martes, 26 de julio de 2011

LA CLASE SOCIAL DE LOS SANTOS por Vinceç Navarro

La Iglesia Católica, a lo largo de sus veinte siglos de existencia, ha canonizado a numerosos santos. En teoría, su objetivo es establecer modelos de vida para los creyentes católicos. Son individuos ejemplares que deberían inspirar a los feligreses de la Iglesia.
Pero el estudio de a quién se nombra santo, cuándo, cómo y por qué, dice mucho sobre tal institución y sus intereses. Esto se ve en el artículo “La santidad romana católica y el estatus social: un estudio estadístico y analítico”, publicado por dos historiadores de la Universidad de Rochester (EEUU), Katherine y Charles H. George, en la revista The Journal of Religion. Los investigadores analizaron la clase social de los 2.494 santos sobre los cuales existe suficiente biografía publicada.
Ciertamente hay problemas metodológicos importantes cuando se intenta comparar clase social o estatus a lo largo de la historia desde el establecimiento de la Iglesia católica. Pero los autores del artículo hacen un trabajo creíble y riguroso, señalando en cada época aquellos sectores de la población que correspondían a las clases altas (nobleza en la época feudal y burguesía en la época capitalista, por ejemplo), a la clase media y a las clases populares de estatus bajos. Y encontraron que la gran mayoría (1.950 del total de 2.494, es decir, un 78%) pertenecía a la clase alta; 422 (un 17%) de estatus medio, y sólo 122 (un 5%) procedían de las clases populares.
La clase alta constituía sólo el 5% de la población de los países estudiados; la clase media, 10-15%; y la clase popular, el 80 al 85%. Los seres ejemplares para la Iglesia católica eran, pues, en su mayoría, personajes de las clases dirigentes, a pesar del famoso dicho de Jesús: “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre en el Reino de los Cielos”.
Naturalmente, no todas las clases dirigentes en la historia de los últimos 20 siglos eran las más ricas, pero sí es razonable asumir que, si no lo eran, al menos estaban a su servicio.
Lo más interesante es ver la composición social de los santos según el siglo en que fueron nombrados. Sólo en siglo I los santos pertenecientes a los estatus altos no son mayoría. Las personas de estatus medio y popular tenían más posibilidades de ser nombrados santos. A partir del siglo II, el dominio de santos entre las clases altas es casi absoluto, y alcanza su máxima expresión en la Edad Media, cuando la Iglesia adquirió más poder y riqueza. La santidad estaba relacionada frecuentemente con la donación de riquezas a la Iglesia, hasta el punto de que familias enteras eran nombradas santas. Así, el noble Dagobert fue nombrado santo, con su madre, su abuela y sus cuatro hijos. El noble Dagobert y sus familiares donaron todas sus propiedades, al morirse, a la Iglesia.
Este dominio de santos de clase alta disminuyó algo en los siglos XVIII, XIX y XX, cuando aparecieron santos del sector medio, que la Iglesia quería captar. Pero los santos de clases populares continuaron siendo una minoría.
En España, además del estatus, ha sido determinante, para conceder santidad, su ubicación en las coordenadas del poder. Así, el nombramiento de santo a Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, es un indicador claro

(Artículo publicado por Vicenç Navarro en el diario PÚBLICO, 21 de julio de 2011)

domingo, 17 de julio de 2011

DOLOR Y FE - por gabriel andrade

Existe una creencia muy arraigada entre vastos sectores de creyentes cristianos que hace suya la idea de que Dios se complace en con el sufrimiento del ser humano en una suerte de purificación, prueba o tributo de esta dolencia física o espiritual en pos de una ratificación y crecimiento de la fe en Él y todo lo que esto connota.
Ante una desgracia se escucha entonces ideas fuerza como “es la voluntad de Dios”; “así lo ha deteminado Él”; “Dios sabrá por qué lo ha permitido” y resuenan fuerte palabras como, “aceptación”; “sacrificio”, “resignación”, etc.
No faltan quienes -con la mejor buena voluntad- ven en este sufrimiento una especie de estigma emparentado con la pasión de Jesús y la distinción del doliente de ser ofrenda de quien sabe qué altar en tributo a Dios.
Los hay incluso a los que en un extremo de misticismo dejan la solución del problema en manos de la providencia, a la fuerza de esta fe sacramentada o de un determinismo misterioso de la voluntad del Creador.
Nada de todo esto está más alejado de una fe madura y responsable que -aunque sin quererlo y libre de toda culpa- cae en graves desviaciones de nuestra fe tentando a Dios, tomando su Santo Nombre en vano, e incumpliendo con el deber de cuidar la creación; en especial si se trata de nuestro cuerpo, templo del Espíritu Santo donde late Cristo por la gracia del bautismo y es sagrario en la eucaristía.
En vez de utilizar positivamente el dolor y elaborarlo creativamente -al mismo tiempo que asumiéndose sujetos del propio destino se busca una salida- se hunden en la esperanza inmobilista de aguardar lo que en realidad tienen que salir a buscar.
Para echar luz sobre este tema propongo ir a las fuentes: la voluntad de Dios transmitida progresivamente en la Biblia y su plenitud en Jesús de Nazaret.


Un Dios terrorífico

Leemos en el Génesis (22; 1-19) cómo Dios exige una prueba terrorífica a Abraham consistente en sacrificar a su niño Isaac ofreciéndoselo en holocausto (quemándolo totalmente). Abraham obedece fielmente hasta que al final un ángel desde el cielo le gritó que la prueba estaba superada y que suspendiera la ejecución. Finalmente Abraham sacrificaría un cordero que este Dios habría dispuesto para la ocasión.
La prueba no podía ser más cruel. Abraham y Sara eran ya longevos y estériles e Isaac su único hijo. Y el detalle del infinito sufrimiento de Abraham -ya que el final le era desconocido- adorna la historia con ribetes de sadismo.
Pero como todo texto de la Biblia, sin el marco histórico este relato es fácilmente desvirtuado en su enseñanza. Hoy en día no existe biblista que afirme que el relato corresponda a un hecho histórico.
En la época del relato los israelitas vivían rodeados por los pueblos vecinos como los cananeos, amonitas, maobitas, edomitas; todos practicantes de sacrificios humanos, que solían matar a sus niños para tributarles a los dioses para que éstos terminaran las sequías, el hambre o determinaran el éxito en una guerra. La idea de que la voluntad de los dioses estaba por encima de la felicidad humana justificaba todo, incluso el infanticidio agravado por el vínculo.
En el 1200 aC, cuando los israelitas llegaron a Canaán, entraron en contactos con estos ritos macabros y muchos cayeron en la tentación de imitarlos. Si ofrendaban a Dios mucho, obtendrían de Él mucho; ¡enorme muestra de fe en Dios!...
Lo cierto es que la revelación progresiva de Yahvé a los israelitas les hizo ver que su Dios ama la vida -especialmente la de los niños- y no la muerte.
Lo que se concluye del relato, es que la enseñanza a dar por el texto es que Dios no quiere sacrificios humanos y -en esa etapa de la revelación- tolera el de animales.
A raíz de esto el Levítico (18; 22 / 20; 2-5) prohíbe el sacrificio de niños, condenando a muerte a quien lo haga; lo que constituyó un avance religioso y cultural.
Pero a lo largo de la historia, personajes importantes (Jefté, Salomón, Ajaz, Manasés, Jiei, etc.) recayeron una y otra vez en esta tentación. De nada sirvieron las condenas de profetas como Miqueas (6; 7), Jeremías (7; 31), Ezequiel (20; 31).
Finalmente, un autor judío al que los biblistas llaman “Elohísta”, a fin de dar mayor autoridad a esta prohibición, compuso la historia del sacrificio de Isaac, para remontar a Abraham (1800 aC) una revelación que había sido dada al pueblo de Israel a lo largo de los siglos posteriores. Con esto, Abraham, que también vivió en Canaán, se vio tentado en inmolar a su hijo pero Dios se lo impidió y en su lugar sacrificó un cordero, que fue lo que terminó haciendo el pueblo de Israel.
El Dios de Abraham no era en absoluto cruel y despiadado como los otros dioses. Este Dios enseñó a Abraham y a su pueblo el respeto total a la vida y la dignidad de cada persona, que no se podían violar ni en su Nombre.
A pesar de la humanización producida en la sociedad a través de los siglos, aun se conserva hasta nuestros días esta idea del sacrificio por el sacrificio mismo sin beneficio alguno para otros. Así encontramos a creyentes que con toda buena fe ayunan sin destinar el alimento privado al hambriento, o quienes hacen abstinencia de carne ingiriendo opulentas comidas a base de pescados y verduras acompañadas con abundante vino... Todo enmarcado en una idea de una especie de burocracia divina destinada a cobrar tributo para sacar de la indiferencia a un Dios distraído y hasta un poquito sádico, que sabiendo de nuestras necesidades -incluso las más urgentes y graves- mira para otro lado. Otro tanto sucede con el cumplimiento de los preceptos eclesiales en quienes los toman casi como una obligación fiscal destinados a asegurarse una vacante en la casa de este Padre legalista, implacable y severo.


Un Dios que atormenta

Si existe un personaje impiadosamente atormentado por Dios en toda la Biblia ese es el desgraciado de Job.
Si bien este buen hombre tiene fama de paciente (especialmente entre los que no han leído su libro), nadie nunca insultó tanto a Dios como Job hasta su conversión.
Empecemos puntualizando que Job jamás existió, sino que su historia trata de una leyenda (uno de los tantos géneros literarios de la biblia) compuesta para dejar una enseñanza con respecto al dolor dirigida a los fieles de aquella época.
Por aquellos tiempos, los judíos creían que con la muerte se terminaba su existencia. Por lo tanto, Dios debía premiar a los buenos seres humanos en vida y castigar a los malos. Es lo que enseñan los Proverbios (11; 3-8 / 19; 16) y los Salmos (37; 1-9 / 49; 6-18). Pero la cruda realidad cotidiana contradecía esto.
Para explicarlo recurrieron a la primitiva idea de que se les podía castigar intergeneracionalmente por el mal realizado por algún miembro de su familia, en especial los padres, como lo menciona, por ejemplo, el Éxodo (20; 5-6 / 34; 7); el Deuteronomio (5; 9) o Números (14; 18).
Igual funcionaba para aquellos injustos e infieles que se los veía con beneficios y prosperidades y se los atribuía a supuestos mérito sus ancestros.
Pero alrededor del siglo VII aC el país atravesó por circunstancias muy difíciles y esta explicación no alcanzaba a conformar al pueblo creyente con lo que se empezó a cuestionar la injusticia que significaba que los hijos paguen en herencia por los padres. Hizo punta entonces el profeta Jeremías (620 aC) cuestionando al mismísimo Dios esta actitud (12; 1).
Cuando en el 587 aC la ciudad de Jerusalén fue destruída y saqueada, los teólogos se convencieron que no podía ser voluntad de Dios semejante catástrofe. Aparece entonces el profeta Ezequiel que inspirado por Dios predica que cada uno es castigado por sus propios pecados y premiado por sus buenas acciones (12;14-23 / 18; 1-20), con lo que se abandona para siempre la responsabilidad intergeneracional.
Pero la cruda realidad seguía allí y seguían existiendo mala gente próspera y con gran bienestar y fieles a Dios para los que la vida les era una dura carga.
Así fue como en el siglo V aC -para cubrir esta aparente injusticia por parte de un Dios que sólo tenía la vida terrena para castigar o premiar- el “ala progresista” de los rabí de Israel escribió el libro de Job tomado de una leyenda popular que narra que un hombre bueno y justo es atormentado por Dios y sin embargo no se rebela contra su voluntad. En compensación, al final del relato, Dios le devuelve el doble de lo que le había quitado. Querían mostrar un Dios que “prueba” al ser humano pero que al final de la existencia lo recompensa con sobras.
Pero este Job era tan irreal que se tornaba inimitable y para nada didáctico.
Fue entonces cuando los autores del libro deciden hacer hablar a Job quejándose del dolor y las injusticias. Así se partió la leyenda original en dos: un prólogo (cap 1-2) y un epílogo (cap 42) y en el medio insertaron toda una serie de lamentos, reproches, imprecaciones, rebeldías y antagonismos con Dios (cap 3-41).
En esta parte nueva, los autores hacen aparecer a tres amigos que tratan de consolarlos tributando a la teología de la resignación. Job los tolera por siete días pero finalmente estalla con todo su furor haciéndose reconociblemente realista.
Los amigos quieren convencerlo de que “algo habrá hecho” para que Dios lo castigue (¿nos suena conocido?...) y Job los tilda de “charlatanes”, “médicos matasanos” y que “sólo muestran inteligencia cuando callan”; y a sus enseñanzas como “recetas inservibles”, “fórmulas de porquería”, en una clara toma de posición de los autores del libro contra esa teología de la resignación. Job realmente no arremete de forma tan violenta contra el verdadero Dios, sino contra esa imagen del Dios castigador de sus hijos. Para Job, ese dios es “malvado, una fiera, un triturador de cráneos, gozador del sufrimiento ajeno, ser caprichoso, sordo a la oración de nadie, aliado a los malvados”... En el colmo de su ira llega a negar sus cualidades principales: “bondad, santidad, sabiduría y justicia”. Jamás nadie se atrevió a tanto.
Después de nueve virulentos discursos el diálogo se agota sin definición alguna. Los autores saben que de Dios no proviene ninguna prueba ni castigo pero no tienen la solución a las razonables quejas de Job. La resurrección no es todavía concebida y Dios ha sido desafiado y desautorizado como tal. Por lo tanto, zanjan la cuestión haciendo aparecer al verdadero Dios con una larga serie de preguntas sobre los secretos más ininteligibles de la naturaleza y el universo que sólo el misterio de Dios puede conocer. De esta forma, si bien no desentrañan el problema del sufrimiento en el mundo por parte de los justos, deshace la idea teológica del dolor como consecuencia del pecado, agregando a Job la sentencia de que nadie debe pedirle explicación de su obrar en el mundo reservándose el juicio y desautorizando a los tres personajes defensores de la antigua teología.
Así, el libro resultaba ser un texto violento, anticonformista y provocativo pero pobre e insuficiente en cuanto a explicaciones al problema.
Fue entonces cuando nuevos autores incluyeron la presencia de un cuarto personaje (cap 32-37) que resaltan el valor positivo del dolor y que forma parte de la pedagogía divina, con lo que quedó por el momento cerrado el tema hasta donde la inspiración divina permitió a los autores responder en su tiempo.
La conclusión a la que nos quiere llevar el relato es que no por pecador el hombre sufre ya que los justos también pueden sufrir como de hecho sucede, y que los motivos sólo Dios los sabe y pertenecen al misterio divino.
Más adelante otros nuevos autores agregarían la idea de que el sufrimiento posee un valor salvífico y que sirve para purificar y santificar a los seres humanos; lo cual, también es incorrecto como lo anunciaría todo el Nuevo Testamento.
Faltan unos cuatro siglos para que un nazareno irrumpa con toda su fuerza de vida y dé las respuestas finales en la plenitud de la revelación de Dios.


Un Dios que ama la vida de toda su creación

Hacia el año 27 Palestina estaba dominada por el mayor imperio jamás conocido; su rey Herodes Antipas tanto como su alto clero estaban de rodillas al servicio de Roma -tanto que eran elegidos por ésta para controlar al pueblo- con una gran masa de éste oprimido por el hambre, la indignidad y la injusticia. La “pax romana” era impuesta por la sangre de la espada y la paz basada en la justicia del “Malkuta Yahvé” (Reino de Dios) era una esperanza demasiada demorada.
Pero por los caminos de Galilea se alzaba la voz de un profeta que iba predicando que la justicia del Reino de Dios irrumpía en la historia con toda su compasión, misericordia y fuerza. Ya no se refería a Dios como Yavhé sino que su proximidad lo hacía llamarlo “Abba” (papi). Él hablaba de un Dios Padre bueno y bondadoso que ama a sus criaturas por encima de cualquier norma social, política, económica o religiosa; un Dios que no se complace en preceptos dogmáticos por encima de la igual dignidad de todos sus hijos, un Dios de la vida plena para todos.
Ese Dios es el que manda su Mesías para llevar vida en abundancia para todos. Ese Abba es el que irrumpe en la historia encarnado en un pobre, de un poblado despreciado, en un país tiranizado para plenificar su revelación de vida.
Su ungido es Jesús de Nazaret. Su misión es predicar el amor en la justicia de Dios.

Entre el pesado equipaje de su misión, Jesús carga XVIII siglos en que los libros del Antiguo Testamento muestran a un Dios implacable con sus preceptos y mandamientos y que no vacila en castigar a quien le es infiel y hasta azota sin razones aparentes. En buena parte del sentido común de la época es Él el que ocasiona los males en el mundo a voluntad. Destruye Sodoma (Gn. 19; 24); petrifica a la esposa de Lot (Gn. 19; 26); vuelve estéril a Raquel (Gn. 30; 1-2); hace nacer tartamudo a Moisés (Ex. 4; 10-12); mata a los primogénitos de los egipcios (Ex. 12; 29-30) y luego los ahoga en el Mar Rojo (Ex. 14; 26-29); provoca miles de muertes con las derrotas militares de los israelitas (Jos. 7; 2-15 / Jc. 2; 14-15); mata al hijo de David por pecados del padre (2º Sam. 12; 15); causa desastrosas consecuencias en vidas con la división del reino de Israel (1º Rey. 11; 9-11); ciega a los arameos en Dotán causando miles de bajas (2º Rey. 6; 18-20).
Pero además es responsable de los males naturales: Yavhé envió serpientes venenosas que mordieron a los israelitas en el desierto (Num. 21; 6); provocó un terremoto que mató a los que se revelaron contra Moisés (Num. 16; 31-32); mandó la peste contra Israel en la que murieron 70000 hombres (2º Sam. 24; 15); provocó mortales sequías durante tres años en el país (1º Rey. 17; 1).
El libro de Isaías lo responzabiliza de todo bien o mal claramente (Is. 44; 7); el de Oseas (6; 1) o incluso algunos Salmos (88; 16-17).
Alguien calculó en más de dos millones las muertes responsabilizadas a Dios en el Antiguo Testamento que lo hacen un dios impiadoso, cruel y sanguinario que descarga su “ira” contra su propio pueblo.

En la época de Jesús se lee cómo los enfermos no eran solamente personas a las que les faltaba la salud sino “impuros”, castigados por el designio de Yavhé y dignos de discriminación, indignidad y desprecio.
Jesús entonces entra en la historia privilegiando a los humillados y ofendidos de su pueblo; a los últimos, a los desamparados, a los descartados por la religión. Y empieza a curar como signo del Reino de Dios y en nombre de Dios. Reanima a tres muertos imponiendo el símbolo de la vida. Desautoriza definitivamente la creencia de las enfermedades como castigos intergeneracionales (Jn. 9; 1); puntualiza que ningún accidente es querido por Dios (Lc. 13; 4-5).
Enseña que Dios no manda males a nadie, ni como castigo ni como prueba; ni a justos ni a pecadores ya que “hace salir el sol para todos y llover sobre todos” (Mt. 5; 45). Jesús da vida plena en nombre de Dios y enseña que de Dios procede sólo lo bueno que hay en la vida porque es Dios quien ama profundamente al ser humano y a toda la creación ¡Esta sí que es una Buena Nueva!
Después de siglos de oscurantismo, el Yavhé severo de antes se presenta en Jesús como un Abba bueno, miseridordioso, solidario en el dolor y que señala en Jesús la igual dignidad de todos. Todos son Hijos e Hijas de Dios. A todos los ama y bendice.
Jesús no explicó de dónde vienen los males, pero sí de dónde no vienen: de Dios.

Faltarían largos siglos para que la ciencia vaya desentrañando las leyes casuísticas de la naturaleza y corra -y siga corriendo- el velo de tanta superstición revestida de castigo divino. La creación tiene sus leyes físicas en constante descubrimiento, incluyendo los mecanismos de la vida terrena en base a la cadena de carbono con su inigualable propiedad de formar moléculas infinitamente complejas que en su evolución conformó al ser humano. Es un mecanismo de nuestro mundo en el que todo lo vivo nace, crece, alcanza su mayor desarrollo para después degradarse hasta morir y formar nueva vida en un infinito círculo maravilloso. Y en este camino por la vida, Dios acompaña al ser humano desde el don de la fe al que sufre, como lo relata Mateo (10; 29) poniendo en boca de Jesús aquello de que “ni un pajarito cae por tierra sin el Padre (sin que esté a su lado el Padre)”; mal traducido como “sin que el Padre lo permita”.

Dios está allí y acompaña en las pruebas que pone toda existencia sin intervenir directamente. Dios dotó al hombre del don maravilloso de la libertad y éste es permanentemente convocado al ejercicio pleno y responsable de la misma. La primera respuesta a la consabida pregunta sobre qué hace Dios ante cualquier tipo de sufrimiento o injusticia es la conocida contestación inmediata de que nos hizo a cada uno de nosotros y nos dotó de inteligencia y voluntad. Está en nuestra medida comprometernos con el mandato existencial de construirnos la mejor vida posible, como construir un mundo mejor, haciendo uso y cargo de esa libertad, para nosotros y para todos.
Dios -que actúa regularmente sólo a través de sus hijos a partir del ejercicio de la libertad concedida- está definitivamente ausente del mundo en forma directa y mágica. “Nada sólido intelectual y existencialmente se puede edificar mientras la ausencia de Dios no se haya afrontado, comprendido a partir del Evangelio y aceptado”, en palabras del eminente sacerdote y teólogo católico François Varone.
El Dios del amor proclamado por Jesús de Nazareth quedaría en una posición algo sádica y hasta integralmente perversa si, sabiendo de nuestras necesidades y penurias, (si estando dentro de su mecánica de relación con los hombres y mujeres producto de su creación la intervención directa y milagrosa en la historia suspendiendo las leyes naturales que Él mismo creó) esperara en forma distraída y casi indiferente nuestros pedidos de salud, trabajo, dinero o amor. Más aun, cuando muchos de estos pedidos -aun los más nobles- nunca encuentran satisfacción. ¿Qué clase de Padre es nuestro Dios que nos haría esto? Definitivamente no es éste el Dios que nos presenta Jesús y en el que maduramente deberíamos creer.
Creemos en un Dios a quien lo único coherentemente que le podemos pedir es que nos incremente la fe, haciéndonos cargo de nuestra respuesta para asumirla y hacerla centro de nuestra vida. Este es el Dios de la fe, bien distinto al dios de la religión, que con sus ministros “expertos” mal administran la religiosidad natural que tiene todo ser humano, y que con sus preceptos y ritos -incluida la parte componente de oración sin acción- pretende sacarlo de su supuesta indiferencia.

Millones de muertes son causadas a diario a causa del mal uso que se hace de la libertad por Dios concedida al ser humano y que es respetada totalmente. Y no sólo el mal uso de la libertad de aquellos que provocan la muerte de otros a causa de una codicia y apropiación desmedida de las riquezas de la creación a costa de millones que nada tienen y son tan herederos de estos bienes como aquellos.
Existe una grave irresponsabilidad sobre la libertad dada por Dios al maltratar el propio cuerpo y el propio espíritu en una fe desviada que violenta las leyes puestas por Dios en la creación y que pone mágicamente en manos del Creador una responsabilidad que es sólo nuestra, hecho tal muchas veces alentado por los “profesionales de las religiones” (más si se erigen como “curas sanadores”) que alientan una solución tan interior como mágica con un discurso lineal y efectista acompañado con ritos más o menos circenses. La realidad siempre resulta ser mucho más compleja para los que están enfermos o para los que tienen hambre, y así luego reaparecen estos problemas ya que las causas de estos sufrimientos continúan. De persistir con esta actitud por el sufriente, esto se transforma en una “patología de lo religioso”; que anestesia los problemas reales obstruyendo la posibilidad de una solución aceptable, ya que anula a la persona como sujeto de su propia vida natural, transformándose en objeto manejable de una supuesta fatalidad cósmica y divina y transformando la fe en un fetiche.
Una de las tentaciones en el desierto a Jesús fue que violentara las leyes naturales de la vida terrena: “tírate desde la cima del Templo hacia abajo. Dios ordenará a sus ángeles que te lleven para que tus pies no tropiecen. Jesús replicó: dice la Escritura: no tentarás al Señor tu Dios” (Mt. 3; 5-7). ¿Cuántas interpretaciones le pueden caber a un pasaje tan claro en cuanto a enseñanzas en boca del mismísimo Jesús?
El dejar nuestras dificultades “en manos de Dios” sin hacer lo nuestro, escondiéndonos en una fe fatalista, por más sacramentada que ésta sea, no deja de ser una grave desviación al pretender “tentar a Dios” al tiempo que estamos incumpliendo el segundo mandamiento al tomar el Santo Nombre de Dios en vano.
Otro tanto sucede al querer mimetizar el sufrimiento por cuestiones naturales a toda existencia (enfermedad, accidentes, catástrofes naturales) con la pasión de Jesús. Jesús no estaba enfermo, ni sufrió un accidente cotidiano, ni lo alcanzó un rayo. A Jesús lo asesinaron por predicar la justicia del Reino de Dios que amenazaba el (des)orden político económico social de Roma y el religioso del Templo. Jesús no se dejó estar en una cuestión natural de la vida ni buscó directa o indirectamente su muerte. Jesús fue martirizado como tantos que lo fueron después por defender su Causa. El martirio nos lo imponen, no se busca. Lo contrario tiene otro nombre: suicidio. Dios no quería la muerte de Jesús pero sí su fidelidad a la Causa del Reino y esto trajo como consecuencia el accionar criminal del antirreino.
Querer comparar una fe fatalista de una supuesta redención a partir de un padecimiento natural con un martirio por la fe y acción en la Causa del Reino de Dios es como comparar la inocencia de un niño de dos años al romper un objeto con el lavado de manos de Poncio Pilatos.

En todo caso lo que nos pone a prueba es la vida que nos provocamos, los amigos que elegimos, las parejas que nos buscamos, los vecinos que nos encontramos, los trabajos que nos conseguimos, las circunstancias que nos vienen, las debilidades que tenemos, las idioteces que hacemos, las torturas que nos infligimos, las culpas que creamos, las opciones de vida que tomamos.
Dios no prueba nada porque sabe de antemano lo que somos: “Nadie cuando se vea probado diga: es Dios quien me prueba. Porque Dios ni es probado por el mal, ni prueba a nadie. Cada uno es probado por sus propias pasiones que lo atraen y seducen” (Santiago 1; 13-15).
Dios ni ahorca ni aprieta. Dios es el Dios de la vida, no de la muerte (Mc. 12; 27). Dios “no dispone que nos enfermemos” sino que nos enfermamos por las inevitables causas naturales a las complejas interacciones de nuestro mundo. No nos morimos porque así lo determinó Dios, sino por estas mismas leyes de la vida corpórea que mencionamos. Dios nos entrega la vida y nos acompaña en esta dimensión de tiempo espacio para que vayamos construyendo la vida eterna. Conforme vayamos sumando años -quien pueda sumarlos- tenemos la responsabilidad de ir procurando esta vida en abundancia para nosotros y para los demás junto a toda la creación.
Es una ofensa al Padre pensar que nuestro Dios gusta provocarnos sufrimientos para afirmar su grandeza a costa de nuestra felicidad; que nos infringe dificultades para confirmar lo que ya sabe que vamos a hacer; que nos tienta para que caigamos y debamos humillarnos suplicando nos devuelva el bien perdido. Jamás puede entrar en la voluntad de Dios algo que nos haga sufrir. En lo particular, tendría razones de sobras para ser ateo de un dios así.
El amor conque Dios nos asiste es el que, aceptado, nos puede hacer más suave el peso del sufrimiento conque nos puede golpear toda existencia y hacernos reponer para seguir construyendo esa vida en abundancia a la que nos invita Jesús.
Que el Dios de la vida entre en la dimensión de cada quien para llenarlos de felicidad, transitar este paso con la mayor dignidad y plenificar la existencia.
Como siempre, esto depende de cada uno.

Bibliografía de consulta:

Biblia Latinoamericana – Ediciones Paulinas
¿Dónde está tu Dios? – Consejo Pontificio para la Lectura (San Pablo – 2006)
¿Prueba Dios con el sufrimiento? – Ariel Álvarez Valdez (San Pablo – 2001)
Ciencia y espiritualidad – Leonardo Boff (Servicios Koinonia)
El Dios ausente – François Varone (Sal Terrae - 1987)
El Dios “sádico” – François Varone (Sal Terrae - 1989)
El ser social, el ser moral y el misterio. - Justo Laguna (Tiempo de Ideas – 1993)
Enigmas de la Biblia 3 – Ariel Álvarez Valdez (San Pablo – 2005)
Enigmas de la Religión – Rubem Alvez (1975)
La indiferencia de Dios – Thierry de Beaucé (Editorial Andrés Bello – 1995)

domingo, 4 de abril de 2010

Las responsabilidades de Ratzinger en los abusos sexuales de clérigos pederastas - Hans Küng

Tras la Audiencia Papal del arzobispo Robert Zollitsch se hablaba de una "gran consternación" y de "profunda conmoción" por parte del Papa debido a los numerosos casos de abusos. Zollistch, presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, pidió perdón a las víctimas y nombró, una vez más, las medidas tomadas y por tomar. Pero ni él ni el Papa han contestado a las preguntas fundamentales que de ningún modo pueden ser pospuestas. Según la última encuesta del Emnid (Instituto Alemán de Investigación de Opiniones) sólo el 10% de los participantes cree que la Iglesia está haciendo lo suficiente para superar esta situación; pero el 86% de los alemanes reprocha a quienes dirigen la Iglesia falta de disposición al esclarecimiento. La negación obispal de cualquier relación entre la ley del celibato y el abuso de menores ha de confirmarles en sus críticas.
Pregunta 1. ¿Por qué sigue el Papa, enfrentado a la historia, definiendo el supuesto "sagrado" celibato como un "preciado regalo" y pasando por alto el mensaje bíblico que permite explícitamente a todos los cargos el matrimonio? El celibato no es "sagrado", ni siquiera "dichoso", sino más bien "desdichado" por excluir a innumerables buenos candidatos al sacerdocio y haber expulsado de sus cargos a multitud de sacerdotes por su disposición a casarse. La ley del celibato no es una verdad de fe, sino una ley eclesiástica del siglo XI que debió ser abolida tras las protestas de los reformadores en el siglo XVI.
Una respuesta seria hubiera exigido que el Papa al menos prometiera la revisión de esta ley, tan ansiada por una absoluta gran mayoría del clero y el pueblo. También el presidente del Comité Central de Católicos Alemanes, Alois Glück, y el obispo auxiliar de Hamburgo Jaschke exigen un comportamiento menos crispado frente a la sexualidad y una igualdad entre sacerdotes célibes y casados.
Pregunta 2. ¿Realmente opinan, tal y como repitió el arzobispo Zollitsch, "todos los expertos" que el abuso de menores por parte de clérigos y la ley del celibato no tienen nada que ver? ¡Quién puede acaso conocer la opinión de "todos los expertos"! Innumerables son, sin embargo, las declaraciones de psicoterapeutas y psicoanalistas que sí ven una relación: la ley del celibato obliga a los sacerdotes a abstenerse de cualquier actividad sexual; pero sus impulsos prevalecen, virulentos, con el riesgo de que sean apartados y compensados en una zona tabú.Una respuesta seria exige que se tome en serio la correlación entre el abuso y el celibato, en lugar de negarla. Así en sus estudios de 25 años de duración -Knowledge of sexual activity and abuse within the clerical system of the Roman Catholic Church, 2004- el psicoterapeuta Richard Sipe deja claro lo siguiente: el estilo de vida célibe, sobre todo el que conlleva este tipo de socialización (a menudo internado, después seminario sacerdotal) puede alimentar una inclinación pedófila. Sipe constata una inhibición del desarrollo psicosexual que se manifiesta más a menudo en célibes que en el resto de la población media. Pero a menudo los déficits en el desarrollo psicológico y las inclinaciones sexuales se hacen conscientes después de la ordenación.
Pregunta 3. ¿No deberían los obispos, en lugar de pedir sólo perdón a las víctimas, admitir por fin de una vez su propia culpa? Durante décadas han convertido la cuestión del celibato en un tabú y los casos de abuso se han encubierto con silencio absoluto y traslados. A los obispos parecía importarles más la protección de sus sacerdotes que la de los niños. Pero existe una diferencia entre los casos individuales de abuso en colegios fuera de la Iglesia católica y los sistémicos y por ello, a menudo, se acumulan casos en la Iglesia católica romana, donde sigue imperando una moral sexual rigurosamente tensa que culmina en la ley del celibato.Una respuesta seria hubiera exigido que el presidente de la conferencia episcopal declarara motu proprio, en vez de esperar a que la ministra de Justicia diera un ultimátum de 24 horas a la autoridad eclesiástica, para que en un futuro la jerarquía eclesiástica no siguiera tratando los delitos penales al margen de la justicia estatal. ¿O habrá que pagar primero millones en indemnizaciones para que esta jerarquía entre en razón? En el año 2006 la Iglesia católica de Estados Unidos pagó la suma de 1.300 millones de dólares; en Irlanda en 2009 el Gobierno acordó con las órdenes religiosas la creación de un fondo de indemnización de unos ruinosos 2.100 millones de euros. ¡Estas cantidades reflejan un alto porcentaje estadístico de delincuentes célibes respecto a la totalidad de delincuentes sexuales!
Pregunta 4. ¿No debería sobre todo el Papa Benedicto XVI asumir su responsabilidad en lugar de quejarse de una campaña contra su persona? Nunca nadie perteneciente a la Iglesia tuvo tantos casos de abuso sobre su escritorio como él. Como recordatorio:
Ocho años como catedrático de Teología en Regensburgo: debido a su estrecho vínculo con el director de la orquesta de la catedral, su hermano Georg, estaba perfectamente informado sobre los sucesos en el Regensburger Domspatzen (el coro de la catedral de Regensburgo). No se trata en estos momentos de las, lamentablemente, habituales bofetadas de aquella época, sino posiblemente de delitos sexuales.
Cinco años como arzobispo de Múnich: acaban de conocerse nuevos abusos por parte de un sacerdote y delincuente sexual trasladado durante el obispado de Ratzinger. Su leal vicario general de entonces, mi compañero de estudios Gerhard Gruber, asumió toda la responsabilidad, pero no consiguió apenas exonerar al arzobispo, también administrativamente responsable.
Veinticuatro años como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe: es aquí donde bajo absoluto secreto (Secretum pontificium) todos los delitos sexuales de clérigos fueron y son registrados e investigados. En su carta del 18 de mayo del 2001 sobre los "graves delitos" dirigida a todos los obispos, Ratzinger volvió a ligar los casos de abuso al secreto papal cuya vulneración se pena con el castigo eclesiástico.Cinco años como Papa sin hacer nada respecto a esta siniestra práctica.Una respuesta seria reclamaría que el hombre que desde hace décadas tiene la responsabilidad del encubrimiento mundial, justamente Joseph Ratzinger, pronunciara su propio mea culpa. Tal y como lo exigió el 14 de marzo de 2010 el obispo de Limburgo Tebartz-van Elst en un discurso por radio a todos los creyentes: "Porque una indignante injusticia no puede ser encubierta ni aceptada necesitamos una inversión que dé lugar a la verdad. Inversión y penitencia tienen su comienzo en el pronunciamiento de la culpa, el ejercicio y la apreciación del arrepentimiento, la asunción de la responsabilidad y la oportunidad de un nuevo comienzo".
Hans Küng es catedrático emérito de Teología Ecuménica en la Universidad de Tubinga (Alemania) y presidente de Ética Global. - EL PAÍS, 30/03/2010

martes, 15 de diciembre de 2009

CUMBRE SOBRE CAMBIO CLIMÁTICO - A COPENHAGUE CON AMOR - por gabriel andrade

Los pronósticos de los especialistas más serios son amenazantes. Hay una fecha fatídica de la que se habla: el año 2025. Se afirma que si ahora no hacemos lo suficiente, la catástrofe ecológico-humanitaria será inevitable.
Hasta esa fecha fatídica están pronosticados de 150 a 200 millones de refugiados climáticos. El informe hecho por 2.700 científicos “State of the Future 2009” dice enfáticamente que debido principalmente al calentamiento global, hacia 2025, cerca de tres mil millones de personas no tendrán acceso a agua potable. Sencillamente, podrán morir de sed, deshidratación y otras enfermedades. El informe agrega: la mitad de la población mundial estará envuelta en convulsiones sociales a causa de la crisis socio-ecológica mundial.
Paul Krugman, premio Nóbel de economía 2008, dice que “si actuamos como hemos venido haciéndolo, no el peor escenario, sino el más probable será la elevación de las temperaturas que van a destruir la vida tal como la conocemos”.

Sin embargo, en la cumbre de Copenhague que se viene realizando desde el 7 al 18 de diciembre prevalece la estupidez por sobre el cuidado por nuestro destino común.
Se pretende tratar los síntomas dejando de lado las causas. El cambio climático con eventos extremos son un síntoma producido por gases de efecto invernadero que tienen la huella digital humana. Las soluciones sugeridas son: disminuir los porcentajes de gases, más altos para los países industrializados y más bajos para aquellos en desarrollo; crear fondos financieros para socorrer a los países pobres y transferirles tecnologías; medidas todas que atacan solamente los síntomas.
El problema no en sí la Tierra sino nuestra relación con la Tierra. Tenemos que cambiar la ideología del lucro por sobre todo. La alternativa al cambio es aceptar el riesgo de nuestra propia destrucción y de una terrible extinción de la biodiversidad.
El sueño de buscar la felicidad individual a través de la acumulación material y del progreso sin fin -usando para eso la ciencia y la técnica con las cuales se puede explotar de forma ilimitada todos los recursos de la Tierra- a derivado en pesadilla.
Durante siglos predominó este sueño ilusorio, haciendo pocos ricos por un lado y muchos pobres por el otro, a costa de una espantosa devastación de la naturaleza.
Una Tierra finita no puede soportar este suicida proyecto infinito. Ella sola no consigue reponer lo que se le ha extraído. Perdió su equilibrio interno por causa del caos que hemos creado en su base físico-química y por la contaminación atmosférica que la hizo cambiar de estado.
Los anteriores protocolos de Kyoto fueron firmados pero nunca ratificados por los Estados Unidos, que con apenas el 4 por ciento de la población mundial, consume cerca del 25 por ciento de la energía fósil del planeta, y es el mayor emisor de gases contaminantes. La mayor aspiración de los organizadores de la Cumbre de Copenhagen será que los Estados Unidos (y también India y China) se “comprometan” a reducir la emisión de gases, en plazos “razonables” (2020, 2040, 2060). Mientras tanto, la desertización, inundaciones y el agotamiento de los suelos traen más hambre a los que ya tenían hambre. El hielo de los polos se derrite y las mineras a cielo abierto dinamitan glaciares molestos y siembran el mar con pequeñas montañas de hielo llamadas icebergs. El Titanic avanza, a toda velocidad, con la ganancia como única razón y brújula.
Todos somos víctimas del cambio climático, es verdad. Sin embargo, lo mismo que en el Titanic, hay una primera clase que cuenta con chalecos y botes salvavidas, una segunda clase que deberá pelear, con poca chance, para tenerlos y una tercera clase que ha subido a ese barco, sin saberlo, con la muerte decretada.
Hay 60 millones de niños en América Latina que cada noche deben irse a dormir sin comer. 500 millones de seres humanos son corresponsables del 50% de todas las emisiones de gases de efecto invernadero; mientras que 3400 millones responden solamente por el 7% y son las principales víctimas inocentes. Un 20 por ciento de la población mundial (es decir, casi 1400 millones de personas) sobrevive con un ingreso de 2 dólares diarios. El 75 por ciento de la riqueza del planeta está en manos del 10 por ciento de la población. Los ingresos de las 500 personas más ricas del mundo equivalen a los ingresos de 416 millones de pobres. El año pasado, los amos del planeta gastaron 850000 millones de dólares en la fabricación de armas y equipamiento militar, mientras que en asistencia alimentaria decidieron invertir sólo 4500 millones. Ésa es la distancia que actualmente existe entre la primera clase del Titanic global y los auténticos condenados de la tierra. En pocos años, sonará una campana y se oirán gritos y silbatos. Entonces el Titanic se hundirá y lo único que este capitalismo hipócrita tendrá para decir es “¡sálvese quien pueda!”

Desde que los seres humanos establecieron un contrato social no escrito en el que formularon normas, prohibiciones y propósitos comunes que les permitieran una convivencia mínimamente pacífica, padecieron siempre de un defecto: suponer individuos sin el mínimo vínculo con la Naturaleza o la Tierra ignorando el contrato natural. Más todavía: se implantó la ilusión de que el ser humano está por encima y fuera de la naturaleza, con el propósito de dominarla y poseerla.
¿Qué es un contrato natural?: Es el reconocimiento por parte del ser humano de que él está inserto en la naturaleza, de la que recibe todo, y el reconocimiento de que debe comportarse como hijo de la Madre Tierra, devolviéndole cuidado y protección para que ella continúe haciendo lo que siempre hace: darnos vida y medios de vida. Desde el punto de vista teológico decimos que la Creación es un don con vocación de universalidad dado a todos y todas las generaciones con el bien común como propósito por encima de cualquier bien individual o de grupo.
El contrato natural, como todos los contratos, supone reciprocidad. La naturaleza nos da todo lo que necesitamos, y nosotros, en contrapartida, la respetamos, y reconocemos sus derechos de existir y preservamos su integridad y vitalidad.
Sin embargo, el proyecto de explotación capitalista continúa llevándose a cabo mediante la guerra de conquista que se sigue con la apropiación de todos los recursos y servicios naturales. Atrás queda siempre un rastro de devastación de la naturaleza y de deshumanización brutal. El presupuesto ilusorio del capitalismo es que los recursos estarían siempre allí, disponibles e infinitos. Pero éstos se han evidenciado finitos, y ya hemos sobrepasado su capacidad de reposición en un 40%. Todas las energías alternativas a la fósil, manteniendo el consumo actual, cubrirían solamente el 30% de la demanda global.
Antes se hacía la guerra para apropiarse de regiones y pueblos. Hoy ya se han conquistado todos los espacios, y lo que se lleva es una guerra total y sin cuartel contra la Tierra, sus bienes y servicios, explotándolos hasta la extenuación. La Tierra no tiene ya descanso, refugio o espacio al que replegarse. El ideal capitalista de crecimiento ilimitado en un planeta limitado ya no se puede seguir proponiendo o sólo bajo una gran violencia contra la Tierra y contra el resto de la humanidad.
La agresión es mundial, y la reacción de la Tierra está siendo también mundial. La respuesta es el conjunto de varias crisis, agrupadas en el devastador calentamiento planetario. No tenemos otra salida que no sea reintroducir consciente y rápidamente lo que habíamos olvidado: un contrato natural articulado con el contrato social. Se trata de poner a nosotros junto a la Tierra, como parte de un todo.
¿Cuándo será traído a debate ese factor, a la búsqueda de soluciones para la crisis actual? Estamos siendo dominados por verdaderos idiotas especializados en economía que sólo pueden hacer lo que hacen porque se apropiaron ilegítimamente de la naturaleza (creación de Dios con vocación al bienestar de todos) exacerbando su egoísmo y articulando las barbaridades de explotación que la actual economía hace, minando la base que la sostiene.
Hoy en día en todos los países y foros se habla de desarrollo-crecimiento como nunca antes. Es una obsesión que nos acompaña por lo menos desde hace tres siglos. Ahora que se ha producido el colapso económico, la idea ha vuelto con renovado vigor, porque la lógica del sistema no permite abandonar esa idea-matriz. Pero tenemos que decirlo con todas las letras: retomar esa idea es una trampa en la que está cayendo la mayoría, inclusive Benedicto XVI en su reciente encíclica Caritas in veritate, dedicada al desarrollo, habla de retomar el desarrollo-crecimiento, si no la crisis se eterniza sin contemplar la relación de la humanidad con la Tierra.
¿Por qué es una trampa? Porque para alcanzar los índices mínimos de desarrollo-crecimiento del 2% anual previsto, necesitaremos dentro de poco dos Tierras iguales a la que tenemos. La Tierra está dando señales inequívocas de estrés generalizado. Hay límites que no se pueden sobrepasar.
Recientemente, el Secretario de la ONU, Ban-Ki-Moon advirtió a los pueblos de que solamente tenemos unos diez años para salvar a la civilización humana de una catástrofe ecológica planetaria. En un número reciente de la revista Nature, un prestigioso grupo de científicos publicó un informe sobre “Los límites del planeta” en el que afirmaban que en varios ecosistemas de la Tierra estamos llegando al punto de no retorno con referencia a la desertificación, la fusión de los cascos polares y del Himalaya, y a la creciente acidez de los océanos. La excesiva aceleración del desarrollo-crecimiento de las últimas décadas, del consumo y del desperdicio, nos han hecho conocer los límites ecológicos de la Tierra. No hay técnica ni modelo económico que garantice la sostenibilidad del proyecto actual. La cultura del capital tiene una tendencia autosuicida. Prefiere morir a cambiar, arrastrándonos a todos.
Los formuladores de la visión sistémica llaman a este fenómeno sobrepasamiento y colapso. Es decir, sobrepasamos los límites y nos dirigimos hacia un colapso.
Lo que se ofrece es hacer correcciones y controles a lo Keynes, que en el fondo son cambios en el sistema, pero no cambios del sistema. Pero es el sistema lo que resulta realmente insostenible, incapaz de ofrecer un horizonte prometedor para la humanidad. Por eso, se demanda otro sistema y otro paradigma de habitar este pequeño, viejo, devastado y superpoblado planeta. Es urgente porque el tiempo del reloj corre en contra nuestra y tenemos poca sabiduría y sentido de cooperación.
Por causa de los intereses de los poderosos, las soluciones que están siendo propuestas en el mundo son “más de lo mismo”. Esto es absolutamente irracional, pues ha sido ese “mismo” lo que nos ha llevado a la crisis total.

Como nos cuenta Leonardo Boff, hay tres propuestas creativas alternativas a este capitalismo: la economía solidaria, que no se guía por el objetivo capitalista de maximización del lucro ni por su apropiación individual; el cambio de monedas regionales, y la tercera es la de la biocivilización y la Tierra de la Buena Esperanza, del economista polaco que dirige un centro de investigación sobre Brasil en Paris: Ignacy Sachs. Esta propuesta da un lugar central a la vida y a la naturaleza, considerando a Brasil el lugar donde se anticipa. Las tres son posibles, pero todavía no han acumulado fuerza suficiente para ser hegemónicas.

Todo indica que vamos al encuentro de una formidable crisis generalizada que nos llevará al límite de la supervivencia. Cuando el agua nos llegue al cuello, haremos todo para salvarnos. Posiblemente seremos todos socialistas no por ideología o por fe, sino por necesidad: los escasos recursos naturales serán repartidos ecuánimemente entre los humanos o habrá guerra en cada rincón del planeta.
San Agustín sabiamente enseñó que hay dos factores que producen en nosotros grandes transformaciones: el sufrimiento y el amor. Debemos aprender desde ya a amar y a sufrir por esta única Tierra a fin de que pueda ser habitada por todos.
Todos somos coproprietarios de la Creación y somos corresponsables de su salud. La Tierra nos pertenece a todos. Nosotros la tenemos en préstamo de las generaciones futuras y nos ha sido entregada con confianza para que cuidemos de ella. Si miramos lo que estamos haciendo, debemos reconocer que la estamos traicionando. Amamos más el lucro que la vida, estamos más empeñados en salvar el sistema económico-financiero que a la humanidad y la Tierra.
¿Qué mundo heredarán nuestros hijos de nosotros? ¿Qué decisiones se verán obligados a tomar que podrán significar para ellos la vida o la muerte?
Como escribe el mismo Boff: “nos comportamos como si la Tierra fuese nuestra y de nuestra generación. Olvidamos que ella pertenece principalmente a los que van a venir, nuestros hijos y nietos. Ellos tienen derecho a poder entrar en este mundo mínimamente habitable y con las condiciones necesarias para una vida decente que no sólo les permita sobrevivir sino florecer e irradiar”.

martes, 13 de octubre de 2009

Especial Día de la Madre - MARÍA DE NAZARET - por gabriel andrade

1- INTRODUCCIÓN

Nuestro pueblo cristiano católico tiene a la Virgen María como figura de enorme relevancia dentro de su fe. Aun dentro del islamismo se recuerda que cuando Mahoma marcha triunfal desde Medina hacia La Meca imponiendo un nuevo orden religioso profundamente iconoclasta, las únicas imágenes conservadas en los templos son las de Jesús de Nazaret y su madre María.
Es bien llamada la Inmaculada sin pecado concebido, la Madre de Dios de concepción virginal, La Reina y Señora santísima.
Pero quedarse sólo en esa Virgen María abundante en títulos grandilocuentes con sus dos mil nombres según sus domicilios (Loreto, Luján, Guadalupe, etc); según sus lugares de “apariciones” (Lourdes, Fátima, La Salette, etc.); según sus “especialidades” (Medalla Milagrosa, Desatanudos, del Rosario, etc); según sus circunstancias de vida (Mater Dolorosa, de la Asunción); según sus múltiples patronatos, es correr el riesgo de divinizarla y fragmentarla, de hacer de ella "la cuarta persona de la Santísima Trinidad" inalcanzable entonces como ejemplo para nosotros y un fetiche a la medida de nuestros particulares; de convertirla en mediadora entre un Dios severo hasta el sadismo, y el pueblo que sufre y espera el perdón. Es como que Cristo paga a un Dios cruel por nuestros pecados siendo perseguido, calumniado, torturado y asesinado, y María nos protege e intercede ante el brazo vengativo de ese Dios juez implacable.
Entonces una fe inmadura se contenta sólo con admirarla, alabarla, pedirle favores, remedios, pagarle promesas adornarla con valores materiales que nada tienen que ver con ella y terminar falsificando su memoria y su ejemplo de vida.
Así nos apartamos de lo que está en el origen de nuestra fe, de la fe de las primeras comunidades cristianas, de la fe que nos transmite el Nuevo Testamento. Tenemos que volver sobre todo a los Evangelios, para comprobar que, para las primeras comunidades cristianas, "esa" Virgen María no es otra que MARIA DE NAZARET.
Y esa sí que está a nuestro alcance como la "primera cristiana", "seguidora de Jesús". María de Nazaret nos enseña a ser cristianos, comunidad cristiana, Iglesia-Pueblo-Dios. Ella sí que es una llamada, una exigencia para nuestro vivir diario.
Esa María es madre pero principalmente es discípula de su Hijo Jesús, su más perfecta discípula, su primera y fidelísima seguidora y su inseparable colaboradora. María es un reflejo de la santidad de su Hijo Jesús.
Bien se la ha comparado a la luna que nos ilumina de noche con una luz más suave que la del día y que no es sino un reflejo de la luz deslumbrante del sol...


2- UNA MUJER HUMILLADA

En la cultura judía del primer siglo la opresión de la mujer llegaba a límites increíbles. Cristina Conti explica cómo la mujer era poco menos que una persona. Estaba confinada al espacio privado de la casa ya que el espacio público era exclusivo dominio masculino. Una mujer casada no podía salir de su casa sin permiso de su marido y no se la podía saludar ni era lícito hablar con ella en público. Los rabinos recomendaban que ni siquiera el esposo conversara con ella si iban por la calle, porque hacerlo era para él una especie de deshonra. Ningún varón podía hablar personalmente con una mujer casada, sino por medio del esposo.
En materia de religión las mujeres estaban notablemente marginadas. A pesar de lo que dice el Dt 31; 12, se las mantenía apartadas en el Templo y en la sinagoga. Debían llevar la cabeza cubierta y sólo podían entrar al patio interior del Templo -reservado sólo a los varones judíos- cuando tenían que ofrecer un sacrificio. En todas las demás ocasiones debían quedarse en el atrio de las mujeres o en el de los gentiles. Pero si estaban menstruando, o dentro de los cuarenta días después de dar a luz un varón (ochenta días si habían dado a luz una niña), ni siquiera podían entrar en el patio de los gentiles. En la sinagoga estaban separadas de los varones por una reja o se sentaban en una tribuna, que incluso tenía su propia entrada.
A las mujeres no se les permitía aprender las Escrituras (la Torá o ley de Moisés). Rabí Eliezer decía: "es mejor quemar la Ley santa que entregarla a una mujer" y "quien enseña a su hija la Torá, es como si le enseñara la fornicación", supuestamente porque haría mal uso de lo aprendido. Si un hombre quería profundizar en el estudio de la Torá, debía separarse de su esposa por un tiempo, porque ella era considerada incapaz de tales empresas y podría distraerlo. Luego de excluirlas de toda instrucción religiosa, ¡los rabinos todavía acusaban a las mujeres de ser supersticiosas e ignorantes!
Quizás la consecuencia más emblemática que mejor ilustra esto era que cada mañana los varones judíos agradecían a Dios por “no haber nacido esclavo, no haber nacido pagano y no haber nacido mujer”...
Dominiciano Fernández cuenta que la situación de la mujer de Israel en tiempos de Jesús continuó en las comunidades hebreas aun después de la destrucción de Jerusalén. Jesús reaccionó contra la marginación de las mujeres e introdujo algunos cambios significativos en su comportamiento personal con ellas; permitió que le acompañasen mujeres en sus viajes apostólicos y le ayudaran con sus bienes (Lc 8,1-2), hablaba en público con aquellas que ni siquiera eran galileas, las tocaba y curaba aun en sábado y las defendía, aun a prostitutas y adúlteras, para escándalo de propios y ajenos; inaugurando una forma de relacionarse para con ellas.
Pero nada cambió -ni pudo cambiar- respecto a su situación jurídica.
E. Bautista resume así su condición: “sin derechos, en eterna minoría de edad, repudiada por su marido, confinada en la casa y con muy escasas posibilidades de mantener contactos sociales, alejada del templo en determinados días a causa de las leyes de pureza ritual, y relegada en todo momento a un recinto especialmente señalado para ella en el templo y fuera del atrio de la casa de Israel, sin derecho a la enseñanza de la ley, y por tanto incapaz de merecer; la mujer judía, pobre, pecadora y pequeña, se encontraba en una situación que la constituía en un paradigma de marginación”.
En todo era inferior al varón. Las hijas no tenían los mismos derechos que sus hermanos varones, pero sí los mismos deberes.
La joven pasaba del poder del padre, que la podía casar con quien él quisiera, al poder del esposo como objeto para su placer, como instrumento de fecundidad para la familia. El marido tenía el derecho de repudiar a su esposa. A ella sólo se le reconocía el deber de aguantarle todo. La mujer, soltera o esposa, se pasaba la vida siempre obedeciendo, siempre sirviendo.
Los judíos estaban sometidos económica y militarmente a los opresores romanos.
En aquella sociedad patriarcal judía, María, mujer judía, era, como todas las mujeres judías pobres, "oprimida entre los oprimidos".
María de Nazaret no sólo fue una mujer del pueblo, pobre, sin recurso, sin padrinos, una mujer oprimida por el hecho de ser mujer, sino que además fue una mujer humillada. Y no como un sometimiento espiritual interno como humildad ante Dios. María sufrió humillaciones reales:
Cuando, sin tener relaciones conyugales (Lc. 1,34) le daría mucha pena ver a su esposo José que era "hombre recto" (Mt. 1,19) angustiado porque "antes de vivir juntos" se daba cuenta de que ella "esperaba un hijo" (Mt. 1,23-25) Con las habladurías y chismorreos que su embarazo originaría en un pueblo tan pequeño como Nazaret (casi un caserío).
Cuando su misma gente, la de su pueblo, trataron de despeñar a Jesús por un barranco, su hijo, el hijo de una pobre mujer de pueblo pobre (Lc. 4,16-30; Mc. 3,1-6)
Cuando la señalarían con desprecio (a veces el desprecio más humillante es el compasivo) como la madre de Jesús, del que las autoridades religiosas y civiles decían públicamente que "echa a los demonios con poder de Belcebú, el jefe de los demonios" (Lc. 11,15); que anda en malas compañías: "¡Vaya un comilón y un borracho, amigo de recaudadores y descreídos!" (Lc. 7,34); que es samaritano (un gran insulto para un judío) y está loco (Jn. 8,48); y que es un blasfemo merecedor de la pena de muerte (Mt. 26,65-66). Cuando le contaron que "los sumos sacerdotes y los fariseos tenían dada la orden de que si alguien se enteraba donde estaba (su hijo Jesús), avisara para prenderlo" (Jn. 11,57). Cuando en todas partes la señalarían como la madre del criminal (Lc. 22,37) crucificado entre "dos bandidos, uno a su derecha y el otro a su izquierda" (Mc. 15,27).
En las reacciones y compromisos de María oprimida y humillada, la primera comunidad cristiana siente una "llamada", una "vocación" para su vivir diario.
La primitiva comunidad cristiana ve a María de Nazaret humillada, pero no amargada, sin resentimiento alguno: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador" (Lc. 1, 46-47)
La ve agradecida, pero no por la "gracia" barata de la posición, del brillo social, sino porque Dios: "se ha fijado en su humilde esclava" (Lc. 1,48). Viendo la mano de Dios en todo, sintiendo que Dios está siempre con ella, siempre a su favor, aun en la humillación. "Porque el Poderoso ha hecho tanto por mí" (Lc. 1,49). No como una mujer pasivamente resignada y sumisa ante el destino, sino como la "mujer que no dudó proclamar que Dios es reivindicador de los humildes y oprimidos y derriba de sus tronos a los poderosos del mundo" (Pablo VI, Encíclica "Marialis Cultus", 2 de febrero de 1974, Nº 37): "Su brazo interviene con fuerza, desbarata los planes de los soberbios, derriba del trono a los poderosos y exalta a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos" (Lc. 1,51-53).
María de Nazaret, la madre de Jesús de Nazaret, el hijo de Dios hecho hombre acompaña como una mujer del pueblo, con humillaciones, la lucha de su hijo.
Vive con él su pasión: "estaban de pie junto a la cruz de Jesús su madre" (Jn. 19,25) No acepta sin más el sufrimiento, el dolor impotente, sino que espera que sea Dios el que derribe del trono a los poderosos que han sido los que han matado a su hijo. La causa de su Hijo es su causa, es la causa de los pobres, es la causa de Dios.
"María en el Magníficat se manifiesta como modelo para quienes no aceptan pasivamente las circunstancias de la vida personal y social, ni son víctimas de la alienación, como hoy se dice, sino que proclama con ella que Dios ensalza a los humildes y, si es el caso, derriba a los potentados de sus tronos…" (Juan Pablo II. Homilía Zapopán, México, 4 ASS LXXI P. 230) (Puebla 297).


2- UNA MUJER POBRE, MUJER DEL PUEBLO

Lo que el Nuevo Testamento (sobre todo Evangelios y Hechos de los Apóstoles) nos dicen sobre María de Nazaret responde a la redacción inspirada por Dios de una realidad indevaluable y debe estar en el centro de nuestro amor y devoción a María.
Para las primeras comunidades cristianas es claro que María es la madre de Jesús de Nazaret, y que este Jesús es el Hijo de Dios que se hizo hombre en María, a quien se lo anunció por medio del ángel Gabriel (Lc. 1, 28-38)
Por lo tanto, María, antes que madre, fue mujer. Una mujer que consciente y libremente se arriesgó y asumió sus responsabilidades:
Ante Dios: dio su SI después de saber bien sobre lo que se le pedía (Lc. 1, 34-38)
Ante la sociedad: arriesgándose a ser lapidada (Mt. 1,18).
Ante la historia: respondiendo a Dios con todo su yo humano, femenino, en la misión más importante encomendada por Dios a una persona (Lc. 1,31-33. 38; Jn. 19,25).
María contó con un esposo, José, que la respetó (Mt. 1,18-19), creyó y confió en ella (Mt. 1,24-25) y la defendió (Mt. 2,14).

Ahora bien, Dios fue enteramente libre para escoger a la madre de su Hijo. ¿A qué María escoge Dios, de entre tantas mujeres, para Madre de su Hijo hecho hombre?:
A UNA MUJER JUDIA: María pertenece al pueblo judío, un pueblo pequeño, pobre, colonizado y ocupado militarmente por el Imperio Romano (Lc. 2,1-7), de una región, Galilea, despreciada por los de la capital (Jn. 7,52).
A UNA MUJER POBRE: Dios no escoge a una princesa, a una persona de familia noble o con importancia religiosa. María ni siquiera es la prometida de un sacerdote judío (había 7.200 en aquella nación tan pequeña), ni de un doctor (escriba), ni siquiera de un piadoso fariseo. Mucho menos es la mujer de un hacendado, ganadero o comerciante judío. De una mujer pobre nació el Hijo de Dios en la tierra.
A UNA MUJER DEL PUEBLO: La madre de Dios es María de Nazaret, un pueblo pequeño, que no es nombrado en todo el Antiguo Testamento, en el Talmud o en los censos oficiales judíos o romanos. Es una mujer campesina. Como su hijo Jesús "de Nazaret" nació y vivió pobre en medio de su pueblo pobre.
Cuando su esposo José la lleva por primera vez al templo, presentan la ofrenda de los pobres, dos palomas (Lc. 2,34; cfr. Lev. 12,8).
María y José no tenían dinero para dar estudios a Jesús: "Los dirigentes judíos se preguntaban extrañados ¿cómo sabe éste tanto si no ha estudiado?" (Jn. 7,15) Cuando Jesús vuelve a Nazaret, donde se había criado, como profeta que dice y hace prodigios, lo desprecian por ser el hijo de una mujer pobre de un lugar pobre (Mc. 6,1-6).
Dios quiso que Jesucristo naciera de una mujer pobre, una mujer del pueblo. María era consciente de ser una mujer pobre, del pueblo, y lo aceptó, y lo quiso, y dio gracias por el hecho de que ella, siendo pobre y del pueblo, fuese la favorecida por Dios: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque se ha fijado en su humilde esclava" (Lc. 1,46-48-49)

Jesús no se avergüenza jamás de la condición social de sus vecinos, de su familia o particularmente de su madre María de Nazaret.
¿Y nosotros? ¿Nos avergonzamos de la pobreza material de María cubriéndola con galas, coronas y joyas, impensables en una mujer del pueblo, una mujer pobre?
Dios no la quiso ostentosa. La elevó a partir de su condición humilde por sobre los poderosos y engalanados de aquella y de todas las épocas.
¿O es que nos molesta o nos es intolerable semejante elección de Dios para nuestra escala de valores con respecto a los demás y entonces la falsificamos?
¿O es que nos tranquiliza la conciencia pensarla pomposa y por lo tanto impensada en los rostros sufrientes, discriminados y despreciados de tantas Marías contemporáneas nuestras, de carne y hueso, hermanas nuestras en Cristo, a las que damos la espalda igual que aquella sociedad palestina del siglo I ?
María de Nazaret, la única Virgen María que existe, no es un ídolo extraño, de otro mundo, con afeites, enjoyado, arrancada del pueblo, apartada, y sentada e identificada con los poderosos. Así no la quiso Dios. El único Dios vivo y verdadero, Abba, el Dios que es amor, el Dios de Jesús, quiso y buscó a la madre de su hijo donde mejor podía estar al alcance de todos y ser buscada: en el pueblo pobre, humillado y oprimido, donde todos podían encontrarla.
“Yo, el señor, que soy el primero, yo estoy con los últimos” (Is. 41.4)
Las primeras comunidades cristianas formadas por gente del pueblo (1 Cor. 1,26-31), supo desde el principio que Dios escogió a María, mujer pobre y sencilla, para que naciese su Hijo en la tierra: ella es de los suyos, de los humildes, de los ofendidos, de los despreciados, de los humillados, de los injusticiados.
Será por eso, que cuando la Virgen ha querido que sus hijos tengan visiones de ella (Guadalupe, Lourdes, Fátima…), no ha acudido a Obispos ni a hombres poderosos; no ha querido tener sus santuarios entre los ricos. Será por todo esto que la Virgen María da tanta confianza al pobre para expresar sus penas y sus alegrías. Porque sabe que es de los suyos, que es suya, que está con él, siempre a su favor. Pobre ella obediente adoradora del Dios de los pobres.
El que seria, coherente y maduramente quiera ser devoto de María de Nazaret, y adorar “en espíritu y en verdad” al Dios de María y de Jesús, no puede ni debe amargar la vida al pueblo, oprimirlo con dogmas, políticas sociales o económicas. Tiene que poner su peso social del lado de sus intereses, protagonizar junto a él sus luchas y solidarizarse optando pon él, como Dios, como Jesús de Nazaret, como María (Lc. 1,51-55; Mt. 25,53-40)


4- UNA MUJER CREYENTE

Por medio de la fe se confió a Dios sin reservas y se consagró totalmente a sí misma, a la persona y a la obra de su Hijo. Si algo distingue la fe de María es la de ser una fe puesta continuamente a prueba por la realidad de la vida.
El "Hijo del Altísimo", el "Consagrado", "Hijo de Dios", ¿es ese poco de carne palpitante que nace de su vientre en una situación de extrema pobreza (Lc. 2,7) y María recoge en sus brazos y limpia ayudada por José? ¿Ese es el camino para reinar: huir a Egipto, país lejano y extraño porque "Herodes buscaba al niño para matarlo"? (Mt. 2,13-15) María tiene que alimentar al bebé Jesús pues llora por hambre; lo limpia porque si no apesta y enferma; lo arropa y abraza porque hace frío. ¿Dónde está el TODOPODEROSO? Y durante la mayor parte de su vida, su hijo Jesús de Nazaret, bebé, niño, adolescente, joven, hombre maduro, no se distingue de los demás varones con los que convive (Mt. 6,1-3). ¿Dónde está el "Hijo de Dios" del que habló el ángel? Dios calla: "el silencio de Dios" en la vida.
Un día, Jesús, un muchacho de doce años, un menor de edad, en un viaje que hace con sus "padres" a Jerusalén, se queda intencionalmente, a ciencia y conciencia de lo que hacía, sin decirles ni avisarles que se iba a quedar. Lo encuentran después de tres días. Y a la pregunta que le hace su madre: "Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? Mira con qué angustia te buscábamos tu padre y yo", responde de un modo misterioso y hasta displicente, "malcriado" diríamos hoy: "¿por qué me buscaban? ¿No sabían que yo tenía que estar en la casa de mi Padre? Ellos no comprendieron lo que quería decir" (Lc. 2,41-50). María no ve, no oye, no palpa, no comprende a Dios en su hijo Jesús: "María, la Madre, está en contacto con la verdad de su hijo únicamente en la fe y por la fe", nos dice el Papa Juan Pablo II. Vivía en la intimidad con este misterio (el de su filiación divina ) sólo por medio de la fe. Hallándose al lado de su Hijo, bajo un mismo techo. Una fe, la de María de Nazaret, que crece: "Cada día en medio de todas las pruebas y contrariedades del periodo de la infancia de Jesús y luego durante los años de su vida oculta en Nazaret, donde vivía sujeta a ellos (Lc 2,51)".
María había acogido, discernido y creído la "palabra de Dios" sobre su hijo, Jesús de Nazaret: "En la anunciación, María había escuchado aquellas palabras : El será grande… el Señor Dios le dará el trono de David…, reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin" (Lc. 1,32-33). Debe ser "grande", debe ser rey, debe reinar, Y he aquí que, estando junto a la cruz, María es testigo, humanamente hablando, de un completo desmentido de estas palabras. Su Hijo agoniza sobre aquel madero como un condenado. Y son, precisamente, los representantes oficiales del "Dios bendito", "los sumos sacerdotes, los senadores y los letrados", los que "todos sin excepción pronunciaron sentencia de muerte", porque Jesús de Nazaret ha blasfemado afirmando que Él es "el hijo de Dios" (Mc. 14,53-65).
Al pie de la cruz está María, esperando contra toda esperanza ante los insondables designios de un Dios que parece contradictorio y absurdo. María, impotente ante el mal, como Jesús, con Jesús: Unida a su hijo en su despojamiento: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mc. 15,34). Unida a Jesús también en su fe, en su amor, en su entrega confiada: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc. 23,46; Hebr. 12,2).

María es la madre que concibe y da a luz a Jesús en una situación de pobreza (Lc. 2,7); vive con él en Nazaret desde que nace hasta los treinta años y está al pie de la cruz cuando Jesús es ajusticiado como agitador revolucionario (Lc. 23,1-5), como malhechor (Jn. 18,30), como blasfemo (Mc. 14,61-64), crucificado entre dos bandidos (Mc. 15,27). "Dios resucitó a este Jesús" (Hech. 2,32) y no a otro. La Virgen María es la madre de "este Jesús" quien le costó lágrimas y sangre del corazón permanecer firme en la fe y aceptar la voluntad de Dios sobre ella y sobre su hijo.
Pensar que porque ella es Inmaculada, nació ya sin pecado original y, al no tener ni ese pecado, no sufrió sus consecuencias y por lo tanto no sufrió como nosotros es minimizar, olvidar, ocultar con vergüenza a la María, tal como aparece en los Evangelios, en la historia y falsificar su memoria. Esa “Virgen María” es una mujer sin historia, un fetiche que no conoció las dificultades que la vida trae a todo ser humano. Hacer "divina" a María suprimiendo su humanidad, termina despojándola de todo el valor ejemplar y estimulante de su vida y siéndoles funcionales a los poderosos de todos los tiempos por los cuales María y su familia sufrió injusticias.
Que María de Nazaret, la Virgen María, por gracia de Dios, "ha sido preservada de la herencia del pecado original" (Juan Pablo II, "La Madre del Redentor", 10), no quiere decir en modo alguno que no haya tenido tentaciones, pruebas, sufrimientos. Todo eso lo tuvo, pero también, con la gracia de Dios, libremente, con sostenida actitud de vida y decisión humana, lo superó y venció en la lucha de la vida diaria. "Ella, que pertenece a los humildes y pobres del Señor", respondió a Dios "con todo su yo humano, femenino", situada en el centro mismo de aquella enemistad, de aquella lucha que acompaña la historia de la humanidad en la tierra (Juan Pablo II, "La Madre del Redentor", 11,13).


5- UNA MUJER SOLIDARIA

María de Nazaret se enteró por el ángel (Lc. 1,26-38) de que "su pariente Isabel, a pesar de su vejez y esterilidad, ha concebido un hijo, y ya de seis meses. Con la noticia del embarazo de su pariente se puso en camino inmediatamente, ya encinta, para ir a asistirla. Mujer solidaria en el ayudar, en el ponerse a servir al necesitado.
María de Nazaret, ante el privilegio de haber sido elegida para ser la madre de Dios encarnado, del Mesías, no se queda extasiada, fuera de sí por la alegría, ni se asume en una actitud de superioridad al resto. No permanece pasiva, encerrada en su mundo de jovencita embarazada que necesita atención, cuidados, mimos. No se lanza a publicar su privilegio y alegría. Tampoco el no tener pecado quiere decir no tener tentaciones, dificultades para cumplir la voluntad de Dios. Tampoco a María se le dio todo hecho. Toda gracia y privilegio de Dios es también responsabilidad. La gracia de Dios previene y socorre, pero no nos evita las dificultades y tentaciones. María diariamente cooperó con la gracia del buen Dios cuyo poder no nos ayuda a evitarlo todo sino a poder superarlo todo. La Inmaculada nos dice que la victoria sobre el pecado es también posible, real y concreta en nuestra sociedad.
A María no se la encuentra como aquellos que se pasan la vida agradeciendo a Dios y celebrando por los privilegios que Dios les ha dado generosamente, sin hacer ellos más nada. María se comportó comprometiéndose, arriesgándose sin temer a perder los privilegios que tenía y guarda.
María sale de su mundo, de sí misma y viaja "a toda prisa a la montaña, a la provincia de Judea" (Lc. 1,39), lejos, a más de 120 km. de Nazaret para ayudar a Isabel; que sabe la necesita. Entrada en años, primeriza, y en el sexto mes de embarazo, tres circunstancias que hacen que esos últimos meses sean positivamente molestos y angustiosos para Isabel. Todas estas cosas no son secreto para las jovencitas del pueblo como es María. Por eso ella va a ayudar, a servir (Lc. 1,36-40.56) No hay divorcio entre la fe y la vida de María. Mujer solidaria que cree en el Dios solidario.
Isabel se contentó mucho con la ayuda eficaz y cariñosa que le llegaba con María. Y "llena de Espíritu Santo, dijo con fuerte voz: ¡bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!" Entonces María expresó sus sentimientos en ese canto que llamamos "El Magníficat": Lc. 1,46-55. En él, inspirada por el mismo Dios, proclama con fuerza la verdad no ofuscada sobre Dios: Lo llama "mi Salvador", que es lo mismo que decir "mi Libertador": "Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador".
Dice que es "Poderoso". Pero ¿de qué tipo de poder habla? Lo aclara: "Él (el Poderoso) es santo". Es decir que el Poder de Dios es su santidad. ¿Y en qué está esa santidad de Dios? La santidad de Dios es su misericordia (hacer pasar por el corazón la miseria ajena). Dios ha sido misericordioso con ella, y su misericordia perdura y llega, día a día a los pobres y humildes. "Su brazo interviene con fuerza, desbarata los planes de los soberbios, derriba del trono a los poderosos y exalta a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide de vacío" (Lc. 1,51-53).
Esta es "la fuerza de la verdad sobre Dios, proclamada entonces con tan extraordinaria sencillez y claridad por María". Así lo subraya Juan Pablo II en su carta encíclica "La Madre del Redentor", y añade algo muy serio y trascendental: "desde la profundidad de la fe de la Virgen en la anunciación y en la visitación (en el Magníficat), la Iglesia llega a la verdad sobre el Dios de la Alianza".
Jesús de Nazaret es, pues, el salvador, el libertador, "el Mesías de los pobres". Por eso "no se puede separar la verdad sobre Dios que salva… de la manifestación de su amor preferencial por los pobres y los humildes, cantado en el Magníficat”. Esto es anterior a la proclamación de la Causa por la que Jesús vivió, predicó, sanó; fue perseguido injuriado, apresado, torturado y luego asesinado: la construcción del Reino de Dios empezando por la justicia en el mundo.
La solidaridad lleva a Dios a hacerse hombre en Jesús de Nazaret. Jesús es el Dios solidario y, por eso, liberador del mal individual y social que pesa sobre la vida de los hombres y mujeres bajo diversas formas y medidas (Lc. 4,19;7,22).
PARA SER HOMBRES Y MUJERES SEGÚN EL CORAZON DE DIOS HAY QUE SER SOLIDARIOS COMO MARIA, COMO JESUS


6- UNA MUJER QUE ES MADRE

¿En qué sentido María de Nazaret es Madre de Dios?
Los cristianos confesamos a María de Nazaret como "verdadera MADRE DE DIOS".
Dios, en cuanto Dios, no tiene madre.
La criatura que nace de María, a la que ponen por nombre Jesús (Mt. 1,21.25), a la que llamarán Jesús de Nazaret (Jn. 1, 45) es el Hijo del Eterno Padre, y sólo de El, que mediante la encarnación, por obra del Espíritu Santo, ha sido engendrado como hombre, como criatura humana, en María y se ha convertido en su propio y verdadero hijo. María dio la vida, como madre, en el orden de la generación terrena a Dios. Por eso decimos que Jesús de Nazaret es el Verbo encarnado, el Dios hecho hombre. Pero María, pues, no da la "divinidad" a su hijo.
Nuestras madres no nos dan a nosotros sus hijos nuestra alma, nuestro espíritu, nuestra personalidad. Sin embargo, son nuestras madres, no solamente de nuestra carne, sino de toda la persona que engendra. María no le dio a Jesús su hijo la divinidad, pero bien podemos decir que es madre, no solamente de su carne, sino de la persona que engendra, que en este caso singular es la persona única de Dios hecho hombre. Por eso María, la madre de Jesús, es madre de Dios.

Jesús es carne y sangre de María. Es "carne" como todo hombre: es el Verbo (que) se hizo carne (Jn. 1,14). Es verdadero hombre.
María, como madre, crió y educó a su hijo. Las cualidades humanas y el carácter de Jesús (como de todo bebé, niño, adolescente…) se formaron y fueron influenciados por el modo de ser, por las virtudes de su madre. Generalmente los rasgos de la madre se reconocen en el hijo.
¿No habría algo de lo maternal de María en la sensibilidad de Jesús ante los pobres y necesitados (Mc. 1, 41 - 6, 34 – 8, 2; Lc. 7, 13 – 7, 36-50); en su humanismo (Jn. 2, 1-10; Mc. 2, 15-17; Jn. 11, 5.33.35.38); en su corazón acogedor, compasivo, misericordioso, generoso (Jn. 8, 2-11; Lc. 13, 10-17; Mt. 11, 28-30); en sus detalles (Mc. 5, 43; Lc. 7, 15)?
En su aprecio de la oración con insistencia (. 7, 7-11) sin rencor (Mc. 11, 25); con una fe sin reservas (Mc. 11, 23-24); espontánea y limpia (Mt. 11, 25-26); en el peligro de la tentación (Mc. 1, 35; 6, 46; 14, 32-34); dando gracias (Jn. 11, 41-42)?
Las madres, con su "práctica" de Dios, nos hacen sentir, nos "revelan" quién y cómo es Dios. Ellas interpretan maternalmente al amor de Dios. Así fue María de Nazaret, la mujer creyente (Lc. 1, 45) para su hijo Jesús. Ella fue el instrumento que le manifestó a Jesús, su hijo, sobre todo en sus primeros años, la verdad de un Dios que salva (Lc. 1, 47), poderoso, fuente de todo don (Lc. 1, 49), bueno, misericordioso que ama con un amor preferencial a los pobres y humildes (Lc. 1, 50-53). Esa era la fe profunda de María, su experiencia personal de Dios, reflejada en su vida diaria y cantada en el Magníficat (Lc. 1,46-55).
Ese es el Dios que se nos revela "en todo lo que hizo y dijo" (Hch. 1,1) Jesús de Nazaret, hijo de María, Hijo de Dios.

No está a nuestro alcance el ser "Madre de Dios" o "Inmaculados". Pero todo el que se esfuerce con la gracia y misericordia de Dios, por no oponer resistencia a Dios, por estar siempre a sus órdenes, por ser instrumento dócil en sus manos, por hacer su voluntad a costa de nuestras conveniencias terrenas inmediatas aunque no le sea nada fácil, es como María, que dijo siempre SI a Dios hasta el final.
La "gloria" de María no es el poder ni la gloria de los reinos de este mundo (Lc. 4,5-8); no es tampoco la gloria que se dan los ganadores del sistema (Jn. 12,42-43).
La "gloria" de María que está a nuestro alcance es la fe en Dios: "¡Dichosa tú que has creído!" (Lc. 1,45). El SI consecuente a Dios: "¡Dichosos los que escuchan el mensaje de Dios y lo cumplen!" (Lc. 11,27-28)
El esforzarse diariamente por seguir a Jesús siendo "buenos del todo, como es bueno su padre del Cielo" (Mt. 5,48).
A éstos es a quienes el Poderoso, Misericordioso, el Santo, el Salvador glorifica, exalta, salva, resucita y sube a los cielos (Lc. 1,43-53).
María, humilde y pobre en el Señor, fue elegida por Dios. Dios tomó en cuenta la vida de María de punta a cabo, desde su Inmaculada Concepción hasta su Asunción a los Cielos. El Padre, por Jesús, la hizo grande y bella con la "gloria de su gracia".
Como a María, Dios sigue eligiendo a los humildes y pobres en el Señor, gratuita y generosamente, para ser también un "himno a su gloria" (Ef. 1,4-12; Rom. 8,29-30).


7- LA MUJER QUE ES MAS QUE MADRE DE JESUS SEGÚN LA CARNE

María engendró a Jesús: lo concibió en su seno, lo dio a luz, lo amamantó maternalmente. Es la maternidad biológica, natural. Jesús es su hijo, de su misma carne y sangre: parentesco humano.
Un día, cuentan los evangelios: "llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose fuera, le mandaron recado para llamarle. Tenía gente sentada a su alrededor, y le dijeron: Oye, tu madre y tus hermanos te buscan ahí fuera.
El les contestó: ¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y pasando la mirada por los que estaban sentados en torno a su alrededor, dijo: Aquí tienen a mi madre y a mis hermanos. El que pone por obra el designio de Dios ése es hermano mío y hermana y madre" (Mc. 3,13-35).
Otro día, una mujer que escuchaba lo que decía Jesús entusiasmada le dijo gritando: "¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!" Eran palabras de alabanza, de bendición para la madre de Jesús según la carne. Pero Jesús responde como corrigiendo y orientando su espontaneidad: "Mejor: ¡Dichosos los que escuchan el mensaje de Dios y lo cumplen!" (Lc. 11,27-28).
¿Qué nos quiere decir Jesús con esas palabras? Son dos respuestas claras, rotundas, desconcertantes.
Para Jesús, lo más importante, lo que interesa ante todo y sobre todo no es la relación natural, biológica de parentesco, sino escuchar el mensaje de Dios y ponerlo por obra haciendo lo que Dios quiere. Ese es el vínculo mayor. Esa es la dicha y felicidad verdadera. La familia de Jesús la integran aquellos que cumplen la voluntad del Padre-Dios.
Jesús viene al mundo con una misión, con una vocación. Jesús trae una "Buena Noticia": Que Dios es el Padre de todos y, por consiguiente, todos los hombres somos hermanos. La misión de Jesús, la vocación de Jesús, la causa por la que Jesús da su vida es el Reinado de Dios. El Dios de la justicia, el Dios solidario, el Dios vida. Elegirlo por encima de todos y a todo, con todo el corazón, en toda la mente, con todas las fuerzas. Poner por obra esa "Palabra de Dios" cumpliendo su voluntad: viviendo como hermanos de Jesús en justicia y solidaridad unos con otros, para así ser y vivir como hijos de Dios.
Eso es todo ventaja para los hombres: libertad, amor, solidaridad, fraternidad, justicia, reconciliación, felicidad… Esa es la "Buena Noticia" del Reinado de Dios que trae Jesús.
Jesús no está contra la familia. Pero para Jesús la familia no es lo primero. Para Jesús lo primero es escuchar la Palabra de Dios y ponerla en obra.
Por eso es por lo que Jesús no acepta sin más el elogio que hacen de esa su relación de parentesco con su propia madre: "¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!"
Sobre la relación familiar de carne y sangre, aun entre madre e hijo, está el escuchar la palabra de Dios y cumplirla. Jesús no reconoce más familia que la familia de la fe formada por cuantos hacen la voluntad del padre: "Aquí tienen a mi madre y mis hermanos; el que pone por obra el designio de Dios, ése es hermano mío y hermana y madre" (Mc. 3.34-35).
Jesús antepone el seguimiento (el escucharle, quererle, seguirle cumpliendo la voluntad de Dios) a la familia (lee Mt. 10, 37-38: Lc. 14,25-27) Por eso Jesús se siente más vinculado a su comunidad de seguidores que a su familia humana.
Con respecto a María, nos encontramos que está vinculada a Jesús con lazos más fuertes que los de la carne y sangre, por ser ella la primera entre aquellos que escuchan la palabra de Dios y la cumplen (Lc. 11,28).
María es, pues, digna de bendición "Bendita tú entre las mujeres" (Lc. 1,42) por haber acogido siempre la palabra de Dios: "la conservaba en su interior, meditando" (Lc. 2,19.51), por haber creído: "¡Dichosa tú que has creído!" (Lc. 1,45), porque fue obediente a Dios totalmente en su vida: "Aquí está la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que has dicho" (Lc. 1,38).
Por "estar en las cosas del Padre", anunciando su reinado, el reinado del Dios que "desbarata los planes de los soberbios, derriba del trono a los poderosos y a los ricos los despide vacíos" (Lc. 1,51-53).
María fue Madre de Jesús, pero madre cristiana, no egoísta, no posesiva: no frenó, no puso dificultades a la misión, a la vocación de su hijo Jesús, aunque ésta llevase consigo la separación (Mt. 4,13: Mc. 1,9.14.21: 2,1).
María había renunciado a comprender los planes de su hijo que se le escapa para ocuparse de "sus cosas", que son las del Padre y de los hombres, pero lo acepta (Lc 2, 41-51).
María, madre cristiana, se fió de Dios, viviendo impotente la lucha del hijo como tantas madres del pueblo, sin saber pero confiando (Mc. 3, 21-22; Lc. 4, 16-30; Jn. 7, 1; Mc. 11, 15-18; Mc. 12, 13; Jn. 11 ,47.50.53.57; Jn. 19 ,5-7.12.14.15.25).
María, madre, acompañó como mujer del pueblo la lucha de su hijo, viviendo con él su fracaso y esperando ciegamente en Dios (Jn. 19, 5-7.12.14.15.25).
En definitiva lo que cuenta en el proyecto de Jesús, en su seguimiento por el Reino. Lo que cuenta es el cumplir siempre la voluntad del Padre, el seguir a Jesús incondicionalmente. Familia de Jesús son los que le siguen y mantienen su adhesión a su persona. Es claro que el precio del seguimiento de Jesús, de la libertad evangélica será, muchas veces, la liberación real y efectiva de las ataduras familiares. Y esto es lo que entendió y vivió, como nadie, la misma María.
María es la primera entre los cristianos: Por ir a la cabeza de aquellos que en todos los tiempos "escuchan el mensaje de Dios y lo cumplen" (Lc. 11,28), de los que "ponen por obra el designio de Dios" (Mc. 3,35).
Por ser la "primera discípula" de su Hijo, la primera que respondió a su "sígueme" con toda su vida: "Desde el momento de la anunciación y de la concepción, desde el momento del nacimiento en la cueva de Belén, María siguió paso a paso tras Jesús en su maternal peregrinación de fe…" (Juan Pablo II, Carta Encíclica "La Madre del Redentor", 25/3/87, nº 20.26).


8- LA MUJER QUE ES MADRE DE TODOS LOS HOMBRES,
MADRE DE LOS CRISTIANOS, MADRE DE LA IGLESIA.

María de Nazaret tendría ya unos 50 años. Está junto a la cruz donde agoniza su hijo. Parada, firme, no le importa ya que la maten a ella también. Es la entereza de la madre consciente de la causa por la que Jesús ha luchado, por la que matan a su hijo, y totalmente de acuerdo con él.
Jesús agonizante se preocupa de que alguien cuide de su madre después de su muerte. "Sin lugar a dudas se percibe en este hecho una expresión de la particular atención del hijo por la madre que dejaba con tan grande dolor". (Juan Pablo II, Encíclica "La Madre del Redentor", 23)
Hay algo más en este hecho que un acto de piedad filial del Hijo hacia la Madre.
El que muere en la cruz es nuestro Redentor, el Salvador de todos los hombres.
En su muerte y resurrección todos hemos sido salvados. Por todos los hombres muere Cristo, para que todos reconozcamos a Dios como Padre bueno y seamos hijos suyos viviendo como hermanos (Mt. 5,43-48; Lc. 6,31-36).
En esa muerte y resurrección en el bautismo, del agua y del Espíritu, nacemos los cristianos: hombre y mujeres "nuevos en Cristo" (Jn. 3,3-7). Indudablemente es Jesús y sólo Jesús el que nos redime, salva, engendra a esta novedad de vida. Y de nadie tiene necesidad.
María ha estado siempre unida a Jesús. María quiere activamente que se realice la misión de su hijo: el Reinado de Dios, la salvación. El sólo puede "reunir a los hijos de Dios dispersos" (Jn. 11,52). El designio del Padre es "que todo el que reconoce al Hijo tenga vida definitiva y lo resucite yo en el último día" (Jn. 6,40).
Por eso María está parada junto a la cruz totalmente unida a su Hijo, a su voluntad, a su amor redentor.
María sufre profundamente. ¡Es su Hijo, el único, el amado!, el que agoniza como si fuera un criminal, condenado a muerte por el poder religioso y político del pueblo.
La fe, amor y entrega de María es total. El amor del Padre parece ausente. La misión del Hijo termina en el fracaso de su muerte. El silencio de Dios resuena en el corazón de Cristo y de María: "Dios mío, Dios mío ¿Por qué me has abandonado?" (Mc. 15,34) De pié, acompañando a su hijo crucificado, está su Madre María, clamando al Padre con su Hijo.
Entonces oye María las palabras que Cristo le dirige desde la cruz: "Mujer, mira a tu hijo". Jesús agonizante pone ante los ojos de María a toda la humanidad, representada en Juan, a todos y cada uno de nosotros (también a los soldados que lo clavaron en la cruz y ahora están sorteando su túnica: Jn. 19,23-24; y a los sumos sacerdotes y letrados que se burlan del Hijo asesinado por ellos; Mt. 27,41-43;…) para que nos acepte como hijos suyos.
Entonces "un nuevo amor" madura en María: ¡es la última voluntad de su Hijo, de Dios! Esta "nueva maternidad" de María, engendrada por la fe, es fruto del "nuevo amor", que maduró en ella definitivamente junto a la cruz, por medio de su participación en el amor redentor del Hijo (Juan Pablo II, Encíclica "La Madre del Redentor", n. 23).
María queda de nuevo como “embarazada” de todos los hombres, amados por Dios (1 Jn. 4,9-10), salvados por él (Jn. 3,16-17), llamados a "nacer de nuevo" por esa muerte (y resurrección) de su Hijo Jesús (Jn. 3,3-5).
Al pie de la cruz, María acepta la voluntad del Padre y entrega a su hijo, Jesús. En su lugar acoge como hijos, con el mismo derroche de misericordia y ternura a todos los hombres pecadores que Jesús le presenta. En adelante, todos y cada uno de ellos serán su hijo, lo mismo que Jesús.
Cuando Jesús desde la Cruz dice: "Mujer, mira a tu hijo", tiene ante El a una persona concreta: el "discípulo a quien él quería" (Jn. 19,26).
Ese discípulo representa a todos y a cada uno de los hombres, pero más particularmente a los discípulos de Jesús, a sus seguidores, a los cristianos. Es un discípulo sin nombre, porque Jesús, los quiere a todos (Jn. 13,1; 15,13-15).
Entonces María también es Madre de la Iglesia (ekklesía = asamblea). María no ha engendrado a la Iglesia, no está por encima de la Iglesia. María está en la Iglesia, es la primera cristiana. Esto es lo que nos dice el Papa Juan Pablo II en su Encíclica "La Madre del Redentor" n. 24: "Las palabras que Jesús pronuncia desde lo alto de la Cruz significan que la maternidad de su madre encuentra una "nueva" continuación en la Iglesia y a través de la Iglesia, simbolizada y representada por Juan". "Mira a tu madre" nos dice Jesús desde la cruz (Jn. 19, 27). María como Madre es la herencia del hombre, el don que Cristo hace personalmente a todos y a cada uno de los hombres.
TODOS somos hijos de María de Nazaret, la mujer, la madre de Jesús que creyó en Dios y se fió de él más allá de la muerte, creyendo que Dios no falla nunca porque "tiene poder hasta para levantar de la muerte" (Heb. 11,19).
Esta, y no otra, es la Madre de Dios, María de Nazaret.
Esta, y no otra, es la primera cristiana, después de su Hijo, Jesús de Nazaret, que es también el Hijo de Dios.
Entender esto y ningún otro infantilismo devaluado y falsificante es la verdadera devoción a María.


9- MARIA DE NAZARET: ¿ES LA VIRGEN DE ALGUNAS APARICIONES?

Las apariciones de la Virgen se habrían multiplicado a través de los años. Medjugorje (Yugoslavia), Los Teques (Venezuela), Cuapa (Nicaragua), Peña Blanca (Chile), San Nicolás de los Arroyos (Argentina), y así unas decenas más.
¿Son todas dignas de crédito? ¿Qué dice de esto el Magisterio de la Iglesia?
A María de Nazaret muchos cristianos gustan de enjoyarla, de coronarla como Reina, le levantarle templos suntuosos, de atribuirle apariciones, mensajes apocalípticos, milagros. ¿No será porque algunos se sienten mejor con esa Virgen de ciertas “apariciones”, que con la María histórica, la María del Evangelio, María de Nazaret? ¿No hay cristianos entre nosotros que, ávidos de apariciones, de milagros, huyen del diario caminar comunitario, del lento y pesado caminar de la fe?
Según los Evangelios ¿en qué María se fijó Dios? ¿De quién se complació Dios? ¿A qué María hizo Dios Madre de su Hijo, Jesús de Nazaret?
Veamos honestamente la María nos presentan los Evangelios y qué María nos muestran algunas de estas “apariciones”. Y antes estas dos Marías reflexionemos sinceramente: ¿en cuál de ellas, de hecho, creemos? ¿En cuál ponemos nuestra confianza? ¿Cuál nos ayuda más a seguir fielmente a Jesús, a ser fieles a su Evangelio, a ser cristianos?
La María del Evangelio es una mujer judía, que nació, vivió y murió pobre.
Una mujer del pueblo, campesina, sin nacimiento aristocrático, sin porvenir.
Una mujer pobre que ayudó a los pobres (Lc. 1,39-56; Jn. 2,1-11).
Jesús no mejoró la situación social de su madre. En su concepción, las sospechas recayeron sobre ella (Mt. 1,18-19). Ante la gente apareció como la madre del malhechor entre los malhechores: crucificado entre dos bandidos (Mc. 15,27).
Y eso es lo que el buen Dios-Padre y su Hijo Jesús quisieron de María. ¿O no?
Esa María de Nazaret, pobre, ¿es la que se aparece pidiendo que se le hagan grandes y suntuosos santuarios, templos, basílicas?
Esa María de Nazaret ¿se contentará con que le pongan joyas, vestidos lujosos, condecoraciones?
María de Nazaret, la única Madre de Dios ¿es la que presenta en la “apariciones” dispuesta a "vendernos" a un Dios, que compramos al bajo precio de creer en esas apariciones, de realizar ciertos ritos y penitencias, de rezar determinadas oraciones, de tener ciertos talismanes, medallitas, velas, rosarios, imágenes?
La fe de los cristianos pendientes de las “apariciones”, que van a ellas a ver si les toca la "lotería", ¿es como la María de Nazaret?, ¿o se acerca mucho a la de aquellos a quienes Jesús reprocha: "como no ven señales portentosas, no creen" (Jn. 4,48)?
Si nuestro Dios no es el "mago todopoderoso" que milagrosamente nos evita todos los males y sufrimientos de la vida (como no se los evitó ni a María, ni a Jesús ni a todos los santos que vinieron después), sino el "Dios todo débil" que, muriendo en Jesús, abandonado en la cruz, nos da fuerza para superarlo todo, ¿será María la curadora, milagrera y maga "todopoderosa"? ¿Estaría María en lugar de Dios?
¿Cómo reaccionaría hoy María, la primera cristiana y discípula, ante lo que Juan Pablo II nos dice a los cristianos?: "Así, pertenece a la enseñanza y a la praxis más antigua de la Iglesia la convicción de que ella misma, sus ministros y cada uno de sus miembros, estén llamados a aliviar la miseria de los que sufren cerca o lejos, no sólo con lo "superfluo", sino con lo "necesario". Ante los casos de necesidad no se debe dar preferencia a los adornos superfluos de los templos y a los objetos preciosos del culto divino; al contrario, podría ser obligatorio enajenar estos bienes para dar pan, bebida, vestido y casa a quien carece de ello". (Carta Encíclica "Sollicitudo Rei Socialis", de Juan Pablo II, del 30 de diciembre de 1987, n. 31).

¿Cómo es posible entonces que la Virgen María avale todas estas espiritualidades milagreras con su presencia?
Quizás el sacerdote Ariel Álvarez Valdez nos ayude a comprender estas cuestiones:
Lo primero que hay que decir es que María no aparece, no ha aparecido ni aparecerá jamás. Hace muchos siglos que la teología católica ha definido que María ha muerto y habita con un cuerpo glorificado en la casa del Padre. De ese lugar no se puede regresar físicamente, ni entrar en contacto corporal con los vivos, ni comunicarse sensiblemente. El mundo de los vivos y de los muertos son de especies distintas. En el antiguo testamento queda claro este dogma (Sal 39, 14 ; Job 10, 21-22; 2º Sam 14, 14; 12, 22-23; Dan 12, 2; 2º Mac 7, 9; 7, 36; Sap 16, 14) y se condena severamente todo intento de comunicación por ser “abominables a Dios” (Lev 20, 27; Deut 18, 11-12); repitiéndose este dogma en el nuevo testamento (Lc. 16, 19-31).
La “aparición” nos remite a un fenómeno físico objetivo, que se produce fuera de nosotros y por lo tanto no depende de quien lo capta sino de quien lo presenta. Alguien “aparece” si mostrándose en un lugar su presencia física es percibida por todos los que están allí. Depende del que se presenta, no de los otros que lo ven, escuchan y tocan.
Ahora bien, la “visión” sí es un fenómeno emocional subjetivo, que se produce dentro de nosotros y entonces sí depende de la persona que la tiene.
Esto es lo máximo que la Iglesia puede aceptar sin contradecir las escrituras.
Cuando Bernadette tuvo la visión de María en Lourdes (Francia, 1858), las 18 veces que repitió la experiencia, sólo ella la “veía” aunque estaban presentes muchas otras personas. En La Salette (Francia, 1846), a pesar de la muchedumbre presente, sólo dos pastorcitos de 11 y 14 años “vieron” a “la Señora”. Otro tanto ocurrió en Fátima (Portugal, 1917), con los tres pastorcitos de 8; 9 y 10 años que “vieron” a la Virgen en seis oportunidades y les reveló “tres mensajes secretos”. Y aunque el último día cientos de personas aseguraron haber visto el sol girar, eso sólo demuestra el caso de las “visiones colectivas”, ya que en ciudades y países vecinos no se vio esto y, además, de haber ocurrido real y físicamente hubiese sido una catástrofe cósmica...
La Iglesia sostiene que estas visiones efectivamente pueden provenir de Dios pero lo cierto es que contempla la posibilidad cierta de que sean simples delirios, ilusiones, o desvaríos de las personas que las experimentas; tal es así que no se pronuncia en el 90% de los casos. Visiones como la de la Medalla Milagrosa a Catalina Laburé (París 1803), que tantos devotos tiene hasta nuestros días, nunca ha sido aprobada oficialmente.
Por esto es que el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica (1993) dice que no todo el que dice recibir revelaciones sobrenaturales las recibe realmente ni vienen de Dios y que ninguna de estas revelaciones (privadas) pertenecen al depósito de la fe; como sí pertenecen y son obligatorias e imprescindibles para la vida del cristiano las revelaciones contenidas en la Biblia (públicas). También que se da como obligación moral para todo católico, con la ayuda del magisterio de la Iglesia, el “discernir” las auténticas de las que no lo son, sin esperar que sobre cada “revelación” que circula se expida la jerarquía de la Iglesia. (Nº 67)

Lo segundo que podríamos señalar es que estas revelaciones privadas, en el caso de que sean auténticas, tienen como finalidad la santificación del vidente, no la de los demás. Es éste el que la debe meditar, convertirse, cambiar su vida y comprometerse a vivir lo que le piden en el mensaje y recién ahí, con el ejemplo, extenderlo a los demás. Pero no proponiéndolo y mucho menos obligando a los demás a creer en el mensaje, que por ser privado no se adapta a la espiritualidad de todo el pueblo de Dios. Por eso, cuando alguna “revelación” conlleva la orden de ser difundida y obedecida por todos, es muy poco probable que sea auténtica.

La tercera acotación a hacer es que cuando el Papa o un Obispo (si fuera de emergencia) aprueban una manifestación mariana, lo que se está aprobando es una devoción, o sea un culto, el “rezo” bajo una determinada forma. No significa que se aprueben la visión ni los mensajes. La Iglesia cuando acepta la devoción no confirma con esto la revelación que la originó. Las devociones (rezos) no hacen mal a nadie y por el contrario ayudan y preparan espiritualmente para la misión cristiana en el mundo que es el amar al prójimo en sus múltiples requerimientos y formas, dando testimonio de la verdad y la justicia en la opción por los empobrecidos y exponiéndose a los riesgos que esto conlleva. En cambio, las revelaciones particulares (en el mejor caso de que sean verdaderas) responden a la espiritualidad del que la recibe y pueden, de ser imaginadas más allá de la buena fe del vidente, deslizar errores de dogma a veces muy graves.
Existe una devoción paradigmática sobre esto, aceptada por la Iglesia, y es la de la Virgen del Loreto. Es la patrona de la aviación y es muy festejada en Santiago del Estero, Argentina. Cuando en el siglo XIII los cristianos no pudieron peregrinar más a Tierra Santa para visitar los santuarios cristianos, por estar en manos de los musulmanes, en Loreto (Italia) comenzó a venerarse una casita que decían era de María de cuando vivía en Nazaret y que los ángeles la habían traído volando desde Galilea (por eso es la patrona de la aviación). El Papa Sixto V aprobó esta devoción, pero por eso no quiere decir que sus “revelaciones“ hayan sido aprobadas. Y lo acertado que ha sido ya que, según los últimos estudios arqueológicos, “la casita” ni siquiera corresponde al tipo de edificación palestina, por no hablar ya del “vuelo”; por lo tanto no es objeto de fe. Lo mismo sucede con las demás devociones.

Existe algo que el creyente debe tener en cuenta para ponderar una revelación que es determinante al momento de tenerla por verdadera o falsa: la revelación privada nunca puede contradecir a la revelación pública.
Entonces, si María tiene un rol protagónico hasta relegar a Jesucristo a un segundo plano; si reclama una atención exclusiva hacia su persona (como las “revelaciones” del sacerdote Esteban Gobbi del movimiento sacerdotal mariano, que según éstas le piden “dejarse poseer para que sea la Madre quien actúe y obre en él”; cuando las escrituras nos revelan que es Dios el que posee y habita). Cuando dice que sean “sacerdotes de ella”; y en las escrituras dicen que los sacerdotes son de Jesús. Cuando el mensaje dice que el último grito de Jesús en la cruz fue “¡Mamá!” , siendo que la Biblia dice que invocó al Padre; entonces tenemos una Virgen que es el centro de atención en franca oposición a la de los Evangelios donde se muestra prudente, mesurada, discreta y en un segundo plano con respecto a Jesús.
Si tiene una locuacidad capaz de llenar libros enteros con sus profecías y vaticinios. Si posee una verborragia desconocida en el Nuevo Testamento en el que sólo dos evangelistas ponen palabras en su boca, seis frases en total. Además, es “su” palabra la que importa y la que debe ser escuchada -como en San Nicolás- donde según la “vidente” el mismísimo Jesús le habría dicho que “si esta generación no escucha a mi madre perecerá. Pido al mundo que lo haga” (curiosa petición, contraria a las enseñanzas de las bodas de Caná, donde es María la que pide que se escuche a su Hijo).
Si María tiene visiones lúgubres, tétricas, sombrías. Anuncia catástrofes, desgracias, promete castigos, se muestra pesimista, depresiva, amargada, ve todo negro y sin esperanzas y la única salida que vislumbra es la destrucción del mundo mediante cataclismos y catástrofes; como en el famoso secreto de La Salette que habla sobre que ”Dios va a castigar al mundo de una manera jamás vista, nadie podrá escapar a su cólera, la sangre correrá por todos lados, las iglesias serán profanadas, los sacerdotes muertos cruelmente, el demonio tendrá sus iglesias y todo el universo gemirá de terror, etc...”; cuando las escrituras nos enseñan a María como una mujer de esperanza, optimismo, alegría, que medita serenamente aun en los momentos difíciles de su vida y tiene confianza en el futuro.
Y si, y lo que es más grave, contradice abiertamente las palabras de Jesús contenidas en la Biblia porque: a) cuando Jesús repite que “no tengan miedo” (Lc 5,10; 12,7; Mt 14,27; 17,7; 28,5; 28,10; Jn 14,27; Ap 1,17) María parece que busca aterrorizarnos. b) cuando Jesús nunca dio una fecha del fin del mundo, ni siquiera aproximada (Mc 13,33-37; Mt 24,42-44; Lc 12, 37-40) María amenaza que el fin del mundo está próximo y en algunos mensajes ha llegado a anunciar fechas, que por supuesto se vencieron... c) cuando Jesús enseñó que Dios está al lado de todos los hombres, sean santos o pecadores, y que derrama su bendición para todo el mundo (Mt 5,45) María promete únicamente bendecir a los buenos y estar al lado de los que rezan el rosario y la invocan. d) cuando Jesús nunca dijo que se salvarían únicamente los que amen a Dios, reconociendo que es posible salvarse sin conocerlo siempre que se ame al prójimo, pues todo eso le es agradable (Mt 25,40) y es reafirmado por la Iglesia Católica en el Concilio Vaticano II (sobre la salvación de los ateos); María afirma que sólo se salvarán los que tienen fe en Dios y la amen a ella... e) cuando Jesús nunca afirmó que por practicar algún rito o devoción los cristianos ganarían el cielo sino con el amor y el servicio al prójimo (Mt 25,31-46; Mc 10,17-22; Jn 13,33) o sea que cumpliendo la voluntad del Padre es que seremos salvos; María advierte en ciertos mensajes que hay que tener agua bendita, velas consagradas, rezar el rosario y tener imágenes de ella y Jesús; y f) cuando la Biblia enseña que la idea de salvar a la humanidad es de Dios y que a Él pertenece el plan salvífico (Ap 7,10; 12,10; 19,1; Tito 1,3; 2,10); María en algunos mensajes nos advierte que Dios quiere poco menos que reventarnos, destruir el mundo, aniquilar la especie humana y ella “detiene” su brazo castigador; con lo cual sus devotos en vez de buscar protección en Dios deben buscar, en María, ¡protección contra Dios!!!; cuando el mismo Dios en su alianza con Noé, después del diluvio, promete que no volverá a destruir a los pecadores con desastres (Gen 9,8-11), Jesús enseña en la parábola del hijo pródigo (Lc 15, 11-24) que Dios no castiga al pecador en esta vida sino que le tiene paciencia hasta el final; o en la parábola del trigo y la cizaña (Mt 13, 24-30) enseña que Dios no arrancará nunca por la fuerza el mal del mundo, ni que convertirá a los hombres por el terror, sino que esperará hasta el final de los tiempos, ¿será la más perfecta discípula y esclava de Dios la que cambió repentinamente de actitud y lo desafía y contradice?
Esto ya es demasiado...

Cuando observamos con un mínimo de atención estas “revelaciones” no las podemos tomar en serio por incoherentes y ridículas. Sin juzgar la buena fe o no de quien cree recibirlas, claramente tienen una imagen distorsionada de Dios, de Jesús, de María y no podemos dejar de atribuir semejantes disparates a los deseos religiosos reprimidos, a traumas, rencores, miedos, resentimientos, histerias, psicosis o algún otro trastorno mental del “vidente”. Como dijo Santa Teresa de Jesús (+1582) a sus monjas: “no hagan tanto ayuno, coman bien y duerman mejor, y dejarán de tener visiones...”
Hasta el propio Papa Pablo VI en su famosa alocución de 1964 tuvo que salir a advertir sobre estas enormes desviaciones en la fe católica: “algunos piensan con ingenua mentalidad que la Virgen es más misericordiosa que Dios, y sostienen con espíritu infantil que Dios es más severo que la Ley y que necesitamos recurrir a la Virgen porque de lo contrario el Padre nos castigaría, cuando la fuente de toda bondad es Dios”!!! La verdadera devoción a María sólo puede ser aceptada si nos acerca más a Dios, no si lo reemplaza.
En la catequesis del Papa Juan Pablo II (3/1/96), con respecto a este tema y citando a Lucas 11,28, recordaba que la madre de Jesús es digna de toda alabanza, no por razones biológicas, sino por escuchar y poner en práctica la Palabra de Dios; o sea, por su total referencia y sumisión. Y es el mismo Papa quien exhorta a teólogos y predicadores a no excederse en ninguna falsa exageración que pretenda extender a María las cualidades y atributos de Jesús (como así todos los carismas de la Iglesia), que por ser Hijo de Dios tiene una naturaleza divina, cuando la naturaleza de María es humana, por la “infinita diferencia existente” entre ambos.
Colocar a María en el mismo nivel que Jesús sería una grave desviación.

Una palabra sobre los “milagros”, prodigios sobre imágenes de María que lloran sangre o transpiran, los estigmas y cosas por el estilo.
Aquí hay que puntualizar que en las últimas décadas del siglo XX, y en lo que va del presente, la Iglesia no ha admitido hechos milagrosos. De la anacrónica definición de San Agustín del siglo IV en donde un milagro es “un fenómeno donde se produce un efecto con independencia de la causa, de la cual quiso Dios que dependiera, según la común y ordinaria condición de las cosas” -y a partir del insalvable escollo que representa la ciencia moderna desenmascarando tanta ignorancia y superstición presentada como “milagro”, por lo que fue sigilosamente sepultada después del Concilio Vaticano II- se pasó a la definición el Colegio Episcopal Holandés que propusieron una nueva definición de milagro diciendo “nada nos obliga a considerar los milagros como una intervención arbitraria y extraña de Dios, como si Dios impidiera el curso de su propia creación. Lo más propio es decir que el milagro hace al hombre consciente de que ignora lo que puede pasar en él mismo y en el mundo”.
Finalmente, El 25 de enero de 1983, el Papa Juan Pablo II promulgó el vigente Código de Derecho Canónico, donde toda referencia a milagros fue suprimida.
Si sobre una imagen se hallara sangre, lágrimas o cualquier otro líquido humano se debe dar por seguro que no son de la Virgen. Se confirma esto con los análisis de los que se han hallado, los cuales tienen diferentes grupos, factores y hasta pertenecen a diferentes sexos.
¿Pero cómo puede ser esto posible entonces?
La mente humana tiene una propiedad llamada “proyección hemática” la cual consiste en que, bajo los efectos de una neurosis o histeria, ciertas personas pueden extraer de su cuerpo sangre, lágrimas u otros humores y proyectarlos sobre un objeto físico del que tienen especial fijación.
Un caso algo similar pasa con los estigmas. Bajo ciertas circunstancias emocionales, existe un mecanismo que lleva sangre en abundancia hacia los capilares y nos hace sonrojar; o la retira, haciéndonos palidecer. Todo esto es gobernado por la mente que somatiza al cuerpo. Cuando éstos son llevados a extremos excitados por una sugestión inconsciente, generalmente de naturaleza histérica, puede producir heridas sangrantes o “llagas”. Este fenómeno se llama “dermografía” y se encuentra en personas que son sugestionables a partir de largas horas de contemplación frente a crucifijos, centrando el pensamiento en ellos, mal comidos, mal dormidos, mortificados, pidiendo a Dios identificarse con la pasión de Jesús. Así es como somatizan sus deseos y adquieren las “llagas de Cristo” que tendrán forma circulares, de tajos, de media caña o forma de crucifijos en forma de cruz latina o de Y griega, según sea la forma del objeto que están contemplando; como se ha comprobado a partir de estos “llagados”. Quizás el más famoso fue el primero del que se tiene referencia, San Francisco de Asís, quien en 1224 con los brazos en cruz y mirando hacia el oriente se le provocaron los estigmas. Vale aclarar que se lo consagró santo por sus obras a favor de los pobres y por la oposición al poder que los empobrecía, incluido el eclesial. Fue santo a pesar de sus estigmas, no por ellos. De hecho, la gran mayoría de los “estigmatizados” no están declarados santos.
Dios no tortura ni gusta de mandar tormentos a nadie. Esta experiencia tan dolorosa jamás puede venir del Dios del amor revelado por Jesús.

Es una ofensa gratuita a la Santísima Trinidad y a la Virgen María atribuirle las barbaridades que contienen muchas de estas supuestas “revelaciones”. Es el deber de todo católico, su obligación moral y amorosa con respecto a María, no permitir que estas desviaciones sean asumidas por los fieles menos informados. No se debe permitir que la terminen injuriando, rebajando, denigrando, atribuyéndole textos que, lejos de mostrar su grandeza y su ejemplo, resultan ofensivos y agraviantes para su persona y que nada tienen que ver con la religión de Jesús.
Y en esto tiene un rol fundamental la jerarquía de la Iglesia, que inexplicablemente pareciera agradarle el ocultar toda esta teología sobre las devociones marianas.
Ojalá que no nos lleve demasiado tiempo el poder adorar a Dios “en espíritu y en verdad” tal cual nos enseñaron y nos piden las escrituras, que junto a la tradición y al magisterio de la iglesia son las únicas fuentes de revelación depositarias de la fe.
BIBLIOGRAFÍA

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El Dios que no revelan las mujeres – Navía (Servicios Koinonia)
En la senda de Sofía – Elizabeth Shüssler Fiorenza (Lumen ISEDET – 2002)
Enigmas de la Biblia 1 – Ariel Álvarez Valdez (San Pablo – 2002)
Enigmas de la Biblia 2 – Ariel Álvarez Valdez (San Pablo – 2004)
Enigmas de la Biblia 5 – Ariel Álvarez Valdez (San Pablo – 2004)
Enigmas de la Biblia 8 – Ariel Álvarez Valdez (San Pablo – 2006)
El ministerio de la mujer en el N. T. – Domiciano Fernández (Servicios Koinonia)
Hablemos de la otra vida – Leonardo Boff (Sal Terrae – 2007)
Hermenéutica femenina – Cristina Conti (Servicios Koinonia)
La Virgen María es María de Nazaret - Félix Moracho SJ (Servicios Koinonia)
María... ¿Quién eres? - P. Paulo Dierckx y P. Miguel Jordá (Catholic.net)
María en el misterio de la Iglesia - Luis María Grignion de Montfort (Mercaba.org)Teología desde el camino. La dimensión política de la fe – Gabriel Andrade (Ciudad Gótica – 2008)