lunes, 28 de septiembre de 2009

LEY SOBRE LIBERTAD RELIGIOSA por gabriel andrade

Criticar a un religioso se puede convertir en un delito con pena de prisión de seis meses a dos años, si prospera un proyecto de ley de libertad religiosa que impulsa la diputada evangélica (cercana al vicepresidente Julio Cobos y parte del interbloque Propuesta Federal que encabezan Federico Pinedo y Francisco de Narváez)Cynthia Hotton. Ese es el punto más controvertido de la iniciativa que empezó a tratarse a comienzos de agosto en la Comisión de Relaciones Exteriores y Culto de la Cámara baja. El proyecto responde a una antigua reivindicación de las iglesias evangélicas, que reclaman la creación de una personería jurídica especial –de objeto religioso– que les dé un status diferente al de una sociedad de fomento o un club deportivo, como ocurre en la actualidad. Pero además le atribuye al Estado la discutible potestad de definir cuál práctica es religiosa y cuál no lo es. Al status jurídico privilegiado de la Iglesia Católica, definido en la Constitución Nacional, no lo toca.
Hotton pretende capitalizar la sanción de esta polémica ley al interior del campo religioso, principalmente entre los grupos evangélicos, de donde busca acrecentar su capital político. Los grupos evangélicos se convirtieron en las últimas décadas en la primera minoría religiosa: representan el 9 por ciento de la población, según la Primera Encuesta sobre Creencias y Actitudes Religiosas en la Argentina, realizada en el país en 2008 a través de un trabajo articulado entre cuatro universidades nacionales y coordinado por el Conicet.
Hotton dice que su proyecto tiene el visto bueno del cardenal Jorge Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, y que cuenta con el respaldo de la Alianza Cristiana Evangélica de la República Argentina (Aciera), que nuclea a la mayor cantidad de iglesias evangélicas, las que más han crecido en los últimos años (Pentecostales, Bautistas, Asamblea de Dios), con excepción de las históricas; de parte de la comunidad judía (tiene buena afinidad con el rabino Sergio Bergman) y de la Iglesia Ortodoxa Rusa, entre otras. Sin embargo, le negaron su apoyo desde la Federación Argentina de Iglesias Evangélicas (FAIE), que reúne a luteranos y metodistas.
El pastor Juan Shwint, de la Iglesia Evangélica del Río de la Plata (integrante de FAIE), consideró –en diálogo con este diario– que una ley de libertad religiosa, como la que impulsa la diputada, no es necesaria, ya que existe una ley antidiscriminatoria y desde el Inadi se trabaja para defender la libertad de conciencia. En ese sentido, el doctor en Sociología e investigador del Conicet Juan Esquivel recordó que los resguardos jurídicos a la libertad religiosa en la Argentina son de larga data. Sus orígenes, precisó, se remontan a 1825, cuando un tratado firmado con Gran Bretaña garantizó a los ingleses el libro ejercicio de su culto. “El Congreso Constituyente de 1953, dispuesto a facilitar la radicación de contingentes inmigratorios de múltiples países europeos, portadores de culturas, religiones y lenguas diversas, contempló la libertad de culto en el artículo 14º de la Carta Magna. Desde entonces, la normativa, ratificada en la reforma de 1994, protege el derecho de profesar libremente el culto. Complementariamente, nuestro país es signatario de diversos tratados internacionales que gozan de status constitucional y que hacen referencia a la libertad de conciencia, como la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos”.
El artículo más polémico del proyecto es el 31, que incorpora un nuevo capítulo al Código Penal bajo el título de “Delitos contra la libertad religiosa y de conciencia”. Entre los distintos tipos penales que crea, el más grave es el que prevé prisión de seis meses a dos años para quien “agrediere de hecho o de palabra a un ministro de una confesión religiosa reconocida en ocasión del ejercicio de actos propios de su ministerio o por el hecho de serlo”. “Aquí está el problema que pueda dar lugar a riesgosas interpretaciones”, advirtió el abogado penalista Ciro Annicchiarico. Respecto de la “agresión de hecho” es redundante considerando a la ley vigente: cualquier agresión física, a cualquier persona por el hecho de serlo, ya está prevista en la ley penal, señaló Annicchiarico. “El problema está en la parte que expresa: ‘agrediere de palabra’. Si en tal caso por agresión se entiende algún supuesto de ‘injuria o calumnia’, conforme a los artículos 109 y 110 del Código Penal, aunque se trate de disposiciones discutidas respecto de las cuales muchos penalistas abrogamos por su derogación, por obsoletas y condicionantes de la libertad de expresión, cabría decir lo mismo: no haría falta incluir otra disposición más. Ahora bien, si por ‘agresión de palabra’ a alguien, desaprensiva o intencionalmente se le ocurriera entender ‘crítica’, ‘cuestionamiento’, ‘manifestación de opinión adversa’, aun cuando fuere efectuada de manera vehemente, entonces sí estaríamos mal. Este proyecto en ese aspecto parece invadir peligrosa y en tal caso inconstitucionalmente el lugar del derecho al debate y a la crítica de ideas”, alertó Annicchiarico.También el proyecto que promueve Hotton crea el Registro Nacional de Confesiones Religiosas, dentro de la Cancillería, ante el cual podrán tramitar su inscripción “las iglesias, comunidades y confesiones religiosas” que desarrollen sus actividades dentro del territorio argentino. Así podrán obtener una personería jurídica de “objeto religioso”, que les permitirá acceder, entre otros beneficios, a exenciones impositivas. Su inscripción quedará supeditada al cumplimiento de una serie de requisitos. En este punto, Esquivel advierte sobre otro aspecto polémico de la propuesta legislativa: “Le otorga al Estado la discutible atribución de definir cuál práctica es religiosa y cuál no lo es. En realidad, al poder político le compete tutelar por el derecho a la libertad de conciencia y de religión indicado en la Constitución Nacional, pero no es de su competencia definir qué es una religión”, señaló Esquivel. Para el investigador, las asignaturas pendientes en materia de legislación religiosa pasan por introducir reformas que promuevan una mayor igualdad entre los cultos y por la derogación lisa y llana de la Ley 21.745 que impone, como condición previa de actuación en el país a todas las iglesias y comunidades religiosas distintas de la Iglesia Católica Apostólica Romana, la inscripción y el reconocimiento por parte del Estado nacional.

Nos preguntamos entonces cuántos pastores, curas o rabinos son atacados en Argentina por su condición religiosa: una ley tiene que partir de una necesidad real de la sociedad. Los curas y obispos asesinados durante la última dictadura militar no fueron agredidos por su condición de sacerdotes. Fueron asesinados por lo que pensaban y hacían a favor de los injusticiados y en contra de los opresores muchas veces defendidos con vehemencia por la jerarquía católica
Los que necesitan más protección de las leyes o que las leyes se cumplan no son justamente los que desde siempre exhiben privilegios. El desafío que hoy tenemos es trabajar para que el Estado sea laico y reconozca la igualdad de todos y todas ante la ley.
No aparece en el proyecto de ley de libertad religiosa que impulsa Hotton la intención de proteger a los desamparados, sino más bien atentar contra las disidencias internas que hoy tienen las principales religiones.
Los representantes evangélicos coinciden con los católicos romanos en no tocar los intereses de su iglesia a cambio de recibir algunas prebendas, además de los que ya tienen, aprovechando el crecimiento de la feligresía evangélica y el descenso de la católica romana. Se sienten parte del poder, por lo que consideran que deben compartir privilegios.

Luego de ser perseguido, el cristianismo transformó su estado inicial con la participación en el gobierno del Imperio a finales del siglo IV. Desde entonces mantuvo su poder a la altura, y en ocasiones sobre, el poder político.
La democratización de la sociedad trajo la postura del laicismo donde las iglesias son consideradas una parte de la sociedad al igual que otras organizaciones. El protestantismo como el catolicismo romano y los ortodoxos, se las arreglaron para que en algunos países quedasen como religión oficial posibilitándolos tener una fuerte participación en el poder político, especialmente en el área de la educación y ciertos criterios morales, sin dejar de lado las presiones ideológicas, generalmente conservadoras.
Las iglesias cumplen una función particular dentro del mosaico que es la vida democrática. Reclamar un lugar especial es continuar con el vínculo imperial nacido luego de tres siglos de ser una religión más dentro del concierto de religiones del Imperio. Lo que diferenciaba al cristianismo era su creencia, una cuestión de doctrina, pero sobre todo su estilo de vida que lo hacía distinto a las demás religiones. Ese hecho fue producto de sus convicciones acerca de las relaciones humanas, a partir de de sus creencias, el Dios hecho hombre y el Cristo Resucitado, que impregnaban una vida diferente a la conocida.

Evidente que los acuerdos entre dirigentes políticos evangélicos y católicos romanos tienen que ver con lo que interpretan que es la relación fe-poder. Su legitimidad en el orden de la fe debería ser probada y discutida democráticamente en el ámbito del laicado y no tomada como verdad desde la dirigencia que también incorpora actitudes jerárquicas que son códigos habituales en la vida de la sociedad, pero que son opuestos a la propuesta del Reino de Dios predicado por Jesús, quien no reclamaba ningún derecho especial para sí.
Así, lo religioso adquiere un estado de sagracidad intocable que no se corresponde con la horizontalidad de los evangelios. Con el mismo criterio de respeto se debería reclamar leyes especiales, iguales a las religiosas, para el ateismo, agnosticismo y otras tendencias similares.

¿Cuál es la diferencia para abogar que si un “profesional” religioso es contradicho, el opositor sea condenado y si lo es un agnóstico no? ¿Es que la persona religiosa tiene el sello de lo sagrado y las otras no?
Hay que reconocer que los cristianos y cristianas tenemos un serio problema en este punto, pues el Primero y Gran Profanador fue el Dios de Jesucristo, que no respetó la distancia entre lo sagrado y lo no sagrado; que se hizo un ser humano, que no respetaba el sábado, tocaba a los “impuros”, comía y bebía mucho, echaba a sus mercaderes, defendía de los abusos a prostitutas y adúlteras, hablaba con samaritanas, visitaba a publicanos ¡y contradecía a los sacerdotes del templo!

lunes, 31 de agosto de 2009

MEMORIA COMPLETA - por gabriel andrade

El 31 de agosto dio comienzo el juzgamiento a responsables de crímenes de lesa humanidad en la ciudad de Rosario.
En esta instancia cinco represores, ex integrantes del Segundo Cuerpo de Ejército, responsables de lo perpetrado en los centros clandestinos de detención están siendo juzgados por los delitos de secuestro y torturas cometidos contra 29 personas, y los homicidios de 17 de ellos, quienes hasta hoy sus cuerpos continúan desaparecidos. Además, por el caso de una de las detenidas que estaba embarazada de mellizos, esos mismos represores están procesados por el delito de “apropiación de menores” en la Justicia Federal de Entre Ríos. Declararán en este juicio alrededor de 90 testigos. El juicio durará unos cuatro meses.

Pero no sólo los que ejecutan actos de muerte son los proveedores de la misma.
Las más de las veces, sólo son el cuchillo que desgarra la carne y el espíritu como extensión de la voluntad que planifica y justifica.
No se acaba en las fuerzas armadas y de seguridad la responsabilidad sobre tantas muertes. Los colaboradores civiles, especialmente los responsables de las empresas cómplices que financiaron a la dictadura, también merecen la condena de la sociedad con nombres y apellidos de personas y “razón social”.
Y los obispos, orgánicamente como pastores destinados a guiar al Pueblo de Dios, les corresponde institucionalmente más que a nadie la misma condena, tanto social como eclesiástica. Por gravísimos pecados de acción u omisión, por complicidad con el golpe de estado y su posterior proceso, por la justificación ideológica del victimario, por no proteger como Iglesia institución a sus hijos, negarlos y abandonarlos, escribiendo así la página más negra y vergonzosa del Episcopado Argentino.
Sería canonicamente correcto, que con una solidaridad intergeneracional con sus hermanos obispos del pasado, el Episcopado actual hiciese un mea culpa serio como lo hiciera Juan Pablo II por toda la Iglesia Católica en el Jubileo por el fin de milenio; por “los pecados de la iglesia como las cruzadas, la persecución de los judíos, la condena a Galileo, las guerras de religión, la opresión de los indígenas americanos, la violencia de la Inquisición, el integrismo, el enfrentamiento con el Islam, la pasividad ante el nazismo, el racismo, la trata de esclavos, la marginación de la mujer y la aceptación de las dictaduras que vulneraron derechos humanos”.
No alcanza con el acto penitencial del Encuentro Eucarístico Nacional con motivo del Jubileo del Año 2000, en donde la Iglesia en Argentina confesara "sus culpas" en una "petición de perdón” por los que se confesaron los ambiguos "pecados contra la unidad, contra el servicio a la verdad, contra el Evangelio de la vida, contra la dignidad humana, contra los derechos humanos, contra la integridad de la persona en el conjunto de la vida social, contra el respeto a las culturas y etnias y contra el espíritu de renovación del Concilio Vaticano II". La lista quedó “algo” incompleta al no mencionar explícitamente la complicidad de una enorme porción de la Jerarquía con la dictadura militar y así haber ofendido gravemente a cada iglesia viva de carne y hueso torturada y asesinada; profanando cada cuerpo; o sea, cada templo del Espíritu Santo donde palpitaba Cristo por la gracia del bautismo.
En conceptos del biblista y sacerdote Eduardo de la Serna también faltó reconocer culpas “a los crímenes económicos, a los `hijos de la Iglesia´ que explotan a sus hermanos, los `desocupan´, o someten a modernas esclavitudes, faltó referencia a la clara defensa de sistemas crueles y perversos como el actual neoliberal, o la defensa clara del sistema democrático; faltó referencia a la deuda externa, a los niños secuestrados o nacidos en cautiverio y apropiados por los secuestradores, y a la denuncia de este `pecado atroz´ que es mantenerlos en la situación de mentira, secuestro y como verdadero `botín de guerra´”
Nuestro Episcopado junto al resto de la comunidad tendría que condenar públicamente la negación de sus mártires. Por haber aceptado como accidentes los asesinatos del obispo de La Rioja, Enrique Angelelli, y el de San Nicolás, Carlos Ponce de León, y hasta hoy nunca haber rectificado, ni haber pedido el esclarecimiento y mucho menos el que se haga justicia con sus muertes.
Por haber ignorado el atentado que a la postre le costaría la vida al obispo de Santa Fe, Vicente Faustino Zazpe y conjurarse para dejarlo en soledad, sólo porque se comprometió, vivió y defendió el Evangelio de Cristo.
Por haber aceptado la impunidad y hasta hoy no haber reclamado esclarecimiento ni justicia de los bestiales asesinatos de los sacerdotes del Chamical, padres Gabriel Longuevill y Carlos de Dios Murias; por los asesinatos de los padres palotinos, Alfredo Leaden, Pedro Duffeau y Alfredo Kelly, y de sus seminaristas Salvador Barbeito y Emilio Barletti.
Por haber callado y hasta el día de hoy no haber exigido el esclarecimiento y justicia por los secuestros, torturas y asesinatos de sus hermanos sacerdotes, Padre de la Fraternidad Pablo Gazarri, Padre Fourcade, Padre salesiano Mauricio Silva.
Por haber callado y hasta el día de hoy no exigir el esclarecimiento y justicia de los secuestros, torturas y asesinatos de los ex seminaristas Héctor Baccini y Juan Isla Casares, por el de los pastores protestantes Víctor Boinchenko y Mauricio López, por el de las religiosas francesas Alice Domon y Léonie Duquet.
Por callar en el secuestro y torturas de nuestros hermanos Padre asuncionista Jorge Adur, Padre franciscano Carlos Bustos, religioso Hugo Corsiglia, Padre Jorge Galli, religioso Luis Grerván, Padres Jesuitas Orlando Yorio y Padre Francisco Jalic, religiosos y seminaristas asuncionistas Raúl Rodríguez y Carlos Di Pietro, Padre Nelio Rougier, Padre Patrick Rice, Hermano de la Fraternidad Henri de Solan, Padre James Weeks, Hermano de La Salle Julio San Cristóbal.
Por el de los militantes cristianos de movimientos juveniles, obreros o catequistas, Juan Isla Casares, Estela Sarmiento, Daniel Esquivel, Elizabet Käsemann, José Tedeschi, Mónica Mignone, Francisco Blato, Alejandro Sackman, Esteban Garat, Valeria Dixon de Garat, Adriana Landaburu, Marcos Cirilo, Patricia Dixon, Juan Sforza, José Serapio Palacios, Jorge Congett, Roque Álvarez, Ignacio Beltrán, Roque Macán, Fernanda Noguer, Mónica Quinteiro, María Vázquez, Roberto Van Gelderen, César Lugones, Roberto Abad, los compañeros de la villa 1-11-14 y tantos otros... Por haber callado y hasta el día de hoy no exigir el esclarecimiento y justicia de los secuestros, torturas, asesinatos y desapariciones de miles de Cristos negados mucho más que tres veces...

Se debe condenar institucional y comunitariamente las homilías, declaraciones y frases escandalosas de sus hermanos obispos del pasado reciente, especialmente los vicarios y capellanes castrenses:
“La misión de las FFAA es la del Dios de los Ejércitos bíblicos (...). Se avecina un baño de sangre para redimir a la nación” (Mons. Victorio Bonamín, 29 de diciembre de 1975, Plaza Hotel). “Esta lucha es una lucha por la República Argentina, por su integridad, pero también por sus altares (...). Por ello, pido la protección divina en esta guerra sucia en la que estamos empeñados.” (Vicario Castrense Mons. Victorio Bonamín, octubre de 1976). “El golpe de estado fue un acto de la providencia y con el tiempo se afianzará que fue obra de Dios” (24 de marzo de 1982, declaración a periodistas, Vicario Castrense Mons. Victorio Bonamín).
“Insto a cooperar positivamente con el nuevo gobierno a fin de restaurar definitivamente el auténtico espíritu nacional y una convivencia que no puede soslayarse con palabras sino que deben enfatizarse con los hechos” (Arzobispo de Paraná, Vicario castrense y Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, Adolfo Tortolo, el 24 de marzo de 1976 en la sede del Episcopado). “Las fuerzas armadas, aceptando la responsabilidad tan grave y seria de esta hora, cumplen con su deber” (Mons. Tortolo, declaración a periodistas, 1977)
“Algunas veces la represión física es necesaria, es obligatoria y, como tal, lícita” (último Vicario Castrense durante la dictadura militar, Mons. Medina, abril de 1982).

Podrían seguir condenando con la radicalidad que nos enseñó Jesús de Nazaret como condición necesaria que habilite una verdadera reconciliación, el haber legitimado ideológicamente el golpe militar:
Aquel Episcopado Argentino dio como supuesto que el país vivía "circunstancias excepcionales y de extraordinario peligro para el ser nacional", que "ha habido desde hace años en nuestro país un accionar de las fuerzas del mal", que se ha "desatado contra la Argentina una campaña internacio­nal" (Carta a la Junta Militar, 17 de marzo de 1977). De esa manera no sólo se legitimaba el golpe, sino también la desinformación que hacía la Junta Militar en relación con la defensa en favor de los derechos huma­nos que se llevaba a cabo en ámbitos interna­cionales como la de "Amnesty International", el “Consejo Mundial de Iglesias” y el “Tribunal de los Pueblos”.
La legitimación de la dictadura militar se realizó a veces con una claridad que asombraba: "comprendemos también muy claramente que las excepcionales circunstancias por las que ha atravesado el país exigían una autoridad firme y un ejercicio severo" (Promemoria, 26 de noviembre de 1977). El decreto de la Junta Militar decía: "Las condiciones excepcionales que vivía el país durante el período de la agresión terrorista hicieron que los elementos esenciales del Estado fueran afectados en niveles que dificultaban su supervivencia". El paralelismo de ambos discursos es evidente y jamás hubo una rectificación ni una condena a esto.
En la legitimación episcopal del documento de la junta militar argentina sobre los desaparecidos aquellos obispos señalaban que "si bien es cierto que el gobierno nacional ha declarado y publicado la situación de muchos; y que la ley 22.068 regula la ausencia con presunción de fallecimiento; sin embargo todavía subsiste el problema de personas desaparecidas, sea por la subversión o por la represión, o también por libre determinaci­ón" (Declaración de la Comisión Permanente, 14 de diciembre, 1979). De esa manera aquel Episcopado reconocía una buena voluntad y pasos positivos dados por la Junta Militar para solucionar el problema de los desaparecidos “por la subversión, por la represión o por libre determinación”. Esto es absolutamente falso. No hay desaparecidos por la subversión o por libre determinación. Los obispos no pueden presentar esos casos. Con esa clasificación de los desaparecidos apuntalaron la tesis militar al respecto y en 25 años jamás hubo rectificación.
No en vano, basándose en esto, el 28 de abril los militares argentinos dieron a conocer por radio y televisión, a todo el país, el "Documento final de la Junta Militar" donde pueden afirmar a partir de aquellos obispos que "muchas de las desapariciones son consecuencia de la manera de operar de los terroristas... Los familiares denuncian una desaparición cuya causa no se explica, o, conociéndola, no quie­ren explicarla". Vuelve a aparecer el paralelismo entre ambos discursos.
El Episcopado pide a las autoridades que tengan una "actitud más comprensiva ante quienes sufren la desaparición de seres muy queridos" (Declaración de la Comisión Perma­nente, 14 de diciembre de 1979), con lo cual dan como un hecho que la actitud de la dictadura era comprensiva. Simplemente era cuestión de profundizarla.
Dicen los obispos que "crean una desconfianza general y destruyen profundamente el tejido social, aquellos que instrumentan la tragedia y el dolor de otros para fines inconfesados” (Pastoral del 3 de mayo de 1980). Este es el lenguaje de la Junta Militar utilizado primero por el Episcopado. Como antes habló de las "fuer­zas del mal", para referirse a las luchas contra la dictadura y se refirió a una campaña internacional en contra de la Argentina, ahora habla de "fines inconfesados"; para referirse simplemente a los que, al movilizar la opinión pública en favor de la aparición con vida de los desaparecidos, con la constitución bajo el brazo que insta a defender la democracia, quieren también terminar con la dictadura militar que ensangrentó al país.­ Como un eco de las afirmaciones episcopales, dice el documento de la Junta Militar; "Es el tema de los desaparecidos... el que con mayor insidia se emplea para sorpren­der la buena fe de quienes no conocieron ni vi­vieron los hechos que nos llevaron a esa situación límite”.

Tendrían que seguir pidiendo condena póstuma de aquel episcopado por presentar de forma atroz el tema de la reconciliación en el documento impulsado por Mons. Quarracino "En la hora actual del país" (26 de abril de 1983) a favor de una “Ley del Olvido”.
Se había afirmado antes que "un pueblo digno, sobre todo en tiempo de dificultades, estrecha sus filas por vínculos que superan las normas de justicia y es capaz del perdón y del amor. Hoy debemos demostrar que los argentinos somos capaces de vivir una profunda solidaridad social" (Exhortación pastoral, 14 de noviembre de 1981). Como puede verse, si se cita a la justi­cia, ésta no sólo queda relegada a un segundo término, sino que se proclama la necesidad de superarla mediante el perdón y el amor. Naturalmente que quienes han de perdonar son las madres de los desaparecidos, sus novias, esposas, hijos; los torturados, los recluidos en campos clandestinos, los exiliados, los humillados. Piénsese en lo que realmente signi­fica decirle al pueblo que debe perdonar, olvi­dar, reconciliarse con aquellos que han hecho desaparecer, han torturado y matado a sus seres queridos, han robado abiertamente sus casas, apropiado de sus bebés y seguían en el poder gozando impunemente de lo actuado.
Esto fue abrir el camino para que los militares dijeran tranquilamente que era necesario "afron­tar con espíritu cristiano la etapa que se inicia" y "mirar el mañana con sincera humil­dad", basándose en el “cristianismo” del documento de aquellos obispos. La dificultad principal para lograr la ansiada reconciliación se encontraba, según los obispos, en que los argentinos no sabíamos dialogar. "Una sociedad política es un acuerdo de intenciones y de propósitos y exige esta confianza real entre sus miembros. Los argentinos debemos tenernos fe". (Pastoral 3 de mayo de1980). Así, las Madres de Plaza de Mayo debían tener fe en los que habían hecho desaparecer a sus hijos desde una situación de absoluta impunidad; los padres de los soldados mutilados en Malvinas debían tener fe en quienes llevaron a sus hijos a una matanza segura, ahora si, por fines inconfesados; el pueblo debía tener fe en sus verdugos.
Los obispos nos decían entonces cuál era la verdadera causa del desencuentro argenti­no y su consecuencia, la inestabilidad: "Lo que parece claro es que la Argentina sufre una crisis de autoridad”.
Esto era lo mismo que decían los militares para justificar su golpe, y en el documento, hablaban de "vació de poder" y “­crisis del estado de derecho”, porque “no hay voluntad de someterse al imperio de la ley y de la autoridad legítimamente constituida, tal vez, porque se ha desarraigado la autoridad de su origen último, que es Dios”. Se han olvidado que el acatamiento que se debe a la ley obliga por igual a todos, a quienes poseen la fuerza política, económica, militar, social, como a los que nada poseen. De modo que el desencuentro argenti­no era reducido a un problema ético, de no acatamiento a la ley. Este recurso al moralis­mo es tan viejo como cómodo. Se hace un llamamiento tanto a los poderosos como a los que "nada poseen". De ese modo nunca se vieron obligados a bucear en la estructura de dominación que, a lo largo de la historia nacional ha provocado la rebelión desde abajo y la violenta represión desde arriba con matanzas, torturas, exilio, prisiones, estado de sitio. Represión contra los movimientos anarquistas del siglo pasado, matanzas de la Patagonia, matanzas de los hacheros de la Forestal, "Semana Trágica" del '19. Es necesario ser ciegos o mentir descaradamente para reducir el problema de la inestabi­lidad argentina a un problema ético, de no querer obedecer a la ley, poniendo en un pie de igualdad a quienes tienen todo el poder y a quienes nada poseen.
En el documento del Episcopado, "En la hora actual del país", del 26 de abril de 1983, aquellos obispos afirmaban: "la reconciliación nacional ha sido centro de nuestra enseñanza pastoral en los últimos años", y dicen lo que implica: "el reconocimiento de los propios yerros en toda su gravedad, la detestación de los mismos, etc".
Los obispos explicaban que "cada uno de nosotros" debe reconocer sus yerros; es decir, cada uno de los desocupados, de los obreros, de los profesionales, de las amas de casa, de los militares y de los obispos, pues todos somos culpables. En cumplimiento de este “mandato episcopal”, los militares en su documento reconocen cómodamente que "cometieron errores" que dejan "suje­tos al juicio de Dios en cada conciencia y a la comprensión de los hombres".

También merece condena el trato de aquellos obispos al tema de la violencia. Insistían en que "la violencia no es evangéli­ca ni humana ni tampoco eficiente para la solución de los graves problemas argentinos". (Principios de orientación cívica para los cris­tianos, 22 de octubre de 1982), dejando com­pletamente de lado la doctrina tradicional de la Iglesia fundamentada por teólogos de la talla de Santo Tomás o Mariana y Suárez y recogida por Pablo VI en la Populorum Progressio y por la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano reunida en Medellín en 1968, que reconoce el derecho de la "insurrección revolucionaria" de los pueblos tiranizados (Populorum Progressio, Nº 31; Medellín, Documento "Paz", N ° 19).
No se piense que, al condenar la violencia, los obispos estuvieron condenando a las Fuerzas Armadas, a la Policía, a las cárceles clandesti­nas. No, de ninguna manera. Las Fuerzas Armadas tenían su vicaría espiritual que los contenía.
Nuestros obispos se acordaron de la violencia para condenarla cuando ésta vino de abajo, cuando fue el pueblo que se sublevó ante tantos atrope­llos e injusticias. Es de mala fe hablarle al pueblo de la necesidad de obrar pacíficamente cuando las fuerzas de represión tuvieron los instrumentos de violencia más atroces en sus manos y los aplicaron sin contemplaciones.
Los militares pudieron así hablar en su documento de la "derrota de los violentos", gracias al soporte ideológico suministrado por nuestros obispos. "Trabajar para la reconciliación y la paz, es un presupuesto necesario en la opción política de todos los argentinos. Requiere comprometerse seriamente en la búsque­da de la verdad, de la justicia y el amor, como camino para superar los actuales conflic­tos de nuestra sociedad y cerrar las doloros­as secuelas de la `guerra sucia´ y la corrupción” (Principios de orientación).
El lenguaje coincidente que usaron los mi­litares en el documento final no es pura coincidencia. Tanto para los militares como para aquellos obispos, las secuelas de la "guerra sucia" no se cerrarán aplicando la justicia a los asesinos, es decir, a los militares que ejercieron el poder y sus cómplices civiles y eclesiásticos, sino con perdón, olvido y amor por parte los victimados hacia sus victi­marios.
Como digno broche de oro de esta cam­paña en pro de la "reconciliación" fervientemente impulsada por el Episcopado, Monseñor Quarracino propuso entonces esta "Ley de olvido" y alabó el documento de los militares, pues "es valiente y está bien hecho"; y Mons. Cándido Rubiolo, arzobispo de Mendoza, lo elogió considerándolo como “positivo", expresando además que serviría "para la reconciliación de los argentinos".
El General Jorge Rafael Videla, en forma concordante, dijo que el documento fue hecho "con amor" y que fue “la voluntad de reconciliación y la búsqueda común de nuevos caminos para una amistosa convivencia, lo que debió constituir y garantizar a las naciones un futuro mejor". El parale­lismo de los discursos ya da asco.
Hasta el mismo Vaticano, a pesar de la "prudencia" conque se condujo habitualmente ante el problema de los desaparecidos, manifestó su condena al documento de la Junta Militar, actitud que lo colocó en una posición divergente con la del Episcopado Argentino. El vespertino del Vaticano L'Osservatore Romano dijo que "no se puede evitar de expresar la severa objeción que nace de la conciencia civil y, a la vez, la participación humana y cristiana en un dolor que, así, se ha hecho, en la medida de lo posible, aún más amargo y desconsolado".
Pero ni el Papa pudo contra la alianza de la jerarquía local entre la cruz y la espada, que probó ser más fuerte que la fidelidad al Evangelio de Jesús.

Los pedidos condena tendrían que continuar y por pecados de cinismo muchos más recientes, y, por lo tanto, más inexplicables dados el tiempo histórico transcurrido.
A las responsabilidades institucionales los obispos las han seguido tratando de eludir con lo dicho por la Comisión Permanente del Episcopado el 8 de marzo de 1995 en un comunicado sobre “la represión violenta durante el gobierno militar”. Sostuvieron entonces que “si algún miembro de la Iglesia, cualquiera fuera su condición, hubiera avalado con su recomendación o complicidad alguno de esos hechos (la represión violenta), habría actuado bajo su responsabilidad personal, errando o pecando gravemente contra Dios, la humanidad y su conciencia”. O sea, el Episcopado Argentino sería entonces totalmente ajeno a cualquier responsabilidad al respecto.
En la cuaresma del 2001, un grupo de obispos volvió a insistir con una “Ley de olvido” para beneficiar a todos los condenados por “razones ideológicas” y de esta manera frenar los “Juicios por la Verdad” y por la “Apropiación de Bebés” en la última dictadura militar. Notable metáfora cuaresmal de estos últimos tiempos. Es difícil entender cómo a 25 años del golpe de estado, todavía había pastores que se decían cristianos y confundían actos criminales -como la apropiación ilegal de bebés y el derecho elemental a saber la suerte corrida por 30000 seres humanos y oportunamente la de sus cuerpos- con un ejercicio del pensamiento, como puede ser la adhesión a una “ideología”.
Difícil de entender, de aceptar, de perdonar para otorgar la posibilidad de la reconciliación a quienes seguían y siguen hablando de “dos sectores antagónicos”, “memoria hemipléjica” y “revisión destructiva de la historia”, en palabras de estos obispos, como si los que pedimos que se institucionalice la verdad y que se haga justicia conforme a los patrones éticos aceptados por toda la humanidad y de profundo origen cristiano fuéramos la contracara de la misma moneda y estuviésemos en el mismo nivel que los genocidas, culpables de las peores atrocidades que un obispo, por su jerarquía y posición social y política, conoce mejor que nadie.

Finalmente, a finales de 2007, el Episcopado Argentino perderá otra magnífica oportunidad para darle coherencia y seriedad a su intención de reconciliación nacional.
Por primera vez, y quizás como ningún otro representante de la Iglesia jerárquica por el grado de compromiso evidenciado en casos de delitos de lesa humanidad, sería juzgado oral y públicamente el ex capellán de la policía bonaerense, subordinado directo de monseñor Antonio Plaza y asesor espiritual de los grupos de tareas de La Plata, el sacerdote Christian Von Wernich. Acusado de 45 privaciones ilegales de la libertad y torturas, tres homicidios y la apropiación de un bebé, mantenía también entrevistas con personas privadas ilegalmente de la libertad que se hallaban en dependencias policiales y militares, imponiendo tormentos principalmente psicológicos y morales a los prisioneros y tratando de captar voluntades con el objeto de obtener información útil para ser entregada a sus superiores. Llegaba, casi siempre, después de largas, terribles, extenuantes jornadas de torturas. Entonces, se acercaba a esos cuerpos lacerados y humillados para infligir el último tormento posible: el de la esperanza. Con ella intentaba quebrar las almas que la fiereza de los verdugos no habían podido lograr. les quitaba información a través de la confesión o los “asistía espiritualmente” para que se quebraran, pasaran a formar parte de los Grupos de Tareas y traicionaran a sus propios compañeros. Pedía dinero a familiares de las víctimas para sacar a los detenidos del país (cosa que nunca sucedía) y participaba de sus “traslados” hasta el punto que eran asesinados, en donde suministraba apoyo espiritual a los asesinos, configurando un cuadro decididamente horroroso. Este caso pone en evidencia una trama en la que la jerarquía de la Iglesia y dictadura funcionaron como una unidad.
El 10 de octubre de 2007, el sacerdote fue considerado partícipe y coautor de secuestros, torturas y asesinatos durante el terrorismo de Estado y el tribunal destacó que fueron hechos cometidos en el marco de un genocidio.
El ciudadano Christian Von Wernich no fue castigado por sus pecados (menos por su fe o sus valores) sino por sus delitos. No se juzgó a la Iglesia Católica. Ninguna institución se sienta en el banquillo de los acusados porque el derecho penal de Occidente cimentado en la presunción de inocencia sólo admite procesar individuos. Pero la responsabilidad, no penal pero sí política y moral, recayó por extensión en la cúpula de la Iglesia Católica.
Fiel a un estilo poco democrático que no suele ser criticado por la prensa, la Comisión Episcopal Argentina emitió un comunicado que llevó la firma del titular del organismo, el cardenal Jorge Mario Bergoglio y los tres restantes miembros de ese cuerpo eclesiástico, al que no le puso voz ni cuerpo. El texto es breve hasta el laconismo. Da cuenta de un “dolor gravísimo” pero relativiza la existencia de los crímenes con el asombroso giro “según la sentencia del Tribunal Federal Oral 1 de La Plata”... La sentencia emitida a Von Wernich es un acto institucional, no una opinión. Como tal, obliga a todos los ciudadanos y a todas las organizaciones no gubernamentales. Von Wernich no es múltiple asesino “según los jueces”, es un homicida a la luz de las leyes argentinas. Llama la atención, proviniendo de quienes reclaman enfáticamente más institucionalidad, que se relativice el valor de un acto de gobierno. Dos omisiones resaltan en el texto. La más grave: las víctimas brillan por su ausencia. Ni una alusión a ellas. Es dable esperar que no se las haya dado por nombradas en las alusiones que sí las hay, con respecto al “odio y el rencor”.
La segunda ausencia es la mención de las señas personales de Von Wernich, así fueran su nombre y apellido. El Episcopado se limitó entonces a reiterar el viejo pronunciamiento del 95 en el que se señalaba que si miembros de la Iglesia participaron de la represión, lo hicieron bajo su responsabilidad personal.
La institución de los capellanes militares y policiales, injustificable desde el punto de vista pastoral, se convirtió en una herramienta ideológico-religiosa para legitimar los atropellos. No hubo en ese momento, y tampoco ahora, asunción institucional de las responsabilidades. Seguramente la sociedad tendría otra imagen de la Iglesia argentina si, recuperando el sentido espiritual de la tradición cristiana sobre la reconciliación, los obispos decidieran asumir institucionalmente sus culpas y condenarlas, agradecer por la verdad y por la justicia, pedir perdón y procurar la reparación de los daños causados a las víctimas. Ese es, en definitiva, el sentido cristiano de la reconciliación.

No se puede ser tan incoherente con la fe que se dice tener y propiciar una “reconciliación nacional” pidiéndoles a las víctimas directas o indirectas del terrorismo de estado, y de todos sus cómplices civiles y eclesiásticos, que se reconcilien olvidando alegremente las ofensas de sus victimarios, cuando no se han cumplido ninguna de las condiciones que en el catecismo nos enseñaron para que un pecador sea digno de recibir el perdón cristiano, mucho menos una reconciliación. No existe en ninguna parte de las escrituras o de la tradición cristiana en que se hable de “olvido” y de ocultar la verdad. El olvido no es una virtud cristiana y tampoco es algo que la conciencia pueda hacer a voluntad. Sí se podría referir decenas de citas que afirman exactamente lo contrario. Aquello de que “la verdad os hará libres” no es una metáfora.
La condena, junto con los "perdones" y las "culpas" que la Jerarquía de la Iglesia Argentina debe asumir y reconocer son sus ambigüedades, su silencio, su falsa prudencia, sus mentiras, su cobardía, su trato político en reemplazo del hacer profético en complicidad con los poderes de turno. Todo lo que hasta hoy no le permite reconocer a nuestros mártires, a nuestra historia y a nuestra misión. Es hipócrita seguir celebrando la "eucaristía" negando y silenciando la historia de aquellos que fueron "pan entregado" en sus vidas y hasta su muerte.
Hacerlo, reconocer todo esto, sería un gesto de auténtica conversión, tan predicada para los otros.
Reconocer esto también sería denunciar desde el hoy las ideologías de muerte, los sistemas asesinos, las injusticias económicas y sociales, la discriminación en todas sus formas, las corrupciones estatales y privadas, las culpas pasadas, las miserias presentes y todo lo que aún hoy no le permite a nuestra jerarquía ser amados como verdaderos pastores, obradores de verdad, de justicia y de la paz del Pueblo de Dios en la Construcción de su Reino.

lunes, 17 de agosto de 2009

SEXO Y CRISTIANISMO por gabriel andrade

Dentro de la institución iglesia, la palabra “placer” suscita preocupaciones y, si se trata de “placer sexual”, tenebrosas sospechas. Esta institución durante siglos ha educado más para la renuncia que para la alegre celebración de la vida. Subvertir esto implica que muchos hombres y mujeres desoigan disposiciones canónicas, sanciones y prohibiciones que no tienen otro fundamento que el de la ideología de dominación social alimentada por las más altas esferas de la institución.
En el combate en que los cuerpos perdieron la batalla contra el espíritu la primera víctima fue el derecho humano a una sexualidad plena, menospreciado por ese pensamiento griego que influyó en el cristianismo primitivo, de la dicotomía cuerpo-espíritu con la consiguiente asocia­ción del cuerpo a lo impuro y del espíritu a lo puro, en contra de la Encarnación de Dios y de la teología cristiana marcada por la imagen de un Dios creador "comenzando" en el cuerpo humano.
"Las iglesias, en general, prefieren una antropología de la igualdad verbal, pero de cuño eminentemente patriarcal y jerárquico (...). No es por casualidad que la dirección de la Iglesia está en manos de los célibes, a veces de apariencia desexualizada, hombres, cerrando el espa­cio para la mujer". (Ivone Guevara).
Pero no siempre fue así. Como contara Leonardo Boff, dentro de la misma Iglesia hay tradiciones y doctrinas que ven en el placer y en la sexualidad una manifestación de la creación de Dios, una chispa de lo Divino, una participación en el propio ser de Dios. Esta línea se liga a la tradición bíblica que ve con naturalidad y hasta con entusiasmo el amor entre dos personas, con toda su carga erótica, como plásticamente lo describe en la Biblia el Cantar de los Cantares, con senos, labios, vulvas y besos.
Sin embargo, en la cristiandad predominó la negativa a esta línea de pensamiento a causa de la influencia que San Agustín de Hipona (354-430) ejerció sobre toda la Iglesia Romana, ayudada por la base sociocultural que permitió esta incorporación. Se lee en sus Soliloquios: “estimo que nada envilece tanto el espíritu de un hombre como las caricias sensuales de una mujer y las relaciones corporales que forman parte del matrimonio”.
¿Puede una Iglesia que afirma el amor humano asumir tal doctrina?
Pero esta ideología, por más incisiva que sea, no tiene fuerza suficiente para reprimir el placer sexual, ya que éste nace del propio misterio de la creación de Dios y, quiera la Iglesia-institución o no, siempre hará valer sus reclamos.
Para ilustrar la tradición positiva de la sexualidad dentro de la iglesia-comunidad cabe citar aquí una manifestación que perduró en ella por más de mil años conocida con el nombre de risus paschalis (risa pascual). Representa la presencia del placer sexual en el espacio de lo sagrado, en la celebración de la mayor fiesta cristiana: la Pascua. Se trata del siguiente hecho: para resaltar la explosión de alegría de la Pascua en contraposición a la tristeza de la Cuaresma, el sacerdote en la misa de la mañana de Pascua debía suscitar la risa en los fieles. Y lo hacía por todos los medios, pero sobre todo recurriendo al imaginario sexual. Contaba chistes subidos de tono, usaba expresiones eróticas y simulaba gestos obscenos, remedando relaciones sexuales. Y el pueblo reía y reía. Esta costumbre se encuentra ya en 852 en Reims, Francia, y fue extendiéndose por todo el Norte de Europa, Italia y España, hasta 1911 en Alemania. El celebrante asumía la cultura de los fieles en su forma más popular, plebeya y obscena. Para expresar la vida nueva inaugurada por la Resurrección -decía esta tradición- nada mejor que apelar a la fuente de donde nace la vida humana: la sexualidad con el placer que la acompaña.
Así entonces, partiendo de los cuerpos y de la sexualidad que este connota, es la manera de redimirlo al asumir en él la Creación como profundamente positiva y buena. "Es acoger el abrazo divinizante de la materia en el estremecimiento de los cuerpos, en sus intercambios energéticos, en el misterio que encierran, en la vida que buscan. Partir del cuerpo es redimir el cuerpo humano total: hombre y mujer; es lucha por su resurrección, por su vida, con las `armas´ de la vida”. (Ivone Guevara). A este respecto Monique Dumais, la teóloga canadiense, dice que "la sexualidad sigue siendo el lugar donde se ejerce esta reapropiación del cuerpo: nuestros cuerpos son necesariamente sexuados. Una comprensión positiva de la sexualidad, de la carne salvada en Jesús, implica una aceptación de las diferentes expresiones de la sexualidad, de las formas de comunicación y de la ternura del cuerpo.
Es en esta misma línea de pensamiento que la carta de las mujeres católicas en el Congreso Eucarístico Nacional de Argentina con motivo del Jubileo del Año 2000 se pronunciaba: “Hombres y mujeres somos seres humanos plenos, forjados a imagen y semejanza de Dios, por lo tanto católicas y católicos reclamamos el reconocimiento de nuestra capacidad moral para definir y conducir nuestras vidas, nuestros cuerpos y nuestra sexualidad de manera autónoma, asumiendo el reto y la responsabilidad de este desafío. (...) Queremos así mismo el compromiso de nuestra Iglesia para que sean reconocidos nuestros derechos sexuales y reproductivos como parte inherente de los derechos humanos fundamentales. Esto implica aceptar como decisiones moralmente válidas, aquellas que tomamos desde la libertad de conciencia, garantizando el sexo seguro y protegido, el respeto a la diversidad sexual y el uso de métodos anticonceptivos seguros y eficaces para ejercer nuestra sexualidad con placer y responsabilidad. (...) Queremos una Iglesia, que frente al grave problema del VIH-SIDA, oriente su doctrina y práctica por la misericordia y la solidaridad, colaborando en su prevención, promoviendo el debate en torno al ejercicio de una sexualidad responsable, integrada al proyecto de vida, a la vez que reconozca el uso del preservativo como método efectivo para proteger la vida”.
Rubem Alves, el pastor teólogo brasileño, nos recuerda que Agustín -en “La ciudad de Dios”- dice que un pueblo es definido por el objeto de su deseo. Si uno quiere utilizar un lenguaje un poco más moderno, se podría utilizar lo erótico. Es una comunidad que celebra los mismos objetivos eróticos, la celebración del deseado. ¡El Reino de Dios para ser deseado tiene que ser erótico!

El 23 de abril de 1966, cuando el exhaustivo examen de la comisión pontificia de los 68 (teólogos, abogados, historiadores, sociólogos, médicos obstetras y padres de familia que asesoraban al Papa Pablo VI sobre natalidad) dio por abrumador resultado de 64 a 4 la legitimidad teológica, médica, legal y ética de los métodos anticonceptivos artificiales. Fue entonces cuando el cardenal Ottaviani (Secretario de la Suprema Congregación del Santo Oficio y uno de los cuatro disidentes) -más allá de no demostrar con ningún tipo de argumentos la validez de sus posiciones según las leyes de la naturaleza, ni citaron escrituras contundentes a su favor, ni revelaciones divinas- presionaran al sumo pontífice a fin de torcer las conclusiones de la comisión.
Días después, el jesuita norteamericano John Ford (otro de los cuatro disidentes) declaró que estaba en contacto directo con el Espíritu Santo y que había sido bajo esa vía divina por la cual había llegado a la verdadera y más profunda realidad (?).
Con semejantes argumentos, el cardenal Ottaviani -junto a la minoría de la curia romana como los cardenales Cicognani, Browne, Parente y Samoré- manipularon sabia y romanamente los acontecimientos de tal forma que, cuando esos otros 64 “extraviados” se encontraran lejos del Vaticano, desparramados por todo el mundo preparando conferencias e introducciones explicativas sobre los supuestos nuevos aires de control de la natalidad que soplarían la Iglesia Católica, se le presentara un nuevo informe más escueto que el original sobre la cuestión con ideología contraria.
De esta forma se pudo operar “sin influencias perniciosas” y convencer al Papa de la traición que sería para la tradición de la iglesia aprobar el otro informe consensuado por esa mayoría, “producto de la degeneración del Concilio Vaticano II”.
Finalmente -como el asunto lo resolvería la decisión personal del Papa y ningún informe le era vinculante- el 25 de julio de 1968 salió publicada la encíclica Humanae Vitae donde se califica como ilícitos a los métodos anticonceptivos, aunque sin tener la categoría de "dogma de fe".
Quedó impuesto entonces, que el único método consentido es el sistema rítmico y -mejor aún- la ABS-TI-NEN-CIA. Así, millones de fieles en todo el mundo dejaron definitivamente toda obediencia y respeto por Roma. Una vez más, la iglesia se partió a la mitad.
Aunque es válido recordar, que durante ese tiempo, el Vaticano se siguió beneficiando de las ganancias derivadas de una de las muchas empresas que poseía: el Instituto Farmacológico Sereno, siendo uno de los productos elaborados de más venta la píldora anticonceptiva llamada Luteolas. Dinero y fe, como a muchos jerarcas católicos les agrada pensar, van por caminos separados...
Más tarde, en 1978, el teólogo suizo Hans Küng declararía antes del cónclave que entronaría a Juan Pablo I, que "la iglesia católica romana tiene y seguiría teniendo problemas sexuales mientras no se haga una revisión de la Humanae Vitae. Numerosos teólogos y obispos aceptarían de buen grado los métodos anticonceptivos. Lo importante es hacerse a la idea de que las reglas establecidas en el pasado por un Papa pueden ser luego corregidas por otro".
Varias fuentes cercanas a Albino Luciani confirman que a la cabeza de las reformas prioritarias elaboradas por Juan Pablo I, figuraba el deseo de alivianar los supuestos sufrimientos que vivía gran parte de la humanidad, especialmente el tercer mundo, precisamente a causa de la encíclica Humanae Vitae.
En los diez años posteriores a la encíclica, la población mundial había crecido en 750 millones de personas y para la misma fecha. más de 1000 niños menores de cinco años morían por desnutrición cada hora. Se recuerda entonces cuando el nuevo pontífice dijera su célebre frase del 19 de setiembre de 1978 a su tradicionalista secretario de estado Jean Villot: "Eminencia, ¿qué podemos saber de los deseos de las parejas casadas dos viejos célibes como nosotros?" Lamentablemente, Juan Pablo I ocupará el cargo de Pedro por sólo 33 días. Todos los indicios indican que la mezcla entre fe y dinero le fue letal en su aparato digestivo matando a, su hasta entonces, perfectamente saludable cuerpo...
En el posterior papado de Juan Pablo II la población mundial creció en 2500 millones de personas y la mayoría son indigentes que contradicen con su existencia todo resquicio de la humanidad y la dignidad que corresponden a los Hijos de Dios.

Es indiscutible que toda ley debe enmarcarse dentro de la moral que pertenezca a la sociedad que va dirigida. Dentro de esta sociedad, una de las mayores usinas de esta pretendida moral es la Institución Iglesia Católica.
También, toda ley, debería ser ética.
Ética y moral no son sinónimos. La ética es parte de la filosofía. Considera concepciones de fondo, principios y valores que orientan a personas y sociedades. Una persona es ética cuando se orienta por principios y convicciones. La moral forma parte de la vida concreta. Trata de la práctica real de las personas que se expresa por costumbres, hábitos y valores aceptados. Una persona es moral cuando obra conforme a las costumbres y valores establecidos que, eventualmente, pueden ser cuestionados por la ética. Una persona puede ser moral (sigue las costumbres) pero no necesariamente ética (obedece a principios).
En estas concepciones deben estar siempre presente lo utópico y lo concreto. Lo concreto son las cosas tal como están ahí. Lo utópico es lo que es virtual y posible en lo concreto, su referencia de valor nunca totalmente alcanzable, pero que tiene como función mantener a la intimidad sexual siempre abierta y perfectible, pero jamás cerrada ni estancada en alguna forma considerada como la única posible por muy buena que pretenda ser.
Parafraseando al teólogo Leonardo Boff, “la actitud cristiana más adecuada y no moralizante es: si en todas estas formas existe amor, entonces estamos ante algo que tiene que ver con Dios, que es amor y bondad. En este campo, lo que debe regir es el respeto y no los prejuicios”.
En palabras del obispo Jerónimo Podestá: "la intimidad sexual ha sido creada por Dios para la plenitud personal y el elemento fundamental para juzgarlas es si éstas son producto y expresión de un amor maduro".
Todos viven de la voluntad de encontrar y vivir el amor; sueñan poder realizarse a dúo y ser mínimamente felices. Sin ese motor, la vida humana sería menos humana y perdería sentido, a pesar de todas las dificultades, deformaciones y frustraciones.
Suele decirse que la Institución Iglesia Católica tiene fobia sexual y que trata los temas de la moral familiar y de la sexualidad con excesivo rigor. En realidad ha educado más para la renuncia que para la alegre celebración de la vida.
El catecismo católico dice que la sexualidad está “ordenada al amor conyugal” (Nº 2360). Es entonces cuando esta misma institución amenaza con la anacrónica condenación eterna en los sulfurosos fuegos del infierno a un adolescente que se masturba, a los novios que tienen relaciones sexuales prematrimoniales, a los matrimonios que utilizan preservativos e invita jovial y ridículamente a las parejas homosexuales a convivir pero sin tener intimidad carnal; demostrando así el divorcio en tiempo y espacio con el mundo biológico, histórico y social que mal pretende guiar. La misma institución que en palabras de sacerdote católico Padre José Ignacio González Faus "ha hecho méritos sobrados para desacreditar su propio juicio moral".
Junto con el eminente teólogo José María Castillo, nos parece que el fondo del problema está en saber si lo esencial y específico de la sexualidad humana, el culmen de su razón de ser, consiste en el instinto que une al macho y a la hembra para procrear, de manera que así sea posible que sigan naciendo hijos y no se acabe la especie -orden divina dada hace un millón años a los primeros habitantes de una despoblada tierra, y referenciada hace 3800 años en el Génesis- o si, más bien, lo esencial y específico de la sexualidad humana, el culmen de su razón de ser, no se limita a la facultad de procrear, sino que -eso supuesto- lo que caracteriza al sexo, entre los humanos es la entrega de una persona a otra, la entrega mutua que así expresa y comunica el amor propiamente humano.
En cualquier caso, lo que no admite discusión es que, si se prefiere la primera solución, en ese supuesto se tiene una idea de la sexualidad humana que poco se distingue del mero instinto animal; ya que, de ser eso así, el amor y la entrega entre las personas no es el culmen y la plenitud, sino una fuerza que atrae a los machos y a las hembras para unirse y copular para tener crías y que así la vida humana no se acabe en este mundo, por más que la tendencia sea de una desastrosa superpoblación que amenace finalmente con agotar al planeta.
La moral católica ha dicho siempre que lo central es el amor. Pero con tal que sea un amor abierto a la procreación. Con lo cual, lo que en realidad se está diciendo es que lo que nunca puede faltar es la posibilidad de procrear, por más que falte el amor, como de hecho ocurre en tantas familias en las que se cumplen todos los requisitos de los códigos religiosos, pero las personas no se quieren y a duras penas se soportan. O sea, se antepone la posibilidad de procrear legalmente al amor, por muy fuerte que éste sea.
Por extensión, la familia modelo sería entonces la de heterosexuales legalmente casados por civil y cumplidoras del sacramento religioso y de todos los preceptos canónicos. Se da la paradoja entonces que, para la Institución Iglesia Católica, es muy moral y digno de comunión y misa diaria un hetero ultracatólico, ex presidente de facto y genocida Jorge Rafael Videla!!!
Por supuesto, cada cual es libre para defender la idea que le dicte su conciencia, su confesor o su catequista. Con la salvedad de que nunca una idea sea más importante que una persona. Y menos aún que, por una idea, se humille y se amargue la vida a millones de personas. ¡Y mucho menos que para justificar esto se blasfeme tomando en vano el nombre de Dios!
Lo más grave de todo este tema es que el poder autoritario de la institución católica durante siglos y siglos se ha dedicado a poner en práctica su ley sin piedad, la ley del más fuerte, invocando para esto la voluntad y autoridad de Dios para actuar salvajemente. Por eso hay personas que, aunque sean contemporáneos nuestros, en realidad viven en tiempos antiguos y bárbaros. Son los que siguen pensando que los heterosexuales tienen más derechos que los homosexuales, los casados sacramentalmente más derecho que los que no lo son, los esposos más que los novios, parejas o amigos. Esto es lo que nos baja de la Institución Iglesia Católica, aunque en mucha menor medida de la Iglesia Comunidad compuesta de la totalidad de bautizados y anunciadores del Resucitado, incluidos muchos sacerdotes que en silencio o no tanto, desaprueban a la institución.
El Evangelio no es un recetario sobre cómo construir una sociedad, sino la adopción de un estilo personal de vida con unos valores para ofrecer libremente y compartir en la sociedad que nos ha tocado vivir. Y entre ellos está más que la tolerancia la misma aceptación de la diferencia y nunca la exclusión.
La contribución a una sociedad más justa y solidaria en el que se respete la dignidad de cada persona y se erradique la necesidad y la pobreza es la que está en el Evangelio, no un manual de genitalidad. Y la necesidad, en sus diversas variantes, y la pobreza, absoluta o relativa, sí que son causa de deterioro social y no, como creen tantos miopes, "los pecados personales contra la carne"...

Hay una idea "seudo divina" que, a muchas personas que se quieren, se les prohíbe el amor. O se le limita ese amor de tal manera que se intenta reducirlo a casi nada. En este asunto, como en tantos otros, siempre se ha impuesto la ley del más fuerte. También en esto, la diferencia se ha convertido en desigualdad. Es comprensible que estos “profesionales de la religión” defiendan sus ideas. Pero que no impidan que el legislador organice la convivencia de las personas de forma que todos tengamos los mismos derechos.
Héctor Aguer -titular de la Comisión Episcopal de Educación Católica y ultraconservador arzobispo de La Plata- publicó un notable texto en el que ataca ferozmente un documento elaborado por el Ministerio de Educación “Material de formación de formadores en educación sexual y prevención del VIH/Sida”. La nueva ley de educación sexual sancionada hace ya tres años –ley 26150 de octubre de 2006- impulsa una concepción integral de la sexualidad que se aleja de concepciones estrechas que entronizan la genitalidad y sus derivas. Sin renunciar a este aspecto, la nueva ley lo combina con otros sumamente cruciales: los socioculturales, los de salud y los de derechos humanos. Somos seres sexuados que interactuamos con otros seres sexuados. Por lo tanto, se trata de abordar la diferencia sexual demoliendo prejuicios basados en estereotipos o descalificaciones culturales, de manera de habilitar a todas las personas a labrarse su lugar en la sociedad, en base a sus capacidades e individualidades. Es por esto que la educación sexual es un contenido transversal presente en la escuela en todos los niveles y en todas las disciplinas.
Según el obispo, el Manual de formación de formadores en educación sexual y prevención de VIH/SIDA es “neomarxista”, “ateo”, ajeno “a la tradición nacional y a los sentimientos cristianos de la mayoría de nuestro pueblo” y, de conjunto, es “una imposición totalitaria del Estado”. El obispo denuncia que el Manual reivindica “el derecho a fornicar lo más temprano posible y sin olvidar el condón”. Está en contra, por ejemplo, de una visión constructivista de la sexualidad –opuesta al esencialismo biologicista y creacionista– que permita la inclusión de la perspectiva de género y de sexualidades minoritarias a la currícula. Para Aguer, esa posibilidad apunta a la “destrucción del orden familiar”, ya que la “gracia peculiar” de la mujer y su “genio” se constituyen a partir de su vocación maternal.
El mensaje del obispo platense incurre en una irresponsabilidad mayúscula cuando condena que se señale al uso del preservativo como medio de protección eficaz y como medio para enfrentar la amenaza del VIH –una pandemia en la que se juega la vida y la muerte–, tanto para hombres como para mujeres. “¿No sería más eficaz e indudablemente segura la abstinencia de relaciones sexuales prematuras e irresponsables?”, se pregunta el obispo.
La posición del obispo forma parte de una sistemática política de negación y tergiversación de los derechos sexuales, reproductivos y humanos consagrados constitucionalmente y respaldados por un extenso arco de tratados y convenios nacionales e internacionales en estas materias; en la que la corporación Iglesia Católica actúa como un poderoso agente de lobby y de intervención en estos campos, cercenando, retrasando y desarticulando el sentido fuertemente político y democrático de las reivindicaciones de los derechos sexuales de los ciudadanos, con argumentos discriminatorios, naturalizadores de prejuicios sexuales y de género y la criminalización de ciertos grupos e identidades sexuales, violando un derecho humano inalienable. La Iglesia católica reaccionó imponiendo sus condiciones y aprovechó para avanzar en su armado político y cultural. En primer término, bloqueó el tratamiento del tema. Cuando su salida se mostró inevitable, logró varios gobiernos provinciales tardaran en adherir al proyecto. Por último, y como instancia final, garantizó una ley a su medida. Como arma de combate, editó su propio libro de educación sexual. El texto legal establece, a modo genérico, el derecho de los alumnos a recibir educación sexual integral en los establecimientos educativos. La categoría “integral” implica que se entiende a la sexualidad como parte del ser humano y por lo tanto su tratamiento debe darse en todas las etapas y fases de la vida. La ley sólo formula lo que podríamos llamar declaraciones de principios, donde indica la necesidad de transmitir conocimientos pertinentes, precisos y confiables sobre los distintos aspectos de la sexualidad.
Al mismo tiempo se fomenta la promoción de conductas “responsables” para la prevención de problemas de salud sexual y/o reproductiva. En el artículo 5º se dispone que los contenidos de enseñanza deberán estar en consonancia con los “idearios” de cada comunidad educativa, punto tal que responde a las presiones políticas del clero y abre la puerta para que las escuelas religiosas elaboren sus propios proyectos por encima de los consensuados por los legisladores.
Así la Iglesia tomó la ofensiva editando su propio manual de educación sexual: Educación para el amor. Allí, se imparten las directivas educacionales a directivos, docentes y padres. El manual explica la cuestión como una forma positiva si va unida a los principios morales de la familia patriarcal jerárquica cristiana y destinada a la procreación. Para la juventud se pregona el pudor, la virginidad y la castidad. La concepción aparece como una obra de creación divina, mágica. Ella sería el primer objetivo primero de la mujer-madre tal como María, en tanto, “la femineidad se manifiesta y se revela hasta el fondo, mediante la maternidad” (p. 30 y 108). El rol de la mujer en la sociedad se subordina a mera parturienta. La única forma “normal” de familia es la patriarcal. Las otras formas son “no modélicas”, que el señor acoge sólo por su divina gracia y capacidad de perdón (p. 53-54 y 72). Es decir, los homosexuales deberían pasar su vida (y la eternidad posterior) en penitencia. El SIDA aparece en el mismo punto en el que se desarrolla la homosexualidad (p. 30), trazando una relación entre ambos. En relación a los métodos anticonceptivos, se presentan sus peligros en lugar de sus beneficios. Se avalan los métodos naturales, difíciles de llevar a cabo y de una efectividad dudosa.
La Iglesia propone así una visión mística del mundo y de la sexualidad. Se encarga de negar el carácter placentero del sexo y lo reduce a la procreación dentro de la familia patriarcal.
La institución católica tomó la ofensiva ideológica, como corporación cultural, elaborando los contenidos y las herramientas para difundirlo, algo que el gobierno no hizo revelando dos cuestiones. En primer lugar, al vitalidad de la Iglesia como partido político. En segundo, la debilidad del armado cultural educacional del estado.

Escrito todo esto, solo me queda admitir sentir un poco de vergüenza ajena y expresar a nuestra sociedad argentina el conocimiento de que no todos los cristianos, ni siquiera la mayoría, pensamos y vivimos como el grupo de poder seudocristiano dentro de la Institución Iglesia Católica.
Todos tenemos la misma dignidad en la diversidad de opiniones y opciones. Todos somos hijos de Dios y estamos llamado a su reinado de justicia aquí en la tierra. Todos merecemos el mismo respeto.

lunes, 27 de julio de 2009

PONCIO PILATOS EN EL EPISCOPADO DE HONDURAS - por gabriel andrade

Mientras líderes y organismos internacionales, como la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU), la Organización de Estados Americanos (OEA), la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y otras instituciones hablan categóricamente de golpe de estado y lo condenan, los defensores del mismo -incluida la Conferencia Episcopal Hondureña- lo consideran como una “legítima sucesión” en el poder conforme a leyes internas hondureñas.
El pasado 14 de julio, esta Conferencia Episcopal encabezada por el ultraconservador cardenal Rodríguez Maradiaga, dio a conocer un comunicado con relación a la detención del Presidente de la República de Honduras del pasado 28 de junio por parte de las Fuerzas Armadas de ese país en el que expresa que “todos y cada uno de los documentos que han llegado a nuestras manos, demuestran que las instituciones del Estado democrático hondureño, están en vigencia y que sus ejecutorias en materia jurídico-legal han sido apegadas a derecho.”
A lo que agregan que “la Constitución de la República y los órganos administradores de justicia del país nos hacen concluir que:
a.) Conforme a lo contemplado en el Artículo 239 de la Constitución de la República, “quien proponga la reforma” de este Artículo, “cesa de inmediato en el desempeño de su cargo y queda inhabilitado por diez años para el ejercicio de toda función pública”. Por lo tanto, la persona requerida, cuando fue capturado, ya no se desempeñaba como Presidente de la República.
b.) Con fecha 26 de junio de 2009, la Corte Suprema de Justicia, por unanimidad, nombró un Juez Natural que giró la orden de captura contra el ciudadano Presidente de la República de Honduras, a quien se le supone responsable de los delitos de: CONTRA LA FORMA DE GOBIERNO, TRAICION A LA PATRIA, ABUSO DE AUTORIDAD Y USURPACION DE FUNCIONES en perjuicio de la Administración Pública y del Estado de Honduras, lo anterior a raíz del Requerimiento Fiscal presentado en esa Corte por parte del Ministerio Público”.

Esto es una verdad a medias que, como es sabido, equivale a una mentira, que dadas las implicancias sociales, políticas e institucionales deriva en una infamia contra los más injusticiados del pueblo hondureño.
Los obispos hondureños omiten mencionar que la forma de la ejecución de la destitución del presidente constitucional fue a partir de la violación de su domicilio y su expulsión del territorio nacional violando el art. 102 de la constitución donde reza que “Ningún hondureño podrá ser expatriado ni entregado a un Estado extranjero”; con lo que queda deslegitimada dicha orden del poder judicial por vicios en el procedimiento. Tampoco mencionan que por este Golpe de Estado se violan todas las Garantías Constitucionales y Derechos Humanos de las personas y pueblos. Se está llevando a cabo una represión constante y sistemática de agresión física a personas individuales y grupos por parte del ejército militar hondureño y la policía nacional civil, llegado incluso al derramamiento de sangre (de los defensores del pueblo pobre, nunca de los sediciosos) por causa de disparos de los militares sobre manifestantes pacíficos favorables al retorno del Presidente, la cual el episcopado es cómplice por omisión y dice en una ambigüedad propia de Pilatos que “Honduras ha sido y quiere seguir siendo un pueblo de hermanos, para vivir unidos en la justicia y la paz. Es necesario globalizar la solidaridad como un camino que puede ayudarnos a superar la injusticia y la inequidad”. Sólo les faltó agregar que la traerán los reyes magos para el próximo enero si ahora se portan obedientes, sumisos y resignados.
Es el mismo episcopado quien también ignora intencionadamente la desinformación obligada que se ha sometido a la ciudadanía mediante la censura de los medios de comunicación radial y televisiva ajenas al gobierno de facto; como así también la libre circulación, llevando la situación actual del país de un toque de queda a un estado de sitio.
Tampoco mencionan una sola palabra sobre que los hechos que antecedieron la ruptura del orden social y político no se limitan a la propuesta del Presidente de realizar una consulta con la que pretendía obtener respaldo para hacer que en las elecciones generales de noviembre próximo se instalara una cuarta urna en la que los ciudadanos debían votar si querían un cambio de la Constitución Política; sino que el conflicto de fondo es con los diversos sectores económicos en la reestructuración de las fórmulas de ganancias de las compañías transnacionales del petróleo, la importación de medicamentos genéricos desde Cuba a precios más cómodos que los ofrecidos por las empresas farmacéuticas nacionales e internacionales, la decisión de elevar el salario mínimo -uno de los más bajos de Centroamérica de $182 a $291 o las medidas a favor del ambiente frente a las compañías mineras, medidas todas que favorecen al 85% pobre de la población hondureña y, por supuesto, va en contra de los intereses privados de la minoría opresora del pueblo.

Para Honduras se ha producido un aislamiento internacional, una suspensión de ayudas financieras y retiro de embajadores de diversas naciones. Sin embargo, este episcopado se apura a tomar posición diciendo que “rechazamos amenazas de fuerza o bloqueos de cualquier tipo que solamente hacen sufrir a los más pobres”; haciendo gala de una hipocresía farisea, como si los pobres por los que tendrían que optar política y socialmente no estuvieran siendo ninguneados desde hace siglos con la bendición de la cruz al lado de la espada y el dinero.
También con esta sentencia se unen tácitamente a quienes rompieron el orden institucional considerando que se estaba produciendo una creciente y peligrosa influencia de los gobiernos venezolano, nicaragüense y de otros miembros del ALBA en Honduras, omitiendo mencionar a la evidente connivencia del Gobierno de los EE.UU. ante el golpe; quien compra el 80% del producto exportable hondureño, por lo cual este gobierno de facto duraría cinco minutos si el imperio decidiese bloquear sus compras al pequeño país centroamericano.

Es tragicómico leer al episcopado decir que “hoy más que nunca los comunicadores sociales deben expresar su amor a Honduras buscando la pacificación y serenidad de nuestro pueblo, dejando a un lado los ataques personales y buscando el bien común”.
El director de Cine, TV y Publicidad, Francisco Andino Mencia nos refiere sobre la escalada represiva que se ha desatado en Honduras: “Existen innumerables abusos que miembros del ejercito hondureño están cometiendo en contra de la prensa internacional, los profesionales de medios audiovisuales y a civiles indefensos.
Hay signos evidentes de que están implementando en forma sistemática y muy agresiva el manual de la doctrina de seguridad nacional que tan bien les funciono en el pasado. Ha habido muchos secuestros y desapariciones de dirigentes de organizaciones populares. Lo hacen impunemente: a las 3 de la madrugada cortan la energía eléctrica en toda la ciudad y allí actúan los comandos que entran a casas y se llevan a sus victimas. En otros casos se han dado a plena luz del día. Ayer un sindicalista murió arrollado por los militares cuando se oponía a la toma de la empresa de Telecomunicaciones. Por la tarde, fue reprimida brutalmente la manifestación pacifica que estaba estacionada frente al palacio presidencial desde ayer. Les lanzaron gas lacrimógeno y les dispararon francotiradores desde lo alto de un hotel, luego tropas de tierra apoyadas por dos helicópteros persiguieron a los manifestantes a lo largo de un kilómetro en un boulevard muy transitado, hasta el estadio nacional, solo para encontrarse con otra horda de soldados que los estaba esperando. Allí se provoco una gran desbandada del movimiento, y en la confusión, grupos de encapuchados secuestraron a su vez a varios dirigentes. Según datos extraoficiales hay 4 muertos, pero los heridos llenaron el hospital más cercano, hasta donde por supuesto llegó la policía para ficharlos. Asimismo fue ametrallada una caravana de buses que venía desde el interior hacia la capital con manifestantes que iban hacia Casa presidencial. De eso no se tiene mayor detalle por la fragmentación de la información que estamos sufriendo. Al periodista local Ángel Palacios le cayo un grupo de soldados que le querían quitar su cámara y después de forcejear logro escabullírseles. Como se nos perdió y temíamos que lo hubieran detenido, los compañeros realizadores Ramón Hernández y Manuel Villa salieron en su búsqueda, pero los soldados los hicieron retroceder a golpes de fusil. Afortunadamente Ángel apareció como una hora después, sano, salvo y con cámara. Mientras tanto el cerco mediático esta funcionando a la perfección: en los noticieros y diarios todo sigue con total normalidad y calma, como cualquier día común; es más, mucha gente aquí no se da cuenta de nada, aunque esté ocurriendo a pocas cuadras. Para rematar, la ultima red de comunicación que estaba transmitiendo información sobre lo que ocurre ya fue silenciada y sus coordinadores obligados a transmitir desde el exterior. La dictadura pretende ignorar y le resta importancia a que está siendo aislada completamente del mundo, que ha sido condenada y desligitimada por todos los foros mundiales, que todos los países de América y Europa están retirando a sus embajadores de Tegucigalpa, que Guatemala, Nicaragua y el Salvador han cerrado sus fronteras terrestres con Honduras, que el BID, FMI y BM están congelando los fondos internacionales de Honduras. Pero aun con todo esto dicen que se mantendrán firmes durante los 7 meses que faltan del gobierno de Zelaya. A nuestro amigo realizador Manuel Villa ya lo ha llamado amenazándolo con desaparición y muerte, y decidimos por eso mantenernos trabajando con bajo perfil. Cualquier cosa que le ocurra a él o a otro audiovisualista no será casualidad. Lo realmente aterrador es esperar la madrugada cuando están haciendo los cortes de energía y uno no sabe si vendrán a golpear a la puerta. Ojalá el mundo se este dando cuenta de lo que están haciendo estos bárbaros”.

Siguen las buenas intenciones (esas de las que está poblada el camino al infierno...) cuando el episcopado dice que “a la población en general los invitamos a continuar en un espacio de participación respetuosa y responsable, entendiendo que todos podemos construir una Honduras más justa y solidaria, con el trabajo honesto. Exhortamos al pueblo fiel a intensificar la oración y el ayuno solidario para que reine la justicia y la paz”. ¿Ayuno de alimentos, de educación, de salud, de agua potable, de justicia social, de dignidad? ¿Hasta cuándo quieren estos obispos que el pueblo sufriente ayune? ¿Cuándo una voz profética que como pastores denuncien los valores de antirreino que las clases opulentas imponen al pueblo injusticiado?

Y como cereza de tan brillante documento os obispos terminan con la blasfemia de tomar el santo nombre del Señor en vano citando a Jesús: “Les dejo la paz, les doy mi paz, nos dice el señor Jesús, la paz que yo les doy no es como la que les da el mundo. Que no haya en Ustedes angustia, ni miedo”. ¿Todavía hay que explicar que la paz subversiva del Evangelio de basa en la distribución justa de los dones / riquezas que Dios puso en la Tierra para todos? ¿Todavía hay que explicarles que la otra “paz”, la “pax romana”, la paz de la sociedad esclavista, la paz de la resignación a la opresión conseguida con la máxima violencia por la violación sistemática de la dignidad de los Hijos de Dios es antievangélica? ¿Pero qué lectura hacen de que la paz que nos trae Jesús “no es como la de este mundo” (Palestina en el siglo I, ocupada por el Imperio Romano aplastando a todo quien se revelase contra él).
“Al que se ponga de mi parte (mi causa) ante los hombres, yo me pondré de su parte ante mi Padre de los Cielos. Y al que me niegue ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los Cielos. No he venido a traer la paz, sino la espada. (...) El que no carga con su cruz (consecuencias de la causa) y viene detrás de mí, no es digno de mí. El que vive su vida para sí la perderá, y el que sacrifique su vida por mi causa, la hallará”. (Mateo 10, 32-39)


Pronunciamiento Provincial de los Dominicos en Centro América Criterios Éticos Del Magisterio Social De La Iglesia (extracto)
No se puede aceptar la visión, como algunos han dicho, de que existen “dos bandos”, “dos partes” en lo que se refiere al respeto al orden institucional democrático, tal y como lo avala el consenso internacional en materia de concepción de la democracia y de la defensa de derechos humanos. En materia de justicia, institucionalidad, y defensa de los derechos humanos no cabe aceptar “bandos” ni negociación alguna, so pena de destruir las premisas necesarias para la convivencia y el diálogo entre la diversidad de personas.
La identificación y proclamación de los derechos del hombre es uno de los esfuerzos más relevantes para responder eficazmente a las exigencias imprescindibles de la dignidad humana (cfr. GetS 76). Así como al afirmar que la fuente última de los derechos humanos no se encuentra en la mera voluntad de los seres humanos, en la realidad del Estado o en los poderes públicos, sino en el hombre mismo y en Dios su Creador (Cfr. Pacem in terris 9). Es, por tanto, por completo inaceptable el recurso o aplicación —como se ha hecho en la “destitución” del presidente Zelaya— de cualquier legislación nacional que no se adecue y subordine a estos derechos. Mucho menos aceptable aún el escudarse en “estados de excepción” para cometer acciones que irrespeten la dignidad humana. Queda claro que los cristianos aprecian el sistema democrático en la medida en que asegura la participación de todos los ciudadanos, les da la posibilidad de elegir y pedir cuentas a sus propios gobernantes, y de sustituirlos de manera pacífica (cfr. Centesimus annus 46).
En la tradición de la enseñanza social católica que el recurso a la resistencia ante un gobernante, por medio de fuerzas armadas, solo es legítimo cuando se hayan producido —no cuando se prevean o supongan como posibles— violaciones ciertas, graves y prolongadas de los derechos fundamentales; cuando se hayan agotado todos los otros recursos; sin provocar desórdenes peores; que haya esperanza fundada de éxito y si es imposible prever razonablemente soluciones mejores. Nada de esto parece haber sido considerado por los autores del golpe de estado en Honduras. Permítasenos citar todavía el siguiente párrafo invaluable de la encíclica “El progreso de los pueblos” (31). En este texto Pablo VI recuerda los enormes peligros de la insurrección contra los gobernantes legítimos porque “—salvo en el caso de tiranía evidente y prolongada que atentase gravemente a los derechos fundamentales de la persona y dañase peligrosamente el bien común del país— engendra nuevas injusticias, introduce nuevos desequilibrios y provoca nuevas ruinas. No se puede combatir un mal real al precio de un mal mayor.” La misma condena internacional unánime del golpe en Honduras manifiesta la extendida percepción de que la alteración del orden institucional en Honduras crea amenazas, no solo sobre la convivencia pacífica y justa al interior del país, sino también sobre el frágil sistema democrático de la región. Esto, sin duda alguna, es un mal mayor que el que pudiera estarse evitando y que, en todo caso, quedaba sujeto a prueba con el debido proceso.
No se puede separar, además, el juicio ético – religioso sobre el golpe del que hay que formular sobre la situación general endémica de Honduras y cuya solución debería constituirse en primera prioridad, no solo para los católicos, sino para todos los hombres y mujeres de buena voluntad del país, en particular para los gobernantes. Baste recordar unos pocos datos: Honduras es uno de los países del continente con mayor población sufriendo pobreza y las secuelas de la misma, con altos índices de inequidad en la distribución del ingreso per cápita y en el grado de concentración del ingreso per cápita del hogar. Solo el 38, 2 % de los hogares aparecen en las estadísticas como “no pobres” porque pueden cubrir sus necesidades básicas de alimentación y otras. La tasa de mortalidad infantil es en promedio del 23 por mil, pero cuatro veces el promedio nacional en algunos departamentos rurales. Para este país, el indicador de esperanza de vida se ubica en peor posición que los indicadores de educación, en los que de todos modos los puntajes obtenidos se encuentran entre los últimos de la región. Es uno de los países del istmo que muestra las mayores proporciones de niños desnutridos, donde el bajo peso al nacer es uno de los factores que precipitan la desnutrición en edades tempranas, resultado, fundamentalmente, de una desnutrición intrauterina y donde no se registran avances relevantes en la reducción de este indicador. Las secuelas de la desnutrición sufrida en la etapa preescolar se observan con claridad en el déficit acumulado en la talla de niños escolares, en donde la prevalencia supera el 40%. Y está claro que uno de los principales factores que incide en la deteriorada situación de la salud es el inadecuado acceso a servicios de saneamiento y agua. Además, en Honduras vive la tercera parte de la población centroamericana que padece VIH-sida.
¿Podremos decir los cristianos, y en particular los frailes predicadores, que estamos anunciando en Honduras al Dios de la vida, al Jesús que vino “para que tuviéramos vida y vida en abundancia”? ¿Podrán decir los partidos y dirigentes políticos hondureños que han hecho de la defensa de la vida su prioridad principal?
Cualesquiera que sean la respuestas a estas preguntas, estamos convencidos de que el compromiso de acompañamiento al pueblo hondureño no se limita a esta lamentable coyuntura de la ruptura de la institucionalidad democrática, sino que se extiende al camino para la superación de estos problemas estructurales. Un fortalecimiento de la democracia política —tan dramáticamente herida con el reciente golpe— solo se realizará con una construcción fuerte de una democracia económica y social.
Pero en este caminar, definir lo que haya que hacerse, —como lo enseñó con clarividencia Pablo VI—, no es tarea privilegiada nuestra, ni siquiera de los Obispos o del Romano Pontífice. Es a las comunidades cristianas a quienes incumbe “analizar con objetividad la situación propia de su país, esclarecerla mediante la luz de la Palabra inalterable del Evangelio, deducir principios de reflexión, normas de juicio y directrices de acción según las enseñanzas sociales de la Iglesia tal como han sido elaboradas a lo largo de la historia (…) (a ellos les) toca discernir, con la ayuda del Espíritu Santo, en comunión con los obispos responsables, en diálogo con los demás hermanos cristianos y todos los hombres de buena voluntad, las opciones y los compromisos que conviene asumir para realizar las transformaciones sociales, políticas y económicas que se considera de urgente necesidad en cada caso. (Octogesima adveniens 4)”.

Pedimos a todos los religiosos y miembros de la Familia Dominicana en Centroamérica que rechacen de manera categórica, sobre la base de los principios aquí expuestos, el golpe infligido a la institucionalidad democrática hondureña y pidan el apoyo nacional e internacional para la restauración de la misma en el más corto plazo.
Asimismo, llamamos a expresar nuestra solidaridad efectiva con los más necesitados, los más pobres, los más excluidos del pueblo hondureño, también más afectados —a veces hasta manipulados— por situaciones críticas como la presente.

domingo, 21 de junio de 2009

Participación, utopías y proyecto - por gabriel andrade

“Vivimos en el mejor de los mundos posibles”, al menos eso es lo que nos repiten insistentemente desde Davos... Ni siquiera hace falta ya esforzarse por justificar moralmente este mundo. ¿Que no es un buen mundo? No hay otro posible, así que dejémonos de utopías moralistas. Lasciate ogni speranza, voi che entrate!; “¡Quien entre aquí, renuncie a toda esperanza!”, el Dante contempló escrito en las puertas del infierno... Este es el infierno que construyó el capitalismo para la mayoría de la Humanidad. “El capitalismo no es un sueño a realizar, sino una pesadilla realizada” diría Eduardo Galeano.
Participo en un programa radial en que muchos jóvenes -atravesados por un “realismo cotidiano” impulsado como sentido común- interpelan al conductor y candidato a diputado nacional por Proyecto Sur Carlos del Frade, destilando escepticismo acerca de las posibilidades de cambio, de la intencionalidad de los actores que lo impulsan, de cualquier esperanza, de un futuro mejor.
Recordaba a Ernesto Sábato cuando decía que “el epíteto de realistas señala a individuos que se caracterizan por destruir todo género de realidad, desde la más candorosa naturaleza, hasta el alma de hombres y de niños”...
Es el triunfo actual del infierno capitalista, del sinsentido de la esperanza de justicia, de la negación de la utopía y del futuro mejor para las mayorías.
Es reducir de sujetos a objetos manejables los sueños y la voluntad de quienes biológica y existencialmente tienen el mandato de cambio.
Ser sujeto es trascenderse, es ser más de lo que se es. El sujeto es tanto memoria como proyecto. No sólo tiene proyectos, sino que es proyecto; acto de proyectarse.
Pero la memoria no significa inmovilismo, repetición mecánica, vuelta al pasado o añoranza de otros tiempos. Precisamente la dimensión del proyectarse viene a sacarlo del inmovilismo, de la tentación de la regresión. Pero el proyectarse no puede realizarse en cualquier dirección, sin te­ner en cuenta los propios orígenes.
Pero así como somos memoria también somos imaginación. Es la imaginación la que dibuja el futuro y abre camino al proyec­to. Esto quiere decir que la imaginación no es una facultad o una cualidad que tenemos. No es algo que se agrega al sujeto constituido. Por el contrario, la imaginación nos constituye como nos constituye la memoria. Así como sin memoria no somos, tampoco somos sin imaginación.
Mediante la imaginación siempre estamos más allá. Nunca estamos donde estamos. Siempre nos estamos desplazando, siempre estamos pro­yectando, es decir, nos estamos proyectando. El día que dejamos de hacerlo comenzamos a morir, ya no somos más. Ser no es simplemente permanecer en el ser sino también ser-más.
De esta manera la imaginación penetra en el ámbito utópico. La uto­pía no conoce límites. Va siempre más allá. Abre el camino. Si nada gran­de se hace sin pasión, nada grande se hace tampoco sin utopía.
Y la utopía no sólo pertenece al ámbito de la racionalidad sino que es la que abre ese ámbito. Sin una gran utopía no se habrían logrado ninguna de las gran­des conquistas de las ciencias. Pero la utopía, el estar siempre más allá, es no sólo lo prometedor, sino también lo desconocido y amenazante. Atrae y repele, fascina, subyuga y amedrenta. Precisamente este aspecto será acentuado, exagerado, unilateralizado, por los sectores dominantes que temen la posibilidad de un cambio.
Todos los grandes cambios económicos, políticos, sociales y culturales que se han producido a lo largo de la historia de la humanidad siempre fueron precedidos por grandes utopías. La imaginación y su fabuloso poder utópico siem­pre adelantó lo que después la ciencia y la política realizaron. Naturalmen­te que el adelantamiento utópico de la imaginación siempre fue más perfec­to y hermoso que su realización­.
Los grandes ideales de libertad, igual­dad y fraternidad, fueron imaginados y pensados por multitud de hombres antes de que se hiciesen realidad con la Revolución Francesa. Su pobre realización hizo que la imaginación se siguiera adelantando y surgieran luego las uto­pías comunistas, traicionadas por la Unión Soviética y muy limitadamente alcanzadas con la revolución cubana.
Lo que transciende este mundo en dirección a otro mayor y mejor es la utopía, la fantasía y el deseo. Estas realidades que fueron dejadas de lado por el saber científico volvieron a ganar crédito y fueron rescatadas por el pensamiento más radical inclusive de cuño marxista como en Ernst Bloch y Lucien Goldman. Lo que subyace a este proceso es la conciencia de que también pertenece lo potencial, lo virtual, aquello que todavía no es pero que puede ser al mundo de lo real. Por eso, la utopía no se opone a la realidad. Es expresión de su dimensión potencial latente.
Justamente la fe en Dios de la justicia y la vida viven de ese ideal y de esa utopía. Si lo real incluye lo potencial, entonces, con más razón incluye al ser humano, lleno de ilimitadas potencialidades. El ser humano es un ser utópico. Nunca está acabado, siempre está en génesis, construyendo su existencia a partir de sus ideales, utopías y sueños. En nombre de ellos ha mostrado lo mejor de sí mismo.

Hace dos mil años, vivió inmerso en un pueblo sometido a todo tipo de injusticias un hombre con una utopía y con una esperanza. Una persona con una Causa por la que vivir y por la que luchar. Esa Causa fue la “opción fundamental” de Jesús de Nazaret; se trató de un rasgo fundamental de su vida y de su persona; fue un rasgo esencial en Él, y, por eso mismo, es un rasgo “revelador”, por lo que formó parte de esa revelación que fue y es Jesús de Nazaret.
Ese “vivir con Causa” de Jesús, es también revelación de cómo ese Dios de la vida y cómo debe ser el ser humano. Nos revela por una parte que Dios tiene una utopía, un sueño: su plan salvífico, su voluntad, su esperanza, su utopía, su reinado. Nos revela también que la Persona Humana Nueva revelada en Él es esencialmente utópica y esperanzada, y que, sin este rasgo, cualquier persona humana está lejos de acceder a la plenitud de sus posibilidades; aunque en este proceso de liberación, se puede hasta estar inmersos en la noche más oscura.
Un cristianismo sin esperanza, sin utopía, sin lucha apasionada por la construcción de ese Reino no sería seguimiento de Aquél apasionado luchador que mantuvo su esperanza sostenida hasta el final de su vida.
No podemos decir que Jesús no pueda ser modelo para nosotros en estos tiempos por el hecho de que él no hubiera vivido tiempos de crisis de esperanza como los nuestros. La lucha y la esperanza de Jesús también atravesó sus crisis.
Debió serle fácil al principio la esperanza, cuando constataba en el pueblo aquella respuesta entusiasta que le hacía venir en su búsqueda en muchedumbre o que le quería proclamar rey. Se debió sentir peor cuando muchos le fueron dejando quejándose de que aquel lenguaje era un tanto duro. La posterior “crisis de Galilea” debió ser una “noche oscura” para su esperanza: parecía que no había salida; aquél camino no conducía a ninguna parte. “¿Sigo o no sigo?”, se debió preguntar su parte humana. “¿Merece la pena esta lucha, o es mejor abandonar?”. Pero decidió continuar y “subir a Jerusalén”, a tumba abierta. Poco después sudaría sangre en el huerto, temblando ante los riesgos de muerte que estaban a punto de hacer presa en él. Siguió adelante, confiando quizá desesperadamente en que el Padre no le iba a abandonar, y en que hasta el último instante podría aparecer una salida. Pero el momento de la verdad llegó, desnudo como el beso de la muerte. Entre la espada y la pared, en la cruz y ante la muerte, Jesús debió sentir que ya no había tiempo para engañarse: el Padre le pedía no ya que esperara alguna salida, sino que confiara en Él sin tener ningún otro apoyo, con una esperanza contra toda esperanza. Y Jesús no falló: “en tus manos encomiendo mi espíritu, (mi Causa)”
Esa fue su mejor y mayor esperanza, mucho más valiosa que aquél primer optimismo entusiasta que le llevó por los caminos de Galilea fácilmente empujado por el fervor de las multitudes. La esperanza en la noche oscura de la crisis de Galilea, de Getsemaní y de la cruz, fue la consumación de su esperanza.
Como bien señala Imanol Zubero, la realidad de injusticia en que vivimos no tiene por qué alimentar necesariamente una actitud y una práctica de acomodo o de adaptación a la realidad presente. El hecho de que las cosas estén como están lo mismo puede llevarnos a la conclusión de que no hay nada que hacer como a la de que todo o casi todo está aún por hacer.
¿Cuántas almas no enfermas de capitalismo nos quedan? En su versión hebrea, la palabra enfermo significa “sin proyecto”, y ésta es la más grave enfermedad entre las muchas pestes de estos tiempos; mucho más si es en el espíritu de los jóvenes.
Como señaló acertadamente Milan Machovec: la fuerza del mensaje de Jesús, aquello que tocó los corazones y puso en marcha a sus discípulos, no fue tanto un mensaje sobre el futuro que ha de venir a la manera de las tradiciones mesiánicas populares, sino un mensaje sobre un futuro que es asunto nuestro, a la vez promesa y reto a la movilización de todas nuestras capacidades de humanización del mundo ya, desde ahora. Jesús disuade a los hombres de una concepción de tipo profético-popular, en la que tradicionalmente se habían centrado los intereses y las atracciones de los descontentos. Y los lleva, más bien, a convencerse de que el futuro es “asunto suyo”, aquí y hoy, un asunto que atañe esencialmente a cada persona humana “interpelada” de ese modo. En este sentido Jesús sustrajo el futuro de las nubes del cielo para convertirlo en una cuestión presente de cada día; el futuro no es algo que “viene”, que llega de lejos, desde fuera, independientemente de nosotros, algo así como un cambio atmosférico; el futuro es asunto nuestro, dado que en cada instante el futuro es una exigencia del presente, un reto a las capacidades humanas, que hemos de movilizar hasta el máximo en cada instante.
Es cierto que nada de esto elimina las dificultades derivadas de la urgencia por ver realizarse, aunque sólo sea de manera incipiente, la promesa de justicia de Dios. Pero sí nos ofrece una pauta de lectura de la realidad que nos permita discernir, desde ahora, los signos de liberación que anticipan la transformación que el futuro prometido por Dios está produciendo en nuestro tiempo. El futuro no es algo que esté ahí, algo que nos esté esperando y hacia lo que avanzamos inexorablemente, sin otra opción que la adaptación. El futuro nos transforma en la medida en que es anticipado -definido, preconstruido- ya desde ahora. El futuro actúa en el presente en la medida en que es en el presente cuando ponemos las bases de lo que el futuro tiene que ser. Pensar el futuro es, de alguna manera, anticiparlo.
Por eso, no es posible situarse en el presente si no es en el marco de un proyecto de futuro. Tratar de definir, entre los varios futuros históricamente posibles y la estructural incertidumbre que la vida contiene -aquel concreto futuro que deseamos- exige tomar decisiones y adoptar estrategias desde hoy mismo. El futuro se decide, en buena medida, hoy. Es por eso que el futuro nos transforma.
Estamos llamados a dar respuesta a todo el que nos pida razón de nuestra esperanza. La nuestra ha de ser una esperanza razonable, lo que no quiere decir que la exposición de las razones de nuestra esperanza sea suficiente para convencer a nadie. Probablemente, tal cosa no será posible si no logramos aprehender la realidad también desde la perspectiva de una razón sensible que nos capacite para presentir lo nuevo que está naciendo en el seno de un mundo que gime con dolores de parto.
Aunque muchos que se dicen cristianos hablen de “justicia”, muchos cristianismos al uso no tienen verdadera presencia de la justicia del Reino. Ello se refleja sobre todo en su actitud ante las esperanzas y las utopías. Ante estos tipos de cristianos y de cristianismos, decimos que un cristianismo sin Reino no es verdadero cristianismo, ya que les falta lo esencial cristiano; no es simplemente una mayor o menor “calidad” del cristianismo, sino la afirmación o negación de su misma esencia. Son formas religiosas “paracristianas” que utilizan los símbolos y conceptos cristianos pero colocándolos fuera de todo planteamiento histórico-utópico propio del Reino. Están centradas en torno a un Jesús sin Reino, y, consecuentemente, a un Dios sin Reino. Toman el nombre de Jesús en vano. Y en falso, porque en su nombre hacen y difunden muchas veces lo contrario de lo que Él hizo, aquello incluso a lo que más se opuso en su tiempo.
¿Cuál es, entonces, la actualidad en la participación política y social del Reino de justicia predicado por Jesús? Probablemente la misma de siempre: la oportunidad que nos brinda para seguir encontrando, en medio del mal, experiencias concretas de humanización y liberación; y para comprender estas experiencias no como fragmentos inconexos, pequeños tesoros (en el mejor de los casos) restos de un naufragio que las aguas llevan hasta la playa, sino como hitos que señalan un sendero posible hacia un futuro distinto.
Hoy es el cristianismo de la liberación quienes ha asumido mayoritariamente la construcción del Reino en la denuncia profética, y han tenido que cargar sobre sí el mismo conflicto que los profetas bíblicos y que los profetas de siempre afrontaron tanto frente a los poderes civiles como frente a los detentadores del poder institucional de la respectiva religión establecida. El escándalo está ahí, a la vista de todos, pero tan profundamente introyectado en nuestro inconsciente que muchos no lo captan. El escándalo está en todos esos cristianismos “complacientes”, “suaves”, “sensatos”, “políticamente correctos”, que huyen de “radicalismos” conviviendo con el sistema sin mayores problemas. Son cristianismos “descafeinados”, que con el paso del tiempo han perdido la memoria peligrosa de Jesús y de su Causa. Han olvidado que originalmente eran seguidores de un profeta radical que murió como ajusticiado político y religioso porque su predicación y su esperanza subvertían el sistema del templo y del imperio.
Un pensador marxista como Enrique Dussel ha reconocido que en esta nueva hora, el pensamiento subversivo cristiano puede sacar adelante la esperanza que sostenía a estos otros viejos luchadores. Pero se refiere a la esperanza de calidad, fundamentada en la opción por los pobres y en la fe:
- en la verdadera opción por los pobres. No la de aquellos que optaron por los pobres porque en su análisis de materialismo dialéctico parecían los triunfadores del mañana, sino porque eran los perdedores de hoy. Y hoy día lo son más aún, y por eso los que optaron más duramente por los pobres encuentran más motivos aún para optar por ellos.
- en la fe: porque ahora ya no están estas “certezas científicas” -como las marxistas a su tiempo- en qué apoyarse. Por eso la esperanza hoy no puede ya auto engañarse: ha de ser esperanza contra toda esperanza, contra toda evidencia. No nos apoyamos en ninguna certeza humana, sino en la pura fe. Como decía un graffiti en un muro de la ciudad de Bogotá “dejemos el pesimismo para tiempos mejores”...
Si tuvieran razón los que se empeñan en hacernos creer que las utopías han fracasado y que ya no va a ser posible intentar una transformación del sistema, quien habría fracasado no serían simplemente esas utopías, sino el proyecto de justicia de Dios mismo, Jesús de Nazaret y su Buena Noticia, y entonces la humanidad misma. Sin el proyecto político del Reino de Dios el cristianismo pierde sentido y trascendencia.
Para los creyentes, el Reino de Dios se consumará en la transhistoria. Aunque sólo lo que se siembre en nuestra historia se cosechará allá. No sabemos cómo. Ni cuándo. Quizá nos toque caminar, como Moisés, previendo que no entraremos en la tierra prometida. O quizá en cualquier momento aparezca en el horizonte una luz nueva. Quizá repentinamente se termine de quebrar esa arrogante solidez que el imperio dice poseer. Nosotros, en todo caso, no nos resignamos a dar por terminada la historia. Nos rebelamos contra el decreto de la desesperanza imperial.
La voluntad hace fermentar su proyecto más allá, más abajo, más al fondo y más adentro de lo que nosotros percibimos. También durante la noche oscura la semilla sigue creciendo, aunque nosotros no veamos cómo.
Esta esperanza, hecha de fe y de amor, puede ser el hilo conductor de la espiritualidad necesaria en las noches oscuras de utopías y de esperanzas. Y el gran papel de los cristianos (los que lo saben ser y los que ,o son sin saberlo) debe ser, en esta hora histórica, el testimonio de la inconformidad, del esclarecimiento de la verdad y la justicia, de la tenacidad de la esperanza; de la inclaudicable esperanza con el ejercicio de igual dignidad para todos que predicó Jesús.
La esperanza verdadera, como la fe, vale tanto más cuanto más gratuita es, cuantas menos evidencias tiene, cuanto más se nutre del amor al otro, cuanto más encuentra sus razones en el coraje de seguir apostando por la eterna Causa de amor a la justicia por la que vivió Jesús de Nazaret.
Y si nos toca, como diría un viejo sacerdote amigo, seremos soldados derrotados de una causa invencible...
¡Feliz el que se siente en el banquete del reino! (Apocalipsis 19,6-9).