tanto su tratamiento debe darse en todas las etapas y fases de la vida. La ley sólo formula lo que podríamos llamar declaraciones de principios, donde indica la necesidad de transmitir conocimientos pertinentes, precisos y confiables sobre los distintos aspectos de la sexualidad.
Al mismo tiempo se fomenta la promoción de conductas “responsables” para la prevención de problemas de salud sexual y/o reproductiva. En el artículo 5º se dispone que los contenidos de enseñanza deberán estar en consonancia con los “idearios” de cada comunidad educativa, punto tal que responde a las presiones políticas del clero y abre la puerta para que las escuelas religiosas elaboren sus propios proyectos por encima de los consensuados por los legisladores.
Así la Iglesia tomó la ofensiva editando su propio manual de educación sexual: Educación para el amor. Allí, se imparten las directivas educacionales a directivos, docentes y padres. El manual explica la cuestión como una forma positiva si va unida a los principios morales de la familia patriarcal jerárquica cristiana y destinada a la procreación. Para la juventud se pregona el pudor, la virginidad y la castidad. La concepción aparece como una obra de creación divina, mágica. Ella sería el primer objetivo primero de la mujer-madre tal como María, en tanto, “la femineidad se manifiesta y se revela hasta el fondo, mediante la maternidad” (p. 30 y 108). El rol de la mujer en la sociedad se subordina a mera parturienta. La única forma “normal” de familia es la patriarcal. Las otras formas son “no modélicas”, que el señor acoge sólo por su divina gracia y capacidad de perdón (p. 53-54 y 72). Es decir, los homosexuales deberían pasar su vida (y la eternidad posterior) en penitencia. El SIDA aparece en el mismo punto en el que se desarrolla la homosexualidad (p. 30), trazando una relación entre ambos. En relación a los métodos anticonceptivos, se presentan sus peligros en lugar de sus beneficios. Se avalan los métodos naturales, difíciles de llevar a cabo y de una efectividad dudosa.
La Iglesia propone así una visión mística del mundo y de la sexualidad. Se encarga de negar el carácter placentero del sexo y lo reduce a la procreación dentro de la familia patriarcal.
La institución católica tomó la ofensiva ideológica, como corporación cultural, elaborando los contenidos y las herramientas para difundirlo, algo que el gobierno no hizo revelando dos cuestiones. En primer lugar, al vitalidad de la Iglesia como partido político. En segundo, la debilidad del armado cultural educacional del estado.
Escrito todo esto, solo me queda admitir sentir un poco de vergüenza ajena y expresar a nuestra sociedad argentina el conocimiento de que no todos los cristianos, ni siquiera la mayoría, pensamos y vivimos como el grupo de poder seudocristiano dentro de la Institución Iglesia Católica.
Todos tenemos la misma dignidad en la diversidad de opiniones y opciones. Todos somos hijos de Dios y estamos llamado a su reinado de justicia aquí en la tierra. Todos merecemos el mismo respeto.
En el combate en que los cuerpos perdieron la batalla contra el espíritu la primera víctima fue el derecho humano a una sexualidad plena, menospreciado por ese pensamiento griego que influyó en el cristianismo primitivo, de la dicotomía cuerpo-espíritu con la consiguiente asociación del cuerpo a lo impuro y del espíritu a lo puro, en contra de la Encarnación de Dios y de la teología cristiana marcada por la imagen de un Dios creador "comenzando" en el cuerpo humano.
"Las iglesias, en general, prefieren una antropología de la igualdad verbal, pero de cuño eminentemente patriarcal y jerárquico (...). No es por casualidad que la dirección de la Iglesia está en manos de los célibes, a veces de apariencia desexualizada, hombres, cerrando el espacio para la mujer". (Ivone Guevara).
Pero no siempre fue así. Como contara Leonardo Boff, dentro de la misma Iglesia hay tradiciones y doctrinas que ven en el placer y en la sexualidad una manifestación de la creación de Dios, una chispa de lo Divino, una participación en el propio ser de Dios. Esta línea se liga a la tradición bíblica que ve con naturalidad y hasta con entusiasmo el amor entre dos personas, con toda su carga erótica, como plásticamente lo describe en la Biblia el Cantar de los Cantares, con senos, labios, vulvas y besos.
Sin embargo, en la cristiandad predominó la negativa a esta línea de pensamiento a causa de la influencia que San Agustín de Hipona (354-430) ejerció sobre toda la Iglesia Romana, ayudada por la base sociocultural que permitió esta incorporación. Se lee en sus Soliloquios: “estimo que nada envilece tanto el espíritu de un hombre como las caricias sensuales de una mujer y las relaciones corporales que forman parte del matrimonio”.
¿Puede una Iglesia que afirma el amor humano asumir tal doctrina?
Pero esta ideología, por más incisiva que sea, no tiene fuerza suficiente para reprimir el placer sexual, ya que éste nace del propio misterio de la creación de Dios y, quiera la Iglesia-institución o no, siempre hará valer sus reclamos.
Para ilustrar la tradición positiva de la sexualidad dentro de la iglesia-comunidad cabe citar aquí una manifestación que perduró en ella por más de mil años conocida con el nombre de risus paschalis (risa pascual). Representa la presencia del placer sexual en el espacio de lo sagrado, en la celebración de la mayor fiesta cristiana: la Pascua. Se trata del siguiente hecho: para resaltar la explosión de alegría de la Pascua en contraposición a la tristeza de la Cuaresma, el sacerdote en la misa de la mañana de Pascua debía suscitar la risa en los fieles. Y lo hacía por todos los medios, pero sobre todo recurriendo al imaginario sexual. Contaba chistes subidos de tono, usaba expresiones eróticas y simulaba gestos obscenos, remedando relaciones sexuales. Y el pueblo reía y reía. Esta costumbre se encuentra ya en 852 en Reims, Francia, y fue extendiéndose por todo el Norte de Europa, Italia y España, hasta 1911 en Alemania. El celebrante asumía la cultura de los fieles en su forma más popular, plebeya y obscena. Para expresar la vida nueva inaugurada por la Resurrección -decía esta tradición- nada mejor que apelar a la fuente de donde nace la vida humana: la sexualidad con el placer que la acompaña.
Así entonces, partiendo de los cuerpos y de la sexualidad que este connota, es la manera de redimirlo al asumir en él la Creación como profundamente positiva y buena. "Es acoger el abrazo divinizante de la materia en el estremecimiento de los cuerpos, en sus intercambios energéticos, en el misterio que encierran, en la vida que buscan. Partir del cuerpo es redimir el cuerpo humano total: hombre y mujer; es lucha por su resurrección, por su vida, con las `armas´ de la vida”. (Ivone Guevara). A este respecto Monique Dumais, la teóloga canadiense, dice que "la sexualidad sigue siendo el lugar donde se ejerce esta reapropiación del cuerpo: nuestros cuerpos son necesariamente sexuados. Una comprensión positiva de la sexualidad, de la carne salvada en Jesús, implica una aceptación de las diferentes expresiones de la sexualidad, de las formas de comunicación y de la ternura del cuerpo.
Es en esta misma línea de pensamiento que la carta de las mujeres católicas en el Congreso Eucarístico Nacional de Argentina con motivo del Jubileo del Año 2000 se pronunciaba: “Hombres y mujeres somos seres humanos plenos, forjados a imagen y semejanza de Dios, por lo tanto católicas y católicos reclamamos el reconocimiento de nuestra capacidad moral para definir y conducir nuestras vidas, nuestros cuerpos y nuestra sexualidad de manera autónoma, asumiendo el reto y la responsabilidad de este desafío. (...) Queremos así mismo el compromiso de nuestra Iglesia para que sean reconocidos nuestros derechos sexuales y reproductivos como parte inherente de los derechos humanos fundamentales. Esto implica aceptar como decisiones moralmente válidas, aquellas que tomamos desde la libertad de conciencia, garantizando el sexo seguro y protegido, el respeto a la diversidad sexual y el uso de métodos anticonceptivos seguros y eficaces para ejercer nuestra sexualidad con placer y responsabilidad. (...) Queremos una Iglesia, que frente al grave problema del VIH-SIDA, oriente su doctrina y práctica por la misericordia y la solidaridad, colaborando en su prevención, promoviendo el debate en torno al ejercicio de una sexualidad responsable, integrada al proyecto de vida, a la vez que reconozca el uso del preservativo como método efectivo para proteger la vida”.
Rubem Alves, el pastor teólogo brasileño, nos recuerda que Agustín -en “La ciudad de Dios”- dice que un pueblo es definido por el objeto de su deseo. Si uno quiere utilizar un lenguaje un poco más moderno, se podría utilizar lo erótico. Es una comunidad que celebra los mismos objetivos eróticos, la celebración del deseado. ¡El Reino de Dios para ser deseado tiene que ser erótico!
El 23 de abril de 1966, cuando el exhaustivo examen de la comisión pontificia de los 68 (teólogos, abogados, historiadores, sociólogos, médicos obstetras y padres de familia que asesoraban al Papa Pablo VI sobre natalidad) dio por abrumador resultado de 64 a 4 la legitimidad teológica, médica, legal y ética de los métodos anticonceptivos artificiales. Fue entonces cuando el cardenal Ottaviani (Secretario de la Suprema Congregación del Santo Oficio y uno de los cuatro disidentes) -más allá de no demostrar con ningún tipo de argumentos la validez de sus posiciones según las leyes de la naturaleza, ni citaron escrituras contundentes a su favor, ni revelaciones divinas- presionaran al sumo pontífice a fin de torcer las conclusiones de la comisión.
Días después, el jesuita norteamericano John Ford (otro de los cuatro disidentes) declaró que estaba en contacto directo con el Espíritu Santo y que había sido bajo esa vía divina por la cual había llegado a la verdadera y más profunda realidad (?).
Con semejantes argumentos, el cardenal Ottaviani -junto a la minoría de la curia romana como los cardenales Cicognani, Browne, Parente y Samoré- manipularon sabia y romanamente los acontecimientos de tal forma que, cuando esos otros 64 “extraviados” se encontraran lejos del Vaticano, desparramados por todo el mundo preparando conferencias e introducciones explicativas sobre los supuestos nuevos aires de control de la natalidad que soplarían la Iglesia Católica, se le presentara un nuevo informe más escueto que el original sobre la cuestión con ideología contraria.
De esta forma se pudo operar “sin influencias perniciosas” y convencer al Papa de la traición que sería para la tradición de la iglesia aprobar el otro informe consensuado por esa mayoría, “producto de la degeneración del Concilio Vaticano II”.
Finalmente -como el asunto lo resolvería la decisión personal del Papa y ningún informe le era vinculante- el 25 de julio de 1968 salió publicada la encíclica Humanae Vitae donde se califica como ilícitos a los métodos anticonceptivos, aunque sin tener la categoría de "dogma de fe".
Quedó impuesto entonces, que el único método consentido es el sistema rítmico y -mejor aún- la ABS-TI-NEN-CIA. Así, millones de fieles en todo el mundo dejaron definitivamente toda obediencia y respeto por Roma. Una vez más, la iglesia se partió a la mitad.
Aunque es válido recordar, que durante ese tiempo, el Vaticano se siguió beneficiando de las ganancias derivadas de una de las muchas empresas que poseía: el Instituto Farmacológico Sereno, siendo uno de los productos elaborados de más venta la píldora anticonceptiva llamada Luteolas. Dinero y fe, como a muchos jerarcas católicos les agrada pensar, van por caminos separados...
Más tarde, en 1978, el teólogo suizo Hans Küng declararía antes del cónclave que entronaría a Juan Pablo I, que "la iglesia católica romana tiene y seguiría teniendo problemas sexuales mientras no se haga una revisión de la Humanae Vitae. Numerosos teólogos y obispos aceptarían de buen grado los métodos anticonceptivos. Lo importante es hacerse a la idea de que las reglas establecidas en el pasado por un Papa pueden ser luego corregidas por otro".
Varias fuentes cercanas a Albino Luciani confirman que a la cabeza de las reformas prioritarias elaboradas por Juan Pablo I, figuraba el deseo de alivianar los supuestos sufrimientos que vivía gran parte de la humanidad, especialmente el tercer mundo, precisamente a causa de la encíclica Humanae Vitae.
En los diez años posteriores a la encíclica, la población mundial había crecido en 750 millones de personas y para la misma fecha. más de 1000 niños menores de cinco años morían por desnutrición cada hora. Se recuerda entonces cuando el nuevo pontífice dijera su célebre frase del 19 de setiembre de 1978 a su tradicionalista secretario de estado Jean Villot: "Eminencia, ¿qué podemos saber de los deseos de las parejas casadas dos viejos célibes como nosotros?" Lamentablemente, Juan Pablo I ocupará el cargo de Pedro por sólo 33 días. Todos los indicios indican que la mezcla entre fe y dinero le fue letal en su aparato digestivo matando a, su hasta entonces, perfectamente saludable cuerpo...
En el posterior papado de Juan Pablo II la población mundial creció en 2500 millones de personas y la mayoría son indigentes que contradicen con su existencia todo resquicio de la humanidad y la dignidad que corresponden a los Hijos de Dios.
Es indiscutible que toda ley debe enmarcarse dentro de la moral que pertenezca a la sociedad que va dirigida. Dentro de esta sociedad, una de las mayores usinas de esta pretendida moral es la Institución Iglesia Católica.
También, toda ley, debería ser ética.
Ética y moral no son sinónimos. La ética es parte de la filosofía. Considera concepciones de fondo, principios y valores que orientan a personas y sociedades. Una persona es ética cuando se orienta por principios y convicciones. La moral forma parte de la vida concreta. Trata de la práctica real de las personas que se expresa por costumbres, hábitos y valores aceptados. Una persona es moral cuando obra conforme a las costumbres y valores establecidos que, eventualmente, pueden ser cuestionados por la ética. Una persona puede ser moral (sigue las costumbres) pero no necesariamente ética (obedece a principios).
En estas concepciones deben estar siempre presente lo utópico y lo concreto. Lo concreto son las cosas tal como están ahí. Lo utópico es lo que es virtual y posible en lo concreto, su referencia de valor nunca totalmente alcanzable, pero que tiene como función mantener a la intimidad sexual siempre abierta y perfectible, pero jamás cerrada ni estancada en alguna forma considerada como la única posible por muy buena que pretenda ser.
Parafraseando al teólogo Leonardo Boff, “la actitud cristiana más adecuada y no moralizante es: si en todas estas formas existe amor, entonces estamos ante algo que tiene que ver con Dios, que es amor y bondad. En este campo, lo que debe regir es el respeto y no los prejuicios”.
En palabras del obispo Jerónimo Podestá: "la intimidad sexual ha sido creada por Dios para la plenitud personal y el elemento fundamental para juzgarlas es si éstas son producto y expresión de un amor maduro".
Todos viven de la voluntad de encontrar y vivir el amor; sueñan poder realizarse a dúo y ser mínimamente felices. Sin ese motor, la vida humana sería menos humana y perdería sentido, a pesar de todas las dificultades, deformaciones y frustraciones.
Suele decirse que la Institución Iglesia Católica tiene fobia sexual y que trata los temas de la moral familiar y de la sexualidad con excesivo rigor. En realidad ha educado más para la renuncia que para la alegre celebración de la vida.
El catecismo católico dice que la sexualidad está “ordenada al amor conyugal” (Nº 2360). Es entonces cuando esta misma institución amenaza con la anacrónica condenación eterna en los sulfurosos fuegos del infierno a un adolescente que se masturba, a los novios que tienen relaciones sexuales prematrimoniales, a los matrimonios que utilizan preservativos e invita jovial y ridículamente a las parejas homosexuales a convivir pero sin tener intimidad carnal; demostrando así el divorcio en tiempo y espacio con el mundo biológico, histórico y social que mal pretende guiar. La misma institución que en palabras de sacerdote católico Padre José Ignacio González Faus "ha hecho méritos sobrados para desacreditar su propio juicio moral".
Junto con el eminente teólogo José María Castillo, nos parece que el fondo del problema está en saber si lo esencial y específico de la sexualidad humana, el culmen de su razón de ser, consiste en el instinto que une al macho y a la hembra para procrear, de manera que así sea posible que sigan naciendo hijos y no se acabe la especie -orden divina dada hace un millón años a los primeros habitantes de una despoblada tierra, y referenciada hace 3800 años en el Génesis- o si, más bien, lo esencial y específico de la sexualidad humana, el culmen de su razón de ser, no se limita a la facultad de procrear, sino que -eso supuesto- lo que caracteriza al sexo, entre los humanos es la entrega de una persona a otra, la entrega mutua que así expresa y comunica el amor propiamente humano.
En cualquier caso, lo que no admite discusión es que, si se prefiere la primera solución, en ese supuesto se tiene una idea de la sexualidad humana que poco se distingue del mero instinto animal; ya que, de ser eso así, el amor y la entrega entre las personas no es el culmen y la plenitud, sino una fuerza que atrae a los machos y a las hembras para unirse y copular para tener crías y que así la vida humana no se acabe en este mundo, por más que la tendencia sea de una desastrosa superpoblación que amenace finalmente con agotar al planeta.
La moral católica ha dicho siempre que lo central es el amor. Pero con tal que sea un amor abierto a la procreación. Con lo cual, lo que en realidad se está diciendo es que lo que nunca puede faltar es la posibilidad de procrear, por más que falte el amor, como de hecho ocurre en tantas familias en las que se cumplen todos los requisitos de los códigos religiosos, pero las personas no se quieren y a duras penas se soportan. O sea, se antepone la posibilidad de procrear legalmente al amor, por muy fuerte que éste sea.
Por extensión, la familia modelo sería entonces la de heterosexuales legalmente casados por civil y cumplidoras del sacramento religioso y de todos los preceptos canónicos. Se da la paradoja entonces que, para la Institución Iglesia Católica, es muy moral y digno de comunión y misa diaria un hetero ultracatólico, ex presidente de facto y genocida Jorge Rafael Videla!!!
Por supuesto, cada cual es libre para defender la idea que le dicte su conciencia, su confesor o su catequista. Con la salvedad de que nunca una idea sea más importante que una persona. Y menos aún que, por una idea, se humille y se amargue la vida a millones de personas. ¡Y mucho menos que para justificar esto se blasfeme tomando en vano el nombre de Dios!
Lo más grave de todo este tema es que el poder autoritario de la institución católica durante siglos y siglos se ha dedicado a poner en práctica su ley sin piedad, la ley del más fuerte, invocando para esto la voluntad y autoridad de Dios para actuar salvajemente. Por eso hay personas que, aunque sean contemporáneos nuestros, en realidad viven en tiempos antiguos y bárbaros. Son los que siguen pensando que los heterosexuales tienen más derechos que los homosexuales, los casados sacramentalmente más derecho que los que no lo son, los esposos más que los novios, parejas o amigos. Esto es lo que nos baja de la Institución Iglesia Católica, aunque en mucha menor medida de la Iglesia Comunidad compuesta de la totalidad de bautizados y anunciadores del Resucitado, incluidos muchos sacerdotes que en silencio o no tanto, desaprueban a la institución.
El Evangelio no es un recetario sobre cómo construir una sociedad, sino la adopción de un estilo personal de vida con unos valores para ofrecer libremente y compartir en la sociedad que nos ha tocado vivir. Y entre ellos está más que la tolerancia la misma aceptación de la diferencia y nunca la exclusión.
La contribución a una sociedad más justa y solidaria en el que se respete la dignidad de cada persona y se erradique la necesidad y la pobreza es la que está en el Evangelio, no un manual de genitalidad. Y la necesidad, en sus diversas variantes, y la pobreza, absoluta o relativa, sí que son causa de deterioro social y no, como creen tantos miopes, "los pecados personales contra la carne"...
Hay una idea "seudo divina" que, a muchas personas que se quieren, se les prohíbe el amor. O se le limita ese amor de tal manera que se intenta reducirlo a casi nada. En este asunto, como en tantos otros, siempre se ha impuesto la ley del más fuerte. También en esto, la diferencia se ha convertido en desigualdad. Es comprensible que estos “profesionales de la religión” defiendan sus ideas. Pero que no impidan que el legislador organice la convivencia de las personas de forma que todos tengamos los mismos derechos.
Héctor Aguer -titular de la Comisión Episcopal de Educación Católica y ultraconservador arzobispo de La Plata- publicó un notable texto en el que ataca ferozmente un documento elaborado por el Ministerio de Educación “Material de formación de formadores en educación sexual y prevención del VIH/Sida”. La nueva ley de educación sexual sancionada hace ya tres años –ley 26150 de octubre de 2006- impulsa una concepción integral de la sexualidad que se aleja de concepciones estrechas que entronizan la genitalidad y sus derivas. Sin renunciar a este aspecto, la nueva ley lo combina con otros sumamente cruciales: los socioculturales, los de salud y los de derechos humanos. Somos seres sexuados que interactuamos con otros seres sexuados. Por lo tanto, se trata de abordar la diferencia sexual demoliendo prejuicios basados en estereotipos o descalificaciones culturales, de manera de habilitar a todas las personas a labrarse su lugar en la sociedad, en base a sus capacidades e individualidades. Es por esto que la educación sexual es un contenido transversal presente en la escuela en todos los niveles y en todas las disciplinas.
Según el obispo, el Manual de formación de formadores en educación sexual y prevención de VIH/SIDA es “neomarxista”, “ateo”, ajeno “a la tradición nacional y a los sentimientos cristianos de la mayoría de nuestro pueblo” y, de conjunto, es “una imposición totalitaria del Estado”. El obispo denuncia que el Manual reivindica “el derecho a fornicar lo más temprano posible y sin olvidar el condón”. Está en contra, por ejemplo, de una visión constructivista de la sexualidad –opuesta al esencialismo biologicista y creacionista– que permita la inclusión de la perspectiva de género y de sexualidades minoritarias a la currícula. Para Aguer, esa posibilidad apunta a la “destrucción del orden familiar”, ya que la “gracia peculiar” de la mujer y su “genio” se constituyen a partir de su vocación maternal.
El mensaje del obispo platense incurre en una irresponsabilidad mayúscula cuando condena que se señale al uso del preservativo como medio de protección eficaz y como medio para enfrentar la amenaza del VIH –una pandemia en la que se juega la vida y la muerte–, tanto para hombres como para mujeres. “¿No sería más eficaz e indudablemente segura la abstinencia de relaciones sexuales prematuras e irresponsables?”, se pregunta el obispo.
La posición del obispo forma parte de una sistemática política de negación y tergiversación de los derechos sexuales, reproductivos y humanos consagrados constitucionalmente y respaldados por un extenso arco de tratados y convenios nacionales e internacionales en estas materias; en la que la corporación Iglesia Católica actúa como un poderoso agente de lobby y de intervención en estos campos, cercenando, retrasando y desarticulando el sentido fuertemente político y democrático de las reivindicaciones de los derechos sexuales de los ciudadanos, con argumentos discriminatorios, naturalizadores de prejuicios sexuales y de género y la criminalización de ciertos grupos e identidades sexuales, violando un derecho humano inalienable. La Iglesia católica reaccionó imponiendo sus condiciones y aprovechó para avanzar en su armado político y cultural. En primer término, bloqueó el tratamiento del tema. Cuando su salida se mostró inevitable, logró varios gobiernos provinciales tardaran en adherir al proyecto. Por último, y como instancia final, garantizó una ley a su medida. Como arma de combate, editó su propio libro de educación sexual. El texto legal establece, a modo genérico, el derecho de los alumnos a recibir educación sexual integral en los establecimientos educativos. La categoría “integral” implica que se entiende a la sexualidad como parte del ser humano y por lo tanto su tratamiento debe darse en todas las etapas y fases de la vida. La ley sólo formula lo que podríamos llamar declaraciones de principios, donde indica la necesidad de transmitir conocimientos pertinentes, precisos y confiables sobre los distintos aspectos de la sexualidad.
Al mismo tiempo se fomenta la promoción de conductas “responsables” para la prevención de problemas de salud sexual y/o reproductiva. En el artículo 5º se dispone que los contenidos de enseñanza deberán estar en consonancia con los “idearios” de cada comunidad educativa, punto tal que responde a las presiones políticas del clero y abre la puerta para que las escuelas religiosas elaboren sus propios proyectos por encima de los consensuados por los legisladores.
Así la Iglesia tomó la ofensiva editando su propio manual de educación sexual: Educación para el amor. Allí, se imparten las directivas educacionales a directivos, docentes y padres. El manual explica la cuestión como una forma positiva si va unida a los principios morales de la familia patriarcal jerárquica cristiana y destinada a la procreación. Para la juventud se pregona el pudor, la virginidad y la castidad. La concepción aparece como una obra de creación divina, mágica. Ella sería el primer objetivo primero de la mujer-madre tal como María, en tanto, “la femineidad se manifiesta y se revela hasta el fondo, mediante la maternidad” (p. 30 y 108). El rol de la mujer en la sociedad se subordina a mera parturienta. La única forma “normal” de familia es la patriarcal. Las otras formas son “no modélicas”, que el señor acoge sólo por su divina gracia y capacidad de perdón (p. 53-54 y 72). Es decir, los homosexuales deberían pasar su vida (y la eternidad posterior) en penitencia. El SIDA aparece en el mismo punto en el que se desarrolla la homosexualidad (p. 30), trazando una relación entre ambos. En relación a los métodos anticonceptivos, se presentan sus peligros en lugar de sus beneficios. Se avalan los métodos naturales, difíciles de llevar a cabo y de una efectividad dudosa.
La Iglesia propone así una visión mística del mundo y de la sexualidad. Se encarga de negar el carácter placentero del sexo y lo reduce a la procreación dentro de la familia patriarcal.
La institución católica tomó la ofensiva ideológica, como corporación cultural, elaborando los contenidos y las herramientas para difundirlo, algo que el gobierno no hizo revelando dos cuestiones. En primer lugar, al vitalidad de la Iglesia como partido político. En segundo, la debilidad del armado cultural educacional del estado.
Escrito todo esto, solo me queda admitir sentir un poco de vergüenza ajena y expresar a nuestra sociedad argentina el conocimiento de que no todos los cristianos, ni siquiera la mayoría, pensamos y vivimos como el grupo de poder seudocristiano dentro de la Institución Iglesia Católica.
Todos tenemos la misma dignidad en la diversidad de opiniones y opciones. Todos somos hijos de Dios y estamos llamado a su reinado de justicia aquí en la tierra. Todos merecemos el mismo respeto.
lunes, 27 de julio de 2009
PONCIO PILATOS EN EL EPISCOPADO DE HONDURAS - por gabriel andrade
Mientras líderes y organismos internacionales, como la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU), la Organización de Estados Americanos (OEA), la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y otras instituciones hablan categóricamente de golpe de estado y lo condenan, los defensores del mismo -incluida la Conferencia Episcopal Hondureña- lo consideran como una “legítima sucesión” en el poder conforme a leyes internas hondureñas.
El pasado 14 de julio, esta Conferencia Episcopal encabezada por el ultraconservador cardenal Rodríguez Maradiaga, dio a conocer un comunicado con relación a la detención del Presidente de la República de Honduras del pasado 28 de junio por parte de las Fuerzas Armadas de ese país en el que expresa que “todos y cada uno de los documentos que han llegado a nuestras manos, demuestran que las instituciones del Estado democrático hondureño, están en vigencia y que sus ejecutorias en materia jurídico-legal han sido apegadas a derecho.”
A lo que agregan que “la Constitución de la República y los órganos administradores de justicia del país nos hacen concluir que:
a.) Conforme a lo contemplado en el Artículo 239 de la Constitución de la República, “quien proponga la reforma” de este Artículo, “cesa de inmediato en el desempeño de su cargo y queda inhabilitado por diez años para el ejercicio de toda función pública”. Por lo tanto, la persona requerida, cuando fue capturado, ya no se desempeñaba como Presidente de la República.
b.) Con fecha 26 de junio de 2009, la Corte Suprema de Justicia, por unanimidad, nombró un Juez Natural que giró la orden de captura contra el ciudadano Presidente de la República de Honduras, a quien se le supone responsable de los delitos de: CONTRA LA FORMA DE GOBIERNO, TRAICION A LA PATRIA, ABUSO DE AUTORIDAD Y USURPACION DE FUNCIONES en perjuicio de la Administración Pública y del Estado de Honduras, lo anterior a raíz del Requerimiento Fiscal presentado en esa Corte por parte del Ministerio Público”.
Esto es una verdad a medias que, como es sabido, equivale a una mentira, que dadas las implicancias sociales, políticas e institucionales deriva en una infamia contra los más injusticiados del pueblo hondureño.
Los obispos hondureños omiten mencionar que la forma de la ejecución de la destitución del presidente constitucional fue a partir de la violación de su domicilio y su expulsión del territorio nacional violando el art. 102 de la constitución donde reza que “Ningún hondureño podrá ser expatriado ni entregado a un Estado extranjero”; con lo que queda deslegitimada dicha orden del poder judicial por vicios en el procedimiento. Tampoco mencionan que por este Golpe de Estado se violan todas las Garantías Constitucionales y Derechos Humanos de las personas y pueblos. Se está llevando a cabo una represión constante y sistemática de agresión física a personas individuales y grupos por parte del ejército militar hondureño y la policía nacional civil, llegado incluso al derramamiento de sangre (de los defensores del pueblo pobre, nunca de los sediciosos) por causa de disparos de los militares sobre manifestantes pacíficos favorables al retorno del Presidente, la cual el episcopado es cómplice por omisión y dice en una ambigüedad propia de Pilatos que “Honduras ha sido y quiere seguir siendo un pueblo de hermanos, para vivir unidos en la justicia y la paz. Es necesario globalizar la solidaridad como un camino que puede ayudarnos a superar la injusticia y la inequidad”. Sólo les faltó agregar que la traerán los reyes magos para el próximo enero si ahora se portan obedientes, sumisos y resignados.
Es el mismo episcopado quien también ignora intencionadamente la desinformación obligada que se ha sometido a la ciudadanía mediante la censura de los medios de comunicación radial y televisiva ajenas al gobierno de facto; como así también la libre circulación, llevando la situación actual del país de un toque de queda a un estado de sitio.
Tampoco mencionan una sola palabra sobre que los hechos que antecedieron la ruptura del orden social y político no se limitan a la propuesta del Presidente de realizar una consulta con la que pretendía obtener respaldo para hacer que en las elecciones generales de noviembre próximo se instalara una cuarta urna en la que los ciudadanos debían votar si querían un cambio de la Constitución Política; sino que el conflicto de fondo es con los diversos sectores económicos en la reestructuración de las fórmulas de ganancias de las compañías transnacionales del petróleo, la importación de medicamentos genéricos desde Cuba a precios más cómodos que los ofrecidos por las empresas farmacéuticas nacionales e internacionales, la decisión de elevar el salario mínimo -uno de los más bajos de Centroamérica de $182 a $291 o las medidas a favor del ambiente frente a las compañías mineras, medidas todas que favorecen al 85% pobre de la población hondureña y, por supuesto, va en contra de los intereses privados de la minoría opresora del pueblo.
Para Honduras se ha producido un aislamiento internacional, una suspensión de ayudas financieras y retiro de embajadores de diversas naciones. Sin embargo, este episcopado se apura a tomar posición diciendo que “rechazamos amenazas de fuerza o bloqueos de cualquier tipo que solamente hacen sufrir a los más pobres”; haciendo gala de una hipocresía farisea, como si los pobres por los que tendrían que optar política y socialmente no estuvieran siendo ninguneados desde hace siglos con la bendición de la cruz al lado de la espada y el dinero.
También con esta sentencia se unen tácitamente a quienes rompieron el orden institucional considerando que se estaba produciendo una creciente y peligrosa influencia de los gobiernos venezolano, nicaragüense y de otros miembros del ALBA en Honduras, omitiendo mencionar a la evidente connivencia del Gobierno de los EE.UU. ante el golpe; quien compra el 80% del producto exportable hondureño, por lo cual este gobierno de facto duraría cinco minutos si el imperio decidiese bloquear sus compras al pequeño país centroamericano.
Es tragicómico leer al episcopado decir que “hoy más que nunca los comunicadores sociales deben expresar su amor a Honduras buscando la pacificación y serenidad de nuestro pueblo, dejando a un lado los ataques personales y buscando el bien común”.
El director de Cine, TV y Publicidad, Francisco Andino Mencia nos refiere sobre la escalada represiva que se ha desatado en Honduras: “Existen innumerables abusos que miembros del ejercito hondureño están cometiendo en contra de la prensa internacional, los profesionales de medios audiovisuales y a civiles indefensos.
Hay signos evidentes de que están implementando en forma sistemática y muy agresiva el manual de la doctrina de seguridad nacional que tan bien les funciono en el pasado. Ha habido muchos secuestros y desapariciones de dirigentes de organizaciones populares. Lo hacen impunemente: a las 3 de la madrugada cortan la energía eléctrica en toda la ciudad y allí actúan los comandos que entran a casas y se llevan a sus victimas. En otros casos se han dado a plena luz del día. Ayer un sindicalista murió arrollado por los militares cuando se oponía a la toma de la empresa de Telecomunicaciones. Por la tarde, fue reprimida brutalmente la manifestación pacifica que estaba estacionada frente al palacio presidencial desde ayer. Les lanzaron gas lacrimógeno y les dispararon francotiradores desde lo alto de un hotel, luego tropas de tierra apoyadas por dos helicópteros persiguieron a los manifestantes a lo largo de un kilómetro en un boulevard muy transitado, hasta el estadio nacional, solo para encontrarse con otra horda de soldados que los estaba esperando. Allí se provoco una gran desbandada del movimiento, y en la confusión, grupos de encapuchados secuestraron a su vez a varios dirigentes. Según datos extraoficiales hay 4 muertos, pero los heridos llenaron el hospital más cercano, hasta donde por supuesto llegó la policía para ficharlos. Asimismo fue ametrallada una caravana de buses que venía desde el interior hacia la capital con manifestantes que iban hacia Casa presidencial. De eso no se tiene mayor detalle por la fragmentación de la información que estamos sufriendo. Al periodista local Ángel Palacios le cayo un grupo de soldados que le querían quitar su cámara y después de forcejear logro escabullírseles. Como se nos perdió y temíamos que lo hubieran detenido, los compañeros realizadores Ramón Hernández y Manuel Villa salieron en su búsqueda, pero los soldados los hicieron retroceder a golpes de fusil. Afortunadamente Ángel apareció como una hora después, sano, salvo y con cámara. Mientras tanto el cerco mediático esta funcionando a la perfección: en los noticieros y diarios todo sigue con total normalidad y calma, como cualquier día común; es más, mucha gente aquí no se da cuenta de nada, aunque esté ocurriendo a pocas cuadras. Para rematar, la ultima red de comunicación que estaba transmitiendo información sobre lo que ocurre ya fue silenciada y sus coordinadores obligados a transmitir desde el exterior. La dictadura pretende ignorar y le resta importancia a que está siendo aislada completamente del mundo, que ha sido condenada y desligitimada por todos los foros mundiales, que todos los países de América y Europa están retirando a sus embajadores de Tegucigalpa, que Guatemala, Nicaragua y el Salvador han cerrado sus fronteras terrestres con Honduras, que el BID, FMI y BM están congelando los fondos internacionales de Honduras. Pero aun con todo esto dicen que se mantendrán firmes durante los 7 meses que faltan del gobierno de Zelaya. A nuestro amigo realizador Manuel Villa ya lo ha llamado amenazándolo con desaparición y muerte, y decidimos por eso mantenernos trabajando con bajo perfil. Cualquier cosa que le ocurra a él o a otro audiovisualista no será casualidad. Lo realmente aterrador es esperar la madrugada cuando están haciendo los cortes de energía y uno no sabe si vendrán a golpear a la puerta. Ojalá el mundo se este dando cuenta de lo que están haciendo estos bárbaros”.
Siguen las buenas intenciones (esas de las que está poblada el camino al infierno...) cuando el episcopado dice que “a la población en general los invitamos a continuar en un espacio de participación respetuosa y responsable, entendiendo que todos podemos construir una Honduras más justa y solidaria, con el trabajo honesto. Exhortamos al pueblo fiel a intensificar la oración y el ayuno solidario para que reine la justicia y la paz”. ¿Ayuno de alimentos, de educación, de salud, de agua potable, de justicia social, de dignidad? ¿Hasta cuándo quieren estos obispos que el pueblo sufriente ayune? ¿Cuándo una voz profética que como pastores denuncien los valores de antirreino que las clases opulentas imponen al pueblo injusticiado?
Y como cereza de tan brillante documento os obispos terminan con la blasfemia de tomar el santo nombre del Señor en vano citando a Jesús: “Les dejo la paz, les doy mi paz, nos dice el señor Jesús, la paz que yo les doy no es como la que les da el mundo. Que no haya en Ustedes angustia, ni miedo”. ¿Todavía hay que explicar que la paz subversiva del Evangelio de basa en la distribución justa de los dones / riquezas que Dios puso en la Tierra para todos? ¿Todavía hay que explicarles que la otra “paz”, la “pax romana”, la paz de la sociedad esclavista, la paz de la resignación a la opresión conseguida con la máxima violencia por la violación sistemática de la dignidad de los Hijos de Dios es antievangélica? ¿Pero qué lectura hacen de que la paz que nos trae Jesús “no es como la de este mundo” (Palestina en el siglo I, ocupada por el Imperio Romano aplastando a todo quien se revelase contra él).
“Al que se ponga de mi parte (mi causa) ante los hombres, yo me pondré de su parte ante mi Padre de los Cielos. Y al que me niegue ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los Cielos. No he venido a traer la paz, sino la espada. (...) El que no carga con su cruz (consecuencias de la causa) y viene detrás de mí, no es digno de mí. El que vive su vida para sí la perderá, y el que sacrifique su vida por mi causa, la hallará”. (Mateo 10, 32-39)
Pronunciamiento Provincial de los Dominicos en Centro América Criterios Éticos Del Magisterio Social De La Iglesia (extracto)
No se puede aceptar la visión, como algunos han dicho, de que existen “dos bandos”, “dos partes” en lo que se refiere al respeto al orden institucional democrático, tal y como lo avala el consenso internacional en materia de concepción de la democracia y de la defensa de derechos humanos. En materia de justicia, institucionalidad, y defensa de los derechos humanos no cabe aceptar “bandos” ni negociación alguna, so pena de destruir las premisas necesarias para la convivencia y el diálogo entre la diversidad de personas.
La identificación y proclamación de los derechos del hombre es uno de los esfuerzos más relevantes para responder eficazmente a las exigencias imprescindibles de la dignidad humana (cfr. GetS 76). Así como al afirmar que la fuente última de los derechos humanos no se encuentra en la mera voluntad de los seres humanos, en la realidad del Estado o en los poderes públicos, sino en el hombre mismo y en Dios su Creador (Cfr. Pacem in terris 9). Es, por tanto, por completo inaceptable el recurso o aplicación —como se ha hecho en la “destitución” del presidente Zelaya— de cualquier legislación nacional que no se adecue y subordine a estos derechos. Mucho menos aceptable aún el escudarse en “estados de excepción” para cometer acciones que irrespeten la dignidad humana. Queda claro que los cristianos aprecian el sistema democrático en la medida en que asegura la participación de todos los ciudadanos, les da la posibilidad de elegir y pedir cuentas a sus propios gobernantes, y de sustituirlos de manera pacífica (cfr. Centesimus annus 46).
En la tradición de la enseñanza social católica que el recurso a la resistencia ante un gobernante, por medio de fuerzas armadas, solo es legítimo cuando se hayan producido —no cuando se prevean o supongan como posibles— violaciones ciertas, graves y prolongadas de los derechos fundamentales; cuando se hayan agotado todos los otros recursos; sin provocar desórdenes peores; que haya esperanza fundada de éxito y si es imposible prever razonablemente soluciones mejores. Nada de esto parece haber sido considerado por los autores del golpe de estado en Honduras. Permítasenos citar todavía el siguiente párrafo invaluable de la encíclica “El progreso de los pueblos” (31). En este texto Pablo VI recuerda los enormes peligros de la insurrección contra los gobernantes legítimos porque “—salvo en el caso de tiranía evidente y prolongada que atentase gravemente a los derechos fundamentales de la persona y dañase peligrosamente el bien común del país— engendra nuevas injusticias, introduce nuevos desequilibrios y provoca nuevas ruinas. No se puede combatir un mal real al precio de un mal mayor.” La misma condena internacional unánime del golpe en Honduras manifiesta la extendida percepción de que la alteración del orden institucional en Honduras crea amenazas, no solo sobre la convivencia pacífica y justa al interior del país, sino también sobre el frágil sistema democrático de la región. Esto, sin duda alguna, es un mal mayor que el que pudiera estarse evitando y que, en todo caso, quedaba sujeto a prueba con el debido proceso.
No se puede separar, además, el juicio ético – religioso sobre el golpe del que hay que formular sobre la situación general endémica de Honduras y cuya solución debería constituirse en primera prioridad, no solo para los católicos, sino para todos los hombres y mujeres de buena voluntad del país, en particular para los gobernantes. Baste recordar unos pocos datos: Honduras es uno de los países del continente con mayor población sufriendo pobreza y las secuelas de la misma, con altos índices de inequidad en la distribución del ingreso per cápita y en el grado de concentración del ingreso per cápita del hogar. Solo el 38, 2 % de los hogares aparecen en las estadísticas como “no pobres” porque pueden cubrir sus necesidades básicas de alimentación y otras. La tasa de mortalidad infantil es en promedio del 23 por mil, pero cuatro veces el promedio nacional en algunos departamentos rurales. Para este país, el indicador de esperanza de vida se ubica en peor posición que los indicadores de educación, en los que de todos modos los puntajes obtenidos se encuentran entre los últimos de la región. Es uno de los países del istmo que muestra las mayores proporciones de niños desnutridos, donde el bajo peso al nacer es uno de los factores que precipitan la desnutrición en edades tempranas, resultado, fundamentalmente, de una desnutrición intrauterina y donde no se registran avances relevantes en la reducción de este indicador. Las secuelas de la desnutrición sufrida en la etapa preescolar se observan con claridad en el déficit acumulado en la talla de niños escolares, en donde la prevalencia supera el 40%. Y está claro que uno de los principales factores que incide en la deteriorada situación de la salud es el inadecuado acceso a servicios de saneamiento y agua. Además, en Honduras vive la tercera parte de la población centroamericana que padece VIH-sida.
¿Podremos decir los cristianos, y en particular los frailes predicadores, que estamos anunciando en Honduras al Dios de la vida, al Jesús que vino “para que tuviéramos vida y vida en abundancia”? ¿Podrán decir los partidos y dirigentes políticos hondureños que han hecho de la defensa de la vida su prioridad principal?
Cualesquiera que sean la respuestas a estas preguntas, estamos convencidos de que el compromiso de acompañamiento al pueblo hondureño no se limita a esta lamentable coyuntura de la ruptura de la institucionalidad democrática, sino que se extiende al camino para la superación de estos problemas estructurales. Un fortalecimiento de la democracia política —tan dramáticamente herida con el reciente golpe— solo se realizará con una construcción fuerte de una democracia económica y social.
Pero en este caminar, definir lo que haya que hacerse, —como lo enseñó con clarividencia Pablo VI—, no es tarea privilegiada nuestra, ni siquiera de los Obispos o del Romano Pontífice. Es a las comunidades cristianas a quienes incumbe “analizar con objetividad la situación propia de su país, esclarecerla mediante la luz de la Palabra inalterable del Evangelio, deducir principios de reflexión, normas de juicio y directrices de acción según las enseñanzas sociales de la Iglesia tal como han sido elaboradas a lo largo de la historia (…) (a ellos les) toca discernir, con la ayuda del Espíritu Santo, en comunión con los obispos responsables, en diálogo con los demás hermanos cristianos y todos los hombres de buena voluntad, las opciones y los compromisos que conviene asumir para realizar las transformaciones sociales, políticas y económicas que se considera de urgente necesidad en cada caso. (Octogesima adveniens 4)”.
Pedimos a todos los religiosos y miembros de la Familia Dominicana en Centroamérica que rechacen de manera categórica, sobre la base de los principios aquí expuestos, el golpe infligido a la institucionalidad democrática hondureña y pidan el apoyo nacional e internacional para la restauración de la misma en el más corto plazo.
Asimismo, llamamos a expresar nuestra solidaridad efectiva con los más necesitados, los más pobres, los más excluidos del pueblo hondureño, también más afectados —a veces hasta manipulados— por situaciones críticas como la presente.
El pasado 14 de julio, esta Conferencia Episcopal encabezada por el ultraconservador cardenal Rodríguez Maradiaga, dio a conocer un comunicado con relación a la detención del Presidente de la República de Honduras del pasado 28 de junio por parte de las Fuerzas Armadas de ese país en el que expresa que “todos y cada uno de los documentos que han llegado a nuestras manos, demuestran que las instituciones del Estado democrático hondureño, están en vigencia y que sus ejecutorias en materia jurídico-legal han sido apegadas a derecho.”
A lo que agregan que “la Constitución de la República y los órganos administradores de justicia del país nos hacen concluir que:
a.) Conforme a lo contemplado en el Artículo 239 de la Constitución de la República, “quien proponga la reforma” de este Artículo, “cesa de inmediato en el desempeño de su cargo y queda inhabilitado por diez años para el ejercicio de toda función pública”. Por lo tanto, la persona requerida, cuando fue capturado, ya no se desempeñaba como Presidente de la República.
b.) Con fecha 26 de junio de 2009, la Corte Suprema de Justicia, por unanimidad, nombró un Juez Natural que giró la orden de captura contra el ciudadano Presidente de la República de Honduras, a quien se le supone responsable de los delitos de: CONTRA LA FORMA DE GOBIERNO, TRAICION A LA PATRIA, ABUSO DE AUTORIDAD Y USURPACION DE FUNCIONES en perjuicio de la Administración Pública y del Estado de Honduras, lo anterior a raíz del Requerimiento Fiscal presentado en esa Corte por parte del Ministerio Público”.
Esto es una verdad a medias que, como es sabido, equivale a una mentira, que dadas las implicancias sociales, políticas e institucionales deriva en una infamia contra los más injusticiados del pueblo hondureño.
Los obispos hondureños omiten mencionar que la forma de la ejecución de la destitución del presidente constitucional fue a partir de la violación de su domicilio y su expulsión del territorio nacional violando el art. 102 de la constitución donde reza que “Ningún hondureño podrá ser expatriado ni entregado a un Estado extranjero”; con lo que queda deslegitimada dicha orden del poder judicial por vicios en el procedimiento. Tampoco mencionan que por este Golpe de Estado se violan todas las Garantías Constitucionales y Derechos Humanos de las personas y pueblos. Se está llevando a cabo una represión constante y sistemática de agresión física a personas individuales y grupos por parte del ejército militar hondureño y la policía nacional civil, llegado incluso al derramamiento de sangre (de los defensores del pueblo pobre, nunca de los sediciosos) por causa de disparos de los militares sobre manifestantes pacíficos favorables al retorno del Presidente, la cual el episcopado es cómplice por omisión y dice en una ambigüedad propia de Pilatos que “Honduras ha sido y quiere seguir siendo un pueblo de hermanos, para vivir unidos en la justicia y la paz. Es necesario globalizar la solidaridad como un camino que puede ayudarnos a superar la injusticia y la inequidad”. Sólo les faltó agregar que la traerán los reyes magos para el próximo enero si ahora se portan obedientes, sumisos y resignados.
Es el mismo episcopado quien también ignora intencionadamente la desinformación obligada que se ha sometido a la ciudadanía mediante la censura de los medios de comunicación radial y televisiva ajenas al gobierno de facto; como así también la libre circulación, llevando la situación actual del país de un toque de queda a un estado de sitio.
Tampoco mencionan una sola palabra sobre que los hechos que antecedieron la ruptura del orden social y político no se limitan a la propuesta del Presidente de realizar una consulta con la que pretendía obtener respaldo para hacer que en las elecciones generales de noviembre próximo se instalara una cuarta urna en la que los ciudadanos debían votar si querían un cambio de la Constitución Política; sino que el conflicto de fondo es con los diversos sectores económicos en la reestructuración de las fórmulas de ganancias de las compañías transnacionales del petróleo, la importación de medicamentos genéricos desde Cuba a precios más cómodos que los ofrecidos por las empresas farmacéuticas nacionales e internacionales, la decisión de elevar el salario mínimo -uno de los más bajos de Centroamérica de $182 a $291 o las medidas a favor del ambiente frente a las compañías mineras, medidas todas que favorecen al 85% pobre de la población hondureña y, por supuesto, va en contra de los intereses privados de la minoría opresora del pueblo.
Para Honduras se ha producido un aislamiento internacional, una suspensión de ayudas financieras y retiro de embajadores de diversas naciones. Sin embargo, este episcopado se apura a tomar posición diciendo que “rechazamos amenazas de fuerza o bloqueos de cualquier tipo que solamente hacen sufrir a los más pobres”; haciendo gala de una hipocresía farisea, como si los pobres por los que tendrían que optar política y socialmente no estuvieran siendo ninguneados desde hace siglos con la bendición de la cruz al lado de la espada y el dinero.
También con esta sentencia se unen tácitamente a quienes rompieron el orden institucional considerando que se estaba produciendo una creciente y peligrosa influencia de los gobiernos venezolano, nicaragüense y de otros miembros del ALBA en Honduras, omitiendo mencionar a la evidente connivencia del Gobierno de los EE.UU. ante el golpe; quien compra el 80% del producto exportable hondureño, por lo cual este gobierno de facto duraría cinco minutos si el imperio decidiese bloquear sus compras al pequeño país centroamericano.
Es tragicómico leer al episcopado decir que “hoy más que nunca los comunicadores sociales deben expresar su amor a Honduras buscando la pacificación y serenidad de nuestro pueblo, dejando a un lado los ataques personales y buscando el bien común”.
El director de Cine, TV y Publicidad, Francisco Andino Mencia nos refiere sobre la escalada represiva que se ha desatado en Honduras: “Existen innumerables abusos que miembros del ejercito hondureño están cometiendo en contra de la prensa internacional, los profesionales de medios audiovisuales y a civiles indefensos.
Hay signos evidentes de que están implementando en forma sistemática y muy agresiva el manual de la doctrina de seguridad nacional que tan bien les funciono en el pasado. Ha habido muchos secuestros y desapariciones de dirigentes de organizaciones populares. Lo hacen impunemente: a las 3 de la madrugada cortan la energía eléctrica en toda la ciudad y allí actúan los comandos que entran a casas y se llevan a sus victimas. En otros casos se han dado a plena luz del día. Ayer un sindicalista murió arrollado por los militares cuando se oponía a la toma de la empresa de Telecomunicaciones. Por la tarde, fue reprimida brutalmente la manifestación pacifica que estaba estacionada frente al palacio presidencial desde ayer. Les lanzaron gas lacrimógeno y les dispararon francotiradores desde lo alto de un hotel, luego tropas de tierra apoyadas por dos helicópteros persiguieron a los manifestantes a lo largo de un kilómetro en un boulevard muy transitado, hasta el estadio nacional, solo para encontrarse con otra horda de soldados que los estaba esperando. Allí se provoco una gran desbandada del movimiento, y en la confusión, grupos de encapuchados secuestraron a su vez a varios dirigentes. Según datos extraoficiales hay 4 muertos, pero los heridos llenaron el hospital más cercano, hasta donde por supuesto llegó la policía para ficharlos. Asimismo fue ametrallada una caravana de buses que venía desde el interior hacia la capital con manifestantes que iban hacia Casa presidencial. De eso no se tiene mayor detalle por la fragmentación de la información que estamos sufriendo. Al periodista local Ángel Palacios le cayo un grupo de soldados que le querían quitar su cámara y después de forcejear logro escabullírseles. Como se nos perdió y temíamos que lo hubieran detenido, los compañeros realizadores Ramón Hernández y Manuel Villa salieron en su búsqueda, pero los soldados los hicieron retroceder a golpes de fusil. Afortunadamente Ángel apareció como una hora después, sano, salvo y con cámara. Mientras tanto el cerco mediático esta funcionando a la perfección: en los noticieros y diarios todo sigue con total normalidad y calma, como cualquier día común; es más, mucha gente aquí no se da cuenta de nada, aunque esté ocurriendo a pocas cuadras. Para rematar, la ultima red de comunicación que estaba transmitiendo información sobre lo que ocurre ya fue silenciada y sus coordinadores obligados a transmitir desde el exterior. La dictadura pretende ignorar y le resta importancia a que está siendo aislada completamente del mundo, que ha sido condenada y desligitimada por todos los foros mundiales, que todos los países de América y Europa están retirando a sus embajadores de Tegucigalpa, que Guatemala, Nicaragua y el Salvador han cerrado sus fronteras terrestres con Honduras, que el BID, FMI y BM están congelando los fondos internacionales de Honduras. Pero aun con todo esto dicen que se mantendrán firmes durante los 7 meses que faltan del gobierno de Zelaya. A nuestro amigo realizador Manuel Villa ya lo ha llamado amenazándolo con desaparición y muerte, y decidimos por eso mantenernos trabajando con bajo perfil. Cualquier cosa que le ocurra a él o a otro audiovisualista no será casualidad. Lo realmente aterrador es esperar la madrugada cuando están haciendo los cortes de energía y uno no sabe si vendrán a golpear a la puerta. Ojalá el mundo se este dando cuenta de lo que están haciendo estos bárbaros”.
Siguen las buenas intenciones (esas de las que está poblada el camino al infierno...) cuando el episcopado dice que “a la población en general los invitamos a continuar en un espacio de participación respetuosa y responsable, entendiendo que todos podemos construir una Honduras más justa y solidaria, con el trabajo honesto. Exhortamos al pueblo fiel a intensificar la oración y el ayuno solidario para que reine la justicia y la paz”. ¿Ayuno de alimentos, de educación, de salud, de agua potable, de justicia social, de dignidad? ¿Hasta cuándo quieren estos obispos que el pueblo sufriente ayune? ¿Cuándo una voz profética que como pastores denuncien los valores de antirreino que las clases opulentas imponen al pueblo injusticiado?
Y como cereza de tan brillante documento os obispos terminan con la blasfemia de tomar el santo nombre del Señor en vano citando a Jesús: “Les dejo la paz, les doy mi paz, nos dice el señor Jesús, la paz que yo les doy no es como la que les da el mundo. Que no haya en Ustedes angustia, ni miedo”. ¿Todavía hay que explicar que la paz subversiva del Evangelio de basa en la distribución justa de los dones / riquezas que Dios puso en la Tierra para todos? ¿Todavía hay que explicarles que la otra “paz”, la “pax romana”, la paz de la sociedad esclavista, la paz de la resignación a la opresión conseguida con la máxima violencia por la violación sistemática de la dignidad de los Hijos de Dios es antievangélica? ¿Pero qué lectura hacen de que la paz que nos trae Jesús “no es como la de este mundo” (Palestina en el siglo I, ocupada por el Imperio Romano aplastando a todo quien se revelase contra él).
“Al que se ponga de mi parte (mi causa) ante los hombres, yo me pondré de su parte ante mi Padre de los Cielos. Y al que me niegue ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los Cielos. No he venido a traer la paz, sino la espada. (...) El que no carga con su cruz (consecuencias de la causa) y viene detrás de mí, no es digno de mí. El que vive su vida para sí la perderá, y el que sacrifique su vida por mi causa, la hallará”. (Mateo 10, 32-39)
Pronunciamiento Provincial de los Dominicos en Centro América Criterios Éticos Del Magisterio Social De La Iglesia (extracto)
No se puede aceptar la visión, como algunos han dicho, de que existen “dos bandos”, “dos partes” en lo que se refiere al respeto al orden institucional democrático, tal y como lo avala el consenso internacional en materia de concepción de la democracia y de la defensa de derechos humanos. En materia de justicia, institucionalidad, y defensa de los derechos humanos no cabe aceptar “bandos” ni negociación alguna, so pena de destruir las premisas necesarias para la convivencia y el diálogo entre la diversidad de personas.
La identificación y proclamación de los derechos del hombre es uno de los esfuerzos más relevantes para responder eficazmente a las exigencias imprescindibles de la dignidad humana (cfr. GetS 76). Así como al afirmar que la fuente última de los derechos humanos no se encuentra en la mera voluntad de los seres humanos, en la realidad del Estado o en los poderes públicos, sino en el hombre mismo y en Dios su Creador (Cfr. Pacem in terris 9). Es, por tanto, por completo inaceptable el recurso o aplicación —como se ha hecho en la “destitución” del presidente Zelaya— de cualquier legislación nacional que no se adecue y subordine a estos derechos. Mucho menos aceptable aún el escudarse en “estados de excepción” para cometer acciones que irrespeten la dignidad humana. Queda claro que los cristianos aprecian el sistema democrático en la medida en que asegura la participación de todos los ciudadanos, les da la posibilidad de elegir y pedir cuentas a sus propios gobernantes, y de sustituirlos de manera pacífica (cfr. Centesimus annus 46).
En la tradición de la enseñanza social católica que el recurso a la resistencia ante un gobernante, por medio de fuerzas armadas, solo es legítimo cuando se hayan producido —no cuando se prevean o supongan como posibles— violaciones ciertas, graves y prolongadas de los derechos fundamentales; cuando se hayan agotado todos los otros recursos; sin provocar desórdenes peores; que haya esperanza fundada de éxito y si es imposible prever razonablemente soluciones mejores. Nada de esto parece haber sido considerado por los autores del golpe de estado en Honduras. Permítasenos citar todavía el siguiente párrafo invaluable de la encíclica “El progreso de los pueblos” (31). En este texto Pablo VI recuerda los enormes peligros de la insurrección contra los gobernantes legítimos porque “—salvo en el caso de tiranía evidente y prolongada que atentase gravemente a los derechos fundamentales de la persona y dañase peligrosamente el bien común del país— engendra nuevas injusticias, introduce nuevos desequilibrios y provoca nuevas ruinas. No se puede combatir un mal real al precio de un mal mayor.” La misma condena internacional unánime del golpe en Honduras manifiesta la extendida percepción de que la alteración del orden institucional en Honduras crea amenazas, no solo sobre la convivencia pacífica y justa al interior del país, sino también sobre el frágil sistema democrático de la región. Esto, sin duda alguna, es un mal mayor que el que pudiera estarse evitando y que, en todo caso, quedaba sujeto a prueba con el debido proceso.
No se puede separar, además, el juicio ético – religioso sobre el golpe del que hay que formular sobre la situación general endémica de Honduras y cuya solución debería constituirse en primera prioridad, no solo para los católicos, sino para todos los hombres y mujeres de buena voluntad del país, en particular para los gobernantes. Baste recordar unos pocos datos: Honduras es uno de los países del continente con mayor población sufriendo pobreza y las secuelas de la misma, con altos índices de inequidad en la distribución del ingreso per cápita y en el grado de concentración del ingreso per cápita del hogar. Solo el 38, 2 % de los hogares aparecen en las estadísticas como “no pobres” porque pueden cubrir sus necesidades básicas de alimentación y otras. La tasa de mortalidad infantil es en promedio del 23 por mil, pero cuatro veces el promedio nacional en algunos departamentos rurales. Para este país, el indicador de esperanza de vida se ubica en peor posición que los indicadores de educación, en los que de todos modos los puntajes obtenidos se encuentran entre los últimos de la región. Es uno de los países del istmo que muestra las mayores proporciones de niños desnutridos, donde el bajo peso al nacer es uno de los factores que precipitan la desnutrición en edades tempranas, resultado, fundamentalmente, de una desnutrición intrauterina y donde no se registran avances relevantes en la reducción de este indicador. Las secuelas de la desnutrición sufrida en la etapa preescolar se observan con claridad en el déficit acumulado en la talla de niños escolares, en donde la prevalencia supera el 40%. Y está claro que uno de los principales factores que incide en la deteriorada situación de la salud es el inadecuado acceso a servicios de saneamiento y agua. Además, en Honduras vive la tercera parte de la población centroamericana que padece VIH-sida.
¿Podremos decir los cristianos, y en particular los frailes predicadores, que estamos anunciando en Honduras al Dios de la vida, al Jesús que vino “para que tuviéramos vida y vida en abundancia”? ¿Podrán decir los partidos y dirigentes políticos hondureños que han hecho de la defensa de la vida su prioridad principal?
Cualesquiera que sean la respuestas a estas preguntas, estamos convencidos de que el compromiso de acompañamiento al pueblo hondureño no se limita a esta lamentable coyuntura de la ruptura de la institucionalidad democrática, sino que se extiende al camino para la superación de estos problemas estructurales. Un fortalecimiento de la democracia política —tan dramáticamente herida con el reciente golpe— solo se realizará con una construcción fuerte de una democracia económica y social.
Pero en este caminar, definir lo que haya que hacerse, —como lo enseñó con clarividencia Pablo VI—, no es tarea privilegiada nuestra, ni siquiera de los Obispos o del Romano Pontífice. Es a las comunidades cristianas a quienes incumbe “analizar con objetividad la situación propia de su país, esclarecerla mediante la luz de la Palabra inalterable del Evangelio, deducir principios de reflexión, normas de juicio y directrices de acción según las enseñanzas sociales de la Iglesia tal como han sido elaboradas a lo largo de la historia (…) (a ellos les) toca discernir, con la ayuda del Espíritu Santo, en comunión con los obispos responsables, en diálogo con los demás hermanos cristianos y todos los hombres de buena voluntad, las opciones y los compromisos que conviene asumir para realizar las transformaciones sociales, políticas y económicas que se considera de urgente necesidad en cada caso. (Octogesima adveniens 4)”.
Pedimos a todos los religiosos y miembros de la Familia Dominicana en Centroamérica que rechacen de manera categórica, sobre la base de los principios aquí expuestos, el golpe infligido a la institucionalidad democrática hondureña y pidan el apoyo nacional e internacional para la restauración de la misma en el más corto plazo.
Asimismo, llamamos a expresar nuestra solidaridad efectiva con los más necesitados, los más pobres, los más excluidos del pueblo hondureño, también más afectados —a veces hasta manipulados— por situaciones críticas como la presente.
domingo, 21 de junio de 2009
Participación, utopías y proyecto - por gabriel andrade
“Vivimos en el mejor de los mundos posibles”, al menos eso es lo que nos repiten insistentemente desde Davos... Ni siquiera hace falta ya esforzarse por justificar moralmente este mundo. ¿Que no es un buen mundo? No hay otro posible, así que dejémonos de utopías moralistas. Lasciate ogni speranza, voi che entrate!; “¡Quien entre aquí, renuncie a toda esperanza!”, el Dante contempló escrito en las puertas del infierno... Este es el infierno que construyó el capitalismo para la mayoría de la Humanidad. “El capitalismo no es un sueño a realizar, sino una pesadilla realizada” diría Eduardo Galeano.
Participo en un programa radial en que muchos jóvenes -atravesados por un “realismo cotidiano” impulsado como sentido común- interpelan al conductor y candidato a diputado nacional por Proyecto Sur Carlos del Frade, destilando escepticismo acerca de las posibilidades de cambio, de la intencionalidad de los actores que lo impulsan, de cualquier esperanza, de un futuro mejor.
Recordaba a Ernesto Sábato cuando decía que “el epíteto de realistas señala a individuos que se caracterizan por destruir todo género de realidad, desde la más candorosa naturaleza, hasta el alma de hombres y de niños”...
Es el triunfo actual del infierno capitalista, del sinsentido de la esperanza de justicia, de la negación de la utopía y del futuro mejor para las mayorías.
Es reducir de sujetos a objetos manejables los sueños y la voluntad de quienes biológica y existencialmente tienen el mandato de cambio.
Ser sujeto es trascenderse, es ser más de lo que se es. El sujeto es tanto memoria como proyecto. No sólo tiene proyectos, sino que es proyecto; acto de proyectarse.
Pero la memoria no significa inmovilismo, repetición mecánica, vuelta al pasado o añoranza de otros tiempos. Precisamente la dimensión del proyectarse viene a sacarlo del inmovilismo, de la tentación de la regresión. Pero el proyectarse no puede realizarse en cualquier dirección, sin tener en cuenta los propios orígenes.
Pero así como somos memoria también somos imaginación. Es la imaginación la que dibuja el futuro y abre camino al proyecto. Esto quiere decir que la imaginación no es una facultad o una cualidad que tenemos. No es algo que se agrega al sujeto constituido. Por el contrario, la imaginación nos constituye como nos constituye la memoria. Así como sin memoria no somos, tampoco somos sin imaginación.
Mediante la imaginación siempre estamos más allá. Nunca estamos donde estamos. Siempre nos estamos desplazando, siempre estamos proyectando, es decir, nos estamos proyectando. El día que dejamos de hacerlo comenzamos a morir, ya no somos más. Ser no es simplemente permanecer en el ser sino también ser-más.
De esta manera la imaginación penetra en el ámbito utópico. La utopía no conoce límites. Va siempre más allá. Abre el camino. Si nada grande se hace sin pasión, nada grande se hace tampoco sin utopía.
Y la utopía no sólo pertenece al ámbito de la racionalidad sino que es la que abre ese ámbito. Sin una gran utopía no se habrían logrado ninguna de las grandes conquistas de las ciencias. Pero la utopía, el estar siempre más allá, es no sólo lo prometedor, sino también lo desconocido y amenazante. Atrae y repele, fascina, subyuga y amedrenta. Precisamente este aspecto será acentuado, exagerado, unilateralizado, por los sectores dominantes que temen la posibilidad de un cambio.
Todos los grandes cambios económicos, políticos, sociales y culturales que se han producido a lo largo de la historia de la humanidad siempre fueron precedidos por grandes utopías. La imaginación y su fabuloso poder utópico siempre adelantó lo que después la ciencia y la política realizaron. Naturalmente que el adelantamiento utópico de la imaginación siempre fue más perfecto y hermoso que su realización.
Los grandes ideales de libertad, igualdad y fraternidad, fueron imaginados y pensados por multitud de hombres antes de que se hiciesen realidad con la Revolución Francesa. Su pobre realización hizo que la imaginación se siguiera adelantando y surgieran luego las utopías comunistas, traicionadas por la Unión Soviética y muy limitadamente alcanzadas con la revolución cubana.
Lo que transciende este mundo en dirección a otro mayor y mejor es la utopía, la fantasía y el deseo. Estas realidades que fueron dejadas de lado por el saber científico volvieron a ganar crédito y fueron rescatadas por el pensamiento más radical inclusive de cuño marxista como en Ernst Bloch y Lucien Goldman. Lo que subyace a este proceso es la conciencia de que también pertenece lo potencial, lo virtual, aquello que todavía no es pero que puede ser al mundo de lo real. Por eso, la utopía no se opone a la realidad. Es expresión de su dimensión potencial latente.
Justamente la fe en Dios de la justicia y la vida viven de ese ideal y de esa utopía. Si lo real incluye lo potencial, entonces, con más razón incluye al ser humano, lleno de ilimitadas potencialidades. El ser humano es un ser utópico. Nunca está acabado, siempre está en génesis, construyendo su existencia a partir de sus ideales, utopías y sueños. En nombre de ellos ha mostrado lo mejor de sí mismo.
Hace dos mil años, vivió inmerso en un pueblo sometido a todo tipo de injusticias un hombre con una utopía y con una esperanza. Una persona con una Causa por la que vivir y por la que luchar. Esa Causa fue la “opción fundamental” de Jesús de Nazaret; se trató de un rasgo fundamental de su vida y de su persona; fue un rasgo esencial en Él, y, por eso mismo, es un rasgo “revelador”, por lo que formó parte de esa revelación que fue y es Jesús de Nazaret.
Ese “vivir con Causa” de Jesús, es también revelación de cómo ese Dios de la vida y cómo debe ser el ser humano. Nos revela por una parte que Dios tiene una utopía, un sueño: su plan salvífico, su voluntad, su esperanza, su utopía, su reinado. Nos revela también que la Persona Humana Nueva revelada en Él es esencialmente utópica y esperanzada, y que, sin este rasgo, cualquier persona humana está lejos de acceder a la plenitud de sus posibilidades; aunque en este proceso de liberación, se puede hasta estar inmersos en la noche más oscura.
Un cristianismo sin esperanza, sin utopía, sin lucha apasionada por la construcción de ese Reino no sería seguimiento de Aquél apasionado luchador que mantuvo su esperanza sostenida hasta el final de su vida.
No podemos decir que Jesús no pueda ser modelo para nosotros en estos tiempos por el hecho de que él no hubiera vivido tiempos de crisis de esperanza como los nuestros. La lucha y la esperanza de Jesús también atravesó sus crisis.
Debió serle fácil al principio la esperanza, cuando constataba en el pueblo aquella respuesta entusiasta que le hacía venir en su búsqueda en muchedumbre o que le quería proclamar rey. Se debió sentir peor cuando muchos le fueron dejando quejándose de que aquel lenguaje era un tanto duro. La posterior “crisis de Galilea” debió ser una “noche oscura” para su esperanza: parecía que no había salida; aquél camino no conducía a ninguna parte. “¿Sigo o no sigo?”, se debió preguntar su parte humana. “¿Merece la pena esta lucha, o es mejor abandonar?”. Pero decidió continuar y “subir a Jerusalén”, a tumba abierta. Poco después sudaría sangre en el huerto, temblando ante los riesgos de muerte que estaban a punto de hacer presa en él. Siguió adelante, confiando quizá desesperadamente en que el Padre no le iba a abandonar, y en que hasta el último instante podría aparecer una salida. Pero el momento de la verdad llegó, desnudo como el beso de la muerte. Entre la espada y la pared, en la cruz y ante la muerte, Jesús debió sentir que ya no había tiempo para engañarse: el Padre le pedía no ya que esperara alguna salida, sino que confiara en Él sin tener ningún otro apoyo, con una esperanza contra toda esperanza. Y Jesús no falló: “en tus manos encomiendo mi espíritu, (mi Causa)”
Esa fue su mejor y mayor esperanza, mucho más valiosa que aquél primer optimismo entusiasta que le llevó por los caminos de Galilea fácilmente empujado por el fervor de las multitudes. La esperanza en la noche oscura de la crisis de Galilea, de Getsemaní y de la cruz, fue la consumación de su esperanza.
Como bien señala Imanol Zubero, la realidad de injusticia en que vivimos no tiene por qué alimentar necesariamente una actitud y una práctica de acomodo o de adaptación a la realidad presente. El hecho de que las cosas estén como están lo mismo puede llevarnos a la conclusión de que no hay nada que hacer como a la de que todo o casi todo está aún por hacer.
¿Cuántas almas no enfermas de capitalismo nos quedan? En su versión hebrea, la palabra enfermo significa “sin proyecto”, y ésta es la más grave enfermedad entre las muchas pestes de estos tiempos; mucho más si es en el espíritu de los jóvenes.
Como señaló acertadamente Milan Machovec: la fuerza del mensaje de Jesús, aquello que tocó los corazones y puso en marcha a sus discípulos, no fue tanto un mensaje sobre el futuro que ha de venir a la manera de las tradiciones mesiánicas populares, sino un mensaje sobre un futuro que es asunto nuestro, a la vez promesa y reto a la movilización de todas nuestras capacidades de humanización del mundo ya, desde ahora. Jesús disuade a los hombres de una concepción de tipo profético-popular, en la que tradicionalmente se habían centrado los intereses y las atracciones de los descontentos. Y los lleva, más bien, a convencerse de que el futuro es “asunto suyo”, aquí y hoy, un asunto que atañe esencialmente a cada persona humana “interpelada” de ese modo. En este sentido Jesús sustrajo el futuro de las nubes del cielo para convertirlo en una cuestión presente de cada día; el futuro no es algo que “viene”, que llega de lejos, desde fuera, independientemente de nosotros, algo así como un cambio atmosférico; el futuro es asunto nuestro, dado que en cada instante el futuro es una exigencia del presente, un reto a las capacidades humanas, que hemos de movilizar hasta el máximo en cada instante.
Es cierto que nada de esto elimina las dificultades derivadas de la urgencia por ver realizarse, aunque sólo sea de manera incipiente, la promesa de justicia de Dios. Pero sí nos ofrece una pauta de lectura de la realidad que nos permita discernir, desde ahora, los signos de liberación que anticipan la transformación que el futuro prometido por Dios está produciendo en nuestro tiempo. El futuro no es algo que esté ahí, algo que nos esté esperando y hacia lo que avanzamos inexorablemente, sin otra opción que la adaptación. El futuro nos transforma en la medida en que es anticipado -definido, preconstruido- ya desde ahora. El futuro actúa en el presente en la medida en que es en el presente cuando ponemos las bases de lo que el futuro tiene que ser. Pensar el futuro es, de alguna manera, anticiparlo.
Por eso, no es posible situarse en el presente si no es en el marco de un proyecto de futuro. Tratar de definir, entre los varios futuros históricamente posibles y la estructural incertidumbre que la vida contiene -aquel concreto futuro que deseamos- exige tomar decisiones y adoptar estrategias desde hoy mismo. El futuro se decide, en buena medida, hoy. Es por eso que el futuro nos transforma.
Estamos llamados a dar respuesta a todo el que nos pida razón de nuestra esperanza. La nuestra ha de ser una esperanza razonable, lo que no quiere decir que la exposición de las razones de nuestra esperanza sea suficiente para convencer a nadie. Probablemente, tal cosa no será posible si no logramos aprehender la realidad también desde la perspectiva de una razón sensible que nos capacite para presentir lo nuevo que está naciendo en el seno de un mundo que gime con dolores de parto.
Aunque muchos que se dicen cristianos hablen de “justicia”, muchos cristianismos al uso no tienen verdadera presencia de la justicia del Reino. Ello se refleja sobre todo en su actitud ante las esperanzas y las utopías. Ante estos tipos de cristianos y de cristianismos, decimos que un cristianismo sin Reino no es verdadero cristianismo, ya que les falta lo esencial cristiano; no es simplemente una mayor o menor “calidad” del cristianismo, sino la afirmación o negación de su misma esencia. Son formas religiosas “paracristianas” que utilizan los símbolos y conceptos cristianos pero colocándolos fuera de todo planteamiento histórico-utópico propio del Reino. Están centradas en torno a un Jesús sin Reino, y, consecuentemente, a un Dios sin Reino. Toman el nombre de Jesús en vano. Y en falso, porque en su nombre hacen y difunden muchas veces lo contrario de lo que Él hizo, aquello incluso a lo que más se opuso en su tiempo.
¿Cuál es, entonces, la actualidad en la participación política y social del Reino de justicia predicado por Jesús? Probablemente la misma de siempre: la oportunidad que nos brinda para seguir encontrando, en medio del mal, experiencias concretas de humanización y liberación; y para comprender estas experiencias no como fragmentos inconexos, pequeños tesoros (en el mejor de los casos) restos de un naufragio que las aguas llevan hasta la playa, sino como hitos que señalan un sendero posible hacia un futuro distinto.
Hoy es el cristianismo de la liberación quienes ha asumido mayoritariamente la construcción del Reino en la denuncia profética, y han tenido que cargar sobre sí el mismo conflicto que los profetas bíblicos y que los profetas de siempre afrontaron tanto frente a los poderes civiles como frente a los detentadores del poder institucional de la respectiva religión establecida. El escándalo está ahí, a la vista de todos, pero tan profundamente introyectado en nuestro inconsciente que muchos no lo captan. El escándalo está en todos esos cristianismos “complacientes”, “suaves”, “sensatos”, “políticamente correctos”, que huyen de “radicalismos” conviviendo con el sistema sin mayores problemas. Son cristianismos “descafeinados”, que con el paso del tiempo han perdido la memoria peligrosa de Jesús y de su Causa. Han olvidado que originalmente eran seguidores de un profeta radical que murió como ajusticiado político y religioso porque su predicación y su esperanza subvertían el sistema del templo y del imperio.
Un pensador marxista como Enrique Dussel ha reconocido que en esta nueva hora, el pensamiento subversivo cristiano puede sacar adelante la esperanza que sostenía a estos otros viejos luchadores. Pero se refiere a la esperanza de calidad, fundamentada en la opción por los pobres y en la fe:
- en la verdadera opción por los pobres. No la de aquellos que optaron por los pobres porque en su análisis de materialismo dialéctico parecían los triunfadores del mañana, sino porque eran los perdedores de hoy. Y hoy día lo son más aún, y por eso los que optaron más duramente por los pobres encuentran más motivos aún para optar por ellos.
- en la fe: porque ahora ya no están estas “certezas científicas” -como las marxistas a su tiempo- en qué apoyarse. Por eso la esperanza hoy no puede ya auto engañarse: ha de ser esperanza contra toda esperanza, contra toda evidencia. No nos apoyamos en ninguna certeza humana, sino en la pura fe. Como decía un graffiti en un muro de la ciudad de Bogotá “dejemos el pesimismo para tiempos mejores”...
Si tuvieran razón los que se empeñan en hacernos creer que las utopías han fracasado y que ya no va a ser posible intentar una transformación del sistema, quien habría fracasado no serían simplemente esas utopías, sino el proyecto de justicia de Dios mismo, Jesús de Nazaret y su Buena Noticia, y entonces la humanidad misma. Sin el proyecto político del Reino de Dios el cristianismo pierde sentido y trascendencia.
Para los creyentes, el Reino de Dios se consumará en la transhistoria. Aunque sólo lo que se siembre en nuestra historia se cosechará allá. No sabemos cómo. Ni cuándo. Quizá nos toque caminar, como Moisés, previendo que no entraremos en la tierra prometida. O quizá en cualquier momento aparezca en el horizonte una luz nueva. Quizá repentinamente se termine de quebrar esa arrogante solidez que el imperio dice poseer. Nosotros, en todo caso, no nos resignamos a dar por terminada la historia. Nos rebelamos contra el decreto de la desesperanza imperial.
La voluntad hace fermentar su proyecto más allá, más abajo, más al fondo y más adentro de lo que nosotros percibimos. También durante la noche oscura la semilla sigue creciendo, aunque nosotros no veamos cómo.
Esta esperanza, hecha de fe y de amor, puede ser el hilo conductor de la espiritualidad necesaria en las noches oscuras de utopías y de esperanzas. Y el gran papel de los cristianos (los que lo saben ser y los que ,o son sin saberlo) debe ser, en esta hora histórica, el testimonio de la inconformidad, del esclarecimiento de la verdad y la justicia, de la tenacidad de la esperanza; de la inclaudicable esperanza con el ejercicio de igual dignidad para todos que predicó Jesús.
La esperanza verdadera, como la fe, vale tanto más cuanto más gratuita es, cuantas menos evidencias tiene, cuanto más se nutre del amor al otro, cuanto más encuentra sus razones en el coraje de seguir apostando por la eterna Causa de amor a la justicia por la que vivió Jesús de Nazaret.
Y si nos toca, como diría un viejo sacerdote amigo, seremos soldados derrotados de una causa invencible...
¡Feliz el que se siente en el banquete del reino! (Apocalipsis 19,6-9).
Participo en un programa radial en que muchos jóvenes -atravesados por un “realismo cotidiano” impulsado como sentido común- interpelan al conductor y candidato a diputado nacional por Proyecto Sur Carlos del Frade, destilando escepticismo acerca de las posibilidades de cambio, de la intencionalidad de los actores que lo impulsan, de cualquier esperanza, de un futuro mejor.
Recordaba a Ernesto Sábato cuando decía que “el epíteto de realistas señala a individuos que se caracterizan por destruir todo género de realidad, desde la más candorosa naturaleza, hasta el alma de hombres y de niños”...
Es el triunfo actual del infierno capitalista, del sinsentido de la esperanza de justicia, de la negación de la utopía y del futuro mejor para las mayorías.
Es reducir de sujetos a objetos manejables los sueños y la voluntad de quienes biológica y existencialmente tienen el mandato de cambio.
Ser sujeto es trascenderse, es ser más de lo que se es. El sujeto es tanto memoria como proyecto. No sólo tiene proyectos, sino que es proyecto; acto de proyectarse.
Pero la memoria no significa inmovilismo, repetición mecánica, vuelta al pasado o añoranza de otros tiempos. Precisamente la dimensión del proyectarse viene a sacarlo del inmovilismo, de la tentación de la regresión. Pero el proyectarse no puede realizarse en cualquier dirección, sin tener en cuenta los propios orígenes.
Pero así como somos memoria también somos imaginación. Es la imaginación la que dibuja el futuro y abre camino al proyecto. Esto quiere decir que la imaginación no es una facultad o una cualidad que tenemos. No es algo que se agrega al sujeto constituido. Por el contrario, la imaginación nos constituye como nos constituye la memoria. Así como sin memoria no somos, tampoco somos sin imaginación.
Mediante la imaginación siempre estamos más allá. Nunca estamos donde estamos. Siempre nos estamos desplazando, siempre estamos proyectando, es decir, nos estamos proyectando. El día que dejamos de hacerlo comenzamos a morir, ya no somos más. Ser no es simplemente permanecer en el ser sino también ser-más.
De esta manera la imaginación penetra en el ámbito utópico. La utopía no conoce límites. Va siempre más allá. Abre el camino. Si nada grande se hace sin pasión, nada grande se hace tampoco sin utopía.
Y la utopía no sólo pertenece al ámbito de la racionalidad sino que es la que abre ese ámbito. Sin una gran utopía no se habrían logrado ninguna de las grandes conquistas de las ciencias. Pero la utopía, el estar siempre más allá, es no sólo lo prometedor, sino también lo desconocido y amenazante. Atrae y repele, fascina, subyuga y amedrenta. Precisamente este aspecto será acentuado, exagerado, unilateralizado, por los sectores dominantes que temen la posibilidad de un cambio.
Todos los grandes cambios económicos, políticos, sociales y culturales que se han producido a lo largo de la historia de la humanidad siempre fueron precedidos por grandes utopías. La imaginación y su fabuloso poder utópico siempre adelantó lo que después la ciencia y la política realizaron. Naturalmente que el adelantamiento utópico de la imaginación siempre fue más perfecto y hermoso que su realización.
Los grandes ideales de libertad, igualdad y fraternidad, fueron imaginados y pensados por multitud de hombres antes de que se hiciesen realidad con la Revolución Francesa. Su pobre realización hizo que la imaginación se siguiera adelantando y surgieran luego las utopías comunistas, traicionadas por la Unión Soviética y muy limitadamente alcanzadas con la revolución cubana.
Lo que transciende este mundo en dirección a otro mayor y mejor es la utopía, la fantasía y el deseo. Estas realidades que fueron dejadas de lado por el saber científico volvieron a ganar crédito y fueron rescatadas por el pensamiento más radical inclusive de cuño marxista como en Ernst Bloch y Lucien Goldman. Lo que subyace a este proceso es la conciencia de que también pertenece lo potencial, lo virtual, aquello que todavía no es pero que puede ser al mundo de lo real. Por eso, la utopía no se opone a la realidad. Es expresión de su dimensión potencial latente.
Justamente la fe en Dios de la justicia y la vida viven de ese ideal y de esa utopía. Si lo real incluye lo potencial, entonces, con más razón incluye al ser humano, lleno de ilimitadas potencialidades. El ser humano es un ser utópico. Nunca está acabado, siempre está en génesis, construyendo su existencia a partir de sus ideales, utopías y sueños. En nombre de ellos ha mostrado lo mejor de sí mismo.
Hace dos mil años, vivió inmerso en un pueblo sometido a todo tipo de injusticias un hombre con una utopía y con una esperanza. Una persona con una Causa por la que vivir y por la que luchar. Esa Causa fue la “opción fundamental” de Jesús de Nazaret; se trató de un rasgo fundamental de su vida y de su persona; fue un rasgo esencial en Él, y, por eso mismo, es un rasgo “revelador”, por lo que formó parte de esa revelación que fue y es Jesús de Nazaret.
Ese “vivir con Causa” de Jesús, es también revelación de cómo ese Dios de la vida y cómo debe ser el ser humano. Nos revela por una parte que Dios tiene una utopía, un sueño: su plan salvífico, su voluntad, su esperanza, su utopía, su reinado. Nos revela también que la Persona Humana Nueva revelada en Él es esencialmente utópica y esperanzada, y que, sin este rasgo, cualquier persona humana está lejos de acceder a la plenitud de sus posibilidades; aunque en este proceso de liberación, se puede hasta estar inmersos en la noche más oscura.
Un cristianismo sin esperanza, sin utopía, sin lucha apasionada por la construcción de ese Reino no sería seguimiento de Aquél apasionado luchador que mantuvo su esperanza sostenida hasta el final de su vida.
No podemos decir que Jesús no pueda ser modelo para nosotros en estos tiempos por el hecho de que él no hubiera vivido tiempos de crisis de esperanza como los nuestros. La lucha y la esperanza de Jesús también atravesó sus crisis.
Debió serle fácil al principio la esperanza, cuando constataba en el pueblo aquella respuesta entusiasta que le hacía venir en su búsqueda en muchedumbre o que le quería proclamar rey. Se debió sentir peor cuando muchos le fueron dejando quejándose de que aquel lenguaje era un tanto duro. La posterior “crisis de Galilea” debió ser una “noche oscura” para su esperanza: parecía que no había salida; aquél camino no conducía a ninguna parte. “¿Sigo o no sigo?”, se debió preguntar su parte humana. “¿Merece la pena esta lucha, o es mejor abandonar?”. Pero decidió continuar y “subir a Jerusalén”, a tumba abierta. Poco después sudaría sangre en el huerto, temblando ante los riesgos de muerte que estaban a punto de hacer presa en él. Siguió adelante, confiando quizá desesperadamente en que el Padre no le iba a abandonar, y en que hasta el último instante podría aparecer una salida. Pero el momento de la verdad llegó, desnudo como el beso de la muerte. Entre la espada y la pared, en la cruz y ante la muerte, Jesús debió sentir que ya no había tiempo para engañarse: el Padre le pedía no ya que esperara alguna salida, sino que confiara en Él sin tener ningún otro apoyo, con una esperanza contra toda esperanza. Y Jesús no falló: “en tus manos encomiendo mi espíritu, (mi Causa)”
Esa fue su mejor y mayor esperanza, mucho más valiosa que aquél primer optimismo entusiasta que le llevó por los caminos de Galilea fácilmente empujado por el fervor de las multitudes. La esperanza en la noche oscura de la crisis de Galilea, de Getsemaní y de la cruz, fue la consumación de su esperanza.
Como bien señala Imanol Zubero, la realidad de injusticia en que vivimos no tiene por qué alimentar necesariamente una actitud y una práctica de acomodo o de adaptación a la realidad presente. El hecho de que las cosas estén como están lo mismo puede llevarnos a la conclusión de que no hay nada que hacer como a la de que todo o casi todo está aún por hacer.
¿Cuántas almas no enfermas de capitalismo nos quedan? En su versión hebrea, la palabra enfermo significa “sin proyecto”, y ésta es la más grave enfermedad entre las muchas pestes de estos tiempos; mucho más si es en el espíritu de los jóvenes.
Como señaló acertadamente Milan Machovec: la fuerza del mensaje de Jesús, aquello que tocó los corazones y puso en marcha a sus discípulos, no fue tanto un mensaje sobre el futuro que ha de venir a la manera de las tradiciones mesiánicas populares, sino un mensaje sobre un futuro que es asunto nuestro, a la vez promesa y reto a la movilización de todas nuestras capacidades de humanización del mundo ya, desde ahora. Jesús disuade a los hombres de una concepción de tipo profético-popular, en la que tradicionalmente se habían centrado los intereses y las atracciones de los descontentos. Y los lleva, más bien, a convencerse de que el futuro es “asunto suyo”, aquí y hoy, un asunto que atañe esencialmente a cada persona humana “interpelada” de ese modo. En este sentido Jesús sustrajo el futuro de las nubes del cielo para convertirlo en una cuestión presente de cada día; el futuro no es algo que “viene”, que llega de lejos, desde fuera, independientemente de nosotros, algo así como un cambio atmosférico; el futuro es asunto nuestro, dado que en cada instante el futuro es una exigencia del presente, un reto a las capacidades humanas, que hemos de movilizar hasta el máximo en cada instante.
Es cierto que nada de esto elimina las dificultades derivadas de la urgencia por ver realizarse, aunque sólo sea de manera incipiente, la promesa de justicia de Dios. Pero sí nos ofrece una pauta de lectura de la realidad que nos permita discernir, desde ahora, los signos de liberación que anticipan la transformación que el futuro prometido por Dios está produciendo en nuestro tiempo. El futuro no es algo que esté ahí, algo que nos esté esperando y hacia lo que avanzamos inexorablemente, sin otra opción que la adaptación. El futuro nos transforma en la medida en que es anticipado -definido, preconstruido- ya desde ahora. El futuro actúa en el presente en la medida en que es en el presente cuando ponemos las bases de lo que el futuro tiene que ser. Pensar el futuro es, de alguna manera, anticiparlo.
Por eso, no es posible situarse en el presente si no es en el marco de un proyecto de futuro. Tratar de definir, entre los varios futuros históricamente posibles y la estructural incertidumbre que la vida contiene -aquel concreto futuro que deseamos- exige tomar decisiones y adoptar estrategias desde hoy mismo. El futuro se decide, en buena medida, hoy. Es por eso que el futuro nos transforma.
Estamos llamados a dar respuesta a todo el que nos pida razón de nuestra esperanza. La nuestra ha de ser una esperanza razonable, lo que no quiere decir que la exposición de las razones de nuestra esperanza sea suficiente para convencer a nadie. Probablemente, tal cosa no será posible si no logramos aprehender la realidad también desde la perspectiva de una razón sensible que nos capacite para presentir lo nuevo que está naciendo en el seno de un mundo que gime con dolores de parto.
Aunque muchos que se dicen cristianos hablen de “justicia”, muchos cristianismos al uso no tienen verdadera presencia de la justicia del Reino. Ello se refleja sobre todo en su actitud ante las esperanzas y las utopías. Ante estos tipos de cristianos y de cristianismos, decimos que un cristianismo sin Reino no es verdadero cristianismo, ya que les falta lo esencial cristiano; no es simplemente una mayor o menor “calidad” del cristianismo, sino la afirmación o negación de su misma esencia. Son formas religiosas “paracristianas” que utilizan los símbolos y conceptos cristianos pero colocándolos fuera de todo planteamiento histórico-utópico propio del Reino. Están centradas en torno a un Jesús sin Reino, y, consecuentemente, a un Dios sin Reino. Toman el nombre de Jesús en vano. Y en falso, porque en su nombre hacen y difunden muchas veces lo contrario de lo que Él hizo, aquello incluso a lo que más se opuso en su tiempo.
¿Cuál es, entonces, la actualidad en la participación política y social del Reino de justicia predicado por Jesús? Probablemente la misma de siempre: la oportunidad que nos brinda para seguir encontrando, en medio del mal, experiencias concretas de humanización y liberación; y para comprender estas experiencias no como fragmentos inconexos, pequeños tesoros (en el mejor de los casos) restos de un naufragio que las aguas llevan hasta la playa, sino como hitos que señalan un sendero posible hacia un futuro distinto.
Hoy es el cristianismo de la liberación quienes ha asumido mayoritariamente la construcción del Reino en la denuncia profética, y han tenido que cargar sobre sí el mismo conflicto que los profetas bíblicos y que los profetas de siempre afrontaron tanto frente a los poderes civiles como frente a los detentadores del poder institucional de la respectiva religión establecida. El escándalo está ahí, a la vista de todos, pero tan profundamente introyectado en nuestro inconsciente que muchos no lo captan. El escándalo está en todos esos cristianismos “complacientes”, “suaves”, “sensatos”, “políticamente correctos”, que huyen de “radicalismos” conviviendo con el sistema sin mayores problemas. Son cristianismos “descafeinados”, que con el paso del tiempo han perdido la memoria peligrosa de Jesús y de su Causa. Han olvidado que originalmente eran seguidores de un profeta radical que murió como ajusticiado político y religioso porque su predicación y su esperanza subvertían el sistema del templo y del imperio.
Un pensador marxista como Enrique Dussel ha reconocido que en esta nueva hora, el pensamiento subversivo cristiano puede sacar adelante la esperanza que sostenía a estos otros viejos luchadores. Pero se refiere a la esperanza de calidad, fundamentada en la opción por los pobres y en la fe:
- en la verdadera opción por los pobres. No la de aquellos que optaron por los pobres porque en su análisis de materialismo dialéctico parecían los triunfadores del mañana, sino porque eran los perdedores de hoy. Y hoy día lo son más aún, y por eso los que optaron más duramente por los pobres encuentran más motivos aún para optar por ellos.
- en la fe: porque ahora ya no están estas “certezas científicas” -como las marxistas a su tiempo- en qué apoyarse. Por eso la esperanza hoy no puede ya auto engañarse: ha de ser esperanza contra toda esperanza, contra toda evidencia. No nos apoyamos en ninguna certeza humana, sino en la pura fe. Como decía un graffiti en un muro de la ciudad de Bogotá “dejemos el pesimismo para tiempos mejores”...
Si tuvieran razón los que se empeñan en hacernos creer que las utopías han fracasado y que ya no va a ser posible intentar una transformación del sistema, quien habría fracasado no serían simplemente esas utopías, sino el proyecto de justicia de Dios mismo, Jesús de Nazaret y su Buena Noticia, y entonces la humanidad misma. Sin el proyecto político del Reino de Dios el cristianismo pierde sentido y trascendencia.
Para los creyentes, el Reino de Dios se consumará en la transhistoria. Aunque sólo lo que se siembre en nuestra historia se cosechará allá. No sabemos cómo. Ni cuándo. Quizá nos toque caminar, como Moisés, previendo que no entraremos en la tierra prometida. O quizá en cualquier momento aparezca en el horizonte una luz nueva. Quizá repentinamente se termine de quebrar esa arrogante solidez que el imperio dice poseer. Nosotros, en todo caso, no nos resignamos a dar por terminada la historia. Nos rebelamos contra el decreto de la desesperanza imperial.
La voluntad hace fermentar su proyecto más allá, más abajo, más al fondo y más adentro de lo que nosotros percibimos. También durante la noche oscura la semilla sigue creciendo, aunque nosotros no veamos cómo.
Esta esperanza, hecha de fe y de amor, puede ser el hilo conductor de la espiritualidad necesaria en las noches oscuras de utopías y de esperanzas. Y el gran papel de los cristianos (los que lo saben ser y los que ,o son sin saberlo) debe ser, en esta hora histórica, el testimonio de la inconformidad, del esclarecimiento de la verdad y la justicia, de la tenacidad de la esperanza; de la inclaudicable esperanza con el ejercicio de igual dignidad para todos que predicó Jesús.
La esperanza verdadera, como la fe, vale tanto más cuanto más gratuita es, cuantas menos evidencias tiene, cuanto más se nutre del amor al otro, cuanto más encuentra sus razones en el coraje de seguir apostando por la eterna Causa de amor a la justicia por la que vivió Jesús de Nazaret.
Y si nos toca, como diría un viejo sacerdote amigo, seremos soldados derrotados de una causa invencible...
¡Feliz el que se siente en el banquete del reino! (Apocalipsis 19,6-9).
lunes, 1 de junio de 2009
Ángeles y demonios - por gabriel andrade
El arma más poderosa creada por el hombre, una organización secreta sedienta de venganza... y apenas unas horas para evitar el desastre.
La eterna pugna entre ciencia y religión se ha convertido en una guerra real.
En un laboratorio de máxima seguridad, aparece asesinado un sacerdote científico con un extraño símbolo grabado a fuego en su pecho.. Para el profesor Robert Langdon no hay duda: los Illuminati, los hombres enfrentados ala Iglesia desde los tiempos de Galileo han regresado. Y esta vez disponen de la más mortífera arma que ha creado la humanidad, un artefacto a base de antimateria con el que pueden ganar la batalla final contra su eterno enemigo.
Acompañado por una joven científica y un audaz capitán de la Guardia Suiza Vaticana, Langdon comienza una carrera contra reloj, en una búsqueda desesperada por los rincones más secretos del Vaticano. Necesitará de todos sus conocimientos para descifrar las claves ocultas que los Illuminati han dejado a través de siglos en manuscritos y templos, y todo su coraje para vencer al despiadado asesino que siempre parece llevarle la delantera.
(de la contratapa del libro “Ángeles y demonios”)
El best-seller de Dan Brown publicado hace nueve años, Ángeles y Demonios, está basada esta película convertida en la Nº 1 de taquilla en Estados Unidos.
Continuadora en la saga de “El Código Da Vinci” (año 2006, pero publicado en libro cronológicamente anterior), se estrenó en Argentina el 14 de mayo de 2009 “Ángeles y Demonios”, policial clásico protagonizada por Robert Langdon (Tom Hanks), en donde el autor recurre a la misma fórmula del Código, induciendo al lector/espectador a inclinarse por unos asesinos que finalmente no lo son, siendo en verdad los menos esperados.
En esta nueva historia, Langdon descubre evidencia que indica que la hermandad secreta conocida como “Los Illuminati” se ha reagrupado, y que lo ha hecho con todo el poderío ancestral de la organización. De inmediato, el protagonista se percata de una grave amenaza que además implicaría a la más alta jerarquía de la institución católica de manera letal, ya que han robado de un laboratorio de investigaciones física la antimateria necesaria para destruir todo el Vaticano con sus centenares de cardenales dentro, dado que la trama se transcurre cuando en dicho lugar está desarrollándose el cónclave que elegirá un nuevo Papa.
La película peca desde el comienzo con el clásico concepto de que un par de centenar de cardenales, más la indigesta curia romana “son” la iglesia católica, cuando la iglesia (“ekklesía” en su palabra griega, que significa “asamblea”) la componen 600 millones de fieles y su “territorio” espiritual está diseminado por todo el mundo y no en el obsenamente lujoso Vaticano con sus 0.44 km2 de extensión y sus 932 habitantes permanentes.
Siguen los errores al plantear un supuesto enfrenamiento irracional entre fe y ciencia, cuando en la actualidad el Dios de una fe madura entronca perfectamente con la ciencia de última generación,; la teoría del Big Bang del sacerdote belga Georges Lemaître, la de la entropía de Rudolf Clausius, con la de la evolución de Darwin, con la negación de un dios intervencionista y protector como proyección de deseos humanos (dios antropomórfico de la religión antigua, distinto al Dios de la fe) del psicoanálisis de Freud, las teorías de la relatividad de Einstein, la cuántica de Max Planck, para terminar en la teoría de la intencionalidad del universo de Niels Bohr, según la cual, necesariamente existe algo detrás de la materia y la energía -que califica como una inteligencia superior- para que se hayan dado las afinadísimas condiciones (la posibilidad era 1 contra 10 elevado a la potencia 120 después de la gran expansión) para que en este planeta se desarrollara la vida. No existen científicos actuales que afirmen la imposibilidad matemática y física que Dios exista como un ente inteligente y ordenador, como no existen creyentes maduros que afirmen poder demostrar que Dios existe, más allá de la fe.
Y lo tercero y más grotesco es el tratamiento que se le da al tema de la logia secreta Illuminati, con el planteo de una supuesta guerra a muerte con la institución católica; tema tal que retomara cronológicamente a posterior con mucha más fuerza en la trama del Código Da Vinci, donde específicamente se la hace enemiga del Opus Dei. Echemos luz sobre esto.
En sus inicios, la masonería (de “masones”, “constructores de piedras”) fue una institución de carácter iniciático, filantrópico, filosófico y progresista, fundada en el sentimiento de fraternidad, igualdad y libertad. Tuvo como objetivo la búsqueda de la verdad y fomentando el desarrollo intelectual y moral del ser humano, además del progreso social. Los masones, se organizaron en estructuras de base denominadas logias, que a su vez pueden estar agrupadas en una organización de ámbito superior normalmente denominada "Gran Logia", "Gran Oriente" o "Gran Priorato".
Se consideraron filosóficas porque buscaban orientar al hombre hacia la investigación racional de las leyes de la naturaleza, con al esfuerzo del pensamiento desde la representación geométrica hasta la abstracción metafísica.
Se consideraron filantrópicas porque buscaban el altruismo, el bienestar de todos los seres humanos y no estaba inspirada en la búsqueda de lucros personales, con sus esfuerzos y recursos dedicados al progreso y felicidad de la especie humana, sin distinción de nacionalidad, raza, sexo ni religión, para lo cual apostaban a la elevación de los espíritus y a la tranquilidad de las conciencias.
Se consideraron progresistas porque enseñaban y practicaban la solidaridad humana y la absoluta libertad de pensamiento, teniendo por objeto la búsqueda de la verdad desechando el fanatismo abordando sin prejuicios todos los nuevos aportes de la invención humana, la moral universal y el cultivo de las ciencias y las artes, no poniendo obstáculo alguno en la investigación de la verdad.
Los masones fueron considerado como la orden fraternal más grande que alcanzó niveles mundiales y en un primer momento, las cofradías masónicas se limitaban a los trabajadores. No obstante, en el contexto de la reforma protestante, sobre todo en Inglaterra, estas fraternidades comenzaron a aceptar hombres provenientes de sectores altos de la sociedad, y fue entonces en donde sus ideales fundantes fueron traicionados.
Los Illuminati son una logia de estos masones y se originaron en los cultos precristianos y en las masonerías del mundo antiguo y medieval.
En la segunda mitad del siglo XVIII, la población de la región de Baviera (Alemania) era de mayoría católica y contaba con una aristocracia ampliamente asentada. Por entonces, Baviera contaba con más de 25.000 iglesias para 40.000 habitantes, además de 19 conventos y monasterios. En este escenario, el poder de los jesuitas era evidente en todos los lugares y Baviera era un opositor radical a la Reforma Protestante. A pesar de este talante religioso, el ateísmo, la apostasía y el deísmo eran más frecuentes en Baviera que en cualquier otro lugar. Con este marco, un oscuro personaje local, Adam Weishaupt, empezó a formar los Illuminati de Baviera cuando era profesor de derecho canónico en la universidad de Ingolstadt y estudiaba para hacerse sacerdote jesuita. Tras su fundación, Adam Weishaupt logró reclutar a su causa a un gran número de pensadores, filósofos, artistas, políticos y analistas; atrajo a jóvenes estudiantes y personalidades intelectuales. Sin embargo, cuando en 1773 el Papa Clemente XIV prohibió los Illuminati, su disgusto le llevó a romper con la Iglesia católica. Unió fuerzas con el mercader Kolmer, quien en su trayecto a Francia y Alemania, hacia 1770-73, se encontró con Cagliostro en la isla de Malta, antigua sede de los caballeros templarios.
La finalidad de Weishaupt al crear esta sociedad era derrocar a los gobiernos y reinos del mundo, además de erradicar a todas las religiones y creencias para unificar a la humanidad bajo un Nuevo Orden Mundial, basado en un sistema muy similar al comunista; el cual tuviera una moneda única y una religión universal. Esta sociedad, según sus creencias, permitiría que cada persona lograra la perfección. Este plan exigía que el grupo se expandiera haciendo ostensible su presencia en otros lugares.
Los Illuminati bávaros se extendieron rápidamente por Austria y otros puntos de Europa, afiliando a personalidades de la talla de Herder, Goethe, Cagliostro y el Conde de Saint-Germain, entre otros. El mismo Conde de Cagliostro creó la Masonería egipcia y fue asesinado en los calabozos de la Inquisición. Al parecer, Cagliostro, el futuro revolucionario francés, se involucró entonces en actividades masónicas, así como también lo hicieron Giovanni Giacomo Casanova (el eterno amante veneciano) y el enigmático conde de Saint-Germain. Habría sido Kolmer quien, en Alemania, transmitiera sus conocimientos secretos a Weishaupt, quien empleó muchos años en trabajar para consolidar los distintos sistemas ocultos en su sociedad secreta, los Illuminati.
Utilizó el soborno y el sexo para controlar a los que iban alcanzando posiciones superiores; posteriormente, el chantaje le garantizaba el mantenimiento de este control. En esta etapa, los Illuminati empiezan a utilizar a sus adeptos (los iniciados de grados superiores) como consejeros de políticos, pero siempre desde una posición discreta sin salir de su anonimato. De esta manera, las medidas adoptadas por aquellos beneficiaban a los Illuminati, que pretendían erradicar las condiciones sociales que fueran un obstáculo para conducir a los hombres hacia lo que consideraban su estado natural y de felicidad. Este «sueño» significaba eliminar a las monarquías y a la Iglesia, por lo tanto la orden pronto tuvo enemigos muy poderosos.
Una vez que Adam Weishaupt se percató del gran éxito que estaba teniendo con este movimiento, tomó la determinación de afiliarse a las logias francmasónicas de Baviera y luego de Europa, ordenando después la infiltración y el dominio de la misma. Sin embargo sus planes fracasaron, ya que en una reunión en 1782 de la masonería continental, se enfrentó ante la oposición de la Gran Logia de Inglaterra y los recelos de Los Iluminados Teósofos y del Gran Oriente de Francia. Por su parte, El Elector de Baviera, al intuir el peligro que significaban Los Illuminati para la Iglesia católica y las monarquías, por su ideología revolucionaria, igualitaria y libertaria; aprobó un edicto contra estos y la masonería el 22 de junio de 1784. Consecuentemente hubo persecuciones y se arrestaron a sus miembros hasta erradicarlos casi por completo. Para 1785 Weishaupt marchó al exilio de Ratisbona. Dirigió la orden desde el extranjero, falleciendo el 18 de noviembre de 1830.
Una vez muerto Weishaupt , el resto de la Orden de Los Illuminati se dirigieron a Estados Unidos y algunos se dispersaron por Europa. En Francia, el conde de Mirabeau introdujo la Orden en donde se alistaron los revolucionarios Saint-Just, Camile Desmoulins, Danton, Herbert y Marat.
Existen autores que aseguran la desaparición absoluta de Los Illuminati en Europa durante las primeras décadas del siglo XIX, caso contrario en los Estados Unidos. Ya que existen demasiadas pruebas que determinan su presencia como el sello del dólar de Estados Unidos, las órdenes norteamericanas que se declaran hoy herederas de Los Illuminati y una serie de cartas del siglo XIX que resultan reveladoras.
De la matriz de la Orden de Los Illuminati en Estados Unidos surge la conformación de la Logia Colombia de la Orden de los Illuminati en 1785 y a la que se integraron como Hermanos el gobernador De Witt; un ancestro de Franklin Delano Roosevelt, Clinton Roosevelt; Horace Greeley (director del Tribune); y el mismísimo Jefferson. Esta herencia se ha mantenido durante dos siglos en organizaciones iluministas cuyas principales son The Order, Skull & Bones, The Shriners y la Grand Lodge Rockefeller.
El presidente estadounidense F.D. Roosevelt, miembro de los Shriners, ordenó que apareciesen en billete estadounidense la pirámide truncada con el triángulo y el ojo "que todo lo ve" en la parte superior (símbolo de Los Illuminati de Weishaupt), los trece escalones de la pirámide (13 grados del Rito de los Iluminados de Baviera), las inscripciones en latín Annuit Coeptis y Novus Ordo Seculorum y la fecha 1776 (fecha de la fundación de Los Illuminati de Baviera); aunque existen autores que desmienten toda relación del billete con las órdenes iluminadas y asocian esto con los 13 estados norteamericanos a la fecha de la independencia.
En su novela Ángeles y demonios, el escritor estadounidense Dan Brown plantea que Galileo era miembro de los Illuminati. Una afirmación sin otra validez que la de aportar intriga a la trama de la novela. Lo cierto es que en 1610 Galileo fue invitado a formar parte de una sociedad italiana de científicos e investigadores llamada “Academia de los Linces” fundada por Federico Cesi en 1603. El nombre de este grupo procedía de Lynceus, el argonauta de la mitología griega dotado de una perspicaz vista y cuyos objetivos eran no sólo adquirir conocimiento de cosas y sabiduría y vivir juntos legal y píamente, sino también mostrarla a los hombres de una manera pacífica, tanto oralmente como por escrito, sin causar daño.
La aristocracia romana acusó a los miembros de la academia de practicar magia negra, oponerse a la doctrina católica y llevar una vida escandalosa. Así, durante algún tiempo sus miembros estuvieron exiliados y esparcidos, solamente manteniendo la unión por correspondencia.
Galileo fue el miembro más famoso y las publicaciones más prestigiosas de la Academia de los Linces fueron las suyas. En primer lugar apareció su «Tratado sobre las manchas solares» (1613) y luego, «El ensayador» (1623). Con la captación de Galileo, el número de miembros del grupo creció hasta 32. La muerte de su fundador Cesi, en 1630, precipitó el fin de la Academia.
Lo que actualmente más interesa resaltar, es la función que desarrollan las sociedades secretas como metodología de poder y que nos afectan en la cotidianidad de nuestras sociedades.
Desde hace varios siglos, los principales empresarios y banqueros suelen agruparse en sociedades secretas -muchas veces logias masónicas-, en las que toman contacto con personas de la actividad política. En un principio ese movimiento empresario constituía una estrategia defensiva: el afán de lucro estuvo muy mal visto en Europa Occidental durante toda la Edad Media, debido al tipo de moral antiempresaria que la Iglesia Católica defendía. Además, las propias monarquías europeas, más allá de oscilar entre la obediencia al papado y una abierta rebeldía contra éste, también constituían un factor de poder que miraba con recelo el creciente avance de una burguesía comercial y financiera que, generalmente sin antecedentes aristocráticos, comenzaba a disputar cuotas de poder a las casas reales, pero que se financiaban con préstamos de esa misma burguesía financiera. Así, preso del Papa y las casas reales de esta burguesía financiera, el incipiente empresariado comercial y financiero vio con buenos ojos la asociación clandestina como forma de presentar un frente unificado contra el poder político y religioso a los que se consideraba una verdadera amenaza para sus intereses. A medida que el capitalismo fue desarrollándose más en Europa, banqueros y comerciantes comenzaron a detentar una mayor cuota de poder, y la organización en sociedades secretas comenzó a ser un factor preponderante en la lucha subterránea que buena parte del empresariado llevaba a cabo contra reyes y papas. En tal sentido, hay un año que representó un verdadero quiebre en la correlación de fuerzas entre el empresariado y las monarquías y el papado: 1776.
Ese año, el fundador de la poderosa dinastía financiera Rothschild financió en Bavaria a los Illuminati con el propósito de liderar las logias masónicas que se habían reorganizado en 1717 y respondían a la monarquía inglesa. Los Illuminati no fueron una sociedad secreta más, sino una sociedad con objetivos claramente políticos, dispuesta a aplicar una metodología revolucionaria, utilizando muchas veces golpes militares, actos de terrorismo y guerras para lograr sus objetivos de dominación global y debilitamiento de las políticas nacionales que han sido y son siempre una barrera para el empresariado financiero y comercial.
La matriz de esta organización, trasplantada a los Estados Unidos principalmente a través de sus universidades y colegios, proliferó primero a través de la red elitista de estudiantes y graduados llamada Phi Beta Kappa, y luego, desde 1832, bajo la forma de la sociedad Skull & Bones (Calavera y Huesos) afincada en la Universidad de Yale. Es necesario mencionar que algunos de los más prominentes miembros de Phi Beta Kappa participaron codo a codo con importantes masones, como George Washington, Tomas Jefferson y Benjamin Franklin para producir la guerra de independencia norteamericana, suceso considerado apetecible por una vasta parte del empresariado europeo, incluso parte del inglés, dado que ayudaba a minar la autoridad de la Corona británica y a acrecentar sus negocios hacia y desde el Nuevo Mundo.
Muchos presidentes norteamericanos han sido miembros -de esta y otras sociedades secretas- tanto como muchísimos miembros de sus gabinetes, así como numerosos empresarios, diplomáticos, militares, periodistas, etc., que han llegado a sus cargos merced al conocimiento previo que la elite posee de ellos gracias a su pertenencia a dichas sociedades. Tanto George W. Bush como John Kerry, los contendientes en las elecciones norteamericanas de 2004, son miembros de Skull & Bones.
Sin embargo, a medida que las sociedades secretas avanzaban hacia el objetivo de la elite que las domina, o sea, hacia un dominio político y económico global -representando en un Nuevo Orden Mundial caracterizado por países sin políticas económicas, educativas ni sociales realmente independientes- se toparon con un problema imprevisto. Su actividad realizada clandestinamente fue denunciada en una vasta cantidad de naciones, y la gente en aquellas épocas comenzó a presentir y pensar que había mucho de verdad en la idea de que muchos de los grandes sucesos políticos habían sido en realidad manipulados desde las sombras y carecían de la espontaneidad que muchas veces la historia oficial escrita por sus propios periodistas e intelectuales les adjudica. El peor de estos momentos se dio en torno de la Primera Guerra Mundial, donde las denuncias de las actividades de estas sociedades se realizaban muy seguido en Francia, Alemania, Inglaterra, Italia. Estados Unidos y Rusia, entre otros países.
Fue por este motivo, y por el efectivo control que las clases empresariales de Estados Unidos e Inglaterra ya ejercían tras la Primera Guerra Mundial sobre los recursos energéticos mundiales, que los principales empresarios advirtieron la necesidad de que una buena parte de los objetivos económicos, políticos y sociales se trazara en forma menos secreta, aunque no totalmente pública. De esta manera nacieron el Consejo de Relaciones Internacionales (Council on Foreign Reintions: CFR) y el Instituto Real para los Asuntos Internacionales (Royal lnstitute (or International Afairs: RIIA). Ambos centros de poder fueron fundados en 1919 y 1921, con base en Nueva York y Londres con el fin de elaborar las políticas que los gobiernos -del partido político que fuere- deberían adoptar en prácticamente todos los terrenos: economía, educación, cultura, etcétera. Esos centros de poder trabajan en forma muy silenciosa, pero para nada clandestina. En sus reuniones suele haber miembros prominentes de todas las disciplinas, y también dueños de los principales medios de comunicación y los principales periodistas. De tal manera, los medios de comunicación posteriormente realizan lobby, o al menos hablan en forma benevolente -cierto disenso acotado siempre se permite- de lo que se acuerda como "saludable" para que sea encarado tanto por Estados Unidos como por el resto del mundo en el marco de sus políticas de acción.
Estos centros de poder luego desarrollaron los llamados Grupo Bilderberg y Comisión Trilateral con el fin de incluir en algunas de sus deliberaciones a los principales empresarios y políticos de Europa Continental y Japón, y elaboran sus políticas con un complaciente silencio de prensa sobre sus reuniones, sus debates y sus objetivos; aunque sin la clandestinidad de sus antecesores, las sociedades secretas, que obviamente siguen existiendo y gozando de enorme poder, dado que sólo los "pretextos científicos y políticos" son dejados en manos del CFR, el RIIA, el Grupo de Bilderberg y la Comisión Trilateral.
No hay tema importante sobre las áreas de petróleo, finanzas, políticas comerciales, invasiones a países "díscolos", o negociaciones de países con el FMI o el Banco Mundial, que escape al discreto control del CFR y el RIIA, grupos que ejercen un verdadero "gobierno mundial en las sombras" y que son los reales "apuntadores de letra" para los gobiernos de los Estados Unidos y se proyectan así en muchísimos otros países. Este es el verdadero rostro ideológico de la llamada “globalización”.
La creación de los servicios secretos como el FBI y la CIA, copiando el modelo del espionaje inglés de principios del siglo XX, corresponde al mismo fenómeno. Esos servicios son una especie de "hijos naturales" de dichos centros de poder con el fin de que sean tales agencias las que lleven a cabo los procedimientos que estiman necesario realizar pero que no pueden ser aplicados por gobiernos legítimos sin despertar la indignación de las masas populares.
Estas sociedades secretas herederas de los Illuminati ha venido nutriéndose de la filosofía política de un alemán emigrado por motivos raciales durante el Tercer Reich: Leo Strauss. Afincado en los Estados Unidos, Strauss fue muy bien recibido en la Universidad de Chicago (fundada y dirigida por los intereses del petróleo, donde además trabajaban los economistas más conservadores como Milton Friedman). Strauss desarrolló sus teorías políticas de la misma manera que en el pasado más lejano las sociedades secretas se nutrían de la filosofía de la historia hegeliana para llevar a cabo sus actividades revolucionarias.
Lector acrítico de Nicolás Maquiavelo, Strauss fue su continuador y quien reformuló en el Siglo XX sus tesis. Su premisa básica es la siguiente: “Por derecho natural, los fuertes deben gobernar sobre los débiles”.
Sus tres líneas de acción representan una verdadera metodología para lograr objetivos de dominio a través de la globalización:
a) Dado que no existen verdades absolutas, sino sólo relativas, es necesario que los gobiernos mientan. Los gobiernos deben dar a la población a través de la prensa sólo un mínimo indispensable de información fidedigna a fin de mantener lo más monolíticamente posible la fe de las masas en un futuro mejor y en una escala de valores. El engaño deben ser las armas para impedir todo atisbo de escepticismo o nihilismo que bien podría llevar a la anarquía.
b) Contrariamente a lo que establece la mayoría de las constituciones democráticas en lo que respecta a la necesidad de separar el Estado de la Iglesia, la fe religiosa conservadora y las invocaciones a un dios todopoderoso ayudan en buena medida a que ese escepticismo o nihilismo se reduzca a un mínimo posible. La religión narcotizante es una potente arma de dominio, al igual que la mentira y el engaño, para lograr encolumnar al pueblo tras un líder y tras la clase dominante que debe gobernar un país por "derecho natural".
c) La base de cualquier Estado y de cualquier gobierno es la existencia de un enemigo. La lucha contra un enemigo común sirve para aglutinar más a las masas. Un peligroso enemigo externo muchas veces aparece de manera espontánea o imprevisible, pero, si ese enemigo no existe, es necesario crearlo. Si no hay uno a mano, éste debe ser fabricado, porque sin un enemigo poderoso se corren riesgos de que se den las condiciones para que aparezcan importantes niveles de disenso interno que pongan en riesgo la conducción del Estado y el dominio de un país por los elegidos (los más fuertes). Obviamente que en un régimen capitalista global, los más fuertes no son otros que los más ricos.
Puede resultar curioso, pero a pesar de ser un perseguido de Hitler por motivos raciales, Strauss terminó por imitar a su odiado enemigo. Si sustituimos "los más fuertes" por "la raza aria", nos encontraríamos con idénticas percepciones acerca de una raza o una clase "elegida" para gobernar el mundo por derecho natural.
Asimismo, la frase más famosa que se recuerda del ministro de Propaganda de Hitler Joseph Goebbels, era "miente, miente, que algo quedará", y es casi idéntica a la primera premisa straussiana de gobierno. Durante el Tercer Reich no había una religión considerada de Estado, aunque las creencias paganas y los símbolos hindúes utilizados por el nazismo (como la cruz gamada), así como todas las creencias y leyendas sobre el origen indoeuropeo de la raza aria, constituían un sistema de creencias al estilo de las religiones, que cohesionaba a los alemanes, aun cuando Hitler no dejara de apoyar al catolicismo y al cristianismo en general. Finalmente, en la idea de crear un enemigo si éste no está a mano, Strauss no hace más que copiar algunas de las propias tácticas de Adolf Hitler, cuando, por ejemplo en 1933, el Führer habría ordenado incendiar el Reichstag (Parlamento) y luego culpar del alentado a un comunista con la finalidad de suspender totalmente la actividad de los partidos políticos, acabar con el Parlamento y gobernar dictatorialmente el país, siempre en guardia contra el posible avance del "comunismo" y el "pueblo judío".
En síntesis, Leo Strauss no ha propuesto otra cosa que un régimen hitleriano sin Hitler bajo la apariencia de una democracia, donde la gente cree que vota por candidatos e ideas diferentes cuando, en realidad, los candidatos posibles han sido cooptados de antemano, bloqueando casi todo atisbo de posible salida hacia un esquema verdaderamente democrático.
Bajo la actual apariencia de democracia, los medios de comunicación adormecen a poblaciones enteras a través de noticieros vacíos de verdaderas noticias, repletos de casos policiales (presentados para que el televidente desconfíe del vecino o del desconocido y nunca del propio Estado o del sistema) y saturados de banales entretenimientos escapistas y deportes, en los cuales se suele depositar falazmente lo poco del nacionalismo que puede quedar en la era de la globalización.
La misma palabra “democracia” esconde un engaño. El “demos” en la sociedad griega de la que deriva, refiere al pueblo entendido como tal en los que componen la “patria” poseyendo “patrimonio”. Sólo lo pueden ser entonces, los varones libres con capital. El resto, llamados “laos” -de donde deriva “legos” (inferiores) y de donde la institución iglesia lo toma para la figura de “laicos”- son los hombres sin posesiones, incluyendo a todos los varones esclavos, más la totalidad de las mujeres (libres o esclavas). Por eso, en conceptos del intelectual de la teología de la liberación Jung Mo Sung, debería hablarse buscando una “laocracia” que refiera al concepto extendido de gobierno de todo el pueblo, en vez de “democracia” que refiere, justamente, al gobierno de una elite. Por supuesto que este concepto no interesa difundir por los medios de comunicación dominantes ni por las corporaciones políticas, empresariales o eclesiásticas...
Así, el mundo entero se ha sumergido en pseudos dictaduras travestidas de democracia, con centro en Nueva York y Londres, hacia la cual los gobiernos presentan más o menos sumisión, en donde apenas pueden entablar negociaciones estratégicas de relativa oposición en el marco de una situación de muy clara debilidad.
Las sociedades secretas y sus organismos supranacionales de superficie actúan en las sombras como verdaderos titiriteros de los gobiernos nacionales, incluido el de los Estados Unidos y los países centrales.
¿Y por el Vaticano como andamos?
Hasta hace no demasiado tiempo, las sociedades secretas y el Vaticano como corporación estaban enfrentados en una guerra de poder a muerte. Eran frecuentes las encíclicas papales condenando la masonería y toda suerte de sociedades secretas, excomulgando a cualquier cristiano que adhiriera a ellas. La causa que más se publicitó acerca de ese enfrentamiento era que la Iglesia percibía que las sociedades secretas practicaban rituales y creencias de origen pagano. Pero en realidad -y con mucha más fuerza desde la fundación de los Illuminati de Baviera- era fácil percibir que el motivo de la lucha no era otro que una pugna por el poder.
Como ya dijimos, durante toda la Edad Media y la Moderna el poder político en Europa estaba en mayor o menor medida concentrado en el papado y las monarquías. La burguesía comercial y financiera, si bien financiaba a esos poderes políticos sabía que la única forma de aumentar su dominio en Europa era socavar las bases del poder tanto de los papas como de los reyes. Por lo tanto se asociaban secretamente para llevar a cabo sus objetivos. Buena parte del financiamiento que recibieron tanto los científicos e investigadores como los medios de comunicación en siglos pasados provenía de miembros de esas sociedades, quienes por medio de la ciencia y la prensa deseaban demostrar que las doctrinas religiosas del Vaticano eran equivocadas y que las casas reales europeas no tenían "derecho natural" alguno a ocupar sus lugares.
Las sociedades secretas -más allá de las prácticas ocultistas y a veces satanistas de las cuales sus enemigos más encarnizados las acusan, algunas veces con causa y razón justificada- se oponían al régimen político, social y religioso imperante en Europa no tanto por cuestiones ideológicas, religiosas o morales, sino como una forma efectiva de acumular poder en los estamentos en los que les estaba vedado. Es por esta causa que en general estaban -y están- compuestas por partidarios acérrimos de la forma republicana de gobierno de la ya comentada “democracia”, no como producto de un deseo liberar a las masas de la opresión que podían padecer por el poder abusivo de reyes y papas, sino como alternativa política para alzarse con el poder. Esto -y ninguna otra motivación- fue lo que las impulsó a apoyar financieramente la serie de revoluciones que determinaron los cambios políticos en Europa y los Estados Unidos hacia la forma republicana de gobierno, demoliendo el poder de los rivales. Con este y no otro fin nacieron lo que hoy llamamos democracias.
Principalmente a través de los papas Pío IX y León XIII, la institución católica respondió con durísimas encíclicas que otros papas posteriores citaron repetidamente o profundizaron hasta que, principalmente luego de la Segunda Guerra Mundial, poco y nada hicieron para impedir su avance. Más aún, durante el largo papado de Juan Pablo II, el tercero más largo de la historia, prácticamente ningún documento fue elaborado en el Vaticano contra la actividad de su antiguo enemigo mortal. ¿Por qué?
Cuando Napoleón fue derrotado en Waterloo (1815), mediante el Congreso de Viena se diseñó el nuevo mapa europeo. Entre las disposiciones de ese congreso se convino en devolverle al papado algunas de las tierras que Napoleón le había confiscado. Esos territorios, gobernados directamente por los papas, constituían los denominados "Estados pontificios", abarcando cuatro áreas geográficas italianas (el Lazio, la Umbria, las Marcas y la Emilia-Romagna) y reconstituyéndose así en la fuente de los ingresos papales a través de la recaudación de impuestos sobre la actividad económica.
Pero entre 1850 y 1870 los Estados pontificios vieron recortados progresivamente esos dominios, que se iban anexando a los reinos que luego conformarían lo que hoy es Italia. Fue entonces cuando los papas emitieron las más duras encíclicas contra la masonería y las sociedades secretas, dado que eran los Carbonari, la Giovane ltalia y la masonería -las sociedades que más luchaban para unificar el país- fueron despojando al papado de sus territorios y de sus fuentes de recaudación.
Desde 1850 entonces, el Vaticano debió recurrir regularmente a préstamos externos que eran otorgados por las casas bancarias de la familia Rothschild, paradójicamente, principal impulsora de la más anticatólica de todas las sociedades secretas: los Illuminati de Baviera. En 1860, a fin de pagar los intereses de esas deudas y los gastos corrientes del papado, se estableció el actual sistema: el "óbolo de San Pedro", por medio del cual las diócesis extranjeras debían aportar una proporción de sus ingresos al Vaticano. Como desde la Guerra Civil norteamericana los Estados Unidos no cesaría de crecer hasta transformarse en la primera potencia mundial, las diócesis de ese país se fueron transformando en las primeras aportantes de los recursos económicos con los que cuenta la Santa Sede; con lo que también se fueron estrechando los vínculos entre el Vaticano y las grandes empresas norteamericanas.
Con esto, el Vaticano vio aumentar sus ingresos económicos cada vez que un gran crecimiento de la economía norteamericana hacía florecer a sus diócesis y por el otro los grandes capitales norteamericanos fueron logrando que la Iglesia Católica, aún muy fuerte en Europa y América latina, "facilitara" la imposición de la agenda globalizadora. Es por esa causa principalmente que el Vaticano no levantó la voz ante la dura represión militar de los años setenta contra movimientos latinoamericanos de índole socialista, ni ante la intensa campaña privatizadora que se vivió en las naciones latinoamericanas durante la década de los noventa. Por lo mismo, existe una especie de veto tácito proveniente de los poderosos cardenales norteamericanos a la posibilidad de que sea electo un papa latinoamericano: la idea sería impedir cualquier atisbo de "progresismo religioso" que pueda complicar la agenda globalizadora de la elite.
Los lazos de la propia Iglesia Católica norteamericana con los objetivos de las principales corporaciones de los Estados Unidos y la CIA siempre han sido muy estrechos. Pero si la dependencia de los fondos de sus diócesis extranjeras por parte del Vaticano desde 1870 ha ayudado a tejer fuertes lazos entre Roma y Wall Street, éstos no son de ninguna manera los únicos.
En 1929 se firmó el Tratado de Letrán entre el Vaticano y el gobierno de Mussolini, el cual estaba destinado a zanjar definitivamente los pleitos de la Iglesia Católica e Italia ocasionados por el despojo de los Estados pontificios. El gobierno de Mussolini acordó, entre otras cosas, brindar al papa una compensación de 90 millones de dólares de la época por la confiscación de los Estados. Además, Italia se encargaría de sufragar los sueldos y gastos de los sacerdotes italianos, lo que constituyó una manera de que éstos no levantaran la voz ante un acuerdo que podía resultarle escandaloso a muchos que estaban enterados de la "letra chica" del pacto.
Fue entonces cuando el Vaticano de Pío XI contrató los servicios de un financista llamado Bernardino Nogara con la intención de que invirtiera esos fondos a su leal saber y entender sin ninguna consideración religiosa, simplemente teniendo en cuenta su propia estimación personal de rentabilidad y riesgo hacia diferentes activos financieros. Entre los años treinta y fines de los años cincuenta, Nogara fue un personaje sumamente poderoso en el Vaticano al lograr que los fondos se multiplicaran. A inicio de los años setenta, ya creada oficialmente la banca vaticana (IOR) esos fondos habrían llegado a superar los 500 millones de dólares. Entre las empresas en las cuales Nogara invirtió los fondos se cuentan Shell, Esso, General Electric, General Motors, JP Morgan, Chase Manhattan Bank y -según se especula- hasta empresas de armamentos. Las operaciones se hicieron generalmente a través del banco que había adquirido en parte minoritaria el Vaticano en los Estados Unidos: el Bankers Trust. Así, el Vaticano se convirtió en socio minoritario de los intereses de los sectores estadounidenses más relacionados con las propias sociedades secretas contra las cuales los papas antecesores intentaban luchar, asociándose con los elitistas clanes familiares como los Rothschild y los Rockefeller que manejan enormes megacorporaciones e influyen en forma determinante en las sociedades secretas.
Ahora bien, durante las décadas de 1930 y 1940 la Iglesia Católica comenzó a tener otro "socio adicional": el régimen nazi de Adolf Hitler que impuso un impuesto proporcional sobre todos los salarios alemanes para uso exclusivo y discrecional del Vaticano, dado que, al igual que Mussolini, no sólo necesitaba una religión "de Estado", a pesar de sus propias creencias paganas, sino que además no deseaba "propaganda hostil del Vaticano", conocedor de sus lazos con Nogara y Wall Street. Ese impuesto, llamado "Kirchenesteuex", nunca fue derogado, y contribuye a explicar la existencia actual de un papa alemán, más allá de su afinidad ideológica con el sector que hoy predomina ampliamente en la Iglesia: el más reaccionario.
Como se ve, este factor puede explicar también en buena medida la "neutralidad" del papa Pío XII en la Segunda Guerra Mundial frente a los dos bandos en lucha, su asentimiento tácito a muchas de las políticas de Hitler e incluso la red secreta en la que se habría involucrado el Vaticano junto con la propia CIA- en la posguerra para sacar jerarcas nazis de Europa. La relación con Hitler también se había fortalecido por otros motivos: Bernardino Nogara había hecho, a principios de los años treinta, fuertes inversiones en empresas italianas que colaboraban estrechamente con el régimen de Mussolini y sus planes bélicos expansionistas. La relación se acentuó con la "súbita desaparición" del antibelicista Pío XI justo antes de empezar la Segunda Guerra Mundial, y su reemplazo por Eugenio Pacelli (Pío XII) hermano de Francesco Pacelli, el cardenal que hizo excelentes lazos personales con funcionarios del régimen nazi durante los años treinta, cuando se encontraba destacado en Alemania.
Con la excepción del régimen comunista de la Unión Soviética que había prohibido desde su propio inicio el culto religioso, el papa era "amigo de todos".
Pero nada es gratis, y ese florecimiento de la riqueza financiera vaticana trajo aparejado un inconveniente adicional: como una proporción muy alta de los fondos invertidos por Nogara estaba colocada en acciones de empresas norteamericanas cotizantes en Wall Street, las finanzas del Vaticano quedaban atadas de pies y manos a los beneficios de las megacorporaciones estadounidenses. Por lo tanto, su dependencia de las grandes empresas norteamericanas se daba por partida doble: por un lado, sus ganancias dependían -y dependen- de la "generosidad" de las donaciones de particulares, empresas o fundaciones estadounidenses, a las diócesis de los Estados Unidos. Por el otro, un alza de las acciones en Wall Street hace más rico al Vaticano, mientras que una baja lo empobrece. No debe extrañar en absoluto entonces que desde finales de la Segunda Guerra Mundial la sumisión de la institución católica a los grandes intereses de Wall Street haya ido en aumento.
En 1972 el papa Paulo VI había pronunciado una extraña frase en la homilía del 29 de junio: “De alguna grieta, el humo de Satanás ha entrado en el Vaticano”.
La referencia a Satanás tiene un significado más que “sonoro” en relación a la masonería. Paulo VI estaba diciendo que las sociedades secretas se habían infiltrado en el Vaticano con varios de sus miembros ocupando altos puestos dentro de él.
Lo cierto es que a su muerte el poder político y financiero de los Estados Unidos y Londres deseaba que accediera al papado un cardenal conservador que bloqueara los avances de la Teología de la Liberación, que se consideraba "filomarxista", en América Latina, región muy densamente poblada por católicos. Se trataba justamente del momento en que era funcional a esos centros de poder la existencia de dictaduras militares en todo el continente -las cuales mantenían excelentes relaciones con los sectores más conservadores de la institución católica- y que aplicaban teorías económicas neoliberales.
A su vez, los cardenales sindicados como masones infiltrados -en una lista de miembros de la logia P-2 publicada en Il Giornale de Turín por el periodista Mino Pecorelli, quien luego fuera asesinado- eran nombrados Jean Villot y Paul Marcinkus, y otras fuentes señalan a Poletti, Baggio y Casarolli- deseaban evitar a toda costa cualquier atisbo de renovación en el Vaticano. No solamente compartían los intereses ideológicos de sus nuevos socios, los núcleos protestantes de poder en Nueva York, Washington DC y Londres, sino que necesitaban evitar que se destapara un gran escándalo financiero con la banca relacionada con la Santa Sede y en parte, propiedad del Vaticano. Lo peor es que esa relación financiera involucraba a la institución católica en el lavado de dinero de la droga y tráfico de armas, fondos de la mafia, y más.
Varios de esos cardenales masones dirigían las finanzas vaticanas. El Opus Dei también reclamaba un candidato conservador, y estaba alineado, por una confluencia de factores, con la CIA y la masonería. A la muerte de Paulo VI, el candidato de estos sectores era el "ultraconservador" Siri, y su oponente, Giovanni Benelli, era un progresista nato. Pero había un empate técnico y ninguno podía llegar al papado. Era necesario encontrar un tercer candidato y fue gracias a la incesante actividad de Benelli que surgió como papa Albino Luciani, llamado Juan Pablo I, quien era un progresista que quería depurar a la Iglesia de los miembros corrompidos que habían afectado y ensuciado al catolicismo con rarísimos movimientos financieros. También quería extender la actividad de los teólogos de la liberación en América Latina, dado que consideraba que la Iglesia debía aproximarse al pueblo. El obispo John Magree declaró mucho tiempo más tarde (los medios de comunicación no lo reflejaron) que Juan Pablo I le confesó varias veces que su papado sería muy corto y su sucesor sería "El Extranjero" (Wojtyla estaba sentado casualmente justo frente a Luciani en el cónclave que eligió a este último como papa).
Luciani sabía de la connivencia de los sectores más reaccionarios y conservadores de la Iglesia con los oscuros centros de poder de la CIA con su socio la mafia siciliana, la masonería, el Opus Dei y las altas finanzas. Es claro que entreveía su próxima muerte, y muy probablemente su reemplazo por Wojtyla, dado que no estaba dispuesto a ceder en sus convicciones y sabía muy bien el tamaño formidable de los intereses a los que se estaba oponiendo. Más precisamente lo sabía desde mucho antes de que tuviera una muy agria discusión con Marcinkus, cuando lejos aun de ser papa era Patriarca de Venecia, dado que aquél había vendido la Banca Cattolica del Veneto, la cual hasta entonces daba pequeños préstamos a las clases medias y bajas venecianas y de zonas aledañas. Marcinkus vendió ese banco católico al siniestro Banco Ambrosiano, y de nada sirvieron las arduas intervenciones del cardenal Luciani por evitarlo.
El cardenal Benelli, enrolado en la línea de Luciani, también lo sabía muy bien. Pero Luciani no tenía la fuerza de Benelli, y el "bloqueo" a su nominación como papa por las partidarios del cardenal Siri había arruinado las oportunidades de que el cardenal italiano más progresista -verdaderamente fuerte y sagaz- llegara a la silla de Pedro. Quizás otra hubiera sido la historia. Al menos Benelli, moviéndose con sagacidad, pudo lograr el nombramiento de Luciani, dado que en ese mismo cónclave ya se manejaba la posibilidad muy seria de que Wojtyla, un incondicional del grupo CIA-Opus Dei-masonería, fuera firme candidato al puesto ante el "bloqueo" del propio Benelli y su archienemigo Siri. Por eso Luciani se había referido a la brevedad de su papado y al "Extranjero".
Pero la situación puede comprenderse aun mucho más allá de los elementos ideológicos y geopolíticos involucrados en la conformación de esa "extraña" y non sancta alianza tripartita, si se entiende en detalle lo que estaba ocurriendo en forma específica con las finanzas vaticanas. Ocurre que los ingresos del Vaticano venían cayendo en relación con su incremento en los gastos. Como el Vaticano no genera ningún "producto de exportación", la financiación de los déficit se tornaba difícil. A fin de facilitar el financiamiento de esos déficit, Paulo VI había nombrado al arzobispo de Chicago, Paul Marcinkus, como jefe del Banco Vaticano (IOR). Marcinkus tenía fuertes vinculaciones con la banca internacional, y se suponía que podía hacerse cargo con mayor eficiencia de las finanzas vaticanas. Era el precio que había que pagar para obtener financiamiento, dada la membresía de muchos de los más prominentes banqueros occidentales respecto de las sociedades secretas. De otra manera no estarían en sus puestos en muchos bancos, pues las sociedades secretas y sus organizaciones de superficie son las asociaciones mediante las cuales la elite financieras toma contacto con personas con características promisorias y elige a los directivos de sus empresas.
Desde mediados de los años setenta el Vaticano se habría prestado a un acuerdo con el socio italiano de la banca estadounidense: la Mafia siciliana, que no es más que otra sociedad secreta, pero dedicada exclusivamente a negocios ilegales e inmorales, sin entrar en consideraciones geopolíticas, geoestratégicas, ni de cualquier tipo que no tengan que ver con el dinero contante y sonante. Cabe agregar además aquí que la Mafia ya venía colaborando estrechamente con la CIA desde finales de la Segunda Guerra Mundial (cuando la CIA se llamaba OSS) dado que Mussolini la perseguía tanto como a los aliados.
El acuerdo, entonces, habría sido el siguiente: el Vaticano prestaba su banco (IOR) para que la Mafia pudiera girar fondos al exterior (sobre todo a Suiza), al ser el único banco italiano exento de las duras restricciones a la fuga de capitales que había en aquella época en Italia, y a cambio podría quedarse con una muy generosa comisión sobre los fondos girados. A1 poco tiempo, el acuerdo se complementaría con otro mucho más estrecho, dado que por medio del mismo el Banco del Vaticano se asociaba a capitales provenientes de bancos occidentales, especialmente de la Mafia y de la logia masónica Propaganda Due (P-2), manejada por Licio Gelli -socio de la CIA-, a fin de manejar por partes iguales el Banco Ambrosiano. El acuerdo podría representar muy buenas fuentes de ingresos para el Vaticano, pero los directivos del Banco Ambrosiano vaciaron al mismo en los años setenta, de modo que cuando el Banco de Italia auditó sus cuentas descubrió un faltante de cientos de millones de dólares de entonces, factor que precipitó la intervención oficial del Banco Ambrosiano y su posterior liquidación. Pero la investigación oficial no terminó allí, sino que llegó hasta el propio Banco Vaticano (IOR), de tal manera que la conexión entre el Vaticano y la Mafia quedó al descubierto, como también el hecho de que parte de los fondos del Vaticano provenía del crimen organizado.
Albino Luciano no sólo estaba muy al tanto de todo desde mucho antes a raíz de aquella rara venta de la Banca Cattolica del Veneto al masónico Banco Ambrosiano, y sus protestas cayeron en saco roto, dado que Paulo VI era involuntario prisionero de los crónicos problemas financieros de la Santa Sede y del eje Villot-Marcinkus-Siri-Baggio-Poletti-Casarolli.
Luciani también sabía que el Vaticano estaba operando como una suerte de "paraíso fiscal" por medio del cual la Mafia y la logia P-2 podían sacar de Italia cientos de millones de dólares sin control alguno, dado que su banco era extraterritorial, y sin pagar impuestos ni ser afectado por las regulaciones del mercado cambiario que en aquel momento la Banca de Italia establecía sobre todos los movimientos de capitales desde y hacia el país.
Lo cierto es que el Vaticano había dejado en manos de sus nuevos socios, los miembros de la P-2, el manejo del Banco Ambrosiano. Al quebrar éste, se encontró de la noche a la mañana, merced al fraude hecho por sus directivos Michele Sindona y Roberto Calvi, con un pasivo imprevisto de 500 millones de dólares de la época, por el cual debía responder. La situación financiera era sumamente difícil para la Iglesia, que sólo poseía las riquezas que Bernardino Nogara había dejado a través de su serie de inversiones en grandes empresas de Wall Street, pero no tenía ni un centavo más. El "agujero negro financiero" fue finalmente cerrado merced a préstamos que obtuvo el cardenal Casarolli gracias a sus excelentes contactos con importantes bancos y sociedades secretas, pero los préstamos son eso: deudas que un día hay que pagar. El Vaticano había postergado -y no solucionado- un grave problema.
Cuando murió Paulo VI, el Vaticano ya habría estado virtualmente en manos de los prestamistas y sus asociadas: las sociedades secretas. Cuando se eligió como papa a Juan Pablo I, se pensaba en la posibilidad de convencerlo para que continuara manteniendo en secreto la precaria situación financiera y la enorme serie de "trapos sucios". Pero Luciani, lejos de mostrarse como el clérigo sumiso y dominable que muchos pensaban que era, parece haber decidido depurar a la Iglesia de sus miembros masónicos, expulsar a Marcinkus y ventilar ampliamente a la prensa la situación. Iba a comenzar, más precisamente el día posterior a su muerte. El té que le sirvieron a Luciani la noche anterior a lo que habría sido su envenenamiento, determinó que no lo pudiera hacer y también un brusco cambio en la historia tanto del Vaticano como de sus relaciones con el mundo, la Mafia, la CIA, el Opus Dei, la masonería, con la propia Unión Soviética y hasta con el nacimiento de la globalización...
Tras la muerte de Luciani era necesario elegir un sucesor que se prestara a seguir tapando la complicada situación y, a la vez, se hacía imprescindible conseguir financiamiento para salir de la ruinosa situación financiera. Allí entró a jugar el Opus Dei y su candidato, el polaco Karol Wojtyla, como el propio Luciani previó. El Opus Dei podría brindar el financiamiento que la Iglesia Católica necesitaba merced a sus estrechos lazos con Wall Street, pero el problema sería qué hacer con la "vieja guardia" masónica, que ocupaba prominentes puestos en el Vaticano. En aquellos tiempos, el Opus Dei, tradicionalista a pie juntillas, seguía la doctrina oficial de la Iglesia y no soportaba escuchar hablar de la masonería y las sociedades secretas que eran sus enemigas. No hay que olvidar que el Opus Dei nació en la España de Franco amigo íntimo de su fundador Josemaría Escrivá de Balaguer, con el apoyo tácito del Generalísimo, que estaba empeñado en una verdadera cruzada antimasónica. Pero todo alejamiento puede arreglarse cuando la necesidad aprieta, y mucho más precisamente cuando la misma viene del bolsillo. Fue en ese momento, entre la muerte de Luciani y el advenimiento del cardenal polaco con vocación de actor como posible sucesor, cuando se produjo un pacto entre el Opus Dei y la masonería: el Opus Dei proveería de financiamiento constante al Vaticano y respetaría los puestos de los cardenales y otros religiosos masones. Además, el asesinato de Luciani no sería investigado, se lo taparía como una muerte natural. A cambio, el Opus Dei obtendría el papado con un cardenal muy afín, coparía una serie de altos puestos y dictaría la línea oficial de la Iglesia alejándola de cualquier actitud progresista. Y todos contentos: el Opus Dei, la masonería infiltrada al más alto nivel, y por supuesto la CIA, con la "vía libre" para lanzar sus proyectos en América Latina, incluir a los nuncios papales entre los "influyentes" que respaldaban a los dictadores e incluso comenzar a derribar a la Unión Soviética del todo.
La caída del Muro de Berlín y la disolución del imperio soviético incluía la provocación de un gran clima de agitación social en Polonia, que iba a ser llevado a cabo por el sindicato Solidaridad dirigido por Lech Valesa y debía ser financiado por la CIA. El problema era que la CIA no contaba con medios humanos para sostener los grandes movimientos sociales que se desarrollarían en Polonia. La agencia no podía girar fondos a un banco polaco para que un agitador los retirara porque en Polonia, en aquella época tras la "Cortina de Hierro", había control de cambios y los fondos podían ser fácilmente identificados por las autoridades monetarias. Juan Pablo II coincidía con la posición de Reagan y Bush padre en el sentido de que el comunismo era el peor de los males que asolaban a la Tierra, por lo que los fondos se distribuyeron a través de miembros afines a la Iglesia Católica polaca.
Pero la colaboración de Juan Pablo II con la elite globalista no se limitó a desestabilizar al régimen soviético. A lo largo de su pontificado, el papa dio cada vez más preeminencia al Opus Dei, constituyéndolo en prelatura personal y elevando a la categoría de santo a su fundador Josemaría Escrivá de Balaguer. El Opus Dei se ha constituido en una entidad de gran poderío económico y financiero en América latina, España y los Estados Unidos, donde varios de sus miembros ocupan puestos muy prominentes en Wall Street. Asimismo, nombró a muchos de sus sacerdotes como cardenales, y su actuación fue determinante a la hora de elegir a Joseph Ratzinger como nuevo Papa. Vale la pena mencionar especialmente al español Julián Herranz y a dos cardenales colombianos: Darío Castrillón Hoyos y Alfonso López Trujillo. Los tres organizaron conciliábulos previos al cónclave para que Joseph Ratzinger fuera Papa. El cardenal chileno Errazciuz, encumbrado como presidente de la Conferencia Episcopal Latinoamericana y el Caribe es señalado como el responsable de falsificar los documentos de la última conferencia latinoamericana y el caribe de Aparecida del 2007, respondiendo a los intereses de su pertenencia al Opus Dei.
Este tradicionalismo católico de Ratzinger y Wojtyla se corresponde muy bien con el gran tradicionalismo y conservadurismo de las doctrinas del Opus Dei, enfrentado con las tendencias tercermundistas de muchas organizaciones católicas latinoamericanas que permitieron la aplicación de las políticas liberales y la privatización de recursos naturales y de empresas públicas en América Latina, donde la población es aún mayoritariamente católica.
El Opus Dei correspondió de forma muy generosa al Vaticano por "inclinar la balanza" de la correlación de fuerzas en la Iglesia Latinoamericana a favor de sus tendencias tradicionalistas -y en contra de los grupos tercermundistas que podrían haber sido un duro obstáculo al liberalismo y a las privatizaciones latinoamericanas-, ayudando a engrosar el presupuesto del Vaticano, que hasta antes de Juan Pablo II mostraba muy fuertes "rojos" que ponían en peligro su estabilidad financiera. Lo hizo mediante donaciones sistemáticas a la Santa Sede por montos de hasta el 30% de los gastos de la misma, según una especie de "acuerdo tácito" de repartija de favores.
En realidad, Karol Wojtyla era un adepto del Opus Dei desde mucho tiempo atrás. Mucho antes ya de la muerte de Paulo VI pertenecía a una sociedad del Opus Dei llamada Priestly Society of the Holly Cross (Sociedad Fraternal de la Santa Cruz). Cada vez que Wojtyla viajaba a Roma por asuntos religiosos como arzobispo de Cracovia, desde años antes de su llegada al papado, pernoctaba en una de las sedes del Opus Dei en esa ciudad, donde tenía la oportunidad de conversar e intercambiar pareceres con algunos de los más importantes miembros de esa organización, quienes así comenzaron a estrechar lazos con él, a quien podían ver cada vez más como un potencial papable. Durante el papado de Paulo VI, la organización había obtenido algunas ventajas dentro de la jerarquía católica, pero era aún un sector muy minoritario, y el propio Paulo VI parecía desconfiar de ella, y le negaba, cada vez que podía, el estatus de prelatura personal. El propio Escrivá de Balaguer, su fundador, había ofrecido a Paulo VI apoyo monetario para la alicaída situación financiera del Vaticano, pero no había obtenido resultado alguno. Por lo tanto, los miembros del Opus Dei consideraban que debía ser sucedido por algún cardenal muy afín a su visión conservadora y tradicionalista en lo religioso, pero librecambista y privatista en lo político y económico. Durante su papado, Juan Pablo II no se quejó -más allá de lo meramente declamatorio- de los excesos visibles de pobreza, marginalidad y desempleo que la globalización provocaba crecientemente. Tampoco -más allá de cortas declaraciones formales- trató de impedir las guerras en que los Estados Unidos incursionaron durante su pontificado, y ni siquiera se refirió a la serie de guerras desatadas en Yugoslavia durante toda la era Clinton. Se limitó a viajar incesantemente a países pobres, buscando el aplauso fácil de las masas católicas, llevando mensajes de fe vacíos de contenido efectivo. Esos viajes, generalmente de contenido propagandístico, ayudaban a reforzar una fe católica primaria y narcotizante en las masas empobrecidas, pero Juan Pablo II, en vez de condenar las políticas liberales con toda crudeza e insistentemente -lo que habría radicalizado los sentimientos antiglobalizadores de vastas poblaciones- se limitó a intentar renovar esa fe con su mera aparición en recónditos lugares del planeta. Su política era estar, sonreír, mostrarse y bendecir sin hacer ni decir de más. Recordemos que su verdadera vocación de juventud estaba relacionada con ser actor, según él mismo expresó en varias oportunidades.
No le faltaba razón a Paulo VI entonces cuando señalaba que por alguna grieta el "humo de Satanás" había ingresado al Vaticano. Pero lo que no se puede dejar de notar es que el origen y la extensión de esa profunda grieta no podían dejar de ser conocidos por casi todos los papas del siglo XX, quienes sin embargo, al igual que el actual Benedicto XVI, optaron por silenciar el tácito pacto perverso existente entre Roma y Wall Street y dejar de hostilizar a las sociedades secretas, dado que Estados Unidos es el paraíso de las mismas (en el año 1900 existían más de 600, según Albert Stevens), y ellas son funcionales a los intereses de las corporaciones anglo-norteamericanas.
Con respecto a Ratzinger, hay que decir que es el digno descendiente natural de Juan Pablo II, superando en actuación reaccionaria a su antecesor. Juan Pablo II, entre 1978 y 2005 tuvo suficiente tiempo como para designar su sucesor, nombrando, en esos 27 años, una abrumadora mayoría de cardenales filosóficamente afines a su agenda conservadora, factor que ha hecho perder ascendencia a la Iglesia Católica sobre sus fieles, la mitad de los cuales se concentra hoy en América latina, y una parte importante restante en Europa. Esa pérdida de ascendencia es un hecho muy deseado por la elite, socia y creadora de las sociedades secretas, dado que una Iglesia muy cercana a la gente podría resultar un enemigo muy digno de la agenda globalizadora de la elite.
Los pueblos de muchas naciones latinoamericanas y europeas podrían canalizar buena parte de su disgusto contra la globalización a través de una institución como la Iglesia, la cual, si estuviera muy cercana a las poblaciones, bien podría constituirse en un poderoso factor antiglobalización. En vez de ello, durante la era de Juan Pablo II, más allá de sus frecuentes viajes apostólicos, la persistencia casi obsesiva del Vaticano en negarse a dejar de lado algunos de sus dogmas más anticuados como la grave situación de pecado mortal para quienes acepten mecanismos anticonceptivos, se divorcien o formen parejas homosexuales, alejó a muchísimos fieles. Como se observa, el catolicismo oficial a sido mucho más que una religión: una verdadera institución terrenal con el poderío suficiente para disputar durante casi diecisiete siglos el poder de los más importantes reyes europeos. Pero ésta también resultó muchas veces una maquinaria recaudatoria de dinero mediante nefastos mecanismos como la Inquisición o diversos impuestos, cuyas víctimas resultaban precisamente los incipientes miembros de las burguesías, hermanados en sociedades secretas.
El hecho de que Ratzinger sea más conservador que su antecesor quedaba claro tan sólo con el dato, muy difundido, de que en su adolescencia perteneció a las Juventudes Hitlerianas.
Ratzinger expresó, en su homilía navideña Urbi et orbe de 2005, una extraña llamada a un "Nuevo Orden Mundial", al igual que lo hizo años antes su antecesor Juan Pablo II y, entre otros, también lo había hecho George Bush padre, este último significativa o casualmente el día 11 de septiembre de 1990, en un famoso discurso. Muchos otros personajes "poderosos", como Gorbachev pronunciaron "coincidentemente" esa misma expresión muchas veces, en público y frente a toda la prensa. "Nuevo Orden Mundial" es la frase que está en latín (Novus Ordo Seculorum) en el reverso del billete de un dólar bajo la pirámide partida en su cumbre con y por el "Ojo que Todo lo Ve", característica de las sociedades secretas.
¿Cómo pueden haberla dicho entonces Juan Pablo II y Benedicto XVI cuando el Vaticano no podía desconocer la pertenencia de George W. Bush a la sociedad secreta de Skull & Bones, dado que el propio Bush lo reconoce en su autobiografía publicada en 1999?
Esa pregunta toma especial sentido si se tiene en cuenta que desde hace siglos la Iglesia estaba enfrentada mortalmente a las sociedades secretas.
Para despejar dudas acerca de quién es en realidad Ratzinger, hay que recordar que eligió nada menos que el 11 de septiembre de 2006 para pronunciar aquel polémico discurso, en el que no sólo citó una frase pronunciada por el emperador bizantino Manuel Paleólogo II en siglo XIV la ahora conocida:
Muéstrame qué es lo que Mahoma ha traído de nuevo, y solo encontrarás cosas malas e inhumanas, como su creencia de imponer la fe por la espada.
Benedicto XVI fue mucho más allá en ese discurso de Regensburg, pronunciado en esa fecha clave, porque dijo, tal como lo refleja el New York Times del 12 de septiembre de 2006 -pero muchos medios silenciaron-, una frase indeleble, mucho más que significativa:
La violencia, encarnada en la idea musulmana de la Jihad, o guerra santa, es contraria tanto a la razón como al plan de Dios, y Occidente está obligado a razonar que el Islam no puede entenderlo.
Si esto no es un tácito llamado a una especie de "cruzada", ¿qué es? ¿Qué significa que Occidente está obligado a razonar que el Islam no puede entender su naturaleza violenta? ¿Estamos obligados a darnos cuenta de que todos los musulmanes no pueden entender que son irracionales y que se oponen al "plan de Dios"? ¿Cree el papa ser Dios mismo para hablar así? Para colmo de males, la frase fue dicha durante la permanencia ilegal de los Estados Unidos y el Reino Unido en lrak, las amenazas permanentes de los Estados Unidos a Irán, la invasión y destrucción de El Líbano por parte de Israel y las crecientes tensiones occidentales contra Siria. Nada dijo Ratzinger acerca de las permanentes agresiones e intromisiones de los Estados Unidos en terceras naciones, generalmente islámicas y donde se concentran los recursos petrolíferos y gasíferos, ni contra la globalización, empobrecedora creciente de las masas populares de países pobres y ricos, ni sobre la acumulación de capital en manos de la elite globalista que aumenta su poder día a día. Las posteriores "disculpas" del Vaticano no pueden borrar el mensaje, mucho menos porque fue leído y no improvisado.
Mientras autores de best-sellers como Dan Brown en “El código Da Vinci” y “Ángeles y demonios” ayudan a generar el imaginario colectivo de que actualmente se libra una lucha a muerte entre el Vaticano bajo la espada del Opus Dei, y las sociedades secretas como la masonería, la realidad parece ser bien diferente. Entre los sectores partidarios del más acérrimo tradicionalismo católico y las sociedades secretas de naturaleza "pagana" parece haber un complaciente grado de colaboración. Si observamos hacia el pasado, encontraremos que si bien muchos papas se han expresado en forma pública contra las sociedades secretas, instrumentos de poder de la elite globalista, no resulta infrecuente encontrar en el papado miembros de prominentes familias de banqueros o de la más rancia nobleza italiana. Según el autor católico Claudio Rendina en su obra The Popes: histories and secrets (Los papas: historias y secretos), los condes de Tuscolo tuvieron cinco papas, los condes de Segni: cuatro, las aristocráticas y ricas familias Savelli, Orsini y Médici: tres cada una, y las opulentas familias Anici, Caetani, Borgia, Colonna, Castiglioni, Della Rovere, Fieschi y Piccolomini, dos cada una. Es necesario hacer notar que esa lista está compuesta sólo de miembros de los respectivos clanes aristócratas. No incluye todos aquellos papas que muchas de las mismas familias lograron nombrar con el correr de los siglos a raíz de su influencia, dado que el sombrero de cardenal -puesto necesario para ser papable- se compró y vendió como una cara mercancía durante siglos. Por obvias razones, sólo selectas familias adineradas y aristocráticas podían acceder al cardenalato.
Por lo tanto, cabe concluir que el presente y el pasado reciente de la institución católica no distan demasiado de siglos anteriores, cuando tras cónclaves presuntamente asépticos, los círculos de poder económicos lograban nombrar papas afines que convalidaran las guerras, invasiones y otros actos de barbarie que los grupos más elitistas debían llevar a cabo para hacerse de los recursos naturales o con las zonas geoestratégicamente vitales para sus cometidos. Tampoco se puede negar la penetración de las sociedades secretas en el propio corazón de la Iglesia Católica en siglos pasados.
Dan Brown señala en su novela Ángeles y Demonios -en la que distorsiona gravemente información de los Illuminati de Baviera - que en la capilla Chigi (una poderosa familia de banqueros del siglo XVII) ubicada dentro de la iglesia de Santa María del Popolo, en pleno corazón de Roma, hay dos grandes pirámides de clara ascendencia masónica sobre la tumba familiar. Lo que Brown "olvida" señalar es que esa pirámide fue encargada y elaborada por el propio papa Alejandro VII (nacido Fabio Chigi), quien evidentemente tenía cierta filiación con la masonería, al igual que sus antecesores banqueros.
Como vemos, las actuales asociaciones non sanctas de la institución católica con las sociedades secretas no son algo nuevo, sino que abundan en su historia. Sin embargo, hay que señalar que el grado de asociación del Vaticano con los intereses de la elite desde la Segunda Guerra Mundial. y de manera cada vez más progresiva, constituye un peligro mucho más importante para el mundo y para la fe liberadora de Jesús y su proyecto político del Reino de Dios, que la actividad cercana a los bancos y a las sociedades secretas que muchos papas pudieron haber tenido en el pasado. Esto se debe, sobre todo, a que ya no estamos tanto en un mundo dividido por naciones o ideas enfrentadas, sino bajo el imperio de la globalización.
Hemos visto cómo la elite globalista ha sabido manejar a uno de sus otrora enemigos más poderosos: el Vaticano. Ahora sí entonces, los preceptos de Leo Strauss, en el sentido de que el fervor religioso bien puede servir para cohesionar a las masas y servir a los intereses de la elite, han sido seguidos con éxito. Los papados de Benedicto XVI y Juan Pablo II han sido funcionales al poder financiero de Wall Street, las megacorporaciones y las sociedades secretas tan odiadas por el Vaticano en otras épocas. De institución poderosa por peso y opinión propios, la institución católica se ha convertido cada vez más en un socio menor de la propia elite, a veces por su convicción anticomunista, pero en otras por problemas financieros. De tal manera, una de las instituciones supranacionales que mayor riesgo podría representar para la elite globalizadora, ya no sólo no representa peligro alguno, sino que además se ha convertido en uno de sus mejores aliados para llevar a cabo la globalización. No hay que olvidar que el ecumenismo que ha sido impulsado con fuerza desde el papado de Juan Pablo II ha sido establecido en forma bastante desigual: mientras se han estrechado fuertemente los lazos de la Iglesia Católica con el judaísmo y el anglicanismo (religión preeminente en la elite de negocios inglesa y estadounidense), el acercamiento a otras religiones como las distintas versiones del Islam o el budismo ha sido muchísimo menor. O sea, ha coincidido con la propia política exterior de los Estados Unidos en las ultimas décadas, que observa como enemigos al fanatismo islámico en el corto plazo, y probablemente a China en el largo plazo.
El poder terrenal de la institución católica ha sido desastroso para la misión, el profetismo y la virtud de la iglesia comunidad fundada por Jesús de Nazareth y sus discípulos, desangrando su espíritu y denigrando su cuerpo.
La institución católica como tal ha traicionado el mensaje liberador de Jesús de Nazareth y su causa de la construcción del Reino de Dios por el que predicó, se manifestó y luchó, y por lo que fue perseguido, secuestrado, torturado y asesinado como subversivo político y religioso.
Traicionó sus opciones de vida al aliarse con aquellos a los que Jesús de Nazareth en su tiempo había rechazado y condenado.
Traicionó las comunidades fundada por Él y sus discípulos en las que reinaba un espíritu de horizontalidad, fraternidad, igualdad, inclusión y verdad; con una conciencia antiexcluyente, anticapistalista y antiimperialista.
Bien diría entonces San Ambrosio en el siglo IV, cuando el maridaje del Imperio Romano con la Iglesia Católica la transformó de una comunidad de fieles en una institución verticalista, cesárea y dictatorial: “los emperadores nos ayudaban más cuando nos perseguían, que ahora que nos protegen”...
La eterna pugna entre ciencia y religión se ha convertido en una guerra real.
En un laboratorio de máxima seguridad, aparece asesinado un sacerdote científico con un extraño símbolo grabado a fuego en su pecho.. Para el profesor Robert Langdon no hay duda: los Illuminati, los hombres enfrentados ala Iglesia desde los tiempos de Galileo han regresado. Y esta vez disponen de la más mortífera arma que ha creado la humanidad, un artefacto a base de antimateria con el que pueden ganar la batalla final contra su eterno enemigo.
Acompañado por una joven científica y un audaz capitán de la Guardia Suiza Vaticana, Langdon comienza una carrera contra reloj, en una búsqueda desesperada por los rincones más secretos del Vaticano. Necesitará de todos sus conocimientos para descifrar las claves ocultas que los Illuminati han dejado a través de siglos en manuscritos y templos, y todo su coraje para vencer al despiadado asesino que siempre parece llevarle la delantera.
(de la contratapa del libro “Ángeles y demonios”)
El best-seller de Dan Brown publicado hace nueve años, Ángeles y Demonios, está basada esta película convertida en la Nº 1 de taquilla en Estados Unidos.
Continuadora en la saga de “El Código Da Vinci” (año 2006, pero publicado en libro cronológicamente anterior), se estrenó en Argentina el 14 de mayo de 2009 “Ángeles y Demonios”, policial clásico protagonizada por Robert Langdon (Tom Hanks), en donde el autor recurre a la misma fórmula del Código, induciendo al lector/espectador a inclinarse por unos asesinos que finalmente no lo son, siendo en verdad los menos esperados.
En esta nueva historia, Langdon descubre evidencia que indica que la hermandad secreta conocida como “Los Illuminati” se ha reagrupado, y que lo ha hecho con todo el poderío ancestral de la organización. De inmediato, el protagonista se percata de una grave amenaza que además implicaría a la más alta jerarquía de la institución católica de manera letal, ya que han robado de un laboratorio de investigaciones física la antimateria necesaria para destruir todo el Vaticano con sus centenares de cardenales dentro, dado que la trama se transcurre cuando en dicho lugar está desarrollándose el cónclave que elegirá un nuevo Papa.
La película peca desde el comienzo con el clásico concepto de que un par de centenar de cardenales, más la indigesta curia romana “son” la iglesia católica, cuando la iglesia (“ekklesía” en su palabra griega, que significa “asamblea”) la componen 600 millones de fieles y su “territorio” espiritual está diseminado por todo el mundo y no en el obsenamente lujoso Vaticano con sus 0.44 km2 de extensión y sus 932 habitantes permanentes.
Siguen los errores al plantear un supuesto enfrenamiento irracional entre fe y ciencia, cuando en la actualidad el Dios de una fe madura entronca perfectamente con la ciencia de última generación,; la teoría del Big Bang del sacerdote belga Georges Lemaître, la de la entropía de Rudolf Clausius, con la de la evolución de Darwin, con la negación de un dios intervencionista y protector como proyección de deseos humanos (dios antropomórfico de la religión antigua, distinto al Dios de la fe) del psicoanálisis de Freud, las teorías de la relatividad de Einstein, la cuántica de Max Planck, para terminar en la teoría de la intencionalidad del universo de Niels Bohr, según la cual, necesariamente existe algo detrás de la materia y la energía -que califica como una inteligencia superior- para que se hayan dado las afinadísimas condiciones (la posibilidad era 1 contra 10 elevado a la potencia 120 después de la gran expansión) para que en este planeta se desarrollara la vida. No existen científicos actuales que afirmen la imposibilidad matemática y física que Dios exista como un ente inteligente y ordenador, como no existen creyentes maduros que afirmen poder demostrar que Dios existe, más allá de la fe.
Y lo tercero y más grotesco es el tratamiento que se le da al tema de la logia secreta Illuminati, con el planteo de una supuesta guerra a muerte con la institución católica; tema tal que retomara cronológicamente a posterior con mucha más fuerza en la trama del Código Da Vinci, donde específicamente se la hace enemiga del Opus Dei. Echemos luz sobre esto.
En sus inicios, la masonería (de “masones”, “constructores de piedras”) fue una institución de carácter iniciático, filantrópico, filosófico y progresista, fundada en el sentimiento de fraternidad, igualdad y libertad. Tuvo como objetivo la búsqueda de la verdad y fomentando el desarrollo intelectual y moral del ser humano, además del progreso social. Los masones, se organizaron en estructuras de base denominadas logias, que a su vez pueden estar agrupadas en una organización de ámbito superior normalmente denominada "Gran Logia", "Gran Oriente" o "Gran Priorato".
Se consideraron filosóficas porque buscaban orientar al hombre hacia la investigación racional de las leyes de la naturaleza, con al esfuerzo del pensamiento desde la representación geométrica hasta la abstracción metafísica.
Se consideraron filantrópicas porque buscaban el altruismo, el bienestar de todos los seres humanos y no estaba inspirada en la búsqueda de lucros personales, con sus esfuerzos y recursos dedicados al progreso y felicidad de la especie humana, sin distinción de nacionalidad, raza, sexo ni religión, para lo cual apostaban a la elevación de los espíritus y a la tranquilidad de las conciencias.
Se consideraron progresistas porque enseñaban y practicaban la solidaridad humana y la absoluta libertad de pensamiento, teniendo por objeto la búsqueda de la verdad desechando el fanatismo abordando sin prejuicios todos los nuevos aportes de la invención humana, la moral universal y el cultivo de las ciencias y las artes, no poniendo obstáculo alguno en la investigación de la verdad.
Los masones fueron considerado como la orden fraternal más grande que alcanzó niveles mundiales y en un primer momento, las cofradías masónicas se limitaban a los trabajadores. No obstante, en el contexto de la reforma protestante, sobre todo en Inglaterra, estas fraternidades comenzaron a aceptar hombres provenientes de sectores altos de la sociedad, y fue entonces en donde sus ideales fundantes fueron traicionados.
Los Illuminati son una logia de estos masones y se originaron en los cultos precristianos y en las masonerías del mundo antiguo y medieval.
En la segunda mitad del siglo XVIII, la población de la región de Baviera (Alemania) era de mayoría católica y contaba con una aristocracia ampliamente asentada. Por entonces, Baviera contaba con más de 25.000 iglesias para 40.000 habitantes, además de 19 conventos y monasterios. En este escenario, el poder de los jesuitas era evidente en todos los lugares y Baviera era un opositor radical a la Reforma Protestante. A pesar de este talante religioso, el ateísmo, la apostasía y el deísmo eran más frecuentes en Baviera que en cualquier otro lugar. Con este marco, un oscuro personaje local, Adam Weishaupt, empezó a formar los Illuminati de Baviera cuando era profesor de derecho canónico en la universidad de Ingolstadt y estudiaba para hacerse sacerdote jesuita. Tras su fundación, Adam Weishaupt logró reclutar a su causa a un gran número de pensadores, filósofos, artistas, políticos y analistas; atrajo a jóvenes estudiantes y personalidades intelectuales. Sin embargo, cuando en 1773 el Papa Clemente XIV prohibió los Illuminati, su disgusto le llevó a romper con la Iglesia católica. Unió fuerzas con el mercader Kolmer, quien en su trayecto a Francia y Alemania, hacia 1770-73, se encontró con Cagliostro en la isla de Malta, antigua sede de los caballeros templarios.
La finalidad de Weishaupt al crear esta sociedad era derrocar a los gobiernos y reinos del mundo, además de erradicar a todas las religiones y creencias para unificar a la humanidad bajo un Nuevo Orden Mundial, basado en un sistema muy similar al comunista; el cual tuviera una moneda única y una religión universal. Esta sociedad, según sus creencias, permitiría que cada persona lograra la perfección. Este plan exigía que el grupo se expandiera haciendo ostensible su presencia en otros lugares.
Los Illuminati bávaros se extendieron rápidamente por Austria y otros puntos de Europa, afiliando a personalidades de la talla de Herder, Goethe, Cagliostro y el Conde de Saint-Germain, entre otros. El mismo Conde de Cagliostro creó la Masonería egipcia y fue asesinado en los calabozos de la Inquisición. Al parecer, Cagliostro, el futuro revolucionario francés, se involucró entonces en actividades masónicas, así como también lo hicieron Giovanni Giacomo Casanova (el eterno amante veneciano) y el enigmático conde de Saint-Germain. Habría sido Kolmer quien, en Alemania, transmitiera sus conocimientos secretos a Weishaupt, quien empleó muchos años en trabajar para consolidar los distintos sistemas ocultos en su sociedad secreta, los Illuminati.
Utilizó el soborno y el sexo para controlar a los que iban alcanzando posiciones superiores; posteriormente, el chantaje le garantizaba el mantenimiento de este control. En esta etapa, los Illuminati empiezan a utilizar a sus adeptos (los iniciados de grados superiores) como consejeros de políticos, pero siempre desde una posición discreta sin salir de su anonimato. De esta manera, las medidas adoptadas por aquellos beneficiaban a los Illuminati, que pretendían erradicar las condiciones sociales que fueran un obstáculo para conducir a los hombres hacia lo que consideraban su estado natural y de felicidad. Este «sueño» significaba eliminar a las monarquías y a la Iglesia, por lo tanto la orden pronto tuvo enemigos muy poderosos.
Una vez que Adam Weishaupt se percató del gran éxito que estaba teniendo con este movimiento, tomó la determinación de afiliarse a las logias francmasónicas de Baviera y luego de Europa, ordenando después la infiltración y el dominio de la misma. Sin embargo sus planes fracasaron, ya que en una reunión en 1782 de la masonería continental, se enfrentó ante la oposición de la Gran Logia de Inglaterra y los recelos de Los Iluminados Teósofos y del Gran Oriente de Francia. Por su parte, El Elector de Baviera, al intuir el peligro que significaban Los Illuminati para la Iglesia católica y las monarquías, por su ideología revolucionaria, igualitaria y libertaria; aprobó un edicto contra estos y la masonería el 22 de junio de 1784. Consecuentemente hubo persecuciones y se arrestaron a sus miembros hasta erradicarlos casi por completo. Para 1785 Weishaupt marchó al exilio de Ratisbona. Dirigió la orden desde el extranjero, falleciendo el 18 de noviembre de 1830.
Una vez muerto Weishaupt , el resto de la Orden de Los Illuminati se dirigieron a Estados Unidos y algunos se dispersaron por Europa. En Francia, el conde de Mirabeau introdujo la Orden en donde se alistaron los revolucionarios Saint-Just, Camile Desmoulins, Danton, Herbert y Marat.
Existen autores que aseguran la desaparición absoluta de Los Illuminati en Europa durante las primeras décadas del siglo XIX, caso contrario en los Estados Unidos. Ya que existen demasiadas pruebas que determinan su presencia como el sello del dólar de Estados Unidos, las órdenes norteamericanas que se declaran hoy herederas de Los Illuminati y una serie de cartas del siglo XIX que resultan reveladoras.
De la matriz de la Orden de Los Illuminati en Estados Unidos surge la conformación de la Logia Colombia de la Orden de los Illuminati en 1785 y a la que se integraron como Hermanos el gobernador De Witt; un ancestro de Franklin Delano Roosevelt, Clinton Roosevelt; Horace Greeley (director del Tribune); y el mismísimo Jefferson. Esta herencia se ha mantenido durante dos siglos en organizaciones iluministas cuyas principales son The Order, Skull & Bones, The Shriners y la Grand Lodge Rockefeller.
El presidente estadounidense F.D. Roosevelt, miembro de los Shriners, ordenó que apareciesen en billete estadounidense la pirámide truncada con el triángulo y el ojo "que todo lo ve" en la parte superior (símbolo de Los Illuminati de Weishaupt), los trece escalones de la pirámide (13 grados del Rito de los Iluminados de Baviera), las inscripciones en latín Annuit Coeptis y Novus Ordo Seculorum y la fecha 1776 (fecha de la fundación de Los Illuminati de Baviera); aunque existen autores que desmienten toda relación del billete con las órdenes iluminadas y asocian esto con los 13 estados norteamericanos a la fecha de la independencia.
En su novela Ángeles y demonios, el escritor estadounidense Dan Brown plantea que Galileo era miembro de los Illuminati. Una afirmación sin otra validez que la de aportar intriga a la trama de la novela. Lo cierto es que en 1610 Galileo fue invitado a formar parte de una sociedad italiana de científicos e investigadores llamada “Academia de los Linces” fundada por Federico Cesi en 1603. El nombre de este grupo procedía de Lynceus, el argonauta de la mitología griega dotado de una perspicaz vista y cuyos objetivos eran no sólo adquirir conocimiento de cosas y sabiduría y vivir juntos legal y píamente, sino también mostrarla a los hombres de una manera pacífica, tanto oralmente como por escrito, sin causar daño.
La aristocracia romana acusó a los miembros de la academia de practicar magia negra, oponerse a la doctrina católica y llevar una vida escandalosa. Así, durante algún tiempo sus miembros estuvieron exiliados y esparcidos, solamente manteniendo la unión por correspondencia.
Galileo fue el miembro más famoso y las publicaciones más prestigiosas de la Academia de los Linces fueron las suyas. En primer lugar apareció su «Tratado sobre las manchas solares» (1613) y luego, «El ensayador» (1623). Con la captación de Galileo, el número de miembros del grupo creció hasta 32. La muerte de su fundador Cesi, en 1630, precipitó el fin de la Academia.
Lo que actualmente más interesa resaltar, es la función que desarrollan las sociedades secretas como metodología de poder y que nos afectan en la cotidianidad de nuestras sociedades.
Desde hace varios siglos, los principales empresarios y banqueros suelen agruparse en sociedades secretas -muchas veces logias masónicas-, en las que toman contacto con personas de la actividad política. En un principio ese movimiento empresario constituía una estrategia defensiva: el afán de lucro estuvo muy mal visto en Europa Occidental durante toda la Edad Media, debido al tipo de moral antiempresaria que la Iglesia Católica defendía. Además, las propias monarquías europeas, más allá de oscilar entre la obediencia al papado y una abierta rebeldía contra éste, también constituían un factor de poder que miraba con recelo el creciente avance de una burguesía comercial y financiera que, generalmente sin antecedentes aristocráticos, comenzaba a disputar cuotas de poder a las casas reales, pero que se financiaban con préstamos de esa misma burguesía financiera. Así, preso del Papa y las casas reales de esta burguesía financiera, el incipiente empresariado comercial y financiero vio con buenos ojos la asociación clandestina como forma de presentar un frente unificado contra el poder político y religioso a los que se consideraba una verdadera amenaza para sus intereses. A medida que el capitalismo fue desarrollándose más en Europa, banqueros y comerciantes comenzaron a detentar una mayor cuota de poder, y la organización en sociedades secretas comenzó a ser un factor preponderante en la lucha subterránea que buena parte del empresariado llevaba a cabo contra reyes y papas. En tal sentido, hay un año que representó un verdadero quiebre en la correlación de fuerzas entre el empresariado y las monarquías y el papado: 1776.
Ese año, el fundador de la poderosa dinastía financiera Rothschild financió en Bavaria a los Illuminati con el propósito de liderar las logias masónicas que se habían reorganizado en 1717 y respondían a la monarquía inglesa. Los Illuminati no fueron una sociedad secreta más, sino una sociedad con objetivos claramente políticos, dispuesta a aplicar una metodología revolucionaria, utilizando muchas veces golpes militares, actos de terrorismo y guerras para lograr sus objetivos de dominación global y debilitamiento de las políticas nacionales que han sido y son siempre una barrera para el empresariado financiero y comercial.
La matriz de esta organización, trasplantada a los Estados Unidos principalmente a través de sus universidades y colegios, proliferó primero a través de la red elitista de estudiantes y graduados llamada Phi Beta Kappa, y luego, desde 1832, bajo la forma de la sociedad Skull & Bones (Calavera y Huesos) afincada en la Universidad de Yale. Es necesario mencionar que algunos de los más prominentes miembros de Phi Beta Kappa participaron codo a codo con importantes masones, como George Washington, Tomas Jefferson y Benjamin Franklin para producir la guerra de independencia norteamericana, suceso considerado apetecible por una vasta parte del empresariado europeo, incluso parte del inglés, dado que ayudaba a minar la autoridad de la Corona británica y a acrecentar sus negocios hacia y desde el Nuevo Mundo.
Muchos presidentes norteamericanos han sido miembros -de esta y otras sociedades secretas- tanto como muchísimos miembros de sus gabinetes, así como numerosos empresarios, diplomáticos, militares, periodistas, etc., que han llegado a sus cargos merced al conocimiento previo que la elite posee de ellos gracias a su pertenencia a dichas sociedades. Tanto George W. Bush como John Kerry, los contendientes en las elecciones norteamericanas de 2004, son miembros de Skull & Bones.
Sin embargo, a medida que las sociedades secretas avanzaban hacia el objetivo de la elite que las domina, o sea, hacia un dominio político y económico global -representando en un Nuevo Orden Mundial caracterizado por países sin políticas económicas, educativas ni sociales realmente independientes- se toparon con un problema imprevisto. Su actividad realizada clandestinamente fue denunciada en una vasta cantidad de naciones, y la gente en aquellas épocas comenzó a presentir y pensar que había mucho de verdad en la idea de que muchos de los grandes sucesos políticos habían sido en realidad manipulados desde las sombras y carecían de la espontaneidad que muchas veces la historia oficial escrita por sus propios periodistas e intelectuales les adjudica. El peor de estos momentos se dio en torno de la Primera Guerra Mundial, donde las denuncias de las actividades de estas sociedades se realizaban muy seguido en Francia, Alemania, Inglaterra, Italia. Estados Unidos y Rusia, entre otros países.
Fue por este motivo, y por el efectivo control que las clases empresariales de Estados Unidos e Inglaterra ya ejercían tras la Primera Guerra Mundial sobre los recursos energéticos mundiales, que los principales empresarios advirtieron la necesidad de que una buena parte de los objetivos económicos, políticos y sociales se trazara en forma menos secreta, aunque no totalmente pública. De esta manera nacieron el Consejo de Relaciones Internacionales (Council on Foreign Reintions: CFR) y el Instituto Real para los Asuntos Internacionales (Royal lnstitute (or International Afairs: RIIA). Ambos centros de poder fueron fundados en 1919 y 1921, con base en Nueva York y Londres con el fin de elaborar las políticas que los gobiernos -del partido político que fuere- deberían adoptar en prácticamente todos los terrenos: economía, educación, cultura, etcétera. Esos centros de poder trabajan en forma muy silenciosa, pero para nada clandestina. En sus reuniones suele haber miembros prominentes de todas las disciplinas, y también dueños de los principales medios de comunicación y los principales periodistas. De tal manera, los medios de comunicación posteriormente realizan lobby, o al menos hablan en forma benevolente -cierto disenso acotado siempre se permite- de lo que se acuerda como "saludable" para que sea encarado tanto por Estados Unidos como por el resto del mundo en el marco de sus políticas de acción.
Estos centros de poder luego desarrollaron los llamados Grupo Bilderberg y Comisión Trilateral con el fin de incluir en algunas de sus deliberaciones a los principales empresarios y políticos de Europa Continental y Japón, y elaboran sus políticas con un complaciente silencio de prensa sobre sus reuniones, sus debates y sus objetivos; aunque sin la clandestinidad de sus antecesores, las sociedades secretas, que obviamente siguen existiendo y gozando de enorme poder, dado que sólo los "pretextos científicos y políticos" son dejados en manos del CFR, el RIIA, el Grupo de Bilderberg y la Comisión Trilateral.
No hay tema importante sobre las áreas de petróleo, finanzas, políticas comerciales, invasiones a países "díscolos", o negociaciones de países con el FMI o el Banco Mundial, que escape al discreto control del CFR y el RIIA, grupos que ejercen un verdadero "gobierno mundial en las sombras" y que son los reales "apuntadores de letra" para los gobiernos de los Estados Unidos y se proyectan así en muchísimos otros países. Este es el verdadero rostro ideológico de la llamada “globalización”.
La creación de los servicios secretos como el FBI y la CIA, copiando el modelo del espionaje inglés de principios del siglo XX, corresponde al mismo fenómeno. Esos servicios son una especie de "hijos naturales" de dichos centros de poder con el fin de que sean tales agencias las que lleven a cabo los procedimientos que estiman necesario realizar pero que no pueden ser aplicados por gobiernos legítimos sin despertar la indignación de las masas populares.
Estas sociedades secretas herederas de los Illuminati ha venido nutriéndose de la filosofía política de un alemán emigrado por motivos raciales durante el Tercer Reich: Leo Strauss. Afincado en los Estados Unidos, Strauss fue muy bien recibido en la Universidad de Chicago (fundada y dirigida por los intereses del petróleo, donde además trabajaban los economistas más conservadores como Milton Friedman). Strauss desarrolló sus teorías políticas de la misma manera que en el pasado más lejano las sociedades secretas se nutrían de la filosofía de la historia hegeliana para llevar a cabo sus actividades revolucionarias.
Lector acrítico de Nicolás Maquiavelo, Strauss fue su continuador y quien reformuló en el Siglo XX sus tesis. Su premisa básica es la siguiente: “Por derecho natural, los fuertes deben gobernar sobre los débiles”.
Sus tres líneas de acción representan una verdadera metodología para lograr objetivos de dominio a través de la globalización:
a) Dado que no existen verdades absolutas, sino sólo relativas, es necesario que los gobiernos mientan. Los gobiernos deben dar a la población a través de la prensa sólo un mínimo indispensable de información fidedigna a fin de mantener lo más monolíticamente posible la fe de las masas en un futuro mejor y en una escala de valores. El engaño deben ser las armas para impedir todo atisbo de escepticismo o nihilismo que bien podría llevar a la anarquía.
b) Contrariamente a lo que establece la mayoría de las constituciones democráticas en lo que respecta a la necesidad de separar el Estado de la Iglesia, la fe religiosa conservadora y las invocaciones a un dios todopoderoso ayudan en buena medida a que ese escepticismo o nihilismo se reduzca a un mínimo posible. La religión narcotizante es una potente arma de dominio, al igual que la mentira y el engaño, para lograr encolumnar al pueblo tras un líder y tras la clase dominante que debe gobernar un país por "derecho natural".
c) La base de cualquier Estado y de cualquier gobierno es la existencia de un enemigo. La lucha contra un enemigo común sirve para aglutinar más a las masas. Un peligroso enemigo externo muchas veces aparece de manera espontánea o imprevisible, pero, si ese enemigo no existe, es necesario crearlo. Si no hay uno a mano, éste debe ser fabricado, porque sin un enemigo poderoso se corren riesgos de que se den las condiciones para que aparezcan importantes niveles de disenso interno que pongan en riesgo la conducción del Estado y el dominio de un país por los elegidos (los más fuertes). Obviamente que en un régimen capitalista global, los más fuertes no son otros que los más ricos.
Puede resultar curioso, pero a pesar de ser un perseguido de Hitler por motivos raciales, Strauss terminó por imitar a su odiado enemigo. Si sustituimos "los más fuertes" por "la raza aria", nos encontraríamos con idénticas percepciones acerca de una raza o una clase "elegida" para gobernar el mundo por derecho natural.
Asimismo, la frase más famosa que se recuerda del ministro de Propaganda de Hitler Joseph Goebbels, era "miente, miente, que algo quedará", y es casi idéntica a la primera premisa straussiana de gobierno. Durante el Tercer Reich no había una religión considerada de Estado, aunque las creencias paganas y los símbolos hindúes utilizados por el nazismo (como la cruz gamada), así como todas las creencias y leyendas sobre el origen indoeuropeo de la raza aria, constituían un sistema de creencias al estilo de las religiones, que cohesionaba a los alemanes, aun cuando Hitler no dejara de apoyar al catolicismo y al cristianismo en general. Finalmente, en la idea de crear un enemigo si éste no está a mano, Strauss no hace más que copiar algunas de las propias tácticas de Adolf Hitler, cuando, por ejemplo en 1933, el Führer habría ordenado incendiar el Reichstag (Parlamento) y luego culpar del alentado a un comunista con la finalidad de suspender totalmente la actividad de los partidos políticos, acabar con el Parlamento y gobernar dictatorialmente el país, siempre en guardia contra el posible avance del "comunismo" y el "pueblo judío".
En síntesis, Leo Strauss no ha propuesto otra cosa que un régimen hitleriano sin Hitler bajo la apariencia de una democracia, donde la gente cree que vota por candidatos e ideas diferentes cuando, en realidad, los candidatos posibles han sido cooptados de antemano, bloqueando casi todo atisbo de posible salida hacia un esquema verdaderamente democrático.
Bajo la actual apariencia de democracia, los medios de comunicación adormecen a poblaciones enteras a través de noticieros vacíos de verdaderas noticias, repletos de casos policiales (presentados para que el televidente desconfíe del vecino o del desconocido y nunca del propio Estado o del sistema) y saturados de banales entretenimientos escapistas y deportes, en los cuales se suele depositar falazmente lo poco del nacionalismo que puede quedar en la era de la globalización.
La misma palabra “democracia” esconde un engaño. El “demos” en la sociedad griega de la que deriva, refiere al pueblo entendido como tal en los que componen la “patria” poseyendo “patrimonio”. Sólo lo pueden ser entonces, los varones libres con capital. El resto, llamados “laos” -de donde deriva “legos” (inferiores) y de donde la institución iglesia lo toma para la figura de “laicos”- son los hombres sin posesiones, incluyendo a todos los varones esclavos, más la totalidad de las mujeres (libres o esclavas). Por eso, en conceptos del intelectual de la teología de la liberación Jung Mo Sung, debería hablarse buscando una “laocracia” que refiera al concepto extendido de gobierno de todo el pueblo, en vez de “democracia” que refiere, justamente, al gobierno de una elite. Por supuesto que este concepto no interesa difundir por los medios de comunicación dominantes ni por las corporaciones políticas, empresariales o eclesiásticas...
Así, el mundo entero se ha sumergido en pseudos dictaduras travestidas de democracia, con centro en Nueva York y Londres, hacia la cual los gobiernos presentan más o menos sumisión, en donde apenas pueden entablar negociaciones estratégicas de relativa oposición en el marco de una situación de muy clara debilidad.
Las sociedades secretas y sus organismos supranacionales de superficie actúan en las sombras como verdaderos titiriteros de los gobiernos nacionales, incluido el de los Estados Unidos y los países centrales.
¿Y por el Vaticano como andamos?
Hasta hace no demasiado tiempo, las sociedades secretas y el Vaticano como corporación estaban enfrentados en una guerra de poder a muerte. Eran frecuentes las encíclicas papales condenando la masonería y toda suerte de sociedades secretas, excomulgando a cualquier cristiano que adhiriera a ellas. La causa que más se publicitó acerca de ese enfrentamiento era que la Iglesia percibía que las sociedades secretas practicaban rituales y creencias de origen pagano. Pero en realidad -y con mucha más fuerza desde la fundación de los Illuminati de Baviera- era fácil percibir que el motivo de la lucha no era otro que una pugna por el poder.
Como ya dijimos, durante toda la Edad Media y la Moderna el poder político en Europa estaba en mayor o menor medida concentrado en el papado y las monarquías. La burguesía comercial y financiera, si bien financiaba a esos poderes políticos sabía que la única forma de aumentar su dominio en Europa era socavar las bases del poder tanto de los papas como de los reyes. Por lo tanto se asociaban secretamente para llevar a cabo sus objetivos. Buena parte del financiamiento que recibieron tanto los científicos e investigadores como los medios de comunicación en siglos pasados provenía de miembros de esas sociedades, quienes por medio de la ciencia y la prensa deseaban demostrar que las doctrinas religiosas del Vaticano eran equivocadas y que las casas reales europeas no tenían "derecho natural" alguno a ocupar sus lugares.
Las sociedades secretas -más allá de las prácticas ocultistas y a veces satanistas de las cuales sus enemigos más encarnizados las acusan, algunas veces con causa y razón justificada- se oponían al régimen político, social y religioso imperante en Europa no tanto por cuestiones ideológicas, religiosas o morales, sino como una forma efectiva de acumular poder en los estamentos en los que les estaba vedado. Es por esta causa que en general estaban -y están- compuestas por partidarios acérrimos de la forma republicana de gobierno de la ya comentada “democracia”, no como producto de un deseo liberar a las masas de la opresión que podían padecer por el poder abusivo de reyes y papas, sino como alternativa política para alzarse con el poder. Esto -y ninguna otra motivación- fue lo que las impulsó a apoyar financieramente la serie de revoluciones que determinaron los cambios políticos en Europa y los Estados Unidos hacia la forma republicana de gobierno, demoliendo el poder de los rivales. Con este y no otro fin nacieron lo que hoy llamamos democracias.
Principalmente a través de los papas Pío IX y León XIII, la institución católica respondió con durísimas encíclicas que otros papas posteriores citaron repetidamente o profundizaron hasta que, principalmente luego de la Segunda Guerra Mundial, poco y nada hicieron para impedir su avance. Más aún, durante el largo papado de Juan Pablo II, el tercero más largo de la historia, prácticamente ningún documento fue elaborado en el Vaticano contra la actividad de su antiguo enemigo mortal. ¿Por qué?
Cuando Napoleón fue derrotado en Waterloo (1815), mediante el Congreso de Viena se diseñó el nuevo mapa europeo. Entre las disposiciones de ese congreso se convino en devolverle al papado algunas de las tierras que Napoleón le había confiscado. Esos territorios, gobernados directamente por los papas, constituían los denominados "Estados pontificios", abarcando cuatro áreas geográficas italianas (el Lazio, la Umbria, las Marcas y la Emilia-Romagna) y reconstituyéndose así en la fuente de los ingresos papales a través de la recaudación de impuestos sobre la actividad económica.
Pero entre 1850 y 1870 los Estados pontificios vieron recortados progresivamente esos dominios, que se iban anexando a los reinos que luego conformarían lo que hoy es Italia. Fue entonces cuando los papas emitieron las más duras encíclicas contra la masonería y las sociedades secretas, dado que eran los Carbonari, la Giovane ltalia y la masonería -las sociedades que más luchaban para unificar el país- fueron despojando al papado de sus territorios y de sus fuentes de recaudación.
Desde 1850 entonces, el Vaticano debió recurrir regularmente a préstamos externos que eran otorgados por las casas bancarias de la familia Rothschild, paradójicamente, principal impulsora de la más anticatólica de todas las sociedades secretas: los Illuminati de Baviera. En 1860, a fin de pagar los intereses de esas deudas y los gastos corrientes del papado, se estableció el actual sistema: el "óbolo de San Pedro", por medio del cual las diócesis extranjeras debían aportar una proporción de sus ingresos al Vaticano. Como desde la Guerra Civil norteamericana los Estados Unidos no cesaría de crecer hasta transformarse en la primera potencia mundial, las diócesis de ese país se fueron transformando en las primeras aportantes de los recursos económicos con los que cuenta la Santa Sede; con lo que también se fueron estrechando los vínculos entre el Vaticano y las grandes empresas norteamericanas.
Con esto, el Vaticano vio aumentar sus ingresos económicos cada vez que un gran crecimiento de la economía norteamericana hacía florecer a sus diócesis y por el otro los grandes capitales norteamericanos fueron logrando que la Iglesia Católica, aún muy fuerte en Europa y América latina, "facilitara" la imposición de la agenda globalizadora. Es por esa causa principalmente que el Vaticano no levantó la voz ante la dura represión militar de los años setenta contra movimientos latinoamericanos de índole socialista, ni ante la intensa campaña privatizadora que se vivió en las naciones latinoamericanas durante la década de los noventa. Por lo mismo, existe una especie de veto tácito proveniente de los poderosos cardenales norteamericanos a la posibilidad de que sea electo un papa latinoamericano: la idea sería impedir cualquier atisbo de "progresismo religioso" que pueda complicar la agenda globalizadora de la elite.
Los lazos de la propia Iglesia Católica norteamericana con los objetivos de las principales corporaciones de los Estados Unidos y la CIA siempre han sido muy estrechos. Pero si la dependencia de los fondos de sus diócesis extranjeras por parte del Vaticano desde 1870 ha ayudado a tejer fuertes lazos entre Roma y Wall Street, éstos no son de ninguna manera los únicos.
En 1929 se firmó el Tratado de Letrán entre el Vaticano y el gobierno de Mussolini, el cual estaba destinado a zanjar definitivamente los pleitos de la Iglesia Católica e Italia ocasionados por el despojo de los Estados pontificios. El gobierno de Mussolini acordó, entre otras cosas, brindar al papa una compensación de 90 millones de dólares de la época por la confiscación de los Estados. Además, Italia se encargaría de sufragar los sueldos y gastos de los sacerdotes italianos, lo que constituyó una manera de que éstos no levantaran la voz ante un acuerdo que podía resultarle escandaloso a muchos que estaban enterados de la "letra chica" del pacto.
Fue entonces cuando el Vaticano de Pío XI contrató los servicios de un financista llamado Bernardino Nogara con la intención de que invirtiera esos fondos a su leal saber y entender sin ninguna consideración religiosa, simplemente teniendo en cuenta su propia estimación personal de rentabilidad y riesgo hacia diferentes activos financieros. Entre los años treinta y fines de los años cincuenta, Nogara fue un personaje sumamente poderoso en el Vaticano al lograr que los fondos se multiplicaran. A inicio de los años setenta, ya creada oficialmente la banca vaticana (IOR) esos fondos habrían llegado a superar los 500 millones de dólares. Entre las empresas en las cuales Nogara invirtió los fondos se cuentan Shell, Esso, General Electric, General Motors, JP Morgan, Chase Manhattan Bank y -según se especula- hasta empresas de armamentos. Las operaciones se hicieron generalmente a través del banco que había adquirido en parte minoritaria el Vaticano en los Estados Unidos: el Bankers Trust. Así, el Vaticano se convirtió en socio minoritario de los intereses de los sectores estadounidenses más relacionados con las propias sociedades secretas contra las cuales los papas antecesores intentaban luchar, asociándose con los elitistas clanes familiares como los Rothschild y los Rockefeller que manejan enormes megacorporaciones e influyen en forma determinante en las sociedades secretas.
Ahora bien, durante las décadas de 1930 y 1940 la Iglesia Católica comenzó a tener otro "socio adicional": el régimen nazi de Adolf Hitler que impuso un impuesto proporcional sobre todos los salarios alemanes para uso exclusivo y discrecional del Vaticano, dado que, al igual que Mussolini, no sólo necesitaba una religión "de Estado", a pesar de sus propias creencias paganas, sino que además no deseaba "propaganda hostil del Vaticano", conocedor de sus lazos con Nogara y Wall Street. Ese impuesto, llamado "Kirchenesteuex", nunca fue derogado, y contribuye a explicar la existencia actual de un papa alemán, más allá de su afinidad ideológica con el sector que hoy predomina ampliamente en la Iglesia: el más reaccionario.
Como se ve, este factor puede explicar también en buena medida la "neutralidad" del papa Pío XII en la Segunda Guerra Mundial frente a los dos bandos en lucha, su asentimiento tácito a muchas de las políticas de Hitler e incluso la red secreta en la que se habría involucrado el Vaticano junto con la propia CIA- en la posguerra para sacar jerarcas nazis de Europa. La relación con Hitler también se había fortalecido por otros motivos: Bernardino Nogara había hecho, a principios de los años treinta, fuertes inversiones en empresas italianas que colaboraban estrechamente con el régimen de Mussolini y sus planes bélicos expansionistas. La relación se acentuó con la "súbita desaparición" del antibelicista Pío XI justo antes de empezar la Segunda Guerra Mundial, y su reemplazo por Eugenio Pacelli (Pío XII) hermano de Francesco Pacelli, el cardenal que hizo excelentes lazos personales con funcionarios del régimen nazi durante los años treinta, cuando se encontraba destacado en Alemania.
Con la excepción del régimen comunista de la Unión Soviética que había prohibido desde su propio inicio el culto religioso, el papa era "amigo de todos".
Pero nada es gratis, y ese florecimiento de la riqueza financiera vaticana trajo aparejado un inconveniente adicional: como una proporción muy alta de los fondos invertidos por Nogara estaba colocada en acciones de empresas norteamericanas cotizantes en Wall Street, las finanzas del Vaticano quedaban atadas de pies y manos a los beneficios de las megacorporaciones estadounidenses. Por lo tanto, su dependencia de las grandes empresas norteamericanas se daba por partida doble: por un lado, sus ganancias dependían -y dependen- de la "generosidad" de las donaciones de particulares, empresas o fundaciones estadounidenses, a las diócesis de los Estados Unidos. Por el otro, un alza de las acciones en Wall Street hace más rico al Vaticano, mientras que una baja lo empobrece. No debe extrañar en absoluto entonces que desde finales de la Segunda Guerra Mundial la sumisión de la institución católica a los grandes intereses de Wall Street haya ido en aumento.
En 1972 el papa Paulo VI había pronunciado una extraña frase en la homilía del 29 de junio: “De alguna grieta, el humo de Satanás ha entrado en el Vaticano”.
La referencia a Satanás tiene un significado más que “sonoro” en relación a la masonería. Paulo VI estaba diciendo que las sociedades secretas se habían infiltrado en el Vaticano con varios de sus miembros ocupando altos puestos dentro de él.
Lo cierto es que a su muerte el poder político y financiero de los Estados Unidos y Londres deseaba que accediera al papado un cardenal conservador que bloqueara los avances de la Teología de la Liberación, que se consideraba "filomarxista", en América Latina, región muy densamente poblada por católicos. Se trataba justamente del momento en que era funcional a esos centros de poder la existencia de dictaduras militares en todo el continente -las cuales mantenían excelentes relaciones con los sectores más conservadores de la institución católica- y que aplicaban teorías económicas neoliberales.
A su vez, los cardenales sindicados como masones infiltrados -en una lista de miembros de la logia P-2 publicada en Il Giornale de Turín por el periodista Mino Pecorelli, quien luego fuera asesinado- eran nombrados Jean Villot y Paul Marcinkus, y otras fuentes señalan a Poletti, Baggio y Casarolli- deseaban evitar a toda costa cualquier atisbo de renovación en el Vaticano. No solamente compartían los intereses ideológicos de sus nuevos socios, los núcleos protestantes de poder en Nueva York, Washington DC y Londres, sino que necesitaban evitar que se destapara un gran escándalo financiero con la banca relacionada con la Santa Sede y en parte, propiedad del Vaticano. Lo peor es que esa relación financiera involucraba a la institución católica en el lavado de dinero de la droga y tráfico de armas, fondos de la mafia, y más.
Varios de esos cardenales masones dirigían las finanzas vaticanas. El Opus Dei también reclamaba un candidato conservador, y estaba alineado, por una confluencia de factores, con la CIA y la masonería. A la muerte de Paulo VI, el candidato de estos sectores era el "ultraconservador" Siri, y su oponente, Giovanni Benelli, era un progresista nato. Pero había un empate técnico y ninguno podía llegar al papado. Era necesario encontrar un tercer candidato y fue gracias a la incesante actividad de Benelli que surgió como papa Albino Luciani, llamado Juan Pablo I, quien era un progresista que quería depurar a la Iglesia de los miembros corrompidos que habían afectado y ensuciado al catolicismo con rarísimos movimientos financieros. También quería extender la actividad de los teólogos de la liberación en América Latina, dado que consideraba que la Iglesia debía aproximarse al pueblo. El obispo John Magree declaró mucho tiempo más tarde (los medios de comunicación no lo reflejaron) que Juan Pablo I le confesó varias veces que su papado sería muy corto y su sucesor sería "El Extranjero" (Wojtyla estaba sentado casualmente justo frente a Luciani en el cónclave que eligió a este último como papa).
Luciani sabía de la connivencia de los sectores más reaccionarios y conservadores de la Iglesia con los oscuros centros de poder de la CIA con su socio la mafia siciliana, la masonería, el Opus Dei y las altas finanzas. Es claro que entreveía su próxima muerte, y muy probablemente su reemplazo por Wojtyla, dado que no estaba dispuesto a ceder en sus convicciones y sabía muy bien el tamaño formidable de los intereses a los que se estaba oponiendo. Más precisamente lo sabía desde mucho antes de que tuviera una muy agria discusión con Marcinkus, cuando lejos aun de ser papa era Patriarca de Venecia, dado que aquél había vendido la Banca Cattolica del Veneto, la cual hasta entonces daba pequeños préstamos a las clases medias y bajas venecianas y de zonas aledañas. Marcinkus vendió ese banco católico al siniestro Banco Ambrosiano, y de nada sirvieron las arduas intervenciones del cardenal Luciani por evitarlo.
El cardenal Benelli, enrolado en la línea de Luciani, también lo sabía muy bien. Pero Luciani no tenía la fuerza de Benelli, y el "bloqueo" a su nominación como papa por las partidarios del cardenal Siri había arruinado las oportunidades de que el cardenal italiano más progresista -verdaderamente fuerte y sagaz- llegara a la silla de Pedro. Quizás otra hubiera sido la historia. Al menos Benelli, moviéndose con sagacidad, pudo lograr el nombramiento de Luciani, dado que en ese mismo cónclave ya se manejaba la posibilidad muy seria de que Wojtyla, un incondicional del grupo CIA-Opus Dei-masonería, fuera firme candidato al puesto ante el "bloqueo" del propio Benelli y su archienemigo Siri. Por eso Luciani se había referido a la brevedad de su papado y al "Extranjero".
Pero la situación puede comprenderse aun mucho más allá de los elementos ideológicos y geopolíticos involucrados en la conformación de esa "extraña" y non sancta alianza tripartita, si se entiende en detalle lo que estaba ocurriendo en forma específica con las finanzas vaticanas. Ocurre que los ingresos del Vaticano venían cayendo en relación con su incremento en los gastos. Como el Vaticano no genera ningún "producto de exportación", la financiación de los déficit se tornaba difícil. A fin de facilitar el financiamiento de esos déficit, Paulo VI había nombrado al arzobispo de Chicago, Paul Marcinkus, como jefe del Banco Vaticano (IOR). Marcinkus tenía fuertes vinculaciones con la banca internacional, y se suponía que podía hacerse cargo con mayor eficiencia de las finanzas vaticanas. Era el precio que había que pagar para obtener financiamiento, dada la membresía de muchos de los más prominentes banqueros occidentales respecto de las sociedades secretas. De otra manera no estarían en sus puestos en muchos bancos, pues las sociedades secretas y sus organizaciones de superficie son las asociaciones mediante las cuales la elite financieras toma contacto con personas con características promisorias y elige a los directivos de sus empresas.
Desde mediados de los años setenta el Vaticano se habría prestado a un acuerdo con el socio italiano de la banca estadounidense: la Mafia siciliana, que no es más que otra sociedad secreta, pero dedicada exclusivamente a negocios ilegales e inmorales, sin entrar en consideraciones geopolíticas, geoestratégicas, ni de cualquier tipo que no tengan que ver con el dinero contante y sonante. Cabe agregar además aquí que la Mafia ya venía colaborando estrechamente con la CIA desde finales de la Segunda Guerra Mundial (cuando la CIA se llamaba OSS) dado que Mussolini la perseguía tanto como a los aliados.
El acuerdo, entonces, habría sido el siguiente: el Vaticano prestaba su banco (IOR) para que la Mafia pudiera girar fondos al exterior (sobre todo a Suiza), al ser el único banco italiano exento de las duras restricciones a la fuga de capitales que había en aquella época en Italia, y a cambio podría quedarse con una muy generosa comisión sobre los fondos girados. A1 poco tiempo, el acuerdo se complementaría con otro mucho más estrecho, dado que por medio del mismo el Banco del Vaticano se asociaba a capitales provenientes de bancos occidentales, especialmente de la Mafia y de la logia masónica Propaganda Due (P-2), manejada por Licio Gelli -socio de la CIA-, a fin de manejar por partes iguales el Banco Ambrosiano. El acuerdo podría representar muy buenas fuentes de ingresos para el Vaticano, pero los directivos del Banco Ambrosiano vaciaron al mismo en los años setenta, de modo que cuando el Banco de Italia auditó sus cuentas descubrió un faltante de cientos de millones de dólares de entonces, factor que precipitó la intervención oficial del Banco Ambrosiano y su posterior liquidación. Pero la investigación oficial no terminó allí, sino que llegó hasta el propio Banco Vaticano (IOR), de tal manera que la conexión entre el Vaticano y la Mafia quedó al descubierto, como también el hecho de que parte de los fondos del Vaticano provenía del crimen organizado.
Albino Luciano no sólo estaba muy al tanto de todo desde mucho antes a raíz de aquella rara venta de la Banca Cattolica del Veneto al masónico Banco Ambrosiano, y sus protestas cayeron en saco roto, dado que Paulo VI era involuntario prisionero de los crónicos problemas financieros de la Santa Sede y del eje Villot-Marcinkus-Siri-Baggio-Poletti-Casarolli.
Luciani también sabía que el Vaticano estaba operando como una suerte de "paraíso fiscal" por medio del cual la Mafia y la logia P-2 podían sacar de Italia cientos de millones de dólares sin control alguno, dado que su banco era extraterritorial, y sin pagar impuestos ni ser afectado por las regulaciones del mercado cambiario que en aquel momento la Banca de Italia establecía sobre todos los movimientos de capitales desde y hacia el país.
Lo cierto es que el Vaticano había dejado en manos de sus nuevos socios, los miembros de la P-2, el manejo del Banco Ambrosiano. Al quebrar éste, se encontró de la noche a la mañana, merced al fraude hecho por sus directivos Michele Sindona y Roberto Calvi, con un pasivo imprevisto de 500 millones de dólares de la época, por el cual debía responder. La situación financiera era sumamente difícil para la Iglesia, que sólo poseía las riquezas que Bernardino Nogara había dejado a través de su serie de inversiones en grandes empresas de Wall Street, pero no tenía ni un centavo más. El "agujero negro financiero" fue finalmente cerrado merced a préstamos que obtuvo el cardenal Casarolli gracias a sus excelentes contactos con importantes bancos y sociedades secretas, pero los préstamos son eso: deudas que un día hay que pagar. El Vaticano había postergado -y no solucionado- un grave problema.
Cuando murió Paulo VI, el Vaticano ya habría estado virtualmente en manos de los prestamistas y sus asociadas: las sociedades secretas. Cuando se eligió como papa a Juan Pablo I, se pensaba en la posibilidad de convencerlo para que continuara manteniendo en secreto la precaria situación financiera y la enorme serie de "trapos sucios". Pero Luciani, lejos de mostrarse como el clérigo sumiso y dominable que muchos pensaban que era, parece haber decidido depurar a la Iglesia de sus miembros masónicos, expulsar a Marcinkus y ventilar ampliamente a la prensa la situación. Iba a comenzar, más precisamente el día posterior a su muerte. El té que le sirvieron a Luciani la noche anterior a lo que habría sido su envenenamiento, determinó que no lo pudiera hacer y también un brusco cambio en la historia tanto del Vaticano como de sus relaciones con el mundo, la Mafia, la CIA, el Opus Dei, la masonería, con la propia Unión Soviética y hasta con el nacimiento de la globalización...
Tras la muerte de Luciani era necesario elegir un sucesor que se prestara a seguir tapando la complicada situación y, a la vez, se hacía imprescindible conseguir financiamiento para salir de la ruinosa situación financiera. Allí entró a jugar el Opus Dei y su candidato, el polaco Karol Wojtyla, como el propio Luciani previó. El Opus Dei podría brindar el financiamiento que la Iglesia Católica necesitaba merced a sus estrechos lazos con Wall Street, pero el problema sería qué hacer con la "vieja guardia" masónica, que ocupaba prominentes puestos en el Vaticano. En aquellos tiempos, el Opus Dei, tradicionalista a pie juntillas, seguía la doctrina oficial de la Iglesia y no soportaba escuchar hablar de la masonería y las sociedades secretas que eran sus enemigas. No hay que olvidar que el Opus Dei nació en la España de Franco amigo íntimo de su fundador Josemaría Escrivá de Balaguer, con el apoyo tácito del Generalísimo, que estaba empeñado en una verdadera cruzada antimasónica. Pero todo alejamiento puede arreglarse cuando la necesidad aprieta, y mucho más precisamente cuando la misma viene del bolsillo. Fue en ese momento, entre la muerte de Luciani y el advenimiento del cardenal polaco con vocación de actor como posible sucesor, cuando se produjo un pacto entre el Opus Dei y la masonería: el Opus Dei proveería de financiamiento constante al Vaticano y respetaría los puestos de los cardenales y otros religiosos masones. Además, el asesinato de Luciani no sería investigado, se lo taparía como una muerte natural. A cambio, el Opus Dei obtendría el papado con un cardenal muy afín, coparía una serie de altos puestos y dictaría la línea oficial de la Iglesia alejándola de cualquier actitud progresista. Y todos contentos: el Opus Dei, la masonería infiltrada al más alto nivel, y por supuesto la CIA, con la "vía libre" para lanzar sus proyectos en América Latina, incluir a los nuncios papales entre los "influyentes" que respaldaban a los dictadores e incluso comenzar a derribar a la Unión Soviética del todo.
La caída del Muro de Berlín y la disolución del imperio soviético incluía la provocación de un gran clima de agitación social en Polonia, que iba a ser llevado a cabo por el sindicato Solidaridad dirigido por Lech Valesa y debía ser financiado por la CIA. El problema era que la CIA no contaba con medios humanos para sostener los grandes movimientos sociales que se desarrollarían en Polonia. La agencia no podía girar fondos a un banco polaco para que un agitador los retirara porque en Polonia, en aquella época tras la "Cortina de Hierro", había control de cambios y los fondos podían ser fácilmente identificados por las autoridades monetarias. Juan Pablo II coincidía con la posición de Reagan y Bush padre en el sentido de que el comunismo era el peor de los males que asolaban a la Tierra, por lo que los fondos se distribuyeron a través de miembros afines a la Iglesia Católica polaca.
Pero la colaboración de Juan Pablo II con la elite globalista no se limitó a desestabilizar al régimen soviético. A lo largo de su pontificado, el papa dio cada vez más preeminencia al Opus Dei, constituyéndolo en prelatura personal y elevando a la categoría de santo a su fundador Josemaría Escrivá de Balaguer. El Opus Dei se ha constituido en una entidad de gran poderío económico y financiero en América latina, España y los Estados Unidos, donde varios de sus miembros ocupan puestos muy prominentes en Wall Street. Asimismo, nombró a muchos de sus sacerdotes como cardenales, y su actuación fue determinante a la hora de elegir a Joseph Ratzinger como nuevo Papa. Vale la pena mencionar especialmente al español Julián Herranz y a dos cardenales colombianos: Darío Castrillón Hoyos y Alfonso López Trujillo. Los tres organizaron conciliábulos previos al cónclave para que Joseph Ratzinger fuera Papa. El cardenal chileno Errazciuz, encumbrado como presidente de la Conferencia Episcopal Latinoamericana y el Caribe es señalado como el responsable de falsificar los documentos de la última conferencia latinoamericana y el caribe de Aparecida del 2007, respondiendo a los intereses de su pertenencia al Opus Dei.
Este tradicionalismo católico de Ratzinger y Wojtyla se corresponde muy bien con el gran tradicionalismo y conservadurismo de las doctrinas del Opus Dei, enfrentado con las tendencias tercermundistas de muchas organizaciones católicas latinoamericanas que permitieron la aplicación de las políticas liberales y la privatización de recursos naturales y de empresas públicas en América Latina, donde la población es aún mayoritariamente católica.
El Opus Dei correspondió de forma muy generosa al Vaticano por "inclinar la balanza" de la correlación de fuerzas en la Iglesia Latinoamericana a favor de sus tendencias tradicionalistas -y en contra de los grupos tercermundistas que podrían haber sido un duro obstáculo al liberalismo y a las privatizaciones latinoamericanas-, ayudando a engrosar el presupuesto del Vaticano, que hasta antes de Juan Pablo II mostraba muy fuertes "rojos" que ponían en peligro su estabilidad financiera. Lo hizo mediante donaciones sistemáticas a la Santa Sede por montos de hasta el 30% de los gastos de la misma, según una especie de "acuerdo tácito" de repartija de favores.
En realidad, Karol Wojtyla era un adepto del Opus Dei desde mucho tiempo atrás. Mucho antes ya de la muerte de Paulo VI pertenecía a una sociedad del Opus Dei llamada Priestly Society of the Holly Cross (Sociedad Fraternal de la Santa Cruz). Cada vez que Wojtyla viajaba a Roma por asuntos religiosos como arzobispo de Cracovia, desde años antes de su llegada al papado, pernoctaba en una de las sedes del Opus Dei en esa ciudad, donde tenía la oportunidad de conversar e intercambiar pareceres con algunos de los más importantes miembros de esa organización, quienes así comenzaron a estrechar lazos con él, a quien podían ver cada vez más como un potencial papable. Durante el papado de Paulo VI, la organización había obtenido algunas ventajas dentro de la jerarquía católica, pero era aún un sector muy minoritario, y el propio Paulo VI parecía desconfiar de ella, y le negaba, cada vez que podía, el estatus de prelatura personal. El propio Escrivá de Balaguer, su fundador, había ofrecido a Paulo VI apoyo monetario para la alicaída situación financiera del Vaticano, pero no había obtenido resultado alguno. Por lo tanto, los miembros del Opus Dei consideraban que debía ser sucedido por algún cardenal muy afín a su visión conservadora y tradicionalista en lo religioso, pero librecambista y privatista en lo político y económico. Durante su papado, Juan Pablo II no se quejó -más allá de lo meramente declamatorio- de los excesos visibles de pobreza, marginalidad y desempleo que la globalización provocaba crecientemente. Tampoco -más allá de cortas declaraciones formales- trató de impedir las guerras en que los Estados Unidos incursionaron durante su pontificado, y ni siquiera se refirió a la serie de guerras desatadas en Yugoslavia durante toda la era Clinton. Se limitó a viajar incesantemente a países pobres, buscando el aplauso fácil de las masas católicas, llevando mensajes de fe vacíos de contenido efectivo. Esos viajes, generalmente de contenido propagandístico, ayudaban a reforzar una fe católica primaria y narcotizante en las masas empobrecidas, pero Juan Pablo II, en vez de condenar las políticas liberales con toda crudeza e insistentemente -lo que habría radicalizado los sentimientos antiglobalizadores de vastas poblaciones- se limitó a intentar renovar esa fe con su mera aparición en recónditos lugares del planeta. Su política era estar, sonreír, mostrarse y bendecir sin hacer ni decir de más. Recordemos que su verdadera vocación de juventud estaba relacionada con ser actor, según él mismo expresó en varias oportunidades.
No le faltaba razón a Paulo VI entonces cuando señalaba que por alguna grieta el "humo de Satanás" había ingresado al Vaticano. Pero lo que no se puede dejar de notar es que el origen y la extensión de esa profunda grieta no podían dejar de ser conocidos por casi todos los papas del siglo XX, quienes sin embargo, al igual que el actual Benedicto XVI, optaron por silenciar el tácito pacto perverso existente entre Roma y Wall Street y dejar de hostilizar a las sociedades secretas, dado que Estados Unidos es el paraíso de las mismas (en el año 1900 existían más de 600, según Albert Stevens), y ellas son funcionales a los intereses de las corporaciones anglo-norteamericanas.
Con respecto a Ratzinger, hay que decir que es el digno descendiente natural de Juan Pablo II, superando en actuación reaccionaria a su antecesor. Juan Pablo II, entre 1978 y 2005 tuvo suficiente tiempo como para designar su sucesor, nombrando, en esos 27 años, una abrumadora mayoría de cardenales filosóficamente afines a su agenda conservadora, factor que ha hecho perder ascendencia a la Iglesia Católica sobre sus fieles, la mitad de los cuales se concentra hoy en América latina, y una parte importante restante en Europa. Esa pérdida de ascendencia es un hecho muy deseado por la elite, socia y creadora de las sociedades secretas, dado que una Iglesia muy cercana a la gente podría resultar un enemigo muy digno de la agenda globalizadora de la elite.
Los pueblos de muchas naciones latinoamericanas y europeas podrían canalizar buena parte de su disgusto contra la globalización a través de una institución como la Iglesia, la cual, si estuviera muy cercana a las poblaciones, bien podría constituirse en un poderoso factor antiglobalización. En vez de ello, durante la era de Juan Pablo II, más allá de sus frecuentes viajes apostólicos, la persistencia casi obsesiva del Vaticano en negarse a dejar de lado algunos de sus dogmas más anticuados como la grave situación de pecado mortal para quienes acepten mecanismos anticonceptivos, se divorcien o formen parejas homosexuales, alejó a muchísimos fieles. Como se observa, el catolicismo oficial a sido mucho más que una religión: una verdadera institución terrenal con el poderío suficiente para disputar durante casi diecisiete siglos el poder de los más importantes reyes europeos. Pero ésta también resultó muchas veces una maquinaria recaudatoria de dinero mediante nefastos mecanismos como la Inquisición o diversos impuestos, cuyas víctimas resultaban precisamente los incipientes miembros de las burguesías, hermanados en sociedades secretas.
El hecho de que Ratzinger sea más conservador que su antecesor quedaba claro tan sólo con el dato, muy difundido, de que en su adolescencia perteneció a las Juventudes Hitlerianas.
Ratzinger expresó, en su homilía navideña Urbi et orbe de 2005, una extraña llamada a un "Nuevo Orden Mundial", al igual que lo hizo años antes su antecesor Juan Pablo II y, entre otros, también lo había hecho George Bush padre, este último significativa o casualmente el día 11 de septiembre de 1990, en un famoso discurso. Muchos otros personajes "poderosos", como Gorbachev pronunciaron "coincidentemente" esa misma expresión muchas veces, en público y frente a toda la prensa. "Nuevo Orden Mundial" es la frase que está en latín (Novus Ordo Seculorum) en el reverso del billete de un dólar bajo la pirámide partida en su cumbre con y por el "Ojo que Todo lo Ve", característica de las sociedades secretas.
¿Cómo pueden haberla dicho entonces Juan Pablo II y Benedicto XVI cuando el Vaticano no podía desconocer la pertenencia de George W. Bush a la sociedad secreta de Skull & Bones, dado que el propio Bush lo reconoce en su autobiografía publicada en 1999?
Esa pregunta toma especial sentido si se tiene en cuenta que desde hace siglos la Iglesia estaba enfrentada mortalmente a las sociedades secretas.
Para despejar dudas acerca de quién es en realidad Ratzinger, hay que recordar que eligió nada menos que el 11 de septiembre de 2006 para pronunciar aquel polémico discurso, en el que no sólo citó una frase pronunciada por el emperador bizantino Manuel Paleólogo II en siglo XIV la ahora conocida:
Muéstrame qué es lo que Mahoma ha traído de nuevo, y solo encontrarás cosas malas e inhumanas, como su creencia de imponer la fe por la espada.
Benedicto XVI fue mucho más allá en ese discurso de Regensburg, pronunciado en esa fecha clave, porque dijo, tal como lo refleja el New York Times del 12 de septiembre de 2006 -pero muchos medios silenciaron-, una frase indeleble, mucho más que significativa:
La violencia, encarnada en la idea musulmana de la Jihad, o guerra santa, es contraria tanto a la razón como al plan de Dios, y Occidente está obligado a razonar que el Islam no puede entenderlo.
Si esto no es un tácito llamado a una especie de "cruzada", ¿qué es? ¿Qué significa que Occidente está obligado a razonar que el Islam no puede entender su naturaleza violenta? ¿Estamos obligados a darnos cuenta de que todos los musulmanes no pueden entender que son irracionales y que se oponen al "plan de Dios"? ¿Cree el papa ser Dios mismo para hablar así? Para colmo de males, la frase fue dicha durante la permanencia ilegal de los Estados Unidos y el Reino Unido en lrak, las amenazas permanentes de los Estados Unidos a Irán, la invasión y destrucción de El Líbano por parte de Israel y las crecientes tensiones occidentales contra Siria. Nada dijo Ratzinger acerca de las permanentes agresiones e intromisiones de los Estados Unidos en terceras naciones, generalmente islámicas y donde se concentran los recursos petrolíferos y gasíferos, ni contra la globalización, empobrecedora creciente de las masas populares de países pobres y ricos, ni sobre la acumulación de capital en manos de la elite globalista que aumenta su poder día a día. Las posteriores "disculpas" del Vaticano no pueden borrar el mensaje, mucho menos porque fue leído y no improvisado.
Mientras autores de best-sellers como Dan Brown en “El código Da Vinci” y “Ángeles y demonios” ayudan a generar el imaginario colectivo de que actualmente se libra una lucha a muerte entre el Vaticano bajo la espada del Opus Dei, y las sociedades secretas como la masonería, la realidad parece ser bien diferente. Entre los sectores partidarios del más acérrimo tradicionalismo católico y las sociedades secretas de naturaleza "pagana" parece haber un complaciente grado de colaboración. Si observamos hacia el pasado, encontraremos que si bien muchos papas se han expresado en forma pública contra las sociedades secretas, instrumentos de poder de la elite globalista, no resulta infrecuente encontrar en el papado miembros de prominentes familias de banqueros o de la más rancia nobleza italiana. Según el autor católico Claudio Rendina en su obra The Popes: histories and secrets (Los papas: historias y secretos), los condes de Tuscolo tuvieron cinco papas, los condes de Segni: cuatro, las aristocráticas y ricas familias Savelli, Orsini y Médici: tres cada una, y las opulentas familias Anici, Caetani, Borgia, Colonna, Castiglioni, Della Rovere, Fieschi y Piccolomini, dos cada una. Es necesario hacer notar que esa lista está compuesta sólo de miembros de los respectivos clanes aristócratas. No incluye todos aquellos papas que muchas de las mismas familias lograron nombrar con el correr de los siglos a raíz de su influencia, dado que el sombrero de cardenal -puesto necesario para ser papable- se compró y vendió como una cara mercancía durante siglos. Por obvias razones, sólo selectas familias adineradas y aristocráticas podían acceder al cardenalato.
Por lo tanto, cabe concluir que el presente y el pasado reciente de la institución católica no distan demasiado de siglos anteriores, cuando tras cónclaves presuntamente asépticos, los círculos de poder económicos lograban nombrar papas afines que convalidaran las guerras, invasiones y otros actos de barbarie que los grupos más elitistas debían llevar a cabo para hacerse de los recursos naturales o con las zonas geoestratégicamente vitales para sus cometidos. Tampoco se puede negar la penetración de las sociedades secretas en el propio corazón de la Iglesia Católica en siglos pasados.
Dan Brown señala en su novela Ángeles y Demonios -en la que distorsiona gravemente información de los Illuminati de Baviera - que en la capilla Chigi (una poderosa familia de banqueros del siglo XVII) ubicada dentro de la iglesia de Santa María del Popolo, en pleno corazón de Roma, hay dos grandes pirámides de clara ascendencia masónica sobre la tumba familiar. Lo que Brown "olvida" señalar es que esa pirámide fue encargada y elaborada por el propio papa Alejandro VII (nacido Fabio Chigi), quien evidentemente tenía cierta filiación con la masonería, al igual que sus antecesores banqueros.
Como vemos, las actuales asociaciones non sanctas de la institución católica con las sociedades secretas no son algo nuevo, sino que abundan en su historia. Sin embargo, hay que señalar que el grado de asociación del Vaticano con los intereses de la elite desde la Segunda Guerra Mundial. y de manera cada vez más progresiva, constituye un peligro mucho más importante para el mundo y para la fe liberadora de Jesús y su proyecto político del Reino de Dios, que la actividad cercana a los bancos y a las sociedades secretas que muchos papas pudieron haber tenido en el pasado. Esto se debe, sobre todo, a que ya no estamos tanto en un mundo dividido por naciones o ideas enfrentadas, sino bajo el imperio de la globalización.
Hemos visto cómo la elite globalista ha sabido manejar a uno de sus otrora enemigos más poderosos: el Vaticano. Ahora sí entonces, los preceptos de Leo Strauss, en el sentido de que el fervor religioso bien puede servir para cohesionar a las masas y servir a los intereses de la elite, han sido seguidos con éxito. Los papados de Benedicto XVI y Juan Pablo II han sido funcionales al poder financiero de Wall Street, las megacorporaciones y las sociedades secretas tan odiadas por el Vaticano en otras épocas. De institución poderosa por peso y opinión propios, la institución católica se ha convertido cada vez más en un socio menor de la propia elite, a veces por su convicción anticomunista, pero en otras por problemas financieros. De tal manera, una de las instituciones supranacionales que mayor riesgo podría representar para la elite globalizadora, ya no sólo no representa peligro alguno, sino que además se ha convertido en uno de sus mejores aliados para llevar a cabo la globalización. No hay que olvidar que el ecumenismo que ha sido impulsado con fuerza desde el papado de Juan Pablo II ha sido establecido en forma bastante desigual: mientras se han estrechado fuertemente los lazos de la Iglesia Católica con el judaísmo y el anglicanismo (religión preeminente en la elite de negocios inglesa y estadounidense), el acercamiento a otras religiones como las distintas versiones del Islam o el budismo ha sido muchísimo menor. O sea, ha coincidido con la propia política exterior de los Estados Unidos en las ultimas décadas, que observa como enemigos al fanatismo islámico en el corto plazo, y probablemente a China en el largo plazo.
El poder terrenal de la institución católica ha sido desastroso para la misión, el profetismo y la virtud de la iglesia comunidad fundada por Jesús de Nazareth y sus discípulos, desangrando su espíritu y denigrando su cuerpo.
La institución católica como tal ha traicionado el mensaje liberador de Jesús de Nazareth y su causa de la construcción del Reino de Dios por el que predicó, se manifestó y luchó, y por lo que fue perseguido, secuestrado, torturado y asesinado como subversivo político y religioso.
Traicionó sus opciones de vida al aliarse con aquellos a los que Jesús de Nazareth en su tiempo había rechazado y condenado.
Traicionó las comunidades fundada por Él y sus discípulos en las que reinaba un espíritu de horizontalidad, fraternidad, igualdad, inclusión y verdad; con una conciencia antiexcluyente, anticapistalista y antiimperialista.
Bien diría entonces San Ambrosio en el siglo IV, cuando el maridaje del Imperio Romano con la Iglesia Católica la transformó de una comunidad de fieles en una institución verticalista, cesárea y dictatorial: “los emperadores nos ayudaban más cuando nos perseguían, que ahora que nos protegen”...
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